Canto primero | Levante (2015)

Mircea Cartarescu

Publicado por

M'Sur

@MSur_es

Es la identidad colectiva de los autores de la revista M'Sur. Aparece normalmente en las colaboraciones de artistas, escritores o músicos que, por ser esporádicos, no disponen de usuario propio en la revista.

Publicado el 2 Feb 2015

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Un rumano valeroso

Mircea Cartarescu | © Cato Lein
Mircea Cartarescu | © Cato Lein

Una epopeya en toda regla. Un rumano valeroso, daga y pistolas con empuñadura de marfil en mano, recorre los mares de Grecia para combatir contra los turcos, primer paso en la larga lucha por liberar los Cárpatos del yugo otomano… Andamos por principios del siglo XIX y aún los turcos son quienes mandan en tierra y mar, aún los griegos que se llaman luchadores por la libertad son poco más que bandoleros.

Es el tema perfecto para soñar, narrar, dejarse llevar. Piratas y mar, batallas, los malos, los buenos, las doncellas y los héroes. Una lucha de desharapados contra un imperio, no hay nada mejor para un escritor. (Tan en serio se lo tomó Lord Byron que acudió en persona y encontró la muerte en Grecia).

El lenguaje es acorde: barroco, sobrecargado, rico en ornamentas al estilo de los bardos o los narradores de Oriente. Pero Cartarescu no sería quien es, si no deslizara algún guiño para hacer saber al lector que no se toma totalmente en serio, que esto en el fondo es un juego. Una fantasía con la que el poeta se distraía en 1987, tecleando en su cocina en los ratos libres de su trabajo como maestro de escuela. Publicado en 1990, esta obra es, en su original rumano – Levantul – un único largo poema en doce cantos, que recupera innúmeras pistas de la tradición poética cárpata y subraya sus influencias orientales, según dicen los entendidos.

La versión en español no mantiene esta estructura: para las traducciones internacionales, el autor editó una versión en prosa, más accesible para quienes no reconoceríamos los malabarismos de la poesía épica local. Pero es pleno Cartarescu: capaz de emocionar, de tocar esa fibra naïf del lector que desea creer en los héroes, sin nunca caer en lo trillado, siempre a punto de autoparodiarse, pero sólo a punto. Romántico, lo llamaban en el siglo XIX. Con diez cañones por banda, a un lado Grecia, al otro Rumanía y allá a su frente Estambul, Cartarescu propone una navegación a toda vela.

Mircea Cartarescu (Bucarest, 1956) es probablemente el escritor rumano vivo más destacado. Tras darse a conocer con el poemario Faros, vitrinas, fotografías en 1980 y dedicar una década a la lírica, empezó a escribir novelas y relatos de las que la editorial Impedimenta ha publicado en español El ruletista, Nostalgia, Las bellas extranjeras y Lulú, obra de la que ha cedido un excerpto a M’Sur.

Al igual que las obras anteriores, Levante ha sido traducido por Marian Ochoa de Eribe.

M’Sur ofrece como avance el primer capítulo de Levante cedido por Impedimenta, que publica este libro en 2015. A partir de hoy, en librerías.

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[Ilya U. Topper]

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Levante

 

Canto primero

 

“Flor de los mundos, ola verde de piedras preciosas festonada, mares que surcan veleros de oro cargados de pimienta y canela como peines que recorren cabellos perfumados, gota de rocío en la que se confunden las nubes y el cielo, oh, Levante, donde el céfiro hincha los carrillos y sopla sobre la inmensidad de las aguas, ¡qué sentimientos tan poderosos avivas en mi pecho! Oh, Levante, dichoso Levante, ¿cómo es que no sientes mi turbación, mi cólera? ¿Cómo es que tu ojo de brillos ambarinos no ve la noche que colma mi pecho, la congoja que invade mi mente desde que desperté de mi letargo y comprendí que soy rumano? ¿Por qué no tendré miles de ojos, como Argos, para poder llorar con miles de lágrimas el terrible estado de mi pueblo, prisionero de los lobos y de las alimañas que desgarran el seno de Valaquia con sus garras afiladas?”

