«Convertir al periodista en protagonista es desenfocar»

Alfonso Armada

Publicado por

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.

Publicado el 25 Sep 2015

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Alfonso Armada (2015)  | © Sara Buzón
Alfonso Armada (2015) | © Sara Buzón


Sevilla | Junio 2015

Vivió en primera línea de fuego el horror de la guerra de Bosnia. Ahora Alfonso Armada (Vigo, 1959) reúne sus diarios personales de entonces y sus crónicas periodísticas en ‘Sarajevo’, un libro de plena vigencia que acaba de ver la luz en el sello editorial Malpaso. En un café de su barrio madrileño evoca aquella experiencia y reflexiona sobre el oficio y sus futuros posibles.

Usted mismo se lo pregunta en el libro: ¿Por qué ha tardado tanto en desempolvar estos cuadernos?

La verdad es que no lo sé muy bien, no hay una razón sólida. Salió antes Cuadernos africanos, y la estructura es la misma, reunir los diarios junto con las crónicas periodísticas. Pero hasta los escritores de diarios íntimos, que parece que escriben para sí mismos, siempre confían en que alguien los lea algún día. Es curioso que salga ahora, cuando se cumplen 20 años del fin de la guerra. Lo iba a publicar RBA, pero no salió, hasta que lo leyó Jordi Carrión y decidió publicarlo en Malpaso.

«Está la falsa impresión de pasar del papel de periódico al libro da más empaque a lo escrito»

Dicen que las crónicas sirven para envolver el pescado del día siguiente. ¿Cómo cree que se leen estos textos 20 años después?

Será distinto. Es como si el envoltorio, el marco, cambiara la fuerza de las cosas. La sensación es que el texto, cuando está compuesto, parece más persuasivo, más sólido, como si la tipografía le añadiera verdad. Pues también está la falsa impresión de pasar del papel de periódico al libro le diera más empaque, más capacidad de convencer. Pero es un prejuicio ideológico, que esté encuadernado no significa nada. Se publican cosas infumables. Pero como padre de la criatura, agradeces verlo bien vestido. En todo caso, gente que no viviera aquello puede hacerse una idea del espanto que fue la guerra de Bosnia. Siempre que escribo espero que el texto no muera con el día. Que tenga un valor informativo, pero también estético. Lo más importante es ayudar al lector a ponerse en el lugar del otro.

Dos décadas después, ¿hemos identificado ya a quien echó la gasolina en el incendio de los Balcanes?

Sí. De todos modos hace poco leía una entrevista con Francisco Veiga, historiador, que decía que a pesar de todo lo que se ha publicado sobre la I Guerra Mundial, todavía es difícil determinar de forma completa cómo y por qué estalló. En el caso de la guerra de Bosnia, por supuesto hay responsables, hay instigadores, fuerzas externas e internas que la alimentaron. A la hora de la responsabilidad de los crímenes…

«Muchos bosnios eran ateos y se convirtieron en practicantes por la dinámica de la guerra»

¿Habla de líderes étnicos, religiosos, militares en concreto?

En el caso de Bosnia no se puede hablar de etnias, aunque hubo limpieza étnica. Todos eran eslavos: los serbios, los croatas, los bosnios. Apenas se puede hablar de gitanos y judíos, que eran minoría. Lo que pasa es que los croatas, la mayoría eran católicos, los serbios ortodoxos, y los bosnios eran musulmanes por nacionalidad, no por religión. Muchos eran ateos, además, se convirtieron en practicantes por la propia dinámica de la guerra. Pasó como en la Alemania nazi con los judíos, que muchos ni siquiera sabían que lo eran.  Ni practicaban ni creían, pero te marcaban según quienes eran tus padres, y te mataban por eso. En el caso de Bosnia, la guerra exacerbó esa identidad.

Y veinte años después de la guerra, ¿sabemos quién la ganó?

La ganó el mal. Quien la perdió está claro, quienes defendían la convivencia multicultural y el cosmopolitismo, como la ciudad de Sarajevo, donde en poco espacio veías una sinagoga, una mezquita, un templo ortodoxo y una iglesia católica. Eso ha desaparecido, ha saltado por los aires. Si ves el mapa, es un mapa imposible, con tres gobiernos, dos federaciones, dos parlamentos, inviable económicamente, con mucho dolor, fosas comunes que están identificando todavía… Bueno, se ha desarrollado mucho la investigación antropológica y genética, y todos los años se celebra además en Potocavi, al lado de Srebrenica, la entrega de los restos a las familias de los asesinados en la guerra. Estuve hace dos años y entregaron 400 ataúdes, fue una ceremonia tremenda. Curiosamente, los ganadores son tristes ganadores: Yugoslavia está rota en pedazos, el sueño de la gran Serbia que defendían tanto Milosevic como Karadjic ha quedado en nada, incluso ahora la federación entre Montenegro y Serbia está también agrietándose, Kosovo es una especie de artefacto político enquistado, Bosnia intenta sacar la cabeza… Y quienes mejor parados han salido han sido Croacia y Eslovenia, que han ingresado en la Unión Europea.

