Papá es criminal de guerra

Publicado por

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.

Publicado el 20 Feb 2017

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vojnovic-yugoslavia

Goran Vojnović
Yugoslavia, mi tierra

Género: Novela
Editorial: Libros del Asteroide
Páginas: 365
ISBN: 978-84-1700-700-3
Precio: 21,95 €
Año: 2012 (2017 en España)
Idioma original: serbocroata
Título original: Jugoslavija, moja dežela
Traducción:  Simona Škrabec

Cuando se declara una guerra, hay algo con lo que nunca se tiene suficiente cuidado: el modo en que esa guerra va a ser contada a los hijos y los nietos, y el efecto que dicha narración causará en ellos. Imaginamos que las partes están tan absortas en la contienda, tan ocupadas en el presente, que nadie se detiene a considerarlo. Ya habrá tiempo de escribir la historia, se dirán, especialmente si se sale vencedor. Siempre habrá hijos, y nietos, dispuestos a creerla y transmitirla a las generaciones venideras.

La guerra de los Balcanes mantuvo muy ocupados a los habitantes de la antigua Yugoslavia a partir de 1991. La artillería, la munición ligera y hasta los cuchillos se emplearon a fondo para exterminar a quienes hasta hacía poco fungían como compatriotas. Uno de los fundamentos de esta gran matanza residió precisamente en las memorias familiares transmitidas de padres a hijos, donde nunca faltaban uno o varios parientes que alguna vez fueron asesinados, saqueados o violados por el vecino. Las ascuas del odio eran cuidadosamente protegidas, solo hacía falta que llegaran políticos con la justa falta de escrúpulos para aventarlos. El incendio duró casi diez años.

Uno de los fundamentos de la gran matanza residió precisamente en las memorias familiares

Al igual que su autor, el protagonista de esta novela austeramente titulada Yugoslavia, mi tierra era un niño cuando ese incendio se desató. Vivía en Pula, esa bonita ciudad croata que, con su anfiteatro, su templo de Augusto y su proximidad de Trieste, se antoja más italiana que yugoslava. Ahora, ya convertido en un muchacho que se busca la vida trabajando en máquinas de café y convive con su novia, camina sobre las cenizas de aquel conflicto, formando parte de una sociedad amnésica o, cuando menos, desdeñosa del pasado, que cada cual asume como puede.

Para este chico, Vladan Borojevic, la guerra supuso –según declara nada más empezar la novela– una brusca interrupción de su niñez. Algo que le pasó a cualquier yugoslavo que fuera niño en aquellos primeros 90, pero que en su caso comportó ciertas dificultades adicionales: la familia se vio obligada a abandonar el hogar; el padre, militar partidario de la unificación del país, fue movilizado, y después de que su matrimonio se descompusiera, desapareció hasta ser dado por muerto.

Como en la vieja tradición homérica, lo importante de verdad, lo revelador, es el viaje

En los años de guerra, desaparecer era lo más sencillo del mundo, y de hecho hubo miles de personas borradas de la faz de la tierra sin dejar rastro. En la era de internet, sin embargo, desaparecer del todo es un poco más difícil. Gracias a Google, Vladan no solo descubre que Nedeljko Borojevic está vivo, sino que está en busca y captura, acusado de crímenes contra la Humanidad.

La hija de Ratko Mladić, según plasmó Clara Usón en otra novela, se descerrajó un tiro al conocer las atrocidades que cometió su padre. Vladan, en cambio, toma la determinación de salir a buscarlo, tiñendo así su historia con la estética de las road-movies. Esto emparenta la obra del esloveno con ciertas novelas de carretera del croata Miljenko Jergovic, aunque en el fondo se trata de propuestas muy distintas.

Muy pronto vamos a entender que la persecución del padre es solo un pretexto. Como en la vieja tradición homérica, lo importante de verdad, lo revelador, es el viaje. Recorrer el país partido en pedazos para tratar de entender lo que ocurrió. Escrutar el presente para completar el puzle del pasado. Plantear las preguntas, con independencia de que lleguen o no las respuestas, y de todo lo terrible que estas contengan.

Porque Vladan va de aquí para allá, interroga a familiares y a amigos de la familia, a los mayores; pero también circula por el laberinto de los relatos, de los recuerdos moldeados por el tiempo, de las excusas, un itinerario mucho más engañoso que cualquier intrincada carretera de la Bosnia rural. Advierte que algunos hechos, que en su día pudieron ser incontrovertibles, se han vuelto dudosos con el tiempo. Descubre que los asesinos de uno u otro bando se sintieron autorizados por la Historia para perpetrar sus fechorías, y cómo esa Historia actuó como eficaz detergente para lavar todas las conciencias. Que la crueldad de los verdugos tal vez no respondió siempre a la frialdad del psicópata, sino por el contrario a un exceso de primitiva emotividad.

Vojnovic tuvo la suerte de ser un niño cuando todo estalló en mil pedazos: le asiste la justa distancia

Asiste también al juego de las justificaciones, a las teorías conspirativas –con su base real y su verosimilitud, como toda buena teoría– que informan de un perverso proyecto de dividir y vencer en la irreductible Yugoslavia, el bastión comunista que se resistía al Gran Capital. O a las comparaciones entre masacres, a la oposición del sórdido prestigio de Srebrenica con el secreto de tantas pequeñas srebrenicas que se dieron en todo el territorio, de oeste a este… Y evoca cómo su madre le hablaba en esloveno y el respondía en serbocroata, es decir: repara en el hecho de que la lengua, que se inventó para hacer que la gente se entendiera, puede ser también un motivo de desencuentro. Tal vez el caos yugoslavo empezó así, con dos ciudadanos que no quisieron ponerse de acuerdo sobre si la palabra leche se pronunciaba mleika, milieika o míliko

De estos materiales podría haber salido una novela muy gore, pero Vojnovic nos lo ahorra. No van por ahí sus intenciones. También podría haber enfatizado aún más la culpa heredada, la redención improbable, las heridas que nunca se han de cerrar. Sin embargo, ha escrito una novela que solo alguien de su generación puede hacer. Porque tuvo la suerte de ser un niño cuando todo estalló en mil pedazos, porque le asiste la justa distancia, la perspectiva necesaria para narrar sin tener la tentación, natural y absurda al mismo tiempo, de impartir justicia. “Si permitía que mi padre se convirtiera en el general Borojevic”, teme Vladan, “entonces yo habría perdido definitivamente a mi padre y mis únicos diez años felices se esfumarían junto a él”.

Eso es lo que se propone el personaje central de Yugoslavia, mi tierra: más de quince años después de haber perdido su niñez, siente que le ha llegado la hora de crecer, y de asumir quién es.

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