Así meditaba un joven en la proa de un caique que volaba sobre las aguas, con las velas hinchadas, desde Corfú hasta Zante1, enfrentándose a las olas que hacían añicos el rostro del sol en el ocaso arrojando sombras de minio a través del turquesa líquido de las aguas. Joven amigo, tu rostro es pálido y transparente. ¿Es el tuyo un gemido de amor o de odio? Tu mano, llena de pesados anillos de retorcidas piedras preciosas, ¿querría posarse sobre un puñal o sobre el tierno pecho de una doncella? ¡Ay, sobre un puñal, y además cuanto antes, pues los tiranos se sonríen todavía, rodeados de albaneses de monstruosos turbantes, saquean todavía a los campesinos, arrebatan todavía a las muchachas de los brazos de sus madres, explotan todavía el país con crueldad! Tú te diriges a Zante, donde te espera tu hermana con treinta palicari2 en una barcaza anclada en el muelle, junto a los fanales.

¡Ay, tu hermana Zenaida! Quien la ve, queda embelesado. Quien contempla sus labios de rosa y sus ojos celestiales se pregunta si no se habrá reencarnado Hero para esperar a Leandro al otro lado del palacio de cristal del Helesponto. La griega es dulce y perfumada y sabia, colmada de gracias. Los ojos de la musulmana son como ciruelas brumosas que apenas se adivinan a través del tupido velo. La francesa tiene dientes como granos de nácar y ojos verdes. Una kirguiza se vende en el mercado por unos miles de mahmudes3 pero solo un loco querría comprarla: en la alcoba, entre cojines de Shiraz, sorbería sus besos hasta dejarlo sin aliento, sin color en las mejillas. Mi arpa no tiene cuerdas suficientes para cantar a la macedonia, para alabar su cabello ensortijado, sus senos insaciables y sus cejas unidas como el arco de Amor: es vanidosa pero dulce, y sus chanclos tienen punteras de seda. La egipcia es negra como una noche de pasión, se derrite entre caricias, gime y suspira en el delirio amoroso, arde y se enrosca al cuerpo del amado como la vid al rodrigón. La italiana es una diablesa: te engaña y te traiciona, te arruina y, cuando ya no te queda ni un céntimo, le pide a su amante que te apuñale en un cruce de caminos. La serbia luce collares de icosari4 en su pecho de azucena, es tímida como una corza, todos los mozos suspiran por ella, pero ella no entrega a nadie la flor de su virginidad y se hace dócil monja en alguna ermita solitaria. Muchas flores hay en el mundo, pero pocas dan fruto, muchas perlas hay que brillan bajo el cielo, muchas mujeres de ojos negros y densas pestañas, ¡pero ninguna se parece a la rumana de los Cárpatos! Su melena cae como agua voluptuosa hasta los tobillos que asoman bajo sus bombachos sedosos, hasta las pantuflas de hilo de oro y punteras retorcidas. Su rostro es de alabastro, sus párpados como conchas están maquillados con kohl de Quios, el más caro, sus pestañas son espesas y apretadas, sus pasos, menudos y cimbreantes. Está secretamente enamorada del beizadea del país, de nombre Calimachi, que tiene el alma corrompida pero que es tan bello como la vida misma. Es el hijo del perro que come y bebe en el desgraciado banquete de Valaquia, el putero de los arrabales, entregado solo al mal. Él es la espina del pecho torneado de Zenaida, él es el ladrón de su corazón…

…Pero, efendi narrador, te has lanzado con la diégesis y te has ido de la lengua. Es mejor que volvamos al lugar del que hemos partido, al joven Manoil que escruta, junto al timón, las olas verdes que se pierden en el horizonte.

La sombra de la noche se derramaba sobre el Archipiélago y las islas oscuras sacaban miles de cabezas entre las olas. De repente, en la madera redonda del timón creció una yema, luego el rabito de una flor de espinas pálidas y, en la punta, el botón de un rubí: es la rosa del ocaso abierta sobre el Levante. Ella despliega sus pétalos púrpuras sobre los rayos del cielo, ella oscurece con llamaradas ambarinas el agua centelleante, ella deposita en las almas la llama del deseo infinito: el deseo de partir, el deseo de las armas, el deseo de los mares, el deseo del amor. Es Gul, que abrasa en los alisios y que destila fuego en las bahías cuando se extiende por las islas y por las casas encaladas, que pinta de oro el morro de los caiques sobre el cristal del mar y que tiñe de sangre los filos y de pimienta los senos. Gul, que anuncia con su brasa el país de la reina de los ruiseñores: la noche llena de brillantes, desde Roma hasta Mosul.

