Los 502 niños que se desvanecieron

Publicado por

Andrés Mourenza

@Andresmourenza

Periodista (La Coruña, 1984). Corresponsal de El País en Turquía.

Publicado el 21 Ene 2014

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Ayia Varvaras, el orfanato ateniense del que "desaparecieron" 502 niños entre los años 1998 y 2002 © Andrés Mourenza
Ayia Varvaras, el orfanato ateniense del que “desaparecieron” 502 niños entre los años 1998 y 2002 © Andrés Mourenza

Atenas | Enero 2014

Casi de un día para otro, los niños desaparecieron de los semáforos. Eran, en su mayoría, niños albaneses que habían huido del país vecino a una Grecia que en aquellos momentos parecía pujante. Pedían dinero en los cruces de las calles, cuando las luces del tráfico obligaban a los vehículos a detenerse, y eran muy insistentes, recuerdan la prensa de la época. Demasiado. Atenas acababa de ser elegida como sede de los Juegos Olímpicos de 2004 y aquellos niños sucios y desgreñados daban muy mala imagen a la ciudad.

“Eran niños vendidos o alquilados a bandas criminales por sus familias”, recuerda un trabajador de ONG

Era el año 1998. Konstantinos Yannópulos recorría las calles con la unidad móvil de su recién creada ONG, La Sonrisa del Niño. “Visitábamos a estos niños en los semáforos, les dábamos nuestro teléfono y les explicábamos que podían salir de las redes de traficantes. Eran niños explotados por sus familias, que los habían vendido o los alquilaban a bandas criminales para que mendigasen”, recuerda. De repente, el Ministerio de Orden Público decidió “librarse” de los niños porque “había muchos y todos los días se hablaba en los medios de que era algo muy dañino para la imagen de la ciudad”, pero lo hizo sin contar con los trabajadores sociales o las asociaciones que se encargaban de proteger a la infancia.

Como muchos de ellos eran albaneses fueron llevados directamente a la frontera para su deportación. Alarmados por este hecho, Yannópulos y otros miembros de su organización se desplazaron hasta allá. “Hablamos con el jefe de la policía de frontera y nos dijo que ni siquiera todos los niños que habían llevado eran albaneses, había también de otros países, incluso niños gitanos griegos”, relata. Al otro lado de la frontera, en Albania, la situación era caótica: sólo habían transcurrido unos meses del total colapso del Estado durante una revuelta de los ciudadanos que habían perdido sus ahorros por culpa de una colosal estafa financiera. Un mínimo orden había sido restaurado gracias a la intervención de una misión internacional liderada por italianos y griegos, pero aún había miles de armas en la calle –los albaneses tomaron los cuarteles por las bravas- y organizaciones criminales campaban a sus anchas. “Los niños corrían el peligro de que una vez deportados fuesen vendidos de nuevo a los traficantes”, explica Yannópulos. “De hecho, algunos de los deportados cruzaron de vuelta a Grecia a través de las montañas”, dice.

Algunos menores fueron deportados a Albania, pero ante la polémica, el Gobierno estableció un programa de acogida

Finalmente, ante las quejas de las oenegés, el Gobierno griego entró en sus cabales y decidió establecer un programa para acoger a los niños de la calle. Un total de 661 menores, en su mayoría chicos, fueron enviados al orfanato de Ayia Varvara, en Atenas. El edificio es una bonita construcción neoclásica de cuatro plantas, levantado a finales de la década de 1920 en la carretera que baja desde el centro de Atenas hacia la costa de El Pireo, que acoge a una treintena de niñas abandonadas o cuya custodia ha sido arrebatada a sus padres. Unas veinte personas, entre trabajadores sociales, psicólogos, cocineros y cuidadores se encargan de su bienestar: “Son niñas que tienen serios problemas y requieren de mucha atención, algunas son huérfanas, otras víctimas de padres negligentes, incluso de abusos”, explica una trabajadora de la institución.

Esta mujer –que pide no ser identificada- trabajaba en Ayia Varvara cuando, de buenas a primeras, les llegaron cientos de niños. “La situación era terrible”, reconoce: “No nos dieron más personal y ninguno hablábamos albanés, mientras muchos niños no entendían el griego. A veces teníamos que poner dinero de nuestro bolsillo para comprarles algo a los niños. Tampoco tenían ropa. Recuerdo que, en esos días, hubo un congreso de psicología en Atenas, recogí todas las camisetas que sobraron del congreso y así vestimos a los niños. ¡Imagínalos, todos vestidos con las camisetas del sindicato de psicólogos!” El presupuesto para tamaña operación de acogida era ridículo: 1,6 millones de dracmas, apenas 4.700 euros al cambio.

La empleada de Ayia Varvara recoge de la estantería un viejo cuaderno donde están apuntadas, a mano, las entradas y salidas de aquellos niños: la última data de 2001, cuando tres niños afganos fueron enviados a otra institución infantil en Creta. Según una respuesta del gobierno griego a la ONU, 90 de los niños fueron devueltos a sus familias una vez se les localizó, otros 22 fueron deportados a Albania y 47 fueron enviados a otras instituciones griegas. Pero, ¿qué ocurrió con los 502 restantes? Desaparecieron, se esfumaron.

¿Qué ocurrió con los 502 niños restantes del orfanato? Desaparecieron, se esfumaron.

En 2002, la ong suiza Terres des hommes sacó el caso a la luz, lo que motivó que los defensores del pueblo de Albania y Grecia iniciasen sus propias investigaciones. El heleno dio rápidamente carpetazo al asunto alegando que los 502 niños “se escaparon por su propio pie”; el albanés logró encontrar, tras arduas pesquisas, a cuatro de esos niños. Del resto, ni rastro.

