Esterilidad y magia (II)

Publicado por

Soumaya Naamane Guessous

Publicado el 15 Abr 2017

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[Leer la primera parte de esta columna: Esterilidad y magia (I) ]

“Derrumbaría las montañas, transportaría rocas, comería tierra para mi vientre traidor”

La maternidad es algo tan importante que la mujer se tragaría cualquier cosa… Plantas que en ocasiones provocan hemorragias, úlceras en el estómago o intoxicaciones. Se utilizan como brebaje o como relleno. Las más corrientes son las lamsakhen, una mezcla de plantas y condimentos. Los testículos de animales se secan, se muelen y se añaden a las recetas. La estéril podría tragarse el prepucio de un niño que acaba de ser circuncidado, lo que favorecería el embarazo y la concepción de un varón: “Me he tragado el prepucio de mi sobrino. Tuve tres hijos”, afirma Fatna, 54 años.

“Por ti, hijo mío, comería escorpiones y víboras”

Existen recetas en las que se rellenan animales. Algunos de estos animales son comestibles, otros lo son menos, o nada. El erizo y la tortuga son muy preciados. El herborista o la qabla rellena el animal con una sabia mezcla de plantas, mantenido en secreto. La paciente lo cuece y se lo come por la noche, después de un buen baño. Se desaconseja salir de la cama una vez que se cena, para evitar el frío.

“Dadme cachorros para comer, seré fértil”

“El herborista me vendió una ratona preñada. Cuando parió, cogí dos ratoncillos…”

Los cachorros se utilizan, según los testimonios de las mujeres, cuando se tiene más de 50 años. Zohra, 68 años: “Después de 9 años de matrimonio, no he engendrado. Mi marido se ha vuelto a casar. Mi coesposa paría como una coneja. Tenía miedo de perder mi sitio. Llevé entonces a una perra a la casa y esperé a que pariera. Cuando nacieron los cachorros, llevé dos al herborista para que los rellenase. Los cocí y me los comí. Cerré los ojos, imploré a Dios y me lo tragué todo. Tuve dos varones.”

¡Cuántas mujeres afirman con seguridad, pero sobre todo con ingenuidad, haber engendrado gracias a estos platos!

“Hacedme tragar ratones, por fin seré madre”

M’barka, 75 años: “Después de 15 años de matrimonio, mi marido me repudió. Me casé con un viudo. Temía que me repudiasen de nuevo. Lo intenté todo. Una mujer me dio una receta en los baños. La envidio por su buena acción. Su recompensa está con Dios. El herborista me vendió una ratona preñada. Cuando parió, cogí dos ratoncillos, cerré los ojos, invoqué a Dios, al Profeta y a Lalla Fatm’zohra y me los tragué vivos. No me dieron náuseas porque quería realmente engendrar. Ya me habían llamado bastantes veces estéril.”

¡Inverosímil pero cierto! La receta es conocida en nuestra sociedad. Esta mujer tuvo una hija unos meses después de su proeza y ¡está muy convencida de que fue gracias a los ratones! ¿Azar, efecto psíquico? ¡Es inútil buscar la causa! ¡Hay que estar realmente motivada para llegar a ese punto!

“Cien gueddida y una, y estaré orgullosa de mi vientre”

La esterilidad perjudica tanto que se convierte en el asunto de toda una comunidad que se impone la obligación de ayudar a la desafortunada. El mejor ejemplo de esta solidaridad femenina es la gueddida.
La gueddida es un trozoc de carne salada y secada al sol. No se trata de cualquier gueddida: debe provenir de la oveja del aïd l kbir (Fiesta del Cordero musulmana).

La mujer a la que pertenece la oveja debe ser también fértil, no puede haber sufrido un aborto natural ni haber perdido un niño al dar a luz. ¡“Cien gueddida y una” por reunir! Las allegadas de la estéril ayudan en la colecta. La carne la ponen los miembros de la familia y las amigas. Es común y está aceptado que una mujer se dirija a desconocidos para pedir una gueddida. Esta donación es una buena acción.

Cuando termina la colecta, la estéril organiza una recepción. Invita a todas las que se han unido a la operación, así como a sus allegadas. “También invité a mujeres estériles. Es una buena acción”, afirma Amina, peluquera, 33 años.

La mujer lleva un bonito traje y se arregla. “Una mujer fértil prepara un cuscús con cebollas, garbanzos, azafrán, smane (mantequilla rancia) y msakhen (una mezcla de especias).” Se sirve té al que se le añade almizcle y azafrán. En el momento de servir el cuscús, ponen en la sémola una pulsera de plata prestada por una mujer fértil. La mujer que la encuentra en su plato debe organizar la próxima recepción.

Cuando el marido vuelve, “debe encontrar a su mujer guapa como una recién casada”

Antes de comer, cada mujer hace una bola de cuscús y se la da a la dueña de la casa para que se la coma. Después de la comida, las mujeres hacen un círculo alrededor de la estéril. Le desatan la cintura mientras profieren largos y agudos gritos y rezan al Profeta. Le tiran labyad, dinero destinado a dar buena suerte. El dinero se pone en un hammale (tela que sirve para llevar un bebé en la espalda) que pertenece a una mujer fértil. Este hammale se anuda alrededor de la estéril, como si llevara un niño. Las invitadas rezan a Dios para deshacer las ataduras de su vientre.

Antes de irse, las mujeres ayudan a la estéril a ponerse guapa otra vez, le decoran las manos y los pies con henna. La meten en su cama, la arropan para evitar el frío y la dejan mientras rezan por ella. Cuando el marido vuelve, “debe encontrar a su mujer guapa como una recién casada.” Antes de servir el cuscús, se han puesto al lado dos boles de caldo. Cada uno de los esposos se bebe un bol, él se come el cuscús y la pareja comienza una noche erótica, estimulada por todos los productos afrodisíacos que lleva el cuscús.

