Egipto en la coctelera

Publicado por

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.

Publicado el 24 Sep 2015

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Alaa al-Aswany
El Automóvil Club de Egipto

Género: Novela
Editorial: Literatura Random House
Páginas: 512
ISBN: 978-84-3973-022-4
Precio: 23,9 €
Año: 2013 (2015 en España)
Idioma original: árabe
Título original: Nadi as-sayyarat
Traducción (del árabe): Álvaro Abella Villar

Del mismo modo que hay maestros miniaturistas capaces de meter un galeón del siglo XVII con diez cañones por banda en una botella, el egipcio Alaa al-Aswany confía en que toda la comedia humana cabe, mal que bien, entre cuatro paredes. En su obra más conocida, El edificio Yacobian, se trataba de un vecindario cairota; en Chicago, de una facultad de Medicina estadounidense. Y en su última obra, El Automóvil Club de Egipto,  pone el foco en un selecto club de la capital, en los años 40.

En cierto modo, Aswany repite la misma fórmula que le ha dado resultado anteriormente: escoge a un ramillete de personajes de distinta extracción social, los conecta a través de pasiones más o menos elementales (el amor y el deseo, la ambición, el sentido del honor y la dignidad, la aspiración a mejorar las propias condiciones de vida) y deja que el lector vaya siendo atrapado en la trenza, empujado por la curiosidad y por el encanto que desprendan las distintas subtramas.

En el Automóvil Club se dan cita cada noche pachás, diplomáticos y aristócratas egipcios y europeos

El resultado es invariablemente un puzle compacto, colorista, con tonalidades que van del drama al humor, pero que a la postre ofrecen una imagen panorámica del momento histórico en que se ubica.

En el caso de la novela que nos ocupa, Egipto se halla en la década previa la Revolución, bajo ocupación británica y representado por una monarquía frívola y corrupta. El Automóvil Club de Egipto es el lugar donde se dan cita cada noche pachás, diplomáticos y aristócratas egipcios y europeos para ver y dejarse ver, entregarse al juego y los placeres mundanos.

El perfecto funcionamiento del club es mérito de Kuu, el jefe del servicio, fidelísimo lacayo que venera a los extranjeros como a una raza superior y no duda en aplicar los más terribles castigos a los subordinados que desobedezcan sus estrictos códigos. A través de su figura, verdadera bisagra entre los dos niveles sociales, descubrimos las grandezas y mezquindades de la sociedad egipcia que se encaminaba, acaso sin saberlo, hacia la abdicación del monarca y al triunfo de Nasser.

Aswany tiene la delicadeza de ahorrarnos el aparato exótico con que se trufan tantas novelas árabes

Debo decir que la novela no empieza del mejor modo: unos prescindibles capítulos que recrean la invención del automóvil a cargo de Karl Friedrich Benz, así como una fantasía algo trillada –esos personajes que cobran vida fuera del papel y se aparecen ante el autor– provocarán de entrada en el lector más de un levantamiento de ceja. Sin embargo, estos titubeos se disipan muy pronto y dan paso a la prosa sólida, segura y al mismo tiempo altamente digestiva de Aswany, uno de esos narradores que sin duda deben parte de su encanto a la vasta tradición de narradores orales que caracteriza la cultura de su país, pero que tiene la inmensa delicadeza de ahorrarnos todo el aparato exótico con que suelen trufarse tantas y tantas novelas del mediterráneo árabo-musulmán.

De acuerdo, los personajes de El Automóvil Club de Egipto elevan plegarias e imprecan a Dios –por más que la traducción insista en el enojoso distintivo ‘Alá’–, hacen sus abluciones, visten ocasionalmente chilabas y comen platos típicos como palomas rellenas de trigo. Hasta ahí el color local. Pero el autor no se demora en detalles inútiles, sino que deja que actúen del modo más natural posible, o eso nos parece cuando entramos de lleno en la novela, y termina convenciéndonos de que sus criaturas no son tan diferentes, salvando las distancias espaciotemporales, a las que podrían darse en cualquier otro lugar.

Al final, como en cualquier otra encrucijada histórica, salen a relucir los héroes y los cobardes, los mártires y los traidores, y con la sangre de unos y otros se va escribiendo la Historia. El fondo moral es acaso el mismo para el Egipto de entonces y para el de Tahrir, para la Europa de la crisis y para cualquier otro rincón del mundo donde haya una injusticia que abolir.

Con habilidad de folletinista, administrando muy sabiamente la acción para que saltemos ávidamente de un capítulo a otro, Aswany se permite no obstante arriesgar dibujando rasgos extremos en algunos personajes: por ejemplo, la absoluta ruindad moral de Mr Wright o las (quizá demasiado) buenas intenciones de su hija Misty.

Un país de artistas, de gente humilde, de mujeres fuertes y de barmen que conocían todos los cócteles

En otros casos, como ocurría en sus anteriores novelas, no siempre es fácil distinguir al principio a unos personajes de otros, aunque poco a poco los perfiles se van definiendo. Sea como fuere, la fuerza de un personaje como el citado Kuu, descrito con un virtuosismo poco común a través de pinceladas o fogonazos magistrales, no deja lugar a dudas sobre la calidad del novelista.

Por último, cabe destacar el valor de un retrato coral que no rehúye la crítica y la reflexión sobre el subdesarrollo del país, pero que tampoco olvida que Egipto ha sido también país de escritores y de artistas, de gente humilde que luchaba por prosperar estudiando, de mujeres fuertes que no se arredraban ante los abusos del sexo opuesto, y de barmen que conocían los secretos de todos los cócteles. Ojalá ese Egipto no quede reducido hoy a los sabrosos pero insuficientes márgenes de la buena literatura.

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