Tanto secesionismo, para acabar queriendo reunirse en la Europa única…

Sí, eso es lo más triste, ahora Serbia llama a las puertas de Europa, y Bosnia también. Después de romper el país en pedazos, todos quieren que sus sueños acaben en la UE… ¿No hubiera sido mejor integrarse como un solo país, y no a través de tanta muerte y tanto dolor? Por eso en España hay algunos energúmenos empeñados en poner  la identidad por encima de todo y romper la unidad para acabar en la UE… Es una estupidez monumental.

Aquí se ha usado mucho el término balcanización. ¿Cree que hay parangón con la situación que se dio allí?

El otro día, en la presentación del libro en Barcelona, Plàcid Garcia-Planas, el reportero de La Vanguardia, al que conocí en Sarajevo, decía que la guerra llega de forma silenciosa, sin que nadie la espere. Cuando te dedicas a cultivar los fantasmas, crearte enemigos, fabricar fronteras, lo peor que tenemos dentro, que es lo que la guerra hace aflorar, ocurre. En España, que tenemos la historia de la Guerra Civil, dices: “Es imposible que eso pueda volver a ocurrir”. Pero todo se te puede ir de las manos. De todos modos, el discurso nacionalista me causa mucha fatiga, porque está todo basado en el victimismo, y en la diferencia, y en marcar al otro frente a ti. Y cuando eso se convierte en arma política arrojadiza, puede acabar degenerando. No estamos vacunados contra la guerra, ni contra el horror.

Hay juicios muy severos en sus escritos contra su periódico de entonces, El País. Lo define como “un animal sin alma”…

«Los periódicos exigimos mucho a los políticos, a la sociedad, y no nos aplicamos eso a nosotros»

Leído ahora, parece un poco pueril. Es lo que tienen los diarios íntimos… Los periódicos se han convertido en grandes empresas despiadadas, y aunque uno siempre confiaba en que una empresa que trata de acercarse a la verdad, contar la realidad, tratar de influir en la conciencia de la gente a través de las palabras, mejorar el discurso y la capacidad de entendimiento, proporcionar al lector instrumentos para conocerse mejor a sí mismo, propiciar el encuentro… Quizá le pido mucho, pero sobre todo porque los periódicos, desde el punto de vista editorial, exigimos muchísimo, a los políticos, a los científicos, a la sociedad, y no nos aplicamos eso a nosotros. Somos implacables, sobre todo con nuestros enemigos políticos, y somos muy complacientes con nosotros. Somos tremendos, y nos falta un poco mirarnos en el espejo y preguntarnos si cumplimos lo que exigimos. Luego, por las propias condiciones de la vida laboral y económica, hacer concesiones, tratar a tus anunciantes con poca ecuanimidad…

¿Es ese el gran punto flaco de la profesión?

Somos muy poco ecuánimes y escuchamos muy poco. En España el periodismo se ha convertido en una máquina de opinar, y no de contar la realidad. Y eso está ensuciando la percepción de los hechos. La gente ha dejado de confiar en nosotros, piensa que mentimos. En fin, en los cuadernos hay reacciones emotivas, pueriles, pero bueno, estás ahí jugándote el tipo y toca pelearte con tu redactor jefe porque no hay espacio, etc. Creo que los redactores jefe y los directores que han estado cubriendo guerras, incluso aunque hagan información local, su sensibilidad es muy distinta de la aquellos que han estado siempre en la redacción, pisando moquetas, entre el despacho del consejero delegado, del presidente del partido, del secretario general, del director del banco o del agente de publicidad. A veces las redacciones viven en una burbuja.

La generación Balcanes ha estado a menudo acompañada de suspicacias: que si uno no estuvo tan en el frente como decía, que si otro falseó los hechos… ¿Cree que hubo de eso?

Eso siempre pasa, ¿eh?

Lo digo porque usted suelta un tirito a compañeros “que se llaman a sí mismos periodistas”…

No voy a dar ningún nombre, pero cuando llegué a Zagreb estuve un tiempo tratando de ir a Sarajevo, mientras que había gente que no tenía ningún interés en entrar en Bosnia, dilataban al máximo el momento de la verdad, sabías que te la jugabas. También hay gente que no está cómoda cubriendo historias en la calle, y menos cuando hay guerra. Pueden hacer buenos análisis políticos o históricos desde el hotel, pero si vas a una guerra tienes que estar cerca de los fotógrafos. Es una buena fuente de inspiración, porque ellos no pueden fabricar nada. Yo conocí a Gervasio, trabajé mucho con él. Me gustaba acercarme al máximo para palparlo. Además, no olvides que si en la vida civil todos mienten como bellacos, en las guerras más aún. Las informaciones bélicas están trufadas de intereses, mienten sobre bajas propias y ajenas, movimientos de tropas… Es una información trufada de propaganda. Lo mejor es fiarte de lo que veas, hablar con las víctimas y dejarte llevar. Las impresiones pueden provocarte también algún desenfoque, pero es mejor que aquello que te cuenten.

«Si en la vida civil todos mienten como bellacos, en las guerras más aún»

Juan Goytisolo denunció el silencio de los intelectuales, y al mismo tiempo se habló de una guerra dirigida por poetas. ¿Cómo se vivió esa paradoja?

No creo que hubiera tanto silencio, porque creo que se escribió bastante. Pero una cosa es escribir de cerca, y otra de lejos. El hijo de Susan Sontag, David Rieff, al que conocí en Sarajevo, convenció a su madre para que fuera. Ella dijo: no soy periodista, no trabajo para una ONG, no soy una turista de la guerra, ¿qué sentido tiene que yo vaya a Sarajevo? Y el sentido que descubrió fue verlo todo con sus propios ojos, montar una obra de teatro allí, Esperando a Godot, e invitar a amigos suyos escritores a que fueran, lo vieran y lo contaran. Y solo consiguió que fuera Goytisolo. Me pareció admirable que fuera, con bastante edad y con un chaleco antibalas que acabó quitándose. Cuando te juegas la vida estableces amistades muy sólidas, como me pasó con Juan y con Gervasio. Y con Susan Sontag, a la que todos los días veíamos desayunar en el hotel con Annie Leibovitz. Cuando años después la encontré en Nueva York, me dio un abrazo que casi me deja sin aliento, y eso que era muy distante.

Sí hubo silencio o inacción en Europa, y sin embargo encontró a fascistas españoles luchando con los croatas.

Fue una contraportada de El País, está pasando también ahora en Ucrania, gente que combate con el gobierno de Kiev y con los rusos. Y no digamos en Siria, ahí hay españoles, franceses, australianos, británicos, que encuentran en el combate una razón extra para ser. Habría que preguntar a cada uno de ellos, muchos no saben ni qué decir. Hay razones ideológicas, aventureras, desajustes con tu entorno, frustración… O una suma de todo eso.

«En Bosnia, los pacifistas acabaron siendo cómplices del verdugo»

En Sarajevo hace mención a una novela, Zadar… ¿llegó a terminarla?

No. Solo he escrito una novela en gallego, hace mucho tiempo, pero bueno. A Leila Guerrero le preguntan siempre cuándo va a escribir una novela, y ella responde que la realidad es tan rica e inagotable que no hay necesidad de inventar nada. A mí sí me gustaría probarlo algún día. Quizás algún día aflore.

“Bosnia es mi amor y mi vergüenza”. ¿No siente que cumplió?

He ido tres veces, tampoco fue tanto tiempo… La verdad es que estas situaciones te dejan una huella indudable, te marcan, pero no se puede comparar a quien vive allí, quien ha muerto o perdido sus seres queridos. Hay incluso familias enteras que han muerto, y no hay nadie que se ocupe de buscar sus restos, están olvidados para siempre. El desgarro de una guerra es que, bueno, vas como periodista, con tu pasaporte, pones tu rigor y tu pasión para contarlo, pero no se puede comparar. Sentía vergüenza por algo extraperiodístico, y es que la situación de Sarajevo era tan infame, que generaba frustración ver que nuestro trabajo no tenía repercusión alguna. Porque Bosnia fue una guerra bien contada, las cancillerías europeas y la ONU sabían lo que estaba ocurriendo, pero de los relatos periodísticos no había acción política. Pero tienes que hacerlo independientemente de eso. Otra cosa es que yo era pacifista antes de Bosnia, y dejé de serlo allí, porque los pacifistas acabaron siendo cómplices del verdugo. A veces esa posición equidistante, “hay que evitar la muerte, el mal”, terminas dejando que los asesinos le retuerzan el pescuezo a las víctimas.

