Nada más que un truco

Publicado por

Uri Avnery

Publicado el 12 Jun 2016

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Una vez, al embajador sueco en París le escuché contar la siguiente historia:

“En 1947, cuando Naciones Unidas discutía el plan de dividir Palestina, yo era miembro del subcomité que trataba el asunto de Jerusalén. Un día, los judíos enviaron a un nuevo representante. Se llamaba Abba Eban. Hablaba un inglés maravilloso, mucho mejor que los miembros británicos o estadounidenses del comité. Hablaba durante algo como media hora, y cuando acabó, no había nadie en la sala que no lo odiara a muerte”.

Me acordaba de este episodio cuando vi en la tele la conferencia de prensa que ofrecía Dore Gold, el director general de nuestro Ministerio de Exteriores. El asunto era la reciente conferencia de París por la paz, que nuestro Gobierno descalificaba de forma rotunda.

Tengo la sospecha de que la conferencia de paz de París no es una iniciativa francesa sino estadounidense

Gold me caía mal desde el primer momento en el que le vi. Era nuestra nuevo embajador ante Naciones Unidas. Me dije que mi reacción era un rechazo indigno de los judíos del extranjero (los ‘judíos del exilio’ en la jerga israelí). Gold habla hebreo con un acento americano muy pronunciado y no es precisamente un adonis. Como representante nuestro, yo habría preferido a un tipo erguido con pinta de pionero y aspecto israelí que hablara inglés con un pronunciado acento hebreo (sé que esto suena racista y estoy profundamente avergonzado de mí mismo).

La conferencia de prensa de Gold era sobre la iniciativa francesa de la paz respecto al conflicto israelí-palestino.

Tengo una oscura sospecha – me sigue rodando cual sombra – que esto no es en realidad una iniciativa francesa sino una estadounidense.

Suscita la furia del Gobierno israelí, y eso es algo que ningún presidente estadodounidense puede hacer si quiere que le vuelvan a votar a él o a su partido.

Hay un miedo terrible planeando sobre nuestro Gobierno. Barack Obama odia a Netanyahu, y tiene mucho motivo para ello. Pero no puede hacer nada contra él de forma abierta, no hasta la medianoche de la jornada electoral. Gane Hillary Clinton o (Dios no lo quiera) Donald Trump, Obama seguirá estando en el cargo durante casi tres meses más después de las elecciones… y en este periodo es libre como un pájaro (como dirían los alemanes). Puede hacer lo que le dé la gana. Lo que haya soñado, noche y día, durante ocho largos años. Y es Binyamin Netanyahu con lo que ha soñado.

Ah, esa venganza dulce. Pero sólo en noviembre. Hasta entonces tendrá que bailar al son de la flauta de Netanyahu, si no quiere perjudicar al candidato demócrata.

Así que en junio ¿qué puede hacer? Puede deslocalizar las cosas. Por ejemplo pedir a los franceses que convoquen una conferencia de paz para preparar el camino al reconocimiento del Estado de Palestina.

A partir de noviembre, Obama será libre para hacer lo que quiera: vengarse de Netanyahu

Preguntar a los franceses si quieren convocar una conferencia de alto nivel en París es como preguntar al gato si quiere un poco de leche. No hace falta esperar la respuesta.

Francia, al igual que Gran Bretaña, añora su pasado imperial, cuando París era el centro del mundo y los alemanes y rusos de buena educación – y por supuesto egipcios y vietnamitas – hablaban francés. Los pasaportes de muchas naciones se imprimían en este idioma.

En esa época, casi la mitad del mundo aparecía en los mapas en azul francés, con la otra mitad en rojo británico. Esa época en la que el diplomático francés Georges Picot y su colega británico Mark Sykes se repartieron el Próximo Oriente otomano, hace exactamente cien años esta semana.

Tener a los ministros de Exteriores (o incluso los reyes y presidentes) del mundo congregados en uno de los muchos hermosos palacios de de París es un sueño francés. A los británicos, que están en una situación muy similar, les gustaría lo mismo, pero están demasiado ocupados con su infantil necesidad de abandonar la Unión Europea.