Manoil entró en la habitación, situada bajo la cubierta, tomó la pluma de oca, la introdujo en el tintero y escribió con tinta rojiza: “Oda a la pobre Valaquia, saqueada por el Lobo-Voivoda”. Se quedó pensativo unos instantes y lo borró. A continuación escribió: “Elegía a las tumbas de los antepasados, en las que se observa el doloroso estado de la nación”. Y su imaginación echó a volar:

“Cuando el ruiseñor llora en el bosquete de romero
Y los arroyos se rizan en olas
Cuando las chicharras cantan bajo los rayos divinos
Que se apresuran hacia el poniente,
Yo empapo la almohada con mis lágrimas, pues recuerdo
Las desdichas de la patria
Y en mis sentidos crece un mar acongojado
Asolado por los espíritus malvados

Extranjero que recorres el mundo,
Por mares o caminos polvorientos,
¿Has encontrado en otra parte una alegría mayor
Y mayor provecho
Que en el campo verde esmaltado de flores?
¿Que en las tierras de mi patria?
¿Que en las blusas bordadas y los pañuelos del dulce traje
De nuestras doncellas de cabellos dorados?

Podrías pensar que Valaquia es un trozo de paraíso,
Pero, ay, ¡estás tan equivocado!
¡Pues hoy su tierno seno es engullido por los sinvergüenzas
Que sometieron la región!

¡Oh, maravilloso país, lo que fuiste en otra época
Y lo que eres ahora,
Bajo la suela de los llegados de Fanar!
Tus niños tiemblan y las madres aúllan de dolor,
Pero a los griegos no les importa.

Sobre las blancas tumbas de los héroes de antaño
Crecen malas hierbas.
Bajo ellos gimen Mihail el Bravo y Mircea Voievod
Como gemimos nosotros bajo los turcos,
Ay, nuestra estrella se ha puesto, ay, nuestro ángel ha muerto
Y el sable está enmohecido,
¡Ay, los griegos son ahora los dueños de la patria,
Mercaderes que fingen ser aristócratas!

Levántate de tu tumba, Brâncoveanu, levántate, rumano,
Recuerda
A Cato y a Brutus con las águilas en la mano,
A los grandes caudillos de Roma,
¡Pues el águila en cuervo con la cruz en el pico
Se transformó con el paso del tiempo
Y el romano se hizo rumano, ese fue su destino,
Y es un hombre valiente!

Levántate, nación, mujer llorosa,
Mira, las tumbas se abren
Y de la sombra humeante salen fantasmas nobles
Que desafían a los siglos.
¡Arriba, arriba, contemplad los laureles y la independencia
Y como leopardos terribles
Desgarrad con vuestros colmillos y vuestras garras
A los depuestos tiranos!

¡Señor que estás en el cielo en un trono de rayos,
En Tu silla de plata,
Permíteme vivir para ver cómo el dragón
Entrega su alma,
Para ver a un pueblo orgulloso en un país dichoso
Y cerrar luego los ojos
Y así partiré sonriente
Y feliz de este mundo!

Mira, la noche se torna más cerrada y cubre la Hélade, mira, las estrellas con sus miles de destellos, amarillas como el azafrán, vierten su copa en el mar de mercurio y de ensueño. Apacibles medialunas de oro se bañan en olas de lapislázuli. La luna, un cuerno de estaño, ha partido de la cúspide de la mezquita y se ha tendido sobre las olas como un párpado sobre la córnea, como la pestaña de una odalisca sobre el rostro de un isicasta. La medialuna se hace añicos fríos sobre la bahía. El delfín sale de las aguas y recoge polvo de oro de la bóveda celeste. Un sudor dorado hace que brillen en la oscuridad los mástiles y los odres de las velas se hinchan en un cielo de icosari. El mar es liso como el cristal, el cielo es de madreperla. El polvo de las estrellas ilumina como si fuera de día, el Escorpión mueve su aguijón, las Pléyades se pasean por la bóveda, las Osas brillan como piedras preciosas en un cofre, Géminis se inclina sobre el parapeto de la esfera celestial. Todo lo que alcanza la vista son islas. El único rumor es el de la luna al deslizarse por las ruedas dentadas, como la Virgen del reloj cuando se asoma con el niño a la ventana. Las estrellas se arrojan a las olas y las olas a las estrellas.

