La playa de los ahogados

Publicado por

Lluís Miquel Hurtado

@llmhurtado

Periodista (Tarragona, 1986). Vive en Estambul, donde colabora con el diario El Mundo.

Publicado el 7 Sep 2015

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Corona de flores para el niño Aylan en una playa de Bodrum (Ago 2015) | © Lluís Miquel Hurtado
Corona de flores para el niño Aylan en una playa de Bodrum (Ago 2015) | © Lluís Miquel Hurtado

Bodrum (Turquía) | Agosto 2015

Yemshit Sherif cavila junto al faro, en lo alto de un acantilado de caída suave desde donde divisa la orilla donde se tomó la foto que ha conmovido al mundo: la de Aylan Kurdi, el niño sirio refugiado que naufragó camino de la isla griega de Kos y fue encontrado muerto en una playa turca. Sherif estuvo cerca de la tragedia.

“Sobre las cuatro o cinco de la madrugada empecé a oír gritos a unos dos kilómetros mar adentro”, enhebra el refugiado su relato. “Oía ruido, veía agitarse pantallas iluminadas de teléfonos. ‘¡Socorro! ¡Socorro!’, gritaban. Salí a la carretera de la costa corriendo a pedir ayuda a más gente, pero nadie paró. Al poco vi llegar varios barcos de los guardacostas, y minutos más tarde se hizo el silencio. Creí que el rescate había acabado”.

“En la playa vi un bulto. Primero no sabía qué era y al acercarme comprobé que era un niño de tres años”

No fue así, y al amanecer el sol iluminó el horror que había escondido la noche. “Abajo en la playa vi un bulto. Primero no sabía qué era, pero al acercarme comprobé que era un niño de unos tres años. De golpe me sentí perturbado… no… no tengo palabras”. Ahora Yemshit Sherif arrastra sus palabras, evidencia incomodidad. “Pensé en mis hijos, los puse en el lugar de los muertos. Me sentí triste, profundamente triste”. Tras unos instantes, cuenta, aparecieron varios vecinos que llamaron a los gendarmes. Llegaron los periodistas. Nilüfer Demir, reportera de la agencia Dogan, tomó la foto que difundió a todo el mundo el drama de los refugiados que tratan de llegar a Europa.

Yemshit suele dormir a la intemperie, junto a su madre, sus cinco hijos y unos amigos iraquíes, a la sombra de un pequeño faro, mientras intenta, él también, organizar su viaje a la isla de Kos, que apenas dista seis kilómetros en línea recta. Pero ya no lo tiene tan claro.

“Temo por mí, temo por mis niños… pero qué podemos hacer, así es el mar”, señala. Reconoce que tiene miedo. “Soy cristiano. Hui de mi país porque no estábamos seguros. Hace cuatro años intenté llegar a Europa pagando 7.000 dólares a unos contrabandistas que se quedaron con el dinero y nunca aparecieron. Durante todo este tiempo he trabajado en pequeñas labores mientras pedía asilo a la ONU, que jamás me lo ha concedido”.

Bodrum, donde se ahogó Aylan, es la costa de vacaciones preferida de la élite turca

Yemshit Sherif insiste en que no se siente seguro en Turquía. Pese al miedo y a que no sabe en qué país recalar se decanta por cruzar el mar rumbo al sueño europeo. “Para evitar contrabandistas hemos juntado dinero para comprar una barca entre todos y remar. Somos ocho adultos y cinco niños. Nos piden 5.000 liras turcas [1.500 euros] por un simple bote hinchable”. Su historia, a falta de saber el final, se asemeja sobremanera a la de Aylan.

La familia Kurdi, que según relató la prensa local había sido anteriormente estafada por contrabandistas, tuvo que viajar en una barca hinchable. Pero el bote volcó a mitad de trayecto y Abdulá perdió frente a las cosas de Bodrum a su mujer Zahim y a sus hijos Galip y Aylan. El viernes pasado, en la ciudad kurdosiria de Kobane, de donde eran originarios, Abdulá enterró a los suyos.

