Regreso a Kobani

Publicado por

Lluís Miquel Hurtado

@llmhurtado

Periodista (Tarragona, 1986). Vive en Estambul, donde colabora con el diario El Mundo.

Publicado el 20 Feb 2015

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Refugiados kurdos de Kobani llevan provisiones a la ciudad durante el asedio (Sep 2014) | © Ilya U. Topper / M'Sur
Refugiados kurdos de Kobani llevan provisiones a la ciudad durante el asedio (Sep 2014) | © Ilya U. Topper / M’Sur

Kobani (Kurdistán sirio) | Febrero 2015

Adle Caso vive con cuatro pequeños en una de las pocas casas que no son escombro en la avenida de Yarabulus, a cuatro pasos de la rebautizada como Plaza de la Paz. Tiene 41 años, pero estos últimos cuatro meses de asedio le han grabado treinta más en el rostro. Se fuma un Gitanes light mientras llora. “Huimos de Kobani con el Estado Islámico en la puerta. Volvimos hace 10 días. Este es nuestro hogar. Hemos pagado por él muchos mártires”.

En la ciudad kurdo-siria de Kobani -llamada Ain al Arab en árabe – no hay casa sin ‘mártir’. Uno de ellos es el tío de Adle. Más suerte ha tenido Mohammed, el marido de Adle, que posa cariñoso su muñón derecho sobre el hombro de la mujer trazando una triunfal sonrisa. Adle vive con Sadika, mujer de un ‘asayish’ – policía de Kobani – y pasa la mayor parte del tiempo en la penumbra. “Nos espabilamos como podemos. Mediante un generador eléctrico, sacando agua de un pozo… por suerte hoy hay menos combates”.

Aún quedan calles impracticables porque el ISIL, en su retirada, dejó minas y otras trampas explosivas

Hace apenas dos días que los defensores de Kobani, una amalgama de milicias entra las que destacan las Unidades de Protección Popular (YPG y su rama femenina, las YPJ) como más numerosas, anunciaron la liberación de la localidad tras 133 días de sitio. El Estado Islámico (ISIL), la organización yihadista que ha acosado la ciudada desde el sureste y el oeste, lanzando munición de racimo, de mortero, empleando atacantes suicidas y coches bomba y publicando vídeos de propaganda con un rehén en el centro urbano, ha sido empujado al extrarradio.

Combates

A inicios de febrero, los combates prosiguen al este, en el área rural. La coalición antiyihadista encabezada por Estados Unidos bombardea esporádicamente posiciones del ISIL a lo largo del día. La milicia yihadista se ha empujado ya a más de cinco kilómetros de la ciudad, pero sus disparos siguen llegando: acaban de herir a cuatro civiles por un mortero caído a dos pasos de la frontera con Turquía. También dentro de la ciudad hay peligros. Aún quedan calles impracticables porque el ISIL, en su retirada, dejó minas y otras trampas explosivas. En un rincón de la mezquita de Sahan duerme aún un proytectil de mortero de 120 mm, que no llegó a estallar.

A la caída del sol las avenidas permanecen inertes. Sólo algún que otro vehículo engalanado con banderas de las YPG o del Ejército Sirio Libre – también ha luchado aquí -, que surca el asfalto, o cuatro notas musicales procedentes del diván de un guerrillero ocioso, alimentan de vida el lugar. En todo momento se respira el penetrante olor de la combustión de los generadores a gasolina.

Unas 300 familias siguen viviendo en Kobani pero empiezan a retornar los refugiados

En un garaje, flanqueado por ancianos y milicianos, Faradut extiende las palmas de sus manos sobre una pequeña hoguera. Tiene 13 años. “Aquí me gano la vida como puedo. Por ejemplo, limpiando armas”. La irrupción del ISIL en Kobani provocó, el pasado septiembre, un éxodo de 180.000 refugiados a Turquía. Fueron realojados en un puñado de campos instalados en la franja fronteriza con Siria. Faradut es de los civiles que se quedaron aquí. Fuentes locales calculan que hay 300 familias malviviendo entre casas derruidas. Con el fin de la presencia yihadista pronto muchos más querrán volver a casa. Algunos ya lo hicieron.

Zehra tiene 25 años y coloca primorosamente unos minúsculos calcetinitos blancos a una muñeca de plástico. Hace un mes que su niña, Talivan, de ocho meses, murió en un campo de refugiados turco por una infección pulmonar provocada por el frío. “Los médicos del hospital de Suruç le dieron medicinas al tuntún aún viendo que ni tan siquiera podía respirar, y acabó muerta”, lamenta. Con el cuerpo de la bebé congelado en los brazos, Zehra tuvo que suplicar a los guardas fronterizos su permiso para volver a Kobani a enterrar a la pequeña. Ahora comparte salón con cuatro familias.

