¿Peste o cólera?

Publicado por

Soumaya Naamane Guessous

Publicado el 3 Jun 2015

Publicidad

opinion

Cualquier chica joven sueña con un marido que tenga su propia vivienda, con una relación conyugal moderna en la que los esposos compartan el cariño, la gestión del hogar y la toma de decisiones. Aunque son pocas las esposas que, teniendo un nivel de vida acomodado, eligen convivir con sus suegros, la mayoría de parejas que convive con la familia política lo hace porque se ve obligada a ello. En el primer caso, las esposas optan por la comodidad.

Madja tiene 24 años. Vive en casa de su suegra: “Mi suegra me alimenta, me da alojamiento y me lava la ropa. Tengo un espacio independiente para mí en un chalé. Un hotel de lujo. Mi marido es hijo único y ella me mima para mantenerlo bajo su techo. Con nuestro nivel de ingresos no tendríamos estos lujos”. Cuando la pareja tiene niños, la suegra y los empleados del hogar liberan a la esposa de las obligaciones, incluidas las de ocuparse plenamente de los niños.

Los cuñados se pueden aguantar, pero las cuñadas sienten celos de la esposa del hermano

En esta situación, excepcional, todo el mundo sale ganando, siempre y cuando no se entre en disputas. Sara, de 28 años, nos cuenta: “Mi trabajo es muy duro. Por la noche estoy agotada. Mi suegra no para de quejarse pero yo no me doy por aludida, para seguir viviendo cómodamente”. Estas mujeres solo pueden disfrutar de una situación así con una condición: no tener cuñadas. “Al·lusa susa walau qad namusa”, dice el dicho (la cuñada es una caries, aunque sea del tamaño de un mosquito). Los cuñados se pueden aguantar, pero las cuñadas “sienten celos de la esposa del hermano. ¡Rivales peligrosas!”

La mayoría sufre

En el campo, las tradiciones son tenaces. Al casar a su hijo, la madre gana dos manos más para las tareas domésticas. El criterio para elegir esposa es la “lahdaga”: si es una chica trabajadora. Los jóvenes de las zonas rurales no disponen de medios para comprar un terreno y construir una vivienda. Se quedan en casa de su familia. En la ciudad, la mayoría de los chicos no pueden alquilar o comprar una vivienda. Esto retrasa la edad a la que se casan, rompe los sueños de las chicas y acaba con los proyectos de boda.

El padre de mi prometida me dijo que un hombre de verdad no hace vivir a su esposa con su suegra

Ali, de 32 años: “Me pasé tres años buscando un alquiler que me pudiera permitir. El padre de mi prometida me rechazó diciéndome que un hombre de verdad no hace vivir a su esposa con su suegra”. La política de viviendas de protección oficial ha salvado a numerosas parejas, pero exige sacrificios. Fatima, de 27 años, nos cuenta: “Necesitamos 50.000 dírhams (5.000 euros aproximadamente) para poder optar a una vivienda de protección oficial. Para ahorrar esta cantidad de dinero, compartimos dos habitaciones con mis suegros y sus tres hijos. Menos mal que trabajo. ¡Me volvería loca si tuviera que pasarme el día en esta casa!”

La precariedad de las parejas, incluso las que tienen estudios, las obliga a vivir en un ambiente familiar duro. “Somos pobres, aun con mi salario y el de mi mujer. Si no viviéramos en casa de mis padres no dispondríamos de lo mínimo para vivir”, explica Fouas, de 38 años. En muchos casos, el marido se hace cargo total o parcialmente de sus padres. “Mi padre es inválido. Mantengo a mi madre y a mis tres hermanas, que todavía van a la escuela. Costearme dos casas sería imposible. Mi matrimonio lo sufre. No tengo elección”, nos cuenta Wahid, de 35 años.

Hacerse cargo de los padres es un deber. A la situación precaria de los padres se suma el sentimiento de culpabilidad. La madre puede llevar a los hijos a elegir entre assajte (la maldición) o er-rda (la bendición). El profeta dijo que el paraíso estaba bajo los pies de las madres, quienes favorecen el éxito o el fracaso de sus hijos.

Algunas madres chantajean a sus hijos. En muchos programas de radio, y sobre todo en Internet, estas preguntas se repiten con frecuencia: “Me niego a vivir con mi madre. ¿Qué dice el islam sobre esto?” “Mi marido me obliga a vivir con su madre. ¿Es pecado si me niego?” “Hmati uyah dlu, hia harra u waldha hlu” (Mi suegra, caradura, ella amarga y su hijo, ternura).

