Prohibido ser ateo

Publicado por

Laura Fernández-Palomo

@laurafpalomo

Periodista (Madrid, 1982). Desde 2011 vive en Jordania, desde donde viaja y sigue la evolución de los países árabes.

Publicado el 27 Nov 2015

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Protesta en Ammán contra el castigo del bloguero saudí Raif Badawi (Ene 2015) | © Laura Palomo
Protesta en Ammán contra el castigo del bloguero saudí Raif Badawi (Ene 2015) | © Laura Palomo

Ammán| Noviembre 2015

Según su carné de identidad, Mahmoud Jaradat es musulmán. Fadi Issa consta en el suyo como un joven cristiano. En realidad, los dos son ateos, pero la legislación jordana no reconoce esta opción como distintivo personal. “No podría decir que Jordania es un país religioso, pero tampoco laico. Es una cosa entre medias y lo digo en el sentido más negativo”, reprocha Mahmoud.

Lo menciona con pesar por ser uno de los Estados de la región que oficialmente menos espolea el mensaje sectario de las confesiones. Pero ser ateo todavía es un tabú en Jordania y en Oriente Próximo. “Aún más que antes”, coinciden Mahmoud y Fadi. Las Cortes Religiosas (a las que se le deriva al ciudadano, según la confesión que conste en el carné de identidad) dirimen gran parte de la vida civil: matrimonio, herencias, divorcios. La sociedad, cada día más confesional, juzga y señala con el dedo.

“Me agota hablar del ateísmo en público: es imposible razonar. Los ateos vivimos en la sombra”

Moe Hajjaj es de los que bromean para aludir a una verdad cuando invita a su “grupo clandestino de ateos”. “Me agota hablar en público de este tema. Es un desgaste de energías; es imposible razonar. Los ateos vivimos en la sombra, en grupos secretos”, vuelve a ironizar sobre las reticencias sociales a las que se enfrenta. Grupos que, en realidad, como reconoce Fadi, no son más que la necesidad de juntarse entre iguales cuando se es minoría en una sociedad. Una minoría “incomprendida”, porque en esta zona, cuna de las religiones, se acepta antes cualquier confesión que la falta de un Dios.

En el sur de Jordania, Arabia Saudí, un país limítrofe y máximo exponente del fundamentalismo religioso suní a través de la rama radical denominada wahabismo, ha conseguido extender a golpe de cheque una restrictiva visión del islam por todo Oriente Próximo y el norte de África, lo que hace que sea cada vez más difícil declararse ateo.

“Hasta los años 80, Jordania era un país abierto. Los estados del Golfo exportan esta variante del salafismo y muchos líderes religiosos, como los de los Hermanos Musulmanes, por ejemplo, recibieron financiación saudí para ir a estudiar allí. Al volver, trajeron estas concepciones”, relata el experto Mahmoud Munir: “Esto cambió la realidad de mucha gente que ahora es más conservadora. Calculo que el 20% de los jordanos son wahabíes”.

Eso sí, las manifestaciones populares de 2011 en Túnez y Egipto, que cambiaron el régimen en estos dos países, han provocado una sacudida de activismo social y han roto numerosos tabúes, entre ellos el de la religión. “Lo cierto es que desde la Primavera Árabe han salido muchos grupos en redes sociales, que nos han permitido conocernos”, relata Fadi sobre una de los cambios que posibilitó la pérdida del miedo a exteriorizarse. Pero también han reforzado las posiciones islamistas.

Un activista egipcio fue agredido después de declararse ateo en televisión

Cuando cayeron los regímenes totalitarios y despareció el silencio de las sociedades, afloraron todos los puntos de vista: razonables, descabellados, idealistas, comedidos… y también todas las sensibilidades, tanto la de los islamistas –por ser el islam la religión mayoritaria en esta región– como la de los laicos. Sin embargo, la ideología mejor y más organizada era la confesional, también debido al caldo de cultivo que había en la región por la influencia de las teocracias del Golfo. Así analiza el proceso de los últimos años Mohamed Munir, periodista especializado en Estado y religión: los sectores sociales religiosos fueron los mejor financiados y más efectivos, constata.

El halo de liberación se quedó, pero pronto chocó con el conservadurismo creciente de las sociedades. En octubre de 2014, el activista egipcio de derechos humanos Ahmed Harqan se atrevió a declarar en una televisión local su ateísmo. Pocos días después, él y su mujer fueron agredidos y heridos, pero antes de tomar nota de la denuncia, la policía los esposó e intentó imputarlos por “blasfemia”.

Mientras, el egipcio Hesham Ouf se ha lanzado a fundar un partido netamente laico en un país donde en 1982 se incluyó la blasfemia contra las confesiones monoteístas en el código penal. El gran muftí, máxima autoridad religiosa del país del Nilo, sigue interviniendo en los devenires de la comunidad y tiene potestad para pronunciarse sobre los veredictos judiciales.

Desde la Constitución de 1971, la “fuente principal” de la legislación egipcia es la sharia (ley coránica), un párrafo que no fue modificado ni por la Constitución promulgada en 2012 por el Gobierno de los Hermanos Musulmanes ni en la de 2014, aprobada bajo el actual presidente Abdelfatah Sisi. Esta última, en vigor, volvió a eliminar un artículo que prohibía “insultar a todo profeta o mensajero religioso” y estableció una “libertad de creencia absoluta”, aunque en la práctica, no parece tener un efecto práctico.

La política y la religión han encontrado un peligroso acomodo en esta región del mundo: o bien conviven, como ocurre en las teocracias, o bien se utilizan la una a la otra, lo que es habitual en regímenes dictatoriales pretendidamente laicos. Movilizar a través de la emoción es la manera más segura de sumar simpatizantes, un modelo presente en toda la región.

Sólo 20 personas protestaron en Ammán contra el castigo que Arabia Saudí impuso al bloguero Badawi

Al oeste de Jordania, Israel y su pretensión de constitucionalizar un Estado judío confesional no da un ejemplo distinto. El islamismo predomina hoy día como una de las caras visibles de la resistencia palestina. Al norte, el régimen sirio, que si bien es casi el único que no establece el islam como religión de Estado, mantiene una alianza política con la teocracia chií de Irán.

Tampoco Líbano tiene religión oficial, pero mantiene un modelo de sectarismo institucional, donde los altos cargos son nominados por confesión. Al este del reino hashemí, el sectarismo creciente iraquí germinó en la desestructuración provocada por la ocupación estadounidense de 2003 y la política sectaria del ya expresidente Nuri Maliki.

Los analistas también coinciden en que el desmoronamiento de los partidos políticos, nacionalistas y de izquierdas de corte secular, con su ilegalización hasta 1992, facilitó la expansión del confesionalismo. Jordania no es más que un ejemplo extrapolable al resto de la región, entre la represión política de los movimientos progresistas seculares y la financiación ideológica de las monarquías islámicas de El Golfo.

Jaradat fue uno de los escasos 20 participantes que asistió el pasado mes de enero a una manifestación frente a la embajada de Arabia Saudí en Ammán contra la condena al bloguero Raef Badawi, por “insultar al islam”. Unos días antes, una protesta para condenar las viñetas del profeta Mahoma publicadas por el semanario francés Charlie Hebdo, congregaba a miles de islamistas en el centro de la capital de Jordania.

“No entienden el laicismo: aquí el cristiano también es muy cristiano”

Esa semana, el Ejecutivo saudí suspendía los 50 latigazos que el viernes iba a recibir Badawi hasta cumplir los 1.000 azotes a los que ha sido castigado. Las heridas de la primera paliza no se habían curado y se pospuso la sanción. El minoritario grupo de manifestantes, la mayoría ateos jordanos, apelaban a la libertad de expresión y conciencia con fotos de Badawi. Pero desde el año pasado un decreto saudí ha igualado el “ateísmo” a las prácticas de terrorismo con pena de cárcel. Badawi sigue detenido.

El jordano Fadi ha ocultado con el dibujo de una serpiente la cruz que llevaba tatuada en la muñeca, cuando todavía era “buen cristiano”. Tan creyente como Mahmoud que destacaba entre los miembros de su clase por ser el que con más atino recitaba los versos del Corán. Así lo habían mamado. Ahora, ateos convencidos y activos, los dos insisten en centrar el debate para unificar no sólo esta opción, sino a todo el colectivo no religioso. “Y en ellos incluimos a los agnósticos pero, también, los laicos, sean musulmanes o cristianos”, asevera Fadi.

Porque en realidad, de lo que están hablando es de la separación de facto entre Estado y religión. El matiz que aseguran no entiende el marco de las sociedades de Oriente Próximo, porque aquí “el cristiano es también muy cristiano”, apunta Fadi. La clave, según ellos, es reivindicar el laicismo al margen de la fe, un debate ajeno y censurado en Oriente Próximo: en gran parte del discurso público, desde Marruecos a Iraq, se describe como ateos y apóstatas a quienes intentan promover el laicismo.

Mahmoud Munir parte de la misma perspectiva cuando ahora analiza el fenómeno del llamado Estado Islámico (Dáesh). “Ahora con la lucha contra los extremistas, el Gobierno se empeña en poner la discusión entre el buen o el mal islam, cuando la clave está en luchar contra ellos desde la postura de un Estado civil, ciudadano, porque al final los discursos religiosos en política terminan siendo lo mismo”, se preocupa Munir. “Yo no veo ninguna diferencia entre el mensaje de los líderes religiosos salafistas y wahabistas que intervienen en política y este tipo de grupos”, en referencia al Dáesh.

Persecución, con la ley que sea

ateismo

La tipificación legal de la apostasía varía en los países musulmanes, pero el tratamiento jurídico mucho menos: aún donde el Código Penal no pone reparos a quien quiera apostatar o convertirse a otra religión, policía y jueces son implacables en la persecución de estos hechos.
En Marruecos, por ejemplo se amedrenta al apóstata con el artículo 220 que castiga con tres años de prisión a quien intente “sacudir la fe de un musulmán”, entendiendo que toda declaración pública de apostasía o conversión puede tener ese efecto pernicioso. En Argelia se usa para el mismo fin la ley 144 bis, que prohíbe “insultar al profeta u otros mensajeros divinos o denigrar los conceptos del islam” y en 2006 se añadió otra ley que prevé cárcel para quien “incite o utilice medios de seducción para convertir a un musulmán a otra religión”. La reforma pudo ser una respuesta a una oleada de conversiones al cristianismo protestante sobre todo en la región bereber de Cabilia.
Túnez adoptó en 2014 una Constitución que en su artículo 6 -muy discutido- prohíbe expresamente “acusar a alguien de apostasía”. Sin embargo, en los últimos años, declararse ateo era exponerse a una presión social enorme e incluso al acoso policial. Es de suponer que por el mismo motivo no constan intentos de apostasía en Libia, donde se criminaliza la blasfemia.
Egipto no prohíbe la apostasía, pero sí la blasfemia (con hasta cinco años de prisión). La Constitución de 2014 no garantiza la libertad de pensamiento y continúan abriéndose procedimiento a ciudadanos que declaran públicamente su ateísmo. Similar es la situación en Jordania. En Siria, por otra parte, no consta que apostasía o conversión se persiguieran judicialmente bajo el régimen de la familia Asad, pero desde la guerra civil, varios grupos extremistas aplican la pena de muerte por estos hechos. Tampoco en Iraq figura la apostasía como delito -aunque la blasfemia sí está penada con hasta tres años de cárcel- pero el creciente islamismo de la sociedad y los grupos armados extremistas hacen imposible declararse ateo.
Líbano es el único país del entorno árabe donde los conversos del islam al cristianismo, si bien expuestos a presión de su entorno, pueden registrar su nueva fe con las instancias estatales sin encontrarse problemas por apostasía. La ley civil, sin embargo, no reconoce a ciudadanos ‘sin religión’. Similar es la situación en Turquía, formalmente laica, donde un ciudadano puede cambiar sin problema la casilla de ‘religión’ en el carné. En junio de 2015 se formó la primera asociación de ateos que ya ha recogido 4.300 firmas a favor de un tratamiento equitativo para quienes rechazan toda religión. También en Israel, que somete la legislación civil a la religión de sus ciudadanos, declararse ateo es algo aceptado socialmente.
Kuwait prohíbe la blasfemia y la Asamblea Nacional pidió en 2012 pena de muerte para el bloguero Hamad Al-Naqi por “insultar al profeta”. Finalmente fue condenado a 10 años de prisión. Emiratos, Qatar y Yemen castigan la apostasía con la muerte, si bien no se conocen ejecuciones. Bahréin parece más tolerante pero prohíbe la conversión de musulmanes. Omán sólo castiga con penas de entre diez días y tres años de cárcel apostasía y blasfemia.
Arabia Saudí equipara con el terrorismo todo intento de promover el ateísmo y aplica la pena de muerte a apóstatas, ejemplo que sigue Sudán. En Irán, el Código Penal no incluye el delito de apostasía, sin embargo las cortes religiosas pueden imponer la pena de muerte al aplicar la ley coránica.
En Mauritania se pronunció en 2014 la primera condena capital por apostasía desde la independencia del país en 1960, y fue por “hablar con ligereza del profeta”, si bien la sentencia aún no se ha ejecutado. En Mali y Yibuti, de mayoría musulmanas, no existen leyes al respecto.
Los demás países de la región mediterráneo, si bien muchos mantienen el delito de blasfemia, no persiguen la apostasía ni la conversión.

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