La organización Greek Helsinki Monitor (GHM) logró contactar con los localizados, quienes explicaron que en Ayia Varvara apenas había medidas de seguridad y que era muy fácil para “terceras partes” entrar en el recinto sin ser controlado. “Hay abundantes evidencias de que terceras personas –aquellos que los habían explotado antes- trataban de recuperar a los niños, a veces acosando e incluso amenazando al personal de Ayia Varvara”, explica Panayote Dimitras, presidente de GHM: “En aquella época hubo informes sobre tráfico de órganos y de niños, y dado que esos niños desaparecieron, se pueden conectar ambas cosas como hipótesis de trabajo”. Terre des hommes va más allá e incluso acusa a empleados del orfanato de haber vendido a los niños a razón de 500 euros por cabeza.

La trabajadora de Ayia Varvara reconoce que “podría haber habido” personas merodeando en los alrededores pero niega el extremo de la venta. Su versión es que los niños se escapaban pues ese orfanato es “una institución abierta”. “Yo hablaba con algunos de ellos. Se tomaban la mendicidad como un trabajo de verdad y eran muy serios respecto a ello, porque tenían la sensación de estar ayudando así a sus familias”, relata, aunque admite que los niños eran explotados por terceros: “Los jefes solían manejar a 5 ó 6 chicos y se quedaban con la mayor parte de las ganancias. Pero les daban una porción para que así los niños continuasen trabajando para ellos”.

Caso reabierto

Durante una década, los sucesivos gobiernos griegos han sido incapaces de explicar, ni a las oenegés ni a la ONU ni a Albania, cómo es posible perder el rastro no de uno ni de dos, sino de medio millar de menores bajo su responsabilidad. El pasado septiembre, sin embargo, una fiscal griega ordenó la reapertura del caso. Dimitras, sin embargo, no es optimista porque desde entonces la investigación apenas ha avanzado: “Queremos que se establezca la responsabilidad criminal de quienes no fueron capaces de garantizar la seguridad de estos niños y que el Estado castigue a quienes obstaculizaron la investigación durante tantos años”.

Casi al mismo tiempo que se reabría la investigación, el rostro níveo de María, “el ángel rubio”, saltaba a los telediarios de todo el mundo. Hallada en un campamento gitano de Fársala (centro de Grecia), la pequeña resultó ser hija de una familia romaní de Bulgaria, que aseguró haberla dejado a cargo de otra familia por no poder mantenerla, aunque actualmente está siendo investigada por un presunto delito de venta de bebés. Inmediatamente se abrieron varias investigaciones policiales y se descubrieron casos de otros recién nacidos vendidos a matrimonios griegos, poniendo de relieve el absoluto caos en el Registro Civil de Grecia, poco informatizado y que no cruza datos entre localidades. Por ejemplo, la pareja con la que vivía María había inscrito a 14 supuestos hijos en los registros de tres diferentes ciudades, incluso llegando a declarar tres partos en un periodo de cinco meses.

A raíz del “caso María”, el alcalde de Atenas, Yorgos Kaminis, ordenó una investigación en el Registro Civil de la capital griega, el mismo en el que estaba inscrita María. Una de las cuestiones más llamativas que se ha descubierto es el incremento de los registros de bebés a posteriori, es decir, muchos meses después a la fecha del parto. Si en 2011 fueron sólo 50, en 2012 ascendieron a 200, y en 2013 llegaron a los 400. Los investigadores examinaron los casos de 545 bebés inscritos a posteriori y fue tal la cantidad de irregularidades halladas que han hecho un llamamiento a la Justicia para que intervenga. En la mayoría de los casos, las actas estaban incompletas, sin datos exigidos por la ley como la hora del parto o el número del documento de identidad de los progenitores.

Las investigaciones han sacado a la luz registros de bebés a posteriori, “de padre desconocido” y con datos falsos

Además, la mitad de las veces, los niños habían sido inscritos como “de padre desconocido”. En un elevado número de casos, se inscribían a más de un niño a la vez y había registros de varios nacimientos de la supuesta misma madre en un periodo de tiempo menor a un año. En los casos investigados, la mayor parte de las veces, la dirección aportada por los supuestos padres no era del municipio de Atenas –por lo que los padres deberían haber hecho el registro en otro municipio- e incluso se aportaban direcciones inexistentes o de inmuebles comerciales como bares, oficinas bancarias o tiendas. Todo ello sin que los funcionarios del Registro Civil hiciesen las comprobaciones oportunas.

El problema es que se sospecha que, tras las inscripciones fraudulentas pueda haber casos de venta de bebés. Según datos suministrados por la Policía griega, entre 2010 y 2013 se han desarticulado al menos 14 redes de tráfico de bebés, en los que se ha detenido a 58 personas, en su mayoría griegos y búlgaros. Los bebés, que se adquirían por precios de entre 5.000 y 25.000 euros, eran utilizados en adopciones ilegales o para su explotación.

Entre 2010 y 2013 se han desarticulado al menos 14 redes de tráfico de bebés para adopciones ilegales y explotación

“Las redes de explotación infantil son muy fuertes en Grecia, Bulgaria y Rumanía. También en Albania, aunque cada vez menos”, afirma Yannópulos. Las mafias se aprovechan de los menores hasta que crecen, a veces incluso después. “Tenemos el caso de una niña de 16 años que escapó de sus explotadores y nos contó que a su edad ya no servía para mendigar y querían obligarla a prostituirse. También de un chico de 15 años al que habían cortado la mano para que mendigase como un tullido”, describe el presidente de La Sonrisa del Niño: “Los jefes de las mafias explotan a niños de familias pobres, pero ellos viven en grandes villas con piscina”.

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