Una guerra sin fin

En todas las culturas se demoniza a la madre del marido, porque le cuesta cortar el cordón umbilical que la une a su hijo. La relación suegra-nuera se basa en una rivalidad y en una desconfianza que no favorece el entendimiento. El hijo trae una extranjera a la casa que debe someterse al orden establecido. Si antes las jóvenes esposas se sometían bajo la presión de la educación y la violencia, hoy ellas se rebelan. Rabia, de 65 años, explica: “Mis primeras nueras están bien educadas. No tengo ningún problema con ellas. Pero la esposa de mi hijo menor es insolente e indisciplinada. ¡Quiere vivir en mi casa a su manera!”

“Soy prisionera y vivo vigilada, no puedo vestirme o sentarme como me dé la gana”

Las esposas se ven privadas de libertad: “Soy prisionera y vivo vigilada, no puedo vestirme o sentarme como me dé la gana”. Hasta el menú puede imponerse: “Tengo que comer lo que ella decide; no puedo con más tajines. ¡Me llama conejo porque me gusta la verdura!” Houda continúa: “No puedo recibir a mis amigas y a mis primas sin que ella esté ahí”. Cuando el espacio es pequeño, la situación llega a ser un calvario: “¡La televisión está encendida todo el día! ¡Estoy harta de las películas turcas y mexicanas! Se pone de morros si veo una película en francés, y tengo que traducirle los diálogos”.

La diferencia de mentalidad se manifiesta en una batalla entre la tradición impuesta por la suegra y la modernidad que reivindica la nuera. Cuando la pareja tiene hijos, la nuera se siente aliviada: “No tengo a nadie que me cuide a los niños cuando salen del colegio. Las guarderías privadas cuestan al menos 800 dírhams al mes (80 euros). Una asistenta es impensable. Vivimos con mi suegra por los niños”.

La educación de los niños es otra fuente de discrepancias: “Mis hijos no están siendo educados como a mí me gustaría. Mis suegros les inculcan valores diferentes a los nuestros. Los niños sufren estas paradojas, lo que les hace no tener claro cuáles son sus referencias. ¡Cuántos conflictos!” La paz tiene un precio: “¡Controlé a mi suegra dándole 200 dírhams (20 euros) al mes!”

Adiós a la intimidad

No es extraño que la pareja comparta la misma habitación que los suegros o los hijos de estos. Si no, duermen en la misma habitación de sus hijos. Los más afortunados tienen su propia habitación. El sexo se practica deprisa y corriendo, y en silencio. Retirarse a la habitación puede estar mal visto: “Mi suegra pone mala cara si nos vamos del salón antes de que ella se vaya a dormir. Yo la ignoro pero mi marido no. A él le da vergüenza irse conmigo al cuarto. No hay intimidad de ningún tipo”.

“Sueño con llevar ropa corta, escuchar música, ver la televisión en los brazos de mi marido…”

La esposa se siente intimidada. “Sueño con llevar ropa corta, escuchar música, ver la televisión en los brazos de mi marido…”, nos cuenta Warda. “Llevo el velo en la calle y en el trabajo. Tengo que dejármelo puesto en casa cuando están mis cuñados. ¡Me ahogo! ¡Que dios me libre de esto!”, concluye Fatima-Zahra.

El marido se encuentra entre la espada y la pared. “Tengo que hacer de árbitro, calmar a mi madre, mis hermanas y mi mujer”. Y pobre de él si es parcial: “Después del trabajo, paso el rato en los cafés para escapar de las quejas. Mi madre me dice que favorezco a mi mujer. Mi mujer me reprocha que no la defiendo”. Tener autonomía sigue siendo un deseo piadoso y alimenta una esperanza que puede atenuar las frustraciones. Si no, la pareja se rompe. Leila, de 32 años y divorciada, recuerda: “Amaba a mi marido. Pero vivir con su madre era un suplicio”.

¿Y la suegra? ¡Ella no siempre elige la convivencia! Cuántas madres se lamentan: “¿Descansaré algún día? ¡No me dan un respiro! En lugar de vivir tranquilamente mi vejez, ¡me encargo de mi hijo, de su mujer y de sus hijos! ¡La vida es injusta!” La difícil realidad social está en tela de juicio. “Dios maldice azzalt (la pobreza) que te rompe las alas y hace añicos tus sueños de felicidad conyugal”, concluye Warda.

Primero publicado en illi | 8 Oct 2014 | Traducción: Idaira González León

¿Te ha gustado esta columna?

Puedes colaborar con nuestros autores y traductores. Elige tu aportación

Post relacionados

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *