Volver a Tahrir

Publicado por

Nuria Tesón

Publicado el 25 Ene 2014

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Las botas suenan sobre el asfalto al arrastrarse. Las filas, ordenadas, herméticas, se alinean para no dejar pasar apenas un soplo de aire. Las viseras de los cascos antidisturbios chocan entre sí. Los escudos forman un muro transparente que distorsiona el cuerpo de sus portadores, les convierte en una masa uniforme, en un mecanismo de ataque y defensa cuyo engranaje suena al desplazarse hacia su objetivo; una amalgama azulada que avanza despacio pero que no se detiene. Las varas de madera, de a metro, asoman entre las rendijas. Golpean el plástico. Luego un paso más, rozando las botas contra el suelo. Una apisonadora. Más cuerpos se amontonan tras el primer dique: cuerpos enhebrados por los codos que refuerzan la posición y el embate, que se abrazan y se sostienen, que se llevan… Y el ruido. El ruido de la gravilla en la carretera. Las manos que se alargan y llenan los bolsillos de adoquines, que surten a la vanguardia que no se para. Y la máquina avanza. Los pies se arrastran sobre la arena y la piel suda mientras la tensión crece. Atrás, el reemplazo patalea calentando como un equipo de futbolistas antes de saltar al campo. Un terreno sembrado de amapolas donde en un pedregal de rostros desencajados brotan flores encarnadas sin tierra ni abono, ensangrentados. Pero el ruido, ay, es monótono y pausado y anuncia tormenta: primero suave, crujiente, pies sobre arena, luego fuerte, sonoro, madera que golpea cráneos, espaldas, piernas; rodilla al suelo. Y después… llueven piedras.

Han pasado tres años, pero el recuerdo de los días de Tahrir es vivo como si hubiera sido esta mañana

Han pasado tres años pero el recuerdo es vivo como si hubiera sido esta misma mañana: el olor del gas lacrimógeno, el de los cuerpos sudorosos, tensos, con los nervios a flor de piel; el de las consignas. “El pueblo quiere la caída del régimen”. Y a pesar de ello parece que haga un siglo del alzamiento de Tahrir, de la revolución del 25 de enero. Aquellos días intensos de la plaza fueron como un sueño envuelto en humo, sangre y piedras, pero también en esperanza, esfuerzo y sacrificio. Los egipcios luchaban por algo que creían más grande que ellos. Libertad, democracia, justicia social, todo resumido en una palabra: pan. El aísh, la torta que todos bregan por llenar con algo más que legumbres, se convertía entonces en el símbolo de un pueblo que plantaba cara a un régimen, a una dictadura.

Para los informadores que cubrimos aquellos días y los tres años siguientes de revolución, la sensación quizá es parecida a la de muchos de los jóvenes de Tahrir. La de estar viendo la historia repetirse una y otra vez, cada vez con menos sentido, hasta que la tuerca ha girado tanto que volvemos a estar como al principio. Quizá peor.

Uno de aquellos días de la plaza de Tahrir, mientras permanecía detenida por los militares en el Museo de Antigüedades, el mariscal de campo Mohamed Hussein Tantawi paró su blindado frente a los tres periodistas que estábamos bajo custodia militar. Tras una breve charla el mariscal accedió a responder a algunas preguntas y a que mi cámara, Miguel Ángel Sánchez, le hiciera una foto que después publicaría EL PAÍS. Tras nuestra conversación ordenó que se nos devolvieran los pasaportes y se nos dejara libres.

Tras mi encuentro con Tantawi aprendí que los militares nunca abandonarían el púlpito

Hay varias cosas que aprendí, mientras departíamos, de aquel soberbio y tirano personaje. La primera, que los militares nunca abandonarían el púlpito. La segunda que la revolución no vencería sin ellos. La tercera, que la revolución no sobreviviría con ellos. También comprendí que la voluntad de un solo hombre respaldada por un ejército puede doblar cualquier espalda como hierro blando y maleable, pero no puede romper un ideal. “Ahí tenemos al próximo presidente de Egipto”, les dije a mis compañeros. Días después se anunciaba que Mubarak había renunciado a la presidencia y que aquel hablador mariscal, Tantawi, estaba al frente del país. Durante algo más de un año Tantawi reinó y desgobernó a su antojo. Y ese mismo espíritu, vestido de caqui, es el que muy pronto volverá a estar al mando.

Durante aquella breve entrevista desde la plaza muchos revolucionarios y un puñado de barbudos pedían la liberación de los periodistas. Ya para entonces, las pintadas de los tanques en los que el pueblo egipcio agradecía que no hubieran apoyado la represión de la policía habían sido cubiertas con una nueva capa de pintura. Una piel de cordero sobre los lobos. Los militares tenían sus propios planes.

Aquellos jóvenes que lucharon codo con codo con Hermanos Musulmanes y salafistas en la plaza fueron los mismos que meses más tarde se distanciaron mientras la jerarquía islamista se casaba con la milicia. Los militares mataban a los revolucionarios, los matones del régimen, los baltagueya, prendían fuego a sus acampadas, y los hermanos miraban a otro lado. Un año y medio después, el mismo Estado policial y el mismo Ejército reprimía las manifestaciones de los jóvenes de Tahrir contra el ya presidente Mohamed Morsi. Un hermano musulmán se sentaba en el palacio presidencial de Heliópolis, pero la Seguridad del Estado y el ministerio del Interior seguían cumpliendo sus funciones.

Los jóvenes revolucionarios se distanciaron de los Hermanos Musulmanes cuando estos se casaron con el ejército

Cuando la revolución cumplía dos años y medio, el Ejército tomaba de nuevo el poder con otro golpe de Estado, y entonces eran los revolucionarios los que del lado de los matones del régimen y de los militares intercambiaban piedras y disparos. No puede haber revolución sin ellos. Morsi era un nuevo faraón que blindaba sus poderes por decreto y gobernaba sólo para los suyos. A estas horas está encarcelado y pendiente de al menos cuatro procesos.

Esta semana el ministro interino de Egipto Adly Mansur ha anunciado en un discurso que “el Estado Policial ha terminado”, que el “antiguo abismo” que separaba al pueblo y las fuerzas de seguridad ha desaparecido. Parece que al fin, las demandas de los jóvenes de Tahrir se han cumplido. Tras tres años de lucha contra un ejército que les tortura, una policía que les mata y un Gobierno que les oprime. ¡Al hamdullillah! (gracias a Dios), todo está bien, las instituciones se han purgado y no es cierto que aquellos policías mártires que les golpeaban el 25 de enero de 2011 vayan a ser honrados poniéndole sus nombres a las calles de El Cairo. Ojalá.

La situación no puede estar más lejos de lo que aquellos jóvenes querían conseguir con las protestas del 25 de enero

La situación del país no puede ser peor, ni puede estar más lejos de lo que aquellos jóvenes querían conseguir con las protestas pacíficas de Tahrir. Ayer, en una cadena de atentados con bomba -incluido uno suicida- contra objetivos policiales murieron cinco personas. Pero lo más importante es que Egipto entero se estremeció de ira. El abismo que separa a los islamistas de aquellos que defienden el retorno de un gobierno encabezado por un militar, como forma de volver a la estabilidad, no deja de aumentar. Los jóvenes de Tahrir se ven abocados a un futuro que no buscaron ni desean, pero que no les queda más remedio que aceptar temporalmente. Aquel que se opone a el Ejército es tildado de terrorista, de mal egipcio, de conspirador o espía. Algunos de los más prominentes activistas egipcios como Alaa Abdelfatah o Ahmed Maher, fundador del movimiento 6 de abril, están siendo juzgados. Contra otros, como Amr Hamzawy se están abriendo procesos. La caza de brujas no ha hecho más que empezar. O estás con el régimen o contra él. Son tiempos de desesperanza.

Sin embargo, no me canso de repetir que si hubo un logro aquel 25 de enero de 2011 y los días que le siguieron fue el de conseguir romper la barrera del miedo. Los egipcios ya nunca volverán a estar callados. Han ganado esa libertad de pensar y de expresar y no piensan cederla. Tampoco darán carta blanca a ningún mandatario más. Si estos días no salen a la calle a que les maten es porque creen que es momento de pensar en la estrategia. Deben encontrar la forma de hacerlo posible. La educación, en democracia, pero sobre todo en cultura general y en capacidad crítica serán la base. Es difícil pensar en política cuando se tiene el estómago vacío.

Si hay algún logro de aquel estallido revolucionario es que los egipcios han roto la barrera del miedo

Por eso este tercer aniversario, que llega teñido de sangre y con convocatorias rivales de manifestación, de Hermanos Musulmanes y el resto de Egipto, será un momento para que los jóvenes de Tahrir reflexionen en sus casas. No se unirán a las protestas, las que el propio Gobierno ha llamado a celebrar en apoyo del proceso de transición, en apoyo de la nueva Constitución, en apoyo del general Abdelfatah al Sisi, que se perfila como próximo tirano de Egipto.

En el centro de la plaza de Tahrir el Gobierno ha construido un monumento en memoria de los muertos durante las protestas. Hace dos días, tres activistas eran condenados a dos años de cárcel por vandalismo tras realizar pintadas y dañar el recordatorio, que se asienta en la glorieta central de la plaza. Cuando un gobierno homenajea a los muertos que él mismo a provocado, cuando le planta la bota en la cara a las voces contrarias y mientras tanto consuela a sus padres y sus madres culpando a fuerzas extranjeras, a terroristas… ¿qué se puede esperar?

Cuando un gobierno homenajea a los muertos que él mismo ha provocado, ¿qué se puede esperar?

El 25 de enero es también en Egipto el día de la Policía. Por eso los chavales la escogieron, para mostrar su rechazo a la tortura y a la violencia estatal. A estas horas helicópteros Apache sobrevuelan Tahrir y los mismos blindados policiales y relevos preparados de antidisturbios que trataron de romper las manifestaciones están listos hoy en los alrededores de la plaza, por motivos bien distintos.

Tal vez por eso aquellos días de revolución contra la dictadura, hace tres años, están tan vivos en nuestros recuerdos como si aún estuvieran pasando.

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