Solteros, ellos (I)

Publicado por

Soumaya Naamane Guessous

Publicado el 18 May 2017

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¿La soltería para nuestros hombres? Bieeeeeeeeeen.  ¿La soltería para nuestras mujeres? ¡Aaah no! ¡No vamos a llegar hasta ahí! Ellos viven en el alborozo. Ellas, en la pena.

Las chicas se casaban a partir de los 10 años, los chicos a partir de los 16, para canalizar su sexualidad, evitar la deshonra de las chicas y la depravación de los chicos.

La adolescencia era algo desconocido: se pasaba de ser niño a adulto directamente. Hoy en día, la adolescencia se considera indispensable para el desarrollo del cuerpo y de la personalidad. Es también la etapa en la que los jóvenes están escolarizados o en pleno aprendizaje. De lo contrario, son víctimas del trabajo precoz.

Los padres casaban a sus hijos según criterios propios a cada familia. Los hijos podían estar casados aunque fueran lactantes, fetos, o incluso antes de su concepción: “Mi tío tuvo un hijo. Mi abuelo decidió que si mi madre tenía una niña, se casaría con él. Nací dos años más tarde; me casé con mi primo.”

La soltería de las chicas se convertía en una vergüenza a partir de los 20 años. Hoy, la edad media para casarse es de 27 años para las mujeres y de 31 para los hombres. Al ser una población joven, la franja de solteros es importante.

El matrimonio, institución sólida

El hecho de fijar algunos criterios relativos al alma gemela es una de las razones del aumento de la edad para casarse. La esposa ideal debe ser moderna, guapa, inteligente, con estudios y con salario. También debe ser tradicional en lo que se refiere al hogar y a su relación con su marido. Debe ser sumisa, tener una relación tradicional con su familia política. Debe mantener su hogar como una buena ama de casa, servir al marido y no esperar de él una repartición de las tareas domésticas. Moderna fuera, pero tradicional en casa.

La esposa ideal debe ser moderna, guapa, inteligente… Moderna fuera, pero tradicional en casa

No debe privar a su marido de su libertad y debe dejarlo vivir su vida como cuando era soltero. Pero ella está obligada a olvidar su vida de soltera, a perder el contacto con sus amigas no casadas que podrían llevarla al desenfreno y dedicarse a su marido e hijos. Las decisiones importantes las tomará el marido, sin que ella las cuestione.

Las mujeres sueñan con maridos modernos, liberados de su madre, que las quieran y que les manifiesten su amor, que dialoguen, que respeten su dignidad y su libertad. Quieren una repartición justa de las tareas y de las tomas de decisiones y tener aficiones en común. La búsqueda del cónyuge ideal se convierte en una dura prueba. Los hombres modernos temen a las mujeres modernas luchadoras. Ellos están fascinados con ellas, pero en las relaciones premaritales.

Las mujeres temen a los esposos que se metamorfosean en hombres tradicionales. Una crisis de confianza que desemboca en una crisis matrimonial. Traumatizados por demasiados ejemplos de parejas fracturadas o reventadas por culpa de la incompatibilidad de carácter, hombres y mujeres se toman su tiempo para encontrar a la persona ideal.

Pero mientras que los hombres se toman su tiempo sin temor a perjuicios, las mujeres resultan desfavorecidas por una sociedad en la que la soltería femenina está fuera de lo común.

El soltero se encarga de su hogar y cocina, pero una vez casado, abandonará sus tareas de mujer

¿Cómo viven los hombres la soltería? ¡La libertad! ¡La buena vida! En casa de sus padres, la madre mima al soltero y este vive como en un hotel. Si vive solo y tiene los medios, su casa la mantiene una limpiadora. En caso contrario, se encarga de su hogar, cocina, adquiere una experiencia aun sabiendo que es provisional porque, una vez casado, cortará con sus tareas de mujer.

A la salida del trabajo, siempre tiene un plan de diversión con sus amigos. Puede frecuentar todos los lugares públicos, volver tarde a casa sin ser acosado por los ligones. Si la inseguridad crece en las ciudades, el hombre corre menos riesgos que la mujer.

Asimismo, se libra de las maledicencias y del control de su familia. Si recibe a mujeres en casa, no se preocupa por sus vecinos. El soltero continúa frecuentando a sus amigos casados. Sus esposas no se sienten en peligro al invitarles a sus casas. Al contrario, lo invitan para presentarle chicas jóvenes.