Sea como fuere, ahora tenemos esa iniciativa francesa, una rutilante reunión de ministros de Exteriores o sus representantes, que piden retomar las negociaciones por la paz dentro de un marco de tiempo determinado, con el objetivo declarado de reconocer un Estado palestino.

A Netanyahu le encanta Francia. Le gusta divertirse con su mujer en la Riviera francesa, cenar en los restaurantes más caros de París y vivir en los apartamentos más lujosos de París… mientras que otros paguen los gastos. Esto se ha visto la semana pasada en el juicio de un judío francés al que se le acusa de estafas por valor de cientos de millones de euros, y que pagó varios de los viajes de Netanyahu. Porque Netanyahu no cree en pagar él mismo sus placeres y, al igual que la Reina, no posee tarjeta de crédito.

Pero disfrutar del lujo francés es una cosa, y disfrutar de la diplomacia francesa es algo diferente. En este momento, Netanyahu, cuando no está ocupado con sus abogados, dedica su tiempo a luchar contra la inciativa francesa.

El proceso de paz es como un peligroso perro dormido, y ahora vienen los franceses y lo despiertan

¿Por qué, santo Dios? ¿Qué hay de malo en reunir los hombres y mujeres de Estado de máximo nivel del mundo para relanzar el proceso de paz israelí-palestino? Resulta que es malo en todos los aspectos.

El proceso de paz es como un perro dormido. Un perro peligroso. Mientras siga dormido, Netanyahu puede permitirse hacer lo que quiera: intensificar la ocupación de los territorios palestinos, expandir los asentamientos (con cuidadito: ¡no vayas a despertar al perro!) y hacer esas cien cosas cotidianas que convierten la ocupación en “irreversible”. Y de repente vienen los franceses y le dan un codazo al perro en las costillas.

¿Y qué pasa? se podría preguntar la gente. Ha habido conferencias antes, ha habido montones de procesos de paz, de resoluciones internacionales. Si se convoca otra gran conferencia y se debaten los detalles de un acuerdo de paz, Israel no acudirá y Netanyahu simplemente no hará caso. ¿Cuántas veces ha ocurrido ya antes? No provoca apenas un bostezo.

Pero esta vez podría ser diferente. No de por sí, sino a causa de la atmósfera internacional.

De forma muy muy lenta, el horizonte internacional de Israel está oscureciendo. Cada día ocurren cosas pequeñas en todas partes del mundo. Una resolución aquí, un boicot allá, una condena, una manifestación. Esa Israel que se admiraba de forma universal ha desaparecido hace mucho.

El Movimiento BDS tiene un enorme éxito. No perjudica realmente la economía israelí. Pero crea un estado de ánimo, primero en el campus de las universidades y luego en sus alrededores. Las instituciones judías están enviando mensajes de SOS.

Las noticias diarias sobre lo que ocurre en los territorios ocupados hieren a los judíos

Y ahora, las propias instituciones judías se han infectado. Las noticias diarias sobre lo que ocurre en los territorios ocupados e incluso en Israel propiamente dicho hieren a los judíos y especialmente a los jóvenes. Muchos le dan la espalda a Israel y algunos empiezan a involucrarse en actividades contra el Estado.

Israel es un país fuerte. Tiene un Ejército muy grande, las armas más modernas, una eonomía saneada (especialmente en el campo de la alta tecnología) y frecuentes éxitos diplomáticos.

No es una segunda Sudáfrica, como les gustaría verlo a los activistas del BDS. Hay diferencias enormes. El régimen del apartheid lo dirigían simpatizantes de los nazis, mientras que Israel todavía surfea la ola mundial de penitencia del Holocausto y sus remordimientos. Sudáfrica dependía de su mano de obra negra rebelde, Israel importa mano de obra extranjera de muchos países.

Israel tampoco depende realmente de la ayuda financiera estadounidense. Esa ayuda es un lujo, nada más. Necesita el veto de Estados Unidos contra las propuestas hostiles en Naciones Unidas, pero puede pasar de lo que diga la ONU, y suele hacerlo.

