La marcha atrás

Publicado por

Ilya U. Topper

@ilyatopper

Periodista (Almería, 1972). Vive en Estambul, donde trabaja para la Agencia Efe.

Publicado el 20 Dic 2013

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Los de arriba se han reunido en un salón / Mujer en la calle / Abandona toda esperanza. Así podríamos parafrasear a Bertolt Brecht hoy, cuando el Consejo de Ministros de España se dispone a decidir la reforma de la ley del aborto.

El aborto ya no será un derecho de la mujer, sino una decisión médica, por grave riesgo de salud de la mujer. Tal y como ocurre ahora en Marruecos, Argelia, Egipto o Irán. España dejará de ser el país con la legislación más liberal de todo el Mediterráneo (y buena parte del mundo).

El Gobierno ha prometido volver a una ley similar a la aprobada en 1985, que estuvo vigente hasta 2010. Ese año se eliminó la traba de un certificado médico que adujera “riesgos de salud psicológica”, un mero trámite en realidad, y se colocó el límite en las 14 semanas de gestación.

¿Ahora se volverá al certificado? ¿Con el único motivo de gastar papel y horas de consulta? ¿O se eliminará el supuesto de salud psíquica? Se trata de volver a obligar a las mujeres a viajar a Londres, como se hacía bajo la dictadura (y como siguen haciendo las mujeres de clase rica – lo que suele incluir a la clase política – en gran parte de los países al sur del Mediterráneo)? Se trata simplemente de volver a externalizar el aborto, de agrandar la brecha social entre ricas y pobres?

Según la Iglesia, el derecho del hombre acaba donde empieza el del espermatozoide

¿Por qué tanto interés en controlar la barriga de las mujeres? Los defensores de la reforma aducirán que el derecho de la mujer acaba donde empieza la del bebé no nacido. Considerando como “bebé” toda célula fecundada, claro.

Esta interpretación maximalista deriva directamente de la visión cristiana de la procreación, que declaro pecado mortal la propia masturbación y el sexo anal, porque desperdician sin provecho la opción de crear vida. El derecho del hombre acaba donde empieza el del espermatozoide.

Es sólo desde esta visión cristiana que se puede entender la insistencia en prohibir el aborto. Una visión racional construiría la legislación sobre dos supuestos ineludibles: uno, abortar durante las primeras semanas de gestación es menos grave que dejar morir a un bebé (esto es consenso social: la nueva legislación tampoco pretende equiparar aborto y asesinato) y dos, la experiencia demuestra que prohibir el aborto no sólo no acaba con la muerte de fetos sino que añade a ellos la muerte de sus madres como ocurre ahora en Irlanda.

¿Defiendo una ley a favor del aborto? No. Estoy en contra del aborto. Defiendo una legislación que reduzca el aborto. Porque creo que éste es un último recurso que hay que evitar todo lo que sea posible. Creo que ninguna mujer desea abortar. Creo que cualquier mujer, si tuviera opción, decidiría utilizar otro método. El condón. Los días no fértiles. La píldora. La del día después. Lo que sea.

Corre más riesgo quien se deja llevar a la cama como objeto de conquista masculina, sin decir este coño es mío

Y creo que la legislación que reducirá el aborto (más de lo que ya lo está: España, con 8 casos por cada 1.000 mujeres tiene una de las menores tasas de Europa, la mitad de Francia) consistirá en dar a las mujeres acceso a estos otros métodos. A anticonceptivos de muy bajo coste y, sobre todo, a una educación sexual para saber usarlos. Para atreverse a usarlos. Para concebir el sexo como un juego que tiene sus reglas y sus recursos.

Porque es tan sencillo como esto: una mujer que folle alegremente, para la que el sexo es parte de su vida, que sabe lo que quiere y sabe a lo que va, irá preparada en el momento de bajarse las bragas. Pondrá las reglas del juego. Quien se deja llevar a la cama sólo tras inmensos juramentos de amor, objeto de conquista masculina, sin decir este coño es mío, dependerá muchísimo más de las circunstancias. De lo que diga el hombre. Del día que le ha tocado.

Sí: creo que las mujeres son personas adultas y responsables. Creo que saben qué les conviene y qué no. Creo que meter un certificado médico entre una mujer y su útero es una manera de declararla menor de edad, incapaz de decidir por si misma. No es casualidad que fuera el Ministerio de Igualdad, bajo su titular Bibiana Aído, y no el de Salud, y menos el de Justicia, como ahora, el que emprendió la reforma de 2010, aquella que reconoció a las mujeres capacidad para decidir.

Sí: acuso al Gobierno de buscar deliberadamente una complicación del aborto para asociar un mayor peligro al sexo: el de no tener último recurso. Para devolver el sexo libre a la esfera de los peligros que es mejor evitar. Temo que todo el dinero público que el Gobierno, este gobierno conservador, no destinará a la educación sexual en los colegios, lo destinará el pueblo español a las aerolíneas: volverán los días en los que hay que viajar a Londres para abortar. Como bajo la dictadura nacionalcatólica de Franco.

Son los mismos que declararon pecado mortal la masturbación, quienes tienen pánico al cuerpo

Porque son los mismos. Son los mismos que declararon pecado mortal la masturbación y el sexo anal. Quienes encarcelaron a los adultos para jugar al sexo entre iguales. Quienes prohibieron durante décadas los anticonceptivos. Quienes censuraban que en el cine apareciera siquiera una teta. Quienes vetaban el hábito de desnudarse en la playa. Quienes tienen pánico al cuerpo y a su expresión más natural, más espontánea y completa: el sexo. Sobre todo el de la mujer.

No es algo limitado a España: en Turquía, donde la interrupción del embarazo es libre hasta las 10 semanas de gestación, el primer ministro, Recep Tayyip Erdogan, equiparó en 2012 cada aborto con una masacre y prometió cambiar la ley. No pudo: decenas de manifestaciones más tarde, el gobierno hizo desaparecer el plan silenciosamente en los cajones. Las protestas de las mujeres, escoba en ristre, banderas violetas al aire y consignas afiladas en la boca, habían obligado a Erdogan – por primera vez – a practicar la marcha atrás.

Erdogan fue muy coherente en sus discursos: lleva años pregonando que el supremo deber patrio de cada mujer turca es tener al menos tres hijos. Arremete contra la planificación familiar. Pide criar generaciones piadosas: cuantos más hijos mejor: una inmensa mano de obra futura poco cualificada, pasado por colegios religiosos, votantes seguros de su partido conservador islamista (esta ideología no es islámica sino copiada de los partidos democristianos europeos). Y para que quede claro que el sexo sin casarse es intolerable, de paso ha propuesto enviar a la policía para impedir que chicos y chicas compartan piso en las ciudades.

Turquía se levantó contra esta visión de lo que es sexo. Y ganó la primera ronda. Espero aún que España haga lo mismo.

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