Dice usted que se llegó a la paz, no a la justicia. ¿Qué sería justo?

Para muchos no habrá justicia nunca. Todos los asesinados, torturados, las mujeres violadas… Justicia sería que no quedara ningún crimen impune, que todos los restos fueran entregados dignamente a sus familiares, que volviera la gente a recuperar las propiedades perdidas, y que la convivencia fuera posible a través de la UE. ¿Qué es la Unión Europea, a fin de cuentas, sino un intento de reparar los desgarros espantosos de la II Guerra Mundial? Aunque tiene muchos peros, es la demostración de que países que se habían matado salvajemente, como Alemania y Francia, al final están conviviendo y aprobando leyes conjuntas, y dejando atrás todo ese espanto. La justicia absoluta nunca llega, sobre todo cuando ha habido tanta muerte. Puedes paliar sus estragos.

Cuentan que ahora en Bosnia el país está dividido en guetos, incluso hay niños que estudian con libros de texto distintos. ¿Eso son ascuas que pueden reavivarse algún día?

Sin duda. Ahora mismo es un país subvencionado, con policías internacionales, apoyo económico… Si la UE desaparece o se va, hay una desconfianza y un odio latente. Si ves el dibujo del país, ves la República Srpska, la república bosnio-croata… Es una especie de ente político a la deriva.

«En Siria nos preocupa que corten la cabeza a compañeros nuestros, pero hay muchos periodistas sirios muertos»

¿Después de Bosnia, quedó vacunado de guerras?

No. Hay una implicación que no me gusta nada, reconozco que cuando el redactor jefe de el país me propuso ir a Bosnia, la primera reacción fue miedo pero también curiosidad, quería saber cómo podría contar eso. Después de esa experiencia, no tenía necesidad de volver. Y sin embargo estuve cinco años cubriendo África y conflictos. Creía que Bosnia me había preparado para cubrir el horror, pero lo primero que cubrí fue Ruanda, y claro, la escala fue tan espantosa, que fue otro viaje al infierno. Nada te prepara frente a eso.

No quiero acabar sin pedirle su opinión sobre el archivo de la causa de José Couso. ¿Para qué arriesgarse?

Es parte de nuestro trabajo. No me gusta hacer hincapié en el papel de los periodistas, somos agentes necesarios pero –aun deplorando el caso que me cuentas, y el de otros compañeros- creo que quienes peor lo pasan son los periodistas locales. En Siria nos preocupa que corten la cabeza a compañeros nuestros, y es espantoso, pero hay muchos periodistas sirios desaparecidos, muertos, torturados, menospreciados, encarcelados, y además es su país. Y luego está la población civil. Nosotros intentamos contar lo que pasa, hay que ponerlo en su medida. Pero convertir al periodista en protagonista, es desenfocar el tema. Le damos demasiada importancia.

Lo comentaba también por la cuestión de la justicia internacional…

Claro, la familia tiene derecho y a pedir justicia y a denunciarlo. Sin embargo, podemos meternos en otro terreno. Tengo amigos jueces partidarios de la justicia internacional, que me parece un ideal asumible. Pero es otro plano, muy interesante. Lo de Couso son cortapisas para que muchos responsables se vayan de rositas.

Nuevas vías para contar

Hábleme de su último proyecto, Frontera D. ¿Cómo está siendo la aventura?

Apasionante y agotadora. Es un proyecto en el que invertimos todo; ponemos mucha pasión, entusiasmo, horas. Llevamos cinco años y medio, lo cual es admirable porque sobrevivir sin dinero tiene su mérito, está basado en la autoexplotación y el entusiasmo. No es un modelo de negocio, sabemos que es inmoral no pagar, pero no encontramos la manera de hacerlo rentable. Exploramos vías de financiación, pero quizá los medios digitales tienen bastante complicado financiarse. Hay otros como la revista francesa XXI: es de papel, sale cada dos meses, y pone en duda los presupuestos de este nuevo mundo digital…

Pero tenemos las luces largas, hemos publicado varios libros, una antología con los mejores reportajes de estos cinco años, y hay un montón de proyectos y de material. Tenemos 900 colaboradores, que después de cinco años no está mal. Estamos explorando vías de contar, sin renunciar a la crónica, el reportaje de largo aliento, que es lo que nos gusta más, bien ilustrado, con una edición impecable. Queremos que el autor, cuando lo vea publicado, se sienta orgulloso de lo que ha hecho. Pero también observando el relato de primera persona, cuentos, vídeos…

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