Manoil, tu despejada frente de poeta se ha posado sobre los pergaminos y tu pesadumbre se ha calmado. Gran Oriente, ¿cuándo has visto tú un espíritu más noble en el Edén? Hacia el alba, el converso Ibrahim lo despierta asustado:

–¡Levántate, efendi, que estamos rodeados de piratas: vienen en barcas hacia nosotros y en la primera está su jefe, Yogurta el tuerto, el terror de los mares que bañan la isla de Zante! ¡Aquí, en el Levante, su cabeza vale miles de monedas de oro! Él captura todos los caiques que le salen al paso, les perfora el casco y los hunde. Amarran a los tripulantes a los mástiles y los hace desaparecer junto con la nave.
Manoil salió a la cubierta después de colocarse en el tahalí dos espléndidas pistolas traídas de Londres. La culata es de marfil y el cañón tiene flores de plata. ¡Ay de aquel al que apunte Manoil! Cuatro barcas alargadas se acercaban a la popa atravesando un mar en calma. En la primera brillaban terriblemente bajo la luz diez cimitarras. Otros tantos feces se movían al ritmo de los remos envueltos en fieltro. Los palicari del puente del caique se esconden tras los cabrestantes, prueban la pólvora de los arcabuces, se encomiendan a los iconos que llevan al cuello. Son solo siete y los piratas son cuarenta. No se divisa ninguna vela en el horizonte.

–¡Estamos perdidos! –gritaba lastimero el grumete Ianis.

Pero Manoil permanece tranquilo. Contempla el amanecer sobre las aguas de napalm.

Los arcabuces empiezan a tronar y los piratas a gritar, maldicen a las madres, a Dios y a la Hostia, las anclas se fijan a la bocana del puerto, los piratas saltan a la cubierta y amenazan a los marineros con los alfanjes, luego maniatan con una soga entretejida con hilo de seda a los que aún respiran. Los cerdos son Adonis, el asno es sabio, el tigre es dócil como un cordero y no tiene colmillos en la boca, la víbora es una lombriz ciega y los cuervos son pichones comparados con los piratas cojos, mancos, lampiños y de gruesas papadas. Sin embargo, los piratas son bellos como dioses y dulces como el néctar comparados con el terrible verdugo del mar, comparados con el cruel Yogurta. Tiene un solo ojo en la frente, al igual que el Cíclope de Homero, y unas guedejas grasientas, rojizas como si se hubiera mesado el cabello con las manos ensangrentadas, caen sobre su ropaje de largos faldones. Bajo sus pesadas zancadas, bajo su enorme barriga, crujen los tablones de la cubierta.

–¿Eres inglés? –rugió Yogurta cuando vio a Manoil, y le arrimó al cuello el filo de la daga con empuñadura de marfil-. Vamos, dime qué siente la hierba en flor cuando los ciervos y las corzas le arriman el morro.

–Se deja mordisquear y se alegra, pues sabe que su capullo se levantará al año siguiente.

–¡Perro! Reniega inmediatamente de tus hombres. Únete a mí y enséñanos a disparar los cañones de bronce y a alcanzar barcazas de toda clase y caiques con cañones de madera de cerezo. Si rehúsas, le diré a Spiros que te estrangule ahora mismo.

El rumano miró al verdugo de frente, muy tranquilo:

–¡Ay, triste Yogurta, aunque no tuviera una sola vida sino miles, todas llenas de alegría, igualmente las sacrificaría por el dulce amor a la libertad! El hombre no es un buey para, avergonzado, tirar del arado uncido con un arnés y un yugo. El océano no es una palangana, ni los Cárpatos, un hormiguero. ¡No soy inglés, soy rumano y quiero morir siendo rumano!

–But you speak perfectly English –se asombró el griego.

–Well, I’ve studied once at Cambridge –respondió el joven.

–¿Has dicho Cambridge? ¿No estarás mintiendo? ¿Y no conociste allí a un estudiante griego de ojos y boca como la confitura? Tiene veinte años y es mi amadísimo hijo, por él arraso el Levante desde el ocaso hasta el alba.

–¿Tiene tu hijo una mancha de nacimiento en el rostro, como una estrella de cuatro puntas? ¿Viste atuendos orientales?

–¡Sí, es él! ¡Ay, mi pobre Zotalis, koriţaki-mu!

–Fuimos amigos. Juntos aprendimos de memoria todo lo que escribió lord Byron y, en un momento de exaltación, nos hicimos hermanos de sangre, juramos liberar a la Hélade de los turcos libertinos y devolver la luz a Valaquia.

–Ay, ţaruki – el tuerto masculló la contraseña de los sublevados con una emoción indescriptible.