Durante el día la playa de Ali Hoca Burnu, bajo el sol y el bochorno, es un hervidero de vida. El distrito de Bodrum, bañado por el Mar Egeo y a pocos kilómetros de las islas griegas, es lugar vacacional preferido de las élites turcas. También de miles de ingleses, alemanes y rusos. En los escarpados montes colindantes, un cúmulo de hoteles de lujo, residencias y hasta una sucursal de la discoteca Billionaire del magnate Flavio Briatore.

Al anochecer, los sirios, esparcidos por el centro urbano de Bodrum ciudad, recorren como pueden los 25 kilómetros entre Bodrum y el tramo de costa de donde suelen salir los botes. De madrugada todo tipo de embarcaciones, algunas proporcionadas por contrabandistas a cambio de unos 2.000 euros y otras fletadas por los propios solicitantes de asilo zarpan del pie de los acantilados hacia la isla griega de Kos, entre corrientes marítimas y un viento casi perpetuo. Antes, si no quieren dormir a la intemperie como Yemshit Sherif, se ven obligados a pagar no menos de 60 euros de hotel.

“Quienes cogen el barco se quedan poco tiempo en Bodrum, por eso no tenemos excesivos problemas de convivencia entre los locales y los refugiados”, explica Ahmet, un taxista que no oculta su molestia por lo que, añade, se trata diferente a su colectivo. “Los hoteles hacen su negocio, los buses hacen su negocio y las tiendas hacen su negocio. Pero la policía nos ha ordenado no transportar a sirios, nos multan”.

“Hoteles, buses y tiendas hacen su negocio, pero a los taxistas, la policía nos ordena no transportar a sirios”

Prueba de ello es que este mismo taxista no accede a transportar a este periodista hasta que no acredita su profesión. Un control de carretera de la gendarmería, a medio camino del punto costero de donde zarpan los botes, evidencia los temores del chófer. “Se está colocando mucha seguridad, ya es muy difícil para los sirios llegar a la costa”, destaca el conductor.

Otro taxista, Musa, se ofrece a mostrar a este periodista la zona donde se halló el cuerpo del pequeño Aylan. Alguien ha dejado en ese trozo de arena una corona de flores. A cien metros de donde se tomó la foto, hoy, cientos de veraneantes toman el sol y se bañan en la playa. Apenas se ve a una o dos familias de refugiados, tumbados en lonas junto a un faro. “Hasta hace pocos días todo esto estaba lleno de sirios, pero de golpe las medidas de seguridad han aumentado y ya no hay ni uno”, recuerda Musa. “Los he visto cada día, normalmente en horas nocturnas, cuando aparecen procedentes de Bodrum y transportados en buses. La mayoría son familias”, enfatiza.

Sólo unos pocos bañistas, como Nurhan y su marido Bilal, que habían venido desde Estambul a la Marbella turca de vacaciones, se planteaban suspender su estancia y regresar a casa. “Habíamos venido de veraneo, pero ver tantos sirios nos entristece. No puedo bañarme aquí, estoy muy triste. No quiero entrar a bañarme en un mar de donde me pueda salir un niño muerto”, dice.

“Europa debe abrir sus puertas. Esta gente está huyendo de una guerra donde se les mata diariamente”

A media tarde un barco de los guardacostas se detiene a 200 metros de la orilla de la playa de Aylan. Dos kitesurfistas, que aprovechan el magnífico -y peligroso- viento que sopla sobre esas aguas teñidas de sangre para hacer deporte, se acercan. “Han encontrado un cuerpo”, aseguran al volver del lugar de los guardacostas, “pero no podemos identificar de quién”. Otro más. Vendrán más.

La policía turca acaba de arrestar a cuatro ciudadanos sirios. Los vincula con la red de contrabandistas que fletó los dos barcos que volcaron el miércoles pasado y degeneraron en la tragedia conocida. Además de Aylan y Galip, seis niños más de un total de 12 refugiados sirios murieron en aquel naufragio. “Es un drama humano incesante” lamentaba a pie de arena, junto a la corona de flores dedicada a Aylan, un funcionario llamado Mehmet.

