Heridas del viento

Publicado por

Virginia Mendoza

Publicado el 28 Abr 2015

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Una enorme barba no logra ocultar la sempiterna sonrisa de Pavel. Los molokanes, desde que cumplen cuarenta años, no pueden volver a afeitarse. Tampoco pueden cortarse la barba. Peinado con la crencha a un lado, Pavel ofrece una imagen un tanto infantil, a pesar de que su pelo es más blanco que el tronco de los abedules. Puede que Pavel sea el menos afectado por la prohibición de ver la televisión: es invidente. Nos lleva a una sala y se sienta junto a una mesa que expone sus tres libros sagrados. Hay muñecas de mirada inquietante que nos observan desde colchas blancas, apiladas. Hay un niño rubio, de ojos azules, vestido con uniforme militar y Kalashnikov en mano. Es el bisnieto de Pavel y posa de esta guisa en una felicitación navideña que su bisabuelo expone orgulloso junto a la cristalería, en el mueble del salón.

Me muestra las habitaciones, me hunde los hombros para sentarme y me maquilla a la fuerza

Las vacas vienen lentamente, con resignación. Karine aprovecha el momento para amenizar la espera. Entusiasmada, me agarra del brazo y me lleva a su caravana. Me muestra las habitaciones, me hunde los hombros para sentarme y me maquilla a la fuerza. Que a cada gesto diga ahá, empieza a despertar en mí cierta curiosidad por el resultado, porque no veo ni un espejo. Pero pronto tengo acceso a uno de esos objetos del demonio y descubro el paisaje en mi cara: mis párpados son dos colinas por las que se extiende una uniforme sombra verde y brillante que Karine ha elegido a conciencia, para que vaya a juego con mi camiseta, de cuadros morados y negros, y con el rojo que ha dejado el sol en mi cara. Una alarmante cantidad de grumos negros hacen, de cada una de mis pestañas, un rosario armenio. Podría ser peor: podría maquillarme dentro de unos días, cuando la piel quemada empiece a desprenderse. Así que le doy las gracias.

Cuando termina, la chica rocía sobre mí un perfume que, si fuese sonido, nos rompería los tímpanos a las dos. Por suerte, solo huele y, por suerte, las colonias malas mueren cuando el aire y el tiempo se ponen de acuerdo. Con los ojos muy abiertos y satisfecha con su obra, me dice: ¡Maquíllate siempre!

La mujer, de cien años, reza enfundada en un pañuelo negro que le cubre un moño blanco y observa todo con desconfianza

Decía Clarice Lispector que cuanto más entra uno en el centro menos sabe cómo es una ciudad, y en los pueblos pasa justo lo contrario. En el centro, el pueblo se hace pueblo. Y es especialmente evidente en una aldea como esta, en la que una carretera termina según los mapas y, según la realidad, se hace camino. Aquí donde unos hombres se reúnen para esperar a las vacas y hablar de cosas de hombres que esperan vacas, algunos advierten, a gritos, de la avalancha: ¡Que vienen las vacas! El olor a vodka se hace más intenso a medida que uno de los hombres se acerca para invitarnos a su casa. He perdido la cuenta de los cafés que hemos tomado, pero si la polvareda que levantan las reses a su paso no ensuciase el aire y no nos engañase enturbiando los colores del cielo, sería más evidente que es tarde para aceptar el enésimo.

Veo a Arevaluys como una mujer diminuta, de ojos tan vivos como azules, casi desquiciados, con una energía inconmensurable que me hace dudar de la utilidad de un bastón que su mano no acierta a mover a la velocidad de sus pies. La mujer, de cien años, reza enfundada en un pañuelo negro que le cubre un moño blanco y observa todo con miedo y desconfianza. Ni siquiera parece fiarse de los relojes o le importa demasiado el tiempo, como si sufriese una espera constante o se creyese a punto de llegar tarde en todo momento.

Él nunca bebía café. Ha aprendido a prepararlo por una sola razón: para que ella desayune en la cama cada mañana. Él tiene ciento tres años. Ella no sabe cuándo nació. Supongo que es mayor o menor que yo, dice él. Cuando ella empieza a reír a carcajadas, él ya está pensando la próxima broma: seguro que sus padres lo sabían. Cuatro años de compromiso y ochenta riendo. No podíamos hablar porque si hablábamos nos teníamos que besar. Ni un beso me dio en cuatro años. ¡Ni uno!

Ella echa de menos los árboles de su infancia, ahora turcos, y pide a diario que la lleven, que necesita verlos. A él le preocupa el dinero que ahorró durante años y que desapareció con la URSS. Era el dinero con el que pensaban pagar sus funerales. Yo sólo quiero que me den mi dinero para que mis hijos no se arruinen. Y quiero que lo gasten todo ese día, dice él. Él la mira a ella: Cuando te mueras no pienso llorar. Ella ríe como si se fuese a partir en dos. Él me mira a mí: Lo que ella no sabe es que cuando digo que no voy a llorar, lo que quiero decir es que me voy a arrancar los pelos de la cabeza.

Movses e Iskuhi son supervivientes del genocidio armenio. Ella dice que llorar no sirve para nada

Movses e Iskuhi son supervivientes del genocidio armenio. Ella dice que llorar no sirve para nada. Sobrevivir tiene que ser algo parecido a llegar a esa conclusión.

La sombra de Hasmik es corta y tiene la forma de un boomerang. Su silueta es convexa o cóncava, según se mire desde dentro o fuera de una tumba. A Hasmik le lloran los ojos incesantemente y, cuando me pregunto si será por el sol o por el tiempo, ella lo llama enfermedad. En verano pasa tanto tiempo en el cementerio que, cuando algún gesto la obliga a estirar la piel oscura, en su entrecejo surgen trazos blancos y verticales. Por lo menos tres. Flanqueada por un bastón y una hija, la anciana retoma la jornada laboral tras el almuerzo. Toma asiento sobre una de las piedras que se desparraman a la sombra de una pequeña capilla, junto a los cristales que los visitantes rompen de manera ritual para espantar al miedo. La abuela, con agujas de tejer y lana deslizándose por sus dedos, continúa tejiendo unos guantes marrones.

Los cuentos armenios suelen terminar hablando de manzanas; a veces se despiden con granadas

Dicen los armenios que una granada contiene trescientos sesenta y cinco semillas. Albergar tantos granos como días tiene un año convierte a este fruto en símbolo de la vida. Pero la granada también simboliza la fertilidad, el matrimonio y la abundancia. Por eso, en las bodas tradicionales en la Armenia Occidental, la novia estrellaba una granada contra una pared a fin de hacerla pedazos y, con ello, vaticinar una maternidad prolífica y próspera. En Nagorno-Karabaj, las granadas reposaban junto al lecho matrimonial durante la noche de bodas. El nombre de Nourie Adig, protagonista del cuento homónimo, significa semilla de granada.

Los cuentos armenios suelen terminar hablando de manzanas, pero, a veces, también se despiden con granadas que, al caer del cielo, son el equivalente armenio a ser felices y comer perdices: Y del cielo cayeron tres granadas: una para el que contó el cuento, otra para el que lo escuchó, y otra para el que lo entendió.

Estos fragmentos son un extracto del libro Heridas del viento. Crónicas armenias con manchas de jugo de granada, de Virginia Mendoza. Editada en Amazon (296 páginas, ISBN: 978-1508741633), con prólogo de Ander Izagirre e ilustraciones de Lucas Pérez Monsalvo – Naverey, puede adquirirse por 12,30 € a través del blog de la autora: cuadernoarmenio.wordpress.com 

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