La sexualidad del soltero: rica, densa, variada. ¡Está satisfecho! La sociedad exalta la virilidad. Si el soltero está buscando una esposa, lo hace entre la diversidad de las compañeras sexuales. Fidelidad y soltería masculina son incompatibles. H. 35 años, abogado: “Disfruto de mi vida. Es normal. Un día me casaré y tendré que rendir cuentas para salir.”

Disfrutar de la vida es también una manera de calmar todos sus fantasmas y multiplicar las aventuras. El hombre debe estar saciado de mujeres antes del matrimonio para que no revolotee una vez casado. Cada vez más chicas jóvenes viven su sexualidad, para la felicidad de los hombres.

Aquellas que se niegan serán, en muchas ocasiones, engañadas con falsas declaraciones de amor o promesas de matrimonio. Si algunos solteros actúan de buena fe, una gran mayoría abusa de la confianza de las jóvenes. Los hombres se defienden: “En ocasiones he estado enamorado, he tenido relaciones sexuales con la chica, pero después, descubro que no somos compatibles. La chica no lo comprende y me llama mentiroso.”

“Si le dices te quiero, ella piensa que te ha conquistado. Si rompes con ella, te llama mentiroso”

Los solteros temen quedarse atrapados por las jóvenes que estarían obsesionadas con el matrimonio: “Si le coges cariño, se imagina que vas a casarte con ella.” Esta sería la razón por la que los hombres evitan hablar de amor: “Si le dices te quiero, ella piensa que te ha conquistado. Si rompes con ella, te llama mentiroso.” Pues claro, señores, ¡para nosotras amor rima con perennidad!

La calidad de vida de los hombres solteros contribuye al aumento de la edad para casarse: “¿Por qué casarme joven si tengo todo lo que me hace falta: un trabajo, diversión y tantas chicas como quiera?”

Para los hombres, el matrimonio es una traba, una prisión. Se dice de un soltero: “Hay que atarle los pies.” “Cortarle las alas.” La esposa no se percibe aquí como la compañera de una vida armoniosa, sino como un regulador. El soltero está disperso, indisciplinado, perdido en sus aventuras sexuales, dicen. La esposa lo sosiega. El matrimonio es el fin del desenfado, de la libertad.

El matrimonio es un proyecto similar a la creación de una empresa: “Hay que ahorrar durante muchos años. Las chicas son materialistas. ¡Y se quejan por no encontrar maridos!” Es cierto que los protocolos del matrimonio son pesados y que muchas jóvenes, por iniciativa propia o bajo la influencia de la familia, son exigentes y sueñan con una boda grandiosa, una casa equipada y amueblada, un coche… Lo que aterroriza a los hombres. Si ellos no satisfacen estas exigencias, pueden ser humillados por su familia política. Los hombres olvidan decir que sus propias madres los someten al dictamen de las apariencias y que, en muchas ocasiones, ceden para evitar ofenderlas. Una coacción que hace aumentar la edad para casarse.

Tienen la obsesión de controlar los cuerpos de sus hijas para entregarlos intactos a los maridos

¿Qué pasa con la soltería femenina? ¡El malestar! Los chicos continúan siendo educados de forma tradicional, sin prohibiciones sexuales, ni la histeria de las maledicencias, con la obligación de controlar a sus hermanas. La educación de las chicas se funda en la abstinencia sexual premarital. Los padres escolarizan a sus hijas, les permiten trabajar en pos de la autonomía financiera o para contribuir en el presupuesto familiar. Pero con la obsesión de controlar sus cuerpos para entregarlos intactos a los maridos.

No se trata de hacer apología de la sexualidad premarital o de condenarla, sino de analizar los daños en la educación de las jóvenes y su plenitud. El equilibrio de la relación hombre/mujer solo existe si se educa a ambos en la armonía y la complementariedad, teniendo en cuenta la evolución de las mentalidades y respetando el nuevo perfil de las mujeres.

La soltería de las mujeres se ve afectada por diferentes factores que resultan de las contradicciones que caracterizan a nuestra sociedad.

Las jóvenes se imponen, sobresalen en los estudios y en su profesión. Luchan por su libertad y el respeto de su dignidad. Pero sufren el hecho de ser evaluadas por su sexo.

El malestar se vive en la calle y en el espacio público en el que los hombres las acosan. Para ellos, una mujer en la calle es sinónimo de presa sexual. Un placer legítimo, el de andar por la calle, se convierte en un estrés: además de la histeria de que le roben el bolso, son acosadas por hombres y pandillas de adolescentes a los que no se les ha inculcado el respeto a la mujer. Sin coