Ellas dan la cara

Publicado por

Ilya U. Topper

@ilyatopper

Periodista (Almería, 1972). Vive en Estambul, donde trabaja para la Agencia Efe.

Publicado el 4 May 2016

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Madres invisibles
Dirección: Lorenzo Benítez
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Género: Documental
Produccción: 3boxmedia
Intérpretes: Hafida Merzak, Najia Esh-Shymy, Claire Trichot
Guión: Lorenzo Benítez, Helena Madico
Duración: 96 minutos
Estreno: 2016
País: España
Idioma: magrebí, francés, castellano (subtítulos en castellano)

Se llaman Hafida, Iman, Bouchrá. Son chicas marroquíes como cualquier otra. Trabajan, se ríen, charlan, se maquillan. Y a veces cantan. Pero eso nadie lo oye, eso es algo casi secreto. Porque lo que cantan son canciones de cuna.

Hafida, Iman y Bouchrá tienen hijos. Pero no tienen marido. Y eso es un delito en Marruecos. Uno de esos delitos que es mejor no ver, porque mientras no se ve, no hace falta castigarlo. Nadie tiene muchas ganas de montar juicios y aplicarle a esas chicas las penas de entre un mes y un año de cárcel que prevé el artículo 490 del código penal marroquí por relaciones sexuales entre personas no casadas. Tampoco nadie tiene ganas de abolir la puta ley. Así que la solución es marroquí, muy marroquí: Aquí nadie ha visto nada, y no pasa nada.

El sexo no es el drama: “No es posible que una mujer no tenga relaciones” se ríe Najia

‘Madres invisibles’ ha titulado Lorenzo Benítez su primer largometraje documental, en el que traza la historia de varias chicas que se han topado con un “problema”, eufemismo con el que describen la mala suerte de quedarse embarazadas de algún hombre con el que no podrán casarse. Porque el sexo no es el drama: “No es posible que una mujer no tenga relaciones. Eso no existe”, se ríe una de las chicas. Lo que hay que evitar es que sea público. Las hay que abortan, claro (prohibido pero habitual). Y las hay que prefieren tener el crío, contra viento y marea.

Menos mal que existe un puerto. La asociación 100% Maman, en Tánger, fundada por Claire Trichot, recoge a estas chicas, les da un hogar, una cuna, la posibilidad de encontrar trabajo. Una vida casi normal. Incluso, desde cierto punto de vista, una vida mejor que la de otras: forman una gran familia, y no tienen que aguantar a un marido. Viéndolas cuidar a los pequeños, trabajando y charlando, uno podría pensar que están bien.

Pero siempre está el resquemor de la familia, esa familia que las echó a la calle y que no quiere saber nada de ellas porque son unas descarriadas. (En Marruecos, a diferencia de lo que ocurre al este de Egipto, a nadie se le ocurre matar a una hija porque le hayan hecho un bombo. Es una vergüenza enorme, sí, pero aquí, la vergüenza no se paga con sangre). A través de las charlas de estas chicas intuimos: recuperar la estima de su familia es su mayor ilusión en la vida, la meta de sus esfuerzos.

La cámara se cuela en la habitación donde charlan, cantan o le dan la teta al bebé

No es imposible: la madre de Hafida la quiere como siempre. Y le encantaría conocer a su nieto. El padre, gracias a que la hermana ha puesto buenas palabras, no se niega a cogerle el teléfono. Es el hermano quien impide que la hija vuelva al hogar. Pero quizás de aquí a un tiempo, quién sabe…

Lorenzo Benítez ha rodado una película valiente y con un enorme esfuerzo detrás: filmar a madres solteras en Marruecos – técnicamente delincuentes – empieza por al difícil tarea de ganarse su confianza. Animarles a que planten cara a la cámara. A su vida. Aquí nadie sale filmado de espaldas ni tras un cristal ahumado: todas dan la cara, y la cámara se cuela en la habitación donde charlan, cantan o le dan la teta al bebé.

Haber conseguido esto ya es un enorme valor, porque ahí, el simple hecho de haber rodado este filme se convierte en un acto militante a favor de un cambio social. Madres invisibles. Ya no. A partir de ahora, deciden ellas, serán visibles. Sin vergüenza. Sin miedo.

Ante este logro son menudencias las críticas que pueden hacerse al acabado del filme. Es fácil entender que la fotografía sea a menudo poco cuidada – este tipo de documentales, en Marruecos se rueda más fácilmente sin permisos oficiales, es decir, en interiores, con el ángulo que hay – y también que en lugar de convertir esa necesidad en parte del estilo, la cámara intente compensarlo a ratos recreándose con la belleza de las azoteas de Tánger.

El material, obviamente, es el que hay, y entendemos que si el final se queda algo deshilachado, como acabado antes de tiempo, es porque hay finales que no se pueden filmar: no trabajamos con actores sino con la vida misma. Es el riesgo de este tipo de documental que no quiere parecerse a un reportaje de televisión, no quiere intercalar ni voz en off (cosa que agradezco infinitamente), ni datos, ni declaraciones a cámara, ni siquiera nombres de protagonistas, salvo Claire – la fundadora de la casa – y dos médicos.

Estamos ante un documental que finge ser cine de ficción: la manera más hermosa, más atrevida

Es decir, estamos ante un documental que finge ser cine de ficción. Lo cual probablemente sea la manera más hermosa de hacer un documental, la más atrevida, porque no se pueden simplemente rodar las escenas que se necesitan. Por eso también es la más necesitada de un guionista con enorme tino para redistribuir el material disponible y enhebrar imágenes y palabras para crear planteamiento, nudo, desenlace, para construir ese arco invisible que se eleva entre el primer y el último fotograma de toda buena pelicula y tensa la cinta, a modo de cuerda de laúd.

Ese arco narrativo parece poco conseguido a primera vista: el filme tiene una clara protagonista, pero sólo nos daremos cuenta de quién es cuando ya ha pasado la mitad. Por eso mismo, la película gana bastante cuando uno la ve por segunda vez.

Pero eso es lo de menos. Lo que hace grande este documental es el valor de sus protagonistas. Las chicas no hablan a la cámara en ningún momento, pero saben que la cámara está ahí. Y la aprovechan. Dicen lo que quieren transmitir al mundo. A su mundo. A Marruecos, en primer lugar: este filme se proyectará a finales de mayo o primeros de junio en la Cinémathèque de Tánger, en colaboración con el Festival de Cine Africano de Tarifa.

Más que un grano de arena, el filme es un pedazo de guijarro colocado en una honda

Dije arriba que nadie tiene ganas de abolir el artículo 490, ese que penaliza las relaciones sexuales sin matrimonio. No es verdad, desde luego: hay muchas activistas en Marruecos que se parten la cara desde hace años para abolirlo. Hay un clamor. Y el filme de Benítez es una importante, una fundamental contribución a este debate público. Más que un granito de arena, es un pedazo de guijarro colocado en una honda. Dará en un blanco. Provocará gritos. No sabemos si a alguien se le ocurrirá montar otro escándalo como el de Much loved, si Hafida será la próxima Loubna Abidar.

Lo que tenga que ser será, diría probablemente, pero ya era hora de dar la cara. Con dos ovarios, como esos que dibuja en las clases de educación sexual en las fábricas de textil.¿No pasa nada, porque nadie ha visto nada? Ahora veréis. Estas madres dejarán de ser invisibles. Lorenzo Benítez les ha puesto un foco de cine. A nosotros sólo nos queda aplaudir.

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