–Y paluki –replicó orgulloso Manoil, que se había perdido ya en ensoñaciones violetas como la sombra de una cucharilla de plata sobre el sorbete.

Veía una nube de sangre en el extenso reino. Veía cómo aparecían los palicari, en oleadas, desde los miles de rincones de la infeliz Hélade, cómo se movían como el mar, cómo se hinchaban como las ráfagas del huracán, como la lluvia y el trote de los caballos. Contemplaba cómo los burros acarreaban gavillas de lanzas. Veía a la tropa rebelde, agitada como las aguas de los torrentes al saltar entre peñascos, que llegaba con el tintineo de los alfanjes, con el crujido de las fustanelas, con la mirada cruel. Los caballos llevan frenos de plata y chapotean al cruzar los vados. Los montenegrinos, horcas en ristre, se arrojan al fuego como demonios; los croatas, con las melenas ungidas con suero, son los dueños de la llanura, donde siegan las rodillas y los cuellos de los turcos como se tronchan las calabazas podridas de su zarcillo seco. ¡Qué rugido, qué gritos, qué calamidad! Los jinetes caen cercenados por las guadañas en el fragor de la batalla, los oficiales tienen tocones ensangrentados en lugar de manos y gritan desesperados. Hojas del Corán, falaces pero bañadas en oro, revolotean por el aire arrancadas de cuajo. Los corceles se encabritan bajo nubes perladas. Los vigorosos búlgaros vienen sacudiendo violentamente la tierra, los músculos de su espalda parecen gruesas serpientes porque trabajan siempre encorvados sobre macizos tomates y suculentos pimientos: golpean ahora la coronilla de los turcos con los rodrigones del huerto. “¡Ay, Alá, Alá!” se escucha por todas partes cuando, de repente, cuando la luna flota en lo alto oscureciendo la tierra con una luz como el dulce de naranja, se oye el sonido del cuerno y el ladrido de los mastines, y de los bosques infinitos surgen, por millares y millares, los rumanos, los halcones de la batalla, que no van a caballo sino que cabalgan leopardos bajo las llamas de las estrellas de la bóveda celeste. Derriban las imponentes tiendas de hilo de oro y plata, desgarran sus ricos tejidos y prenden fuego al campamento. Los abanderados huyen con los rostros enrojecidos por las llamas, los leprosos se ahogan, en medio de un humo denso, junto a los carros cargados de alimentos y arrastrados por búfalas. Las crines de los caballos chisporrotean, los cuchillos hienden sus vientres. Los turcos huyen de la muerte aterrorizados, con los bombachos por las rodillas, mientras la tropa rumana llega centelleando bajo la luna como el filo de una daga, como los colmillos de un león rabioso. Antes del amanecer, los Balcanes inclinan la cabeza ante los Cárpatos.

… fantasías de un alma noble. ¡Qué pena me das, Manoil! En mi extraño relato has empezado con el pie izquierdo. Temo que llegues a perder la razón cuando sepas lo que sigue, cuando sepas que tu periplo es tan solo una anábasis. Cuando sepas que tu destino es de papel. Ulises, el de la Antigüedad, no sabía que no fue él, sino Homero, el que urdió todos los engaños, el que le envió los pretendientes a su esposa, el que hablaba a través de su boca, que ni un solo cabello de su cabeza se movía sin el permiso del aedo. Es verdad. Te sueño, te oigo, te pienso: ahora apareces ante mí inmóvil como el daguerrotipo de la muerte realizado a un dios enterrado. Puedo hacer lo que quiera contigo, encumbrarte o destruirte, pues nadie, nunca, es dueño de su verdad. Pero ya que me he propuesto escribir una epopeya y abrir una flor a partir de unas hojas muertas y olvidadas, incluso aunque solo sea una alucinación en la bola de un adivino, convertir en inmortal una escultura de arena, Manoil, ¡sigue adelante! Pálido actante, ¿por qué titubeas? Ninguna story puede cuajar si no crees en ella.



 

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1) Actualmente se conoce como Zacinto, una de las islas jónicas de Grecia.
2) Soldados voluntarios que participaron en la guerra de independencia de Grecia.
3) Moneda turca de oro que estuvo en circulación en Rumanía hasta mediados del siglo XIX.
4) Moneda turca de plata.

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© Mircea Cartarescu (1990) · Cedido a M’Sur por la editorial Impedimenta. Traducción del rumano:  © Marian Ochoa de Eribe.

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