Sin embargo, mirándolo en su conjunto, la posición internacional de Israel va empeorando de forma preocupante. Le preocupa incluso a Netanyahu. De forma lenta pero segura, el mundo acepta el Estado de Palestina como un hecho de la vida y una condición para la paz.

Así que Netanyahu mira a su alrededor para encontrar un nuevo truco. ¿Y qué encuentra? ¡Egipto!

Las relaciones de Israel con Egipto se remontan a unos cuantos miles de años atrás. Egipto ya era una potencia regional cuando surgió el pueblo israelita original. Tras el éxodo de Egipto (que nunca tuvo lugar en realidad), la Biblia nos informa de numerosos altibajos en las relaciones entre el poderoso Egipto y la pequeña Israel.

Cuando los asirios pusieron sitio a Jerusalén y los habitantes de Judea esperaban ayuda de Egipto, el general asirio se burló: “He aquí que confías en este báculo de caña frágil, en Egipto, en el cual si alguien se apoyare, se le entrará por la mano, y la atravesará”.  (2 Reyes y Jesaia 36).

Sisi es la gran esperanza de Netanyahu: Egipto depende de Arabia Saudí, que depende de Israel

Hoy día, el faraón actual, Abd al-Fattah a-Sisi, es la gran esperanza de Netanyahu. Egipto, en la bancarrota como siempre, depende de Arabia Saudí. Los saudíes dependen (secretamente) de Israel en su lucha contra Irán y Bashar Asad. De manera que a-Sisi es también un (secreto) aliado de Israel.

Para agrandar su talla, a-Sisi posa también como hacedor de la paz. Convoca una iniciativa “regional” por la paz.

En su diatriba contra los franceses, Dore Gold alababa la iniciativa por la paz egipcia. Acusaba a los franceses de sabotearla y así impedir la paz.

Netanyahu también aceptaba de boquilla la iniciativa egipcia, añadiendo que sólo necesitaba “unos pocos cambios”.

De hecho, los necesita. a-Sisi basa su plan en la iniciativa por la paz de Arabia Saudí de 2002, que fue adoptada por la Liga Árabe y se convirtió en la iniciativa árabe por la paz. Exige que Israel abandone todos los territorios ocupados (incluyendo los Altos del Golán y Jerusalén Este) y acepte el Estado de Palestina, el derecho al retorno de los refugiados palestinos etc.). Netanyahu preferiría morir mil veces antes de aceptar uno solo de estos elementos.

Utilizar el plan egipcio como pretexto para rechazar el plan francés es pura chutzpah, basándose en la cínica tesis de que uno puede, de hecho, engañar a todo el mundo todo el tiempo.

“Regional”, por cierto, es una nueva palabra de moda. Apareció hace cierto tiempo y lo han adoptado incluso algunos israelíes de buena fe. “Paz regional”, qué bonito.

En lugar de hablar sobre la paz con los odiados palestinos, vayamos a hablar sobre la paz con la “región”

En lugar de hablar sobre la paz con los odiados palestinos, vayamos a hablar sobre la paz con la “región”. Suena muy bien. Pero es un disparate total.

Ningún líder árabe, desde Marruecos hasta Iraq, firmará un acuerdo de paz con Israel que no incluya el fin de la ocupación y la creación de un Estado palestino. Ninguno puede hacerlo. Las masas del pueblo no se lo permitirán. Incluso Anuar Sadat incluyó estas condiciones en su tratado de paz con Menachem Begin (aunque en términos que se podían fácilmente ignorar).

Cuando mis amigos y yo propusimos por primera vez en 1949 la solución que se conoce hoy día como “Dos Estados para dos pueblos” incluimos de forma natural la paz con todo el mundo árabe. Y la paz con el mundo árabe incluye, de forma natural, la paz con el Estado de Palestina. Las dos cosas van juntas, como siameses.

Hablar ahora de una “paz regional” como una alternativa a la paz con los palestinos es un disparate. En este sentido, “paz regional” quiere decir que no haya paz.

El otro día, Gideon Levy escribió en el diario Haaretz que Netanyahu y Avigdor Lieberman “hablan ahora como Uri Avnery en 1969”.

Eso es muy halagador. Pero lamentablemente no es más que un truco.

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