La otra inmigración

Publicado por

Sultan Sooud Al-Qassemi

Publicado el 9 Jul 2016

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opinion

Sharjah | Marzo 2016

 

Gran parte del mundo se ha escandalizado por las recientes imágenes de inmigrantes – principalmente árabes – ahogándose en el Mediterráneo. Sin embargo, la migración ha sido siempre una seña de identidad de Oriente Próximo, y a día de hoy, amenaza con extinguir la rica diversidad de la región. La ausencia de tolerancia hacia las minorías (tanto las de toda la vida, como cristianos y judíos, como las recientes, las grandes minorías del subcontinente del Golfo) va en contra de la gran historia de Oriente Próximo como mosaico cultural, étnico y religioso.

Uno de los principales impulsores de muchos conflictos en Oriente Próximo es la homogeneización cultural y étnica que la región ha experimentado durante casi cien años. El proceso hacia la creación de estados-nación de estilo occidental en Oriente Próximo ha tirado por la borda siglos de convivencia cultural, étnica y religiosa, una forma de vida que existía antes del siglo XX.

Las sociedades árabes se han hecho más homogéneas durante las pasadas décadas

Muchas ciudades árabes ya no reflejan la rica diversidad de su pasado, ya que tanto las fuerzas mayoritarias como las minoritarias intentan delinear su propio territorio, espacio soberano para adaptarse al modelo de Estado-nación del sistema internacional. En lugar de una región de ciudades donde judíos, cristianos, musulmanes y otras confesiones vivan codo con codo, el pasado siglo ha visto el empuje hacia los estados étnicocéntricos: Israel para los judíos, el Líbano para los cristianos; y hoy, los suníes, los islamistas chiíes y los nacionalistas kurdos buscan sus propios trozos de tierra en Siria e Iraq.

La mayor parte de las sociedades árabes se han hecho más homogéneas durante las pasadas décadas. Hemos perdido nuestras minorías judías y el número de los cristianos árabes se reduce debido a la emigración tanto voluntaria como forzada. A los chiíes árabes se les está asaltando en las redes sociales y se les asocia con la conducta perjudicial del régimen iraní. A finales de siglo, algunos estados árabes pueden estar completamente vaciadas de las pocas minorías que les quedan a día de hoy.

Hoy es prácticamente imposible obtener la nacionalidad de un Estado árabe

Hay algunas excepciones a esta regla y la mayoría son ciudades portuarias. Manama, Yidda, Dubái y Alejandría acogieron a inmigrantes de la región hace un siglo. Los recién llegados se integraron tras una generación o dos, se convirtieron en ciudadanos, y sus descendientes pasaron a tener vidas de éxito como académicos, empresarios o funcionarios.

La creación del moderno Estado burocrático, sin embargo, ha supuesto que incluso estos casos raros ya no sean posibles. Hoy es prácticamente imposible obtener la nacionalidad de un Estado árabe. De hecho, la única resolución de la Liga Árabe en la que todos los Estados están de acuerdo es la que impide la nacionalización de los palestinos en los Estados árabes en los que solicitan refugio. La decisión de 1959 se tomó supuestamente para proteger la identidad palestina y el derecho al retorno (como si los palestinos que emigraron a Occidente fueran traidores a la causa).

El problema del mundo árabe no es simplemente un problema de emigración: es también un problema de inmigración. En otras palabras, las minorías abandonan la región, pero ninguna minoría está autorizada a sustituirlas. El crecimiento económico en el Golfo ha atraído a trabajadores de todo el mundo, dándole a muchas ciudades árabes del Golfo un aire multicultural único. No obstante, la nacionalidad es inalcanzable para los millones de no árabes que consideran las ciudades del Golfo su hogar.

Lo que el mundo árabe necesita es mayor diversidad, no a través de la mera tolerancia, sino a través de la aceptación del otro como un igual. Estados Unidos es hoy más fuerte por sus inmigrantes, muchos de los cuales dejaron Europa a mediados del siglo XX. El mundo árabe necesita superar su xenofobia y empezar a naturalizar a los otros que pueden o no lucir exactamente como nosotros. Un artículo que escribí en 2013 sobre la concesión de la nacionalidad emiratí únicamente a un grupo determinado de expatriados provocó mucho alboroto porque fue percibido como una amenaza a la identidad nacional.

El mundo árabe necesita superar su xenofobia y empezar a naturalizar a los otros

La historia ha demostrado que los inmigrantes, a largo plazo, se integran en gran medida y también traen consigo muchos conocimientos necesarios. Tomemos Nueva York como un buen ejemplo. Durante el siglo XIX, Nueva York experimentó olas y olas de inmigración. Italianos, judíos, irlandeses, polacos y alemanes se sumaron a los que ya les habían precedido. Cada uno de estos grupos sufrió prejuicios de alguna manera, unos más que otros. Pero cuando la segunda generación de sus descendientes cumplió la mayoría de edad se habían casi totalmente asimilado a los estadounidenses, si bien las leyes estadounidenses de derechos civiles tardaron en ponerse al día.

La inmigración a la ciudad de Nueva York, y otras ciudades más nuevas, como en Australia y Canadá, demostró patrones similares de integración. Por mucho que varios grupos minoritarios pudieron albergar un rencor tradicional o existente unos hacia otros, eso cambió con las sucesivas generaciones. Por ejemplo, en la ciudad de Nueva York, los irlandeses y los italianos pusieron sus diferencias de lado cuando llegaron los inmigrantes judíos. La siguiente generación vio la asimilada inmigración judía unirse con los irlandeses y los italianos contra los polacos recién llegados, y así.

Este fenómeno sigue adelante en nuestros días, lo que explica por qué un apabullante 45% de los miembros de las asambleas electorales de hispanos republicanos en Nevada votaron por Donald Trump, a pesar de sus promesas de deportar a los inmigrantes ilegales, muchos de los cuales son colegas hispanos. La inmigración permitió a grupos étnicos varios a juntarse en respuesta a un nuevo desafío al status quo.

Uno ya no encuentra judíos en El Cairo ni cristianos en Basora ni, desde 2014, yazidíes en Sinyar

Hoy, simplemente no existe un camino creíble y justo para otorgar la nacionalidad de un país árabe, al margen del nepotismo. Además, la emigración en masa de las minorías fuera de la región significa que el mundo árabe es menos diverso en 2016 de lo que era en 1916. El sectarismo, el recelo y la desconfianza, el miedo y la xenofobia son características que son comunes de una sociedad que no acepta al otro, no simplemente como un visitante sino como uno de ellos. Por ejemplo, uno ya no encuentra judíos en El Cairo ni cristianos en Basora ni, desde 2014, yazidíes en Sinyar.

Escuchamos con frecuencia hablar de la importancia de la tolerancia. Los Emiratos Árabes Unidos se lo han tomado tan en serio que han nombrado a un ministro dedicado únicamente a esa labor. En definitiva, no habrá verdadera tolerancia sin diversidad dentro de una sociedad. La mejor prueba de una sociedad tolerante es cuando los inmigrantes de larga duración son poseedores de los mismos derechos que los ciudadanos nacionales, independientemente de cómo actúan, aparentan o hablan. Es hora de coordinar, facilitar y promover la nacionalización en el mundo árabe para que la región pueda recuperar su histórico y rico mosaico cultural.

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