La gueddida sería muy eficaz, pero Amina precisa que “ella puede darle a algunas mujeres y no a otras. Yo le he dado a dos estériles que he invitado, pero no he recibido nada, no tengo suerte, voy a hacer otra ceremonia. La medicina no me ha dado nada. Tanto dinero para nada.” Esta mujer consiguió engendrar, 5 años más tarde, gracias a la fecundación in vitro.

“Hacedme comer un pez, hartouka, y me convertiré en una mujer”

Otra receta común con la hartouka, una variedad de tiburón, plateada, conocida por ser caliente. Se cuece el pez en caldo de pescado con msakhen, almendras, nueces, azafrán, nuez moscada y miel.

 

A la cocción se le añade el prepucio de un niño. “El prepucio se compra en casa de un hajjam (barbero) o lo regala una madre que quiere hacer una buena acción.”

El pescado se come en pareja, en intimidad. Mientras comen, la esposa recoge los dientes del pescado en el caldo. Después de una noche erótica, ella hace fumigaciones con los dientes y el fassoukh, producto que anula el efecto de hechicería.

Cuando se confirma el embarazo, hay que mantenerlo en secreto para evitar el mal de ojo y ser prudente para llegar a término. Debe tener cuidado con dónde come: “Me quedé embarazada gracias a la guéddida. Al octavo mes, comí en casa de la prima de mi marido. Esa misma noche, tuve un aborto natural. Después, no he vuelto a engendrar.”

La madre se refugia en la protección de los santos. Promete una ofrenda, un animal para sacrificar o, si el presupuesto lo permite, una manta de tejido o lana para la tumba.

Promete también visitar regularmente el mausoleo y hacer donaciones: encender velas, dar dinero a las personas que se ocupan del mausoleo y echar monedas en la caja del santo.

La mujer está entonces msanda o m’takya (apoyada) sobre tal santo. La palabra viene de masned, almohada. Ella pone todas sus esperanzas en este santo, un pacto entre los dos.

“No te he tenido hasta que no vi mis ojos en mi nuca, he deshecho mis sualfi (trenzas) en las tumbas de los santos, he implorado con el fular rojo y con el verde. No te dejaré morir”. Si la esterilidad amenaza a la esposa, la mortalidad infantil angustia. No solo se trata de engendrar, todavía falta que los niños vivan.

Al niño se le hace un agujero en el lóbulo como signo de pertenencia al santo que lo ha protegido

Las complicaciones de los partos a domicilio sin asistencia médica, la higiene precaria y la ausencia de cuidados médicos prodigados a los neonatos aumentan el riesgo de mortalidad. Una mujer que no sea ‘âyyache (que no mantiene a sus hijos con vida) sufre los mismos riesgos que una estéril.

Hay que velar por que los niños vivan. Hay prácticas que perduran en una sociedad en la que el seguro médico solo cubre al 15% de la población.

“¡Oh santo venerado! Me apoyo en ti. Protege a mi hijo de todo mal.” Desde que el niño nace, la madre msanda lleva al bebé a la tumba del santo. Se le hace un agujero en el lóbulo como signo de pertenencia al santo que lo ha protegido para pedir humildemente una larga protección.

A los varones se les rapa la cabeza y se les deja, en la coronilla, una mecha que se deja crecer para hacer un garne, una trenza que no se deshará hasta la pubertad. Cuando el varón llega a la pubertad le cortan la trenza, que se entierra cerca del mausoleo del santo. Esta práctica desaparece. Pero no es raro ver aún, en regiones aisladas, a niños con el garne.

La madre puede también morder la oreja de su bebé para cortar un pequeño trozo que se traga. Si le cuesta realizar este proceso, hay benefactoras que cortan el trozo y se lo dan para que se lo trague. Es una buena acción.

Cuando nace, el bebé debe llevar un amuleto para que le proteja del mal de ojo y la hechicería

Cuando nace, el bebé debe llevar un amuleto para que le proteja del mal de ojo y la hechicería. Una mala persona puede visitar a la madre y llevar consigo essarra, una pequeña bolsa que contiene productos nocivos para el bebé que hacen que le engorde la cabeza.

Se vigila al bebé. Se aconsejan frecuentes fumigaciones a base de shebba, piedra de alumbre y serghina, plantas protectoras.

En ausencia de un examen médico posnatal, las madres se aferran a ciertos signos. El lloro del niño, su mirada, su respiración… pero sobre todo, el signo que da más esperanzas es el del meconio. Esto demuestra que el organismo funciona bien. En el Haouz, las mujeres cantan con motivo de un nacimiento: “Sâ’di bi ouldi khra” (Qué alegría, mi hijo ha defecado.)

Estas prácticas confirmaban la destreza de las mujeres cuando la medicina no estaba desarrollada y, a día de hoy, se sigue confirmando en una población rural en un 48% y una gran proporción de residentes en la ciudad sin acceso a la medicina.

Incluso en los grupos de población que pueden permitirse el lujo de la medicina, en muchas ocasiones las prácticas tradicionales acompañan a los cuidados médicos.

La expresión marroquí “Has llegado a mí por la gracia del camaleón y la tortuga”, dirigida a un niño querido, encuentra aquí su explicación.

La utilización de estos métodos empíricos, incluso arcaicos y peligrosos, prueban el desconcierto de las mujeres y los temores de que no se les reconozca de su feminidad. ¡Cómo si solo existieran mediante la matriz!

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© Soumaya Naamane Guessous | Primero publicado en Femmes du Maroc  · Sep 2001 | Traducción del francés:  Alejandro Yáñez

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