El anciano Bozan Saji es de Moyaraqui, un pueblo a 20 kilómetros al suroeste de Kobani. De allí tuvo que huir junto a cuarenta miembros de su clan cuando, a finales del año pasado, se agotó la munición para contener a los yihadistas. “Llegamos a la frontera turca con el coche, pero no nos dejaron entrar a Turquía con él. Así que, junto a docenas más con coche, decidimos quedarnos a vivir junto a la verja guardando nuestros vehículos”.

Durante dos meses, Bozan durmió con tres familiares en los asientos. Aquél aparcamiento improvisado al aire libre fue un sinvivir. “Milicianos del ISIL se acercaban cada poco a robar alguno de los cien coches que había. No había nada que hacer: si hubiéramos protestado, nos habrían matado”, cuenta, indignado. También cayó artillería. Tras todo ese calvario, Bozan Saji ha concluido que no debería haberse ido de Moyaraqui. “Si en el futuro nos ocurre algo parecido, es mejor luchar hasta caer muertos”.

Mahmud Saro no tuvo opción de decidir si irse o no porque le falta una pierna a causa de una enfermedad. Cuenta que ha pasado todo el calvario armado con un rifle, intentando guardar la calle, y repartiendo pan por el vecindario. Lo acompañaba su mujer, árabe. “En el peor momento del asedio le rogué que fuese a refugiarse a Turquía. ‘Me quedo. Si mueres, muero yo contigo’, me respondió”.

“Los niños se despertaban con pesadillas por los bombardeos, pero ahora se han acostumbrado”

Cemile, 35 años, que convive con Zehra, tampoco se planteó dejar Kobani. Su marido, al igual que el de su compañera, es miliciano de las YPG. Sus hijos pequeños Hamidi, Yanam, Ahmed y Roya ahora sonrien, tras cuatro meses de asedio entre pucheros y berrinches. “Se despertaban por la noche con los bombardeos, con pesadillas y llorando, pero hoy se han acostumbrado al ruido de las bombas”, dice Cemile. A lo lejos se oyen detonaciones. Los críos ni se inmutan.

¿No es un mal sitio para que vivan niños en él? “¿Para qué íbamos a irnos a Turquía? Estos chicos, los de YPG, lo han hecho fetén. A nosotros nos toca también luchar hasta la última gota de sangre”.

De hecho, siguen llegando heridos del frente. Los que no están demasiado graves se atienden en el único hospital que queda, en realidad un colegio reconvertido en centro sanitario, tras destruirse los cuatro hospitales que había. Zinar Mirrak, herido en el pie por una bala, se sienta en la camilla, flanqueado por camaradas con fusil. A juzgar por su mirada de funcionario, taparse un hueco en la piel es para él un trámite. El cuero amortiguó el impacto y la herida no es muy profunda. Habrá que volver pronto al frente.

No tiene tanta suerte su colega Renas. El chaval relata cómo sufrió una lluvia de metralla cuando un proyectil de artillería cayó a pocos metros de donde combatía, hace dos semanas y media, en la estratégica colina de Mishte Nur, que domina Kobani.. “Mis padres, que están en Turquía refugiados, se enteraron de lo mío al mismo tiempo que se anunció la recuperación de Mishte Nur. Así que mi padre sólo me felicitó por nuestro éxito a pesar del percance”.

En los peores días del cerco llegaban 30-40 heridos al día al hospital improvisado; hoy apenas son cinco

La escuela-hospital está escondida en un sótano a fin de evitar el fuego de mortero. El banco de sangre es una nevera de Coca-Cola. Las habitaciones para pacientes, dos, son cuchitriles donde la única luz es artificial. Eso sí, hay globos de colores colgados de los techos, recuerdo de la fiesta de celebración de la liberación de la ciudad hace seis días. El centro cuenta con dos ambulancias y siete médicos. Uno de ellos es Mohammed Bali, bata verde, manos hidratadas y mirada celestial. Teme que el retorno de los refugiados va a complicarse: “Al destruirse los otros hospitales se perdieron muchísimas medicinas. De aumentar el número de civiles aquí nos enfrentamos a un problema serio de falta de suministros”.

Todo funciona con un generador que resulta insuficiente cuando hay que encender el aparato de radiografías. “Aún así somos unos afortunados de tener una fuente de alimentación”, comenta el doctor Mohammed Arif Alí en perfecto francés. Tiene 34 años y es radiólogo, pero como todos los que atienden a los heridos aquí hace “lo que sea, pues las emergencias no entienden de especializaciones”. Relata que en los peores días del cerco, hace dos meses, cuando el ISIL estaba a pocas calles, llegaban de 30 a 40 heridos por día. Esta semana, no más de cinco.