“Turquía ha gastado mucho dinero en los refugiados, acoge a dos millones de ellos. Es necesario que también Europa de un paso adelante y abra sus puertas. Esta gente está huyendo de una guerra donde se les mata diariamente”, añadió Mehmet. Le secunda Nurhan: “Todo el mundo debe contribuir a hacerse cargo de los refugiados”.

Una pila de barcas hinchables hechas un guiñapo ocupa el patio del cuartel de los guardacostas. En un pasillo de tres metros de ancho, entre edificio y espigón, 33 refugiados sirios yacen sobre cuatro mantas. “Nos rescataron hace dos días en medio del mar, camino de Kos y aquí seguimos hacinados”, explica un veinteañero que, por motivos de seguridad, rechaza dar su nombre. “Zarpamos todos en un bote de cinco metros de eslora y nos perdimos en el mar. Si el capitán supiese usar Google Maps…”.

Los contrabandistas han pergeñado una estructura de tipo mafioso que atrapa, como una telaraña, a todos los solicitantes de asilo que deciden saltar a Europa desde Turquía. Según explican sus víctimas, a veces, ingenuos, pagan hasta 2.000 euros por cabeza por un viaje cuyos responsables no se presenten en el punto de embarque. Cuando lo hacen, eligen uno de los pasajeros, lo nombran capitán, le entregan dos remos y los hacen zarpar. Otros viajan en lanchas neumáticas con motor fueraborda.

“Les venden chalecos salvavidas rellenos de trapo, que más que salvar contribuyen a ahogar”

“Las mafias han untado a la mayoría de vendedores de barcas de la zona para que no nos vendan nada”, explica el joven sirio. “Hemos comprobado que se vende a los migrantes chalecos salvavidas rellenos de trapo, que más que salvar contribuyen al ahogamiento”, explica un guardacostas bajo condición de anonimato. “En un caso extremo comprobamos cómo los rescatados se habían aventurado con una barquita comprada en el BIM”, continúa el agente, refiriéndose a un conocido supermercado de bajo coste.

Vigilancia laxa

“Turquía nos está condenando a depender de las mafias”, lamenta un farmacéutico de Alepo que tampoco quiere identificarse. “Deberían facilitarnos el trayecto a Grecia”, insta otro vecino sirio a su lado. Por ahora, Turquía ayuda por omisión. La vigilancia de los guardacostas está siendo laxa si el bote de refugiados navega sin incidentes hacia Grecia. De ocurrir lo indeseado, acuden solícitos al rescate.

Al otro lado del tramo marítimo que recorren las barcas, en la isla de Kos, están desbordados. “De todas las islas griegas donde están llegando los migrantes, Kos es la más caótica”, explica en conversación telefónica Óscar Velasco, delegado regional de comunicación de Cruz Roja Española y Cruz Roja Internacional. Velasco ha estado recientemente en Kos y, asegura, que “no hay ninguna respuesta articulada a la necesidad humanitaria que hay. Hay familias durmiendo al raso”, añade. Cruz Roja trabaja asistiendo a los recién llegados a Europa en asuntos de sanidad, saneamiento y alojamiento.

“Mi familia se quedará en Turquía, pero yo querría acabar mis estudios en Europa”

El grupo de 33 sirios que se halla junto a los guardacostas, y que viajaban en la misma barca hacia Europa, está integrado por dos subgrupos. El joven sirio, junto a allegados suyos, procede de zonas controladas por el Gobierno en el norte de Siria. “Vivía allí hasta hace cinco meses porque estudiaba Medicina. Huímos porque era imposible prosperar allí por culpa de la guerra, que empezó Bashar Asad. Mi familia se quedará en Turquía, pero yo querría acabar mis estudios en Europa”.

El farmacéutico, que vivía en un barrio en manos de los rebeldes de Alepo, y que tiene idéntica opinión del presidente sirio, asegura que “estaba harto de los cohetes, los bombardeos diarios, la falta de agua y comida”.

“Para colmo”, prosigue, “el octubre pasado el régimen me arrestó junto a mi hijo 17 días, acusándome de haber dado medicinas a los sublevados al principio del alzamiento. Mi hermano tuvo que pagar 10.000 dólares para sacarme de ahí. Mira, yo soy laico. Estoy en contra de Asad, del Estado Islámico, del Frente Al Nusra y hasta de Ahrar al Sham [el grupo salafista más fuerte de la zona] . Soy neutral. Quiero quedarme en Siria. Me gusta mi país. Pero a mis 61 años uno quiere algo de estabilidad, vivir con un mínimo de comodidades”.

El joven sirio remata el soliloquio de su compañero: “¿Qué si podemos morir cruzando el mar a Kos? Venimos de estar viviendo bajo las bombas”.

Entre mafiosos y patrullas

 

egeo-refugiados

Kos, Quíos, frente a Izmir, y Lesbos, más al norte, son los tres destinos principales de los refugiados sirios. La mayoría intenta la travesía en lanchas neumáticas organizadas por traficantes que proveen embarcación, motor y gasolina, pero entregan el mando a cualquier refugiado que, a cambio, no paga la travesía.

“Éramos 50 personas en una lancha neumática de siete metros de eslora, y estuvimos más de cinco horas dando vueltas por el mar, porque el conductor de la lancha no sabía llevarla”, recuerda un joven sirio que sólo quiere dar su nombre de pila, Amro. “Al final nos quedamos a la deriva en el mar y nos habríamos ahogado si no fuera por la patrulla costera griega que nos descubrió y vino a salvarnos”, recuerda Amro, que de Lesbos consiguió llegar a Holanda.

Otro refugiado, que prefiere identificarse con el seudónimo Mohamed Ali, asegura que los precios están ahora entre los 900 y los 1.200 euros y que en Izmir es muy fácil encontrar a un traficante o, más exactamente, un intermediario. “Pero hay que tener gran cuidado, porque son todos mentirosos y timadores y no les preocupa si la gente se muere por el camino”, agrega.

Para evitar las estafas de los traficantes, los refugiados han ideado un sistema, explica otro refugiado que usa el nombre de Anasta: “Existen ‘oficinas de confianza’. Allí depositas tu dinero y luego acuerdas con el dueño una palabra secreta. El intermediario no puede recuperar este dinero si no conoce la palabra secreta, y tú se la comunicas una vez que hayas llegado a tu destino”.

Pero al llegar a la isla acecha otro peligro, según varios testimonios. “La primera vez que lo intenté, nos encontramos con un barco griego tripulado por personas enmascaradas que tenían armas de fuego. Nos quitaron el motor y el carburante y nos dijeron en inglés que volviéramos a Turquía”, relata Mohamed. “Si te enfrentas a ellos, te hunden la barca. Y si les prometes regresar a Turquía, te dejan, pero se quedan con el motor, como en nuestro caso, que nos quedamos a la deriva durante una hora, hasta que apareció una patrulla costera turca y nos llevó a tierra”, agrega.

Su experiencia coincide punto por punto con varios testimonios de refugiados hechos públicos en julio por el gobernador de Esmirna, que también relataban agresiones a las lanchas por parte de personas enmascaradas en barcas aparentemente griegas. Mohamed cree que estas ‘patrullas’ “tienen relación con el gobierno griego” aunque admite no tener pruebas, dado que las barcas no llevan símbolos ni identificación aparente. También es similar a otros testimonios recogidos en 2013.

Tras haber sido internados en Turquía durante cinco días, los amigos volvieron a intentarlo. “También esta vez nos encontramos con la barca griega, y nos volvieron a quitar el motor, pero ya estábamos tan cerca de la costa que remamos hacia ella con un trozo de madera; nos siguieron pero empezamos a llamar a Cruz Roja y a organizaciones de ayuda y hundimos nuestra barca para que no nos obligasen a volver”, relata.

En los últimos meses, el número de refugiados que cruzan a las islas ha aumentado enormemente, hasta cifrar cientos al día. Entre enero y julio, las patrullas turcas salvaron a 20.165 refugiados indocumentados en 629 operaciones en las aguas turcas del Egeo.

I. U. Topper | Estambul

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