Kafka en la oficina de la Posta

Publicado por

Darío Menor

Publicado el 16 Oct 2014

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Oficina de Correos en Roma | Darío Menor
Oficina de Correos en Roma | Darío Menor

Roma | Octubre 2014

Cinco puestos de atención al público tiene la oficina de la Posta, el Correos italiano, pero sólo en dos hay empleados trabajando. Frente a ellos, dos docenas de personas, en su mayoría ancianos, esperan de pie o sentados en los pocos asientos disponibles. Charlan resignados agarrando con fuerza el numeretto mientras miran de reojo la pantalla donde, de cuando en cuando, va anunciándose el turno. Cada nuevo número va acompañado de un fuerte pitido, que sobresalta a los adormilados.

“Esto no hay quien lo aguante. Cada inicio de mes es lo mismo. Los jubilados”, se queja una clienta, “vienen a cobrar su pensión y a pagar las facturas, pero a los de la Posta les da igual que esperen durante horas. Parece que es cuando hay menos trabajadores y que a todos les dé por ponerse enfermos estos días”.

Tras más de media hora de pie, por fin me toca. Me acerco al mostrador arrastrando la mochila y el carrito de la compra que llevo cargados de periódicos. La empleada pone cara de pocos amigos mientras me acerco. Saco todos los diarios que tengo metidos en sobres y los apilo formando una pila de alrededor de un metro de altura. La señora entonces me dice con tono altivo:

“Si quiere mandar todo eso sería mejor que se fuera a una empresa privada. Seguro que le cuesta mucho menos”

-Si quiere mandar todo eso sería mejor que se fuera a una empresa privada. Seguro que le cuesta mucho menos.

-No hace falta que se preocupe por mí, muchas gracias. Va todo a España. ¿Cuánto tardará más o menos en llegar a su destino?

-No vaya usted tan rápido. Primero tiene que rellenar todos estos formularios por duplicado y pegarlos en cada uno de los sobres.

Acabada la tarea, lo que me lleva más de quince minutos, vuelvo a decirle a la empleada que quiero enviar todo a España.

-No se puede, no me sale – me espeta tras sumergirse durante varios minutos en la pantalla del ordenador.

-¿Cómo no se va a poder? ¿Qué es lo que no le sale?

-Que no se puede. Que no me sale España en los países a donde podemos mandar paquetes. Estoy mirando por la “S” de Spagna y de Spain e incluso por la “E”, por si lo hubieran puesto en su idioma, pero nada.

-¿Cómo no le va a salir España?

-¡Ah, ya sé! ¿Qué tienen ustedes? ¿Reino o república?

-¿Cómo? Reino, señora, reino. De todas formas, reino y república empiezan por la misma letra, por la “R”.

-Es verdad. Pues vamos a mirar entonces por la “R”.

“¡Ah, ya sé! ¿Qué tienen ustedes? ¿Reino o república?” “¿Cómo? Reino, señora, reino”

La empleada vuelve a pasarse unos minutos trasteando en el ordenador. Se le nota cada vez más angustiada por mis gestos de impaciencia y por el creciente número de personas esperando a mi espalda.

-Nada, que no se puede. Lo siento. Vuelva usted mañana o váyase a una empresa privada, que ahí seguro que pueden mandárselo a España y, como le comentaba, le saldrá tal vez más barato- me dice con ganas de soltarme de inmediato un Arrivederci.

-¿Me permite que le eche un vistazo a la pantalla del ordenador?

-Bueno, si cree usted que va a saber resolverlo…

En la pantalla se ve un programa con dos grandes columnas con sendos títulos encima. En el de la izquierda puede leerse: “Unión Europea”. En el de la derecha: “Resto del mundo”.

-Señora, ¿pero no sabe usted que España forma parte de la Unión Europea? Son ya unos añitos, llevamos desde 1986.

-¿Y por qué tenía que saberlo?

Los italianos han de afrontar situaciones como esta de forma casi diaria cada vez que tienen que vérselas con alguno de los tentáculos de sus administraciones públicas. Una burocracia enferma de elefantiasis, incapaz en muchas ocasiones y mermada por el absentismo consigue eclipsar a los empleados brillantes y disponibles, que también los hay. Por eso la revolución que Matteo Renzi pretende llevar a cabo no podía dejar de lado el sector público. “Hay que hacer recortes. Hay demasiada grasa que gotea”, advertía hace unos días.

Al escuchar estas palabras se pusieron a temblar los más de tres millones de funcionarios italianos, con los sueldos congelados desde 2010. Así seguirán hasta 2016, como pronto, pues el primer ministro dice ahora que no hay dinero para los prometidos aumentos. “Con sus anuncios de cambio y habiendo trabajado su esposa como profesora en situación precaria, muchos de nosotros confiábamos en él. Creíamos que de verdad quería cambiar las cosas”, se lamenta Donatella, maestra de educación infantil en un colegio público de Roma. “Ahora me arrepiento de haberlo votado”.

Aunque Renzi sólo lleva en el Gobierno desde hace siete meses, los italianos empiezan a perder la confianza en él

Aunque sólo lleva en el Gobierno desde hace siete meses, los italianos empiezan a perder la confianza en él. Su popularidad ha caído doce puntos desde los máximos alcanzados a finales del pasado mes de febrero. Entonces estaba en el 62%, mientras que a mitad del mes de octubre se situaba en el 50%, según los sondeos realizados por el Istituto Ixè. Al joven líder del izquierdista Partido Democrático (PD) le pesa que sus continuas promesas de reformas no vayan hasta ahora acompañadas de resultados concretos. Los analistas ya le han puesto una etiqueta a su forma de hacer política: dicen que sufre “el síndrome de la anuncitis”, pues no puede dejar de lanzar anuncios de cambio.

La reforma de las administraciones públicas, presentada en agosto, se irá modelando durante el otoño con el indispensable paso por los trámites legislativos. En esencia, Renzi quiere acabar con los privilegios de buena parte del sector y lograr una burocracia más ágil y eficiente. Habrá que ver si consigue imponer el principio del bien común. No será fácil: en Italia siempre hay minorías que logran defender sus prerrogativas de las andanadas de los sucesivos gobiernos. Este es uno de los motivos que explica el estancamiento del país durante las últimas dos décadas.

En Italia siempre hay minorías que logran defender sus prerrogativas de las andanadas de los sucesivos gobiernos

El revolcón que el líder izquierdista quiere darle a la función pública se olvida, por desgracia, de uno de sus grandes males, el absentismo. Combatirlo fue una de las pocas cosas buenas que dejó el último Ejecutivo de Silvio Berlusconi, quien puso como ministro del sector a uno de sus edecanes, Renato Brunetta, para que utilizara el látigo contra los fannulloni, como se conoce despectivamente en Italia a los asalariados gandules. Tres años después de aquello la cosa ha vuelto a ponerse fea.

Según los datos de LeggiOggi, el número de empleados públicos que faltaron a su trabajo por enfermedad aumentó un 10% en el primer semestre de 2013. El año anterior, en cambio, la mano dura de Brunetta logró descensos de entre el 20 y el 35%, según los sectores.

Con este panorama a muchos italianos no les ha extrañado que el alcalde de Locri, una localidad de la región sureña de Calabria (en la punta de la “bota”), le haya escrito a Jesucristo rogándole que le eche una mano contra el absentismo. De 125 empleados que tiene el Ayuntamiento, nunca puede contar con más de 25. El resto está de baja por motivos de salud.

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