Debido a la falta de equipos de cirugía, los heridos más graves, tanto civiles como combatientes, siempre son atendidos en hospitales de Turquía. En primer lugar, en el hospital de Suruç. Cuando el paciente es crítico se envía al de Sanliurfa, capital de la provincia. Pero los problemas burocráticos para cruzar la frontera han significado en el pasado, la muerte de al menos 20 personas, cuenta Mohamed Arif Ali. “Una vez perdimos cuatro vidas junto a la verja esperando nueve horas el permiso para cruzar”. Matiza que ahora la situación es distinta. Este tipo de tragedias ya no pasan.

Los dos médicos piden que Turquía colabore para agilizar la entrada de medicamentos, material sanitario y, sobre todo, ambulancias. “Llegamos a tener cinco, pero tres acabaron destruidas durante la ofensiva del ISIL”, repasa el radiólogo. Una de ellas es un montón de chatarra, aparcado cerca de la frontera. En sus puertas traseras aún puede leerse ‘AMBULANCIA’. En el lateral, los logotipos del 112 y de la empresa sanitaria vallisoletana Ambuibérica. El vehiculo acabó en Kobani tras prestar servicio en Castilla y León, desde donde fue vendido a un país exsoviético.

También falta comida en Kobani, aunque al menos se garantiza el pan de cada día. El único horno que queda operativo depende de 18 trabajadores permanentemente exhaustos y del traqueteo de un renqueante generador eléctrico de seis kilovatios. También del suministro de harina y levadura, que llega de Turquía. Pero “el pan es sagrado”, enfatiza Moslem, de 43 años, cuya tarea es distribuir las bolsas de pan por los puestos militares.

“Construiremos campos para que quienes tengan la casa destruida pueden al menos estar aquí”

Hoy los repartidores tienen el gesto torcido. La producción de 15.000 unidades diarias, gratuitas por ser tiempos de guerra para los 3.000 civiles y los cientos de milicianos de la ciudad, está siendo más lenta de la cuenta. Hay casas donde esta dosis de pan es lo único que hay para comer.

Retorno

Los responsables de Kobani calculan que para la primavera se podrá completar el retorno de los refugiados. “Construiremos campamentos para que quienes tengan la casa destruida pueden al menos estar aquí”, subraya Nassan. Para recordar la gesta se prevé construir un museo al aire libre en una barriada de Kobani, dejando los escombros tal cual. También se pondrá en pie un nuevo vecindario en las inmediaciones del monte Mishte Nur, el más alto de la ciudad y cuya toma, hace una semana, significó una victoria estratégica clave y el principio del fin de la presencia yihadista.

La alegría también es visible en el pueblo de Suruç, a diez kilómetros de la frontera. Ziha, cuyo marido, dos hijas y un vástago seguían arma en ristre dentro de Kobani, recordaba a su hijo Serwan, muerto durante los combates de liberación. “A pesar de toda la sangre derramada, no puedo describir la felicidad que siento. El Daesh -acrónimo árabe para el ISIL- está acabado”.

A su lado loaba a Dios la anciana Fadime, subida en una motocicleta. Kurda de Turquía, no se había movido de Masser, una minúscula aldea próxima a la frontera, desde el primer día del asedio. “Que Dios bendiga a Obama”, exclama, recordando lo crucial de los bombardeos que, desde octubre, la coalición internacional liderada por EE UU lanzó contra el ISIL en Kobani y otras partes de Siria e Iraq.

Reconstrucción

Ahora empieza latitánica tarea de la reconstrucción. Algo difícil, cree Idris Nassan, ‘viceministro’ de Exteriores del cantón de Kobani – territorio administrado por los kurdos desde finales de 2012 – porque “ya incluso antes del asedio la situación era complicada”.

Ankara, acusado de entorpecer la defensa de Kobani, puede convertirse ahora en socio en la reconstrucción

“Desde el inicio de la guerra de Siria, el régimen nos tenía en condiciones precarias”, reconoce Nassan. “Kobani tiene una muy activa vida social, pero debido a los combates en toda la periferia del cantón sufrimos un problema crónico de desabastecimiento”. Para colmo, una de las infraestructuras que impulsaron los administradores cantonales el año pasado, un gran depósito de agua, fue tomado por el ISIL, que lo dejó inutilizable.

Con el 80% de Kobani en ruinas, Nassan ha impulsado una comisión destinada a coordinar los esfuerzos para rehacer la ciudad. El primer paso ha sido inventariar todos los daños y diseñar un plan urbanístico para la Kobani libre. “Necesitamos ayuda de toda la comunidad internacional, especialmente de Turquía, país vecino con el que deberíamos poder entendernos”, dice. El Gobierno de Ankara, acusado reiteradamente por los kurdos de entorpecer la defensa del sitio, puede convertirse ahora en socio preferente en las tareas de reconstrucción. Que a la postre son un negocio.

“En los últimos días estamos notando un cierto cambio turco hacia una postura más simpática con nosotros”, concluye Nassan. “Intentamos tener contactos oficiales a fin de llegar a acuerdos para lograr nuestro objetivo”.

Kobani se va a dormir algo más relajada. Pero Idris Nassan advierte que, a pesar de que en el esqueleto urbano de Kobani ya no hay yihadistas, éstos siguen en cerca de 400 aldeas y poblaciones alrededor de la capital del cantón homónimo. “Para expulsarlos, toca seguir combatiendo”.

Mujeres libres

Guerrillas kurdas de las YPJ en Kobani (Enero 2015) | © Lluís Miquel Hurtado
Guerrillas kurdas de las YPJ en Kobani (Enero 2015) | © Lluís Miquel Hurtado

“Hay un enemigo que ha venido a mi tierra / y me he visto forzada acoger un arma y protegerla / No es nuestra forma de tratar al ser humano/ ¿Pero por qué nos pusieron en esta situación y tener que hacer ‘bang bang’?”

Berman, Pervin Agri y Hasrad cantan mientras emprenden ligeras, fusil Kalashnikov al hombro, el camino enfangado a la colina del Kani Kurdan. Hasta hace sólo una semana, el ISIL tenía aquí plantada su bandera negra. Son guerrilleras de las YPJ, la rama femenina de las YPG, la milicia kurda más numerosa en la defensa de Kobani.

“Antes de lo de Kobani la gente no creía en nosotras, nos tomaba por inútiles. Pero las YPJ hemos demostrado, venciendo, que no era así. Las mujeres luchan y las mujeres protegen. Las mujeres paren y alumbrarán una nueva generación en Rojava (el Kurdistán sirio)”, proclama triunfal Pervin Agri, de 20 años, enrolada desde hace dos en las YPJ.

La colina de Kani Kurdan, en el extremo este de Kobani, está repleta de trincheras y posiciones de ataque para los francotiradores. Exhibe banderas de todas las guerrillas kurdas y árabes que han participado en la liberación de la ciudad. También la imagen de Abdullah Öcalan, fundador de la guerrilla PKK en Turquía, un movimiento con un ideario marxista y de liberación de la mujer que ha inspirado los movimientos kurdos de Siria.

“Esta tierra es sagrada para los kurdos, y por eso el Daesh (ISIL) – la quería islamizar”, asegura Berman, que tiene 28 años y nació en Kobani. “La victoria en Kobani es en un ochenta por ciento el éxito de las mujeres. Nuestro lema sigue siendo ‘Mujer, vida y libertad'”. Su colega Hasrad asiente. “Luchamos contra hombres que violan y que venden a mujeres”, indica. “Nos suicidaríamos para evitar ser esclavas”.

Así lo hizo, el cuatro de octubre pasado, la miliciana conocida como Arin Mirkan. Detonó una carga explosiva que llevaba adosada al cuerpo junto a un puesto de control del Estado Islámico. Viyan, una comandante de las YPJ encargada de tareas en el frente, enfatiza a Mirkan como símbolo: “Recordarla nos da fuerza antes de entrar en combate”.

En el pequeño pueblo de Numan, al suroeste de Kobani, Ararat Kato, de 20 años, da las órdenes en el puesto de control. Es francotiradora. “Ellos tenían las armas pesadas, nosotros el amor por la vida. Lucho bajo esta filosofía de Öcalan, que defendió derechos para las mujeres. Y no lucho sólo por las mujeres kurdas, sino por todas las mujeres del mundo”.

Viyan continúa: “El cuerpo de la mujer no es algo que está al servicio del hombre”. A su lado, Amara, otra alto mando de las YPJ, lo remacha. “Una sociedad con mentalidad masculina es una sociedad débil. La mujer es complementaria y necesaria en todos los estamentos. Sin igualdad y plenos derechos para las mujeres una sociedad no puede considerarse democrática”.

Tanto Viyan como Amara proceden de caldos de cultivo patriarcales. “Hasta en mi familia se trataba a mi hermano con más consideración que a mí”, explica Amara. “Me sentía falta de derechos”, añade Viyan, “y en las YPJ los he encontrado. Sé contra quién lucho y para qué lucho. Me uní hace dos años y no pienso dejarlo. Queda mucho por combatir y construir”. Amara concuerda: consagrarse a las YPJ, dice, es abandonar para siempre la vida de civil.

Oscurece y una serie de cohetes impactan en las inmediaciones del sector oeste. Las guerrilleras van y vienen por el vestíbulo del cuartel de operaciones, donde apenas hay rastro de hombres. ¿Se sienten libres? Viyan responde: “Libertad formal no equivale a libertad mental. Aquí no soy libre, pero lucho y resisto para serlo. Aspiro a que mi libertad consista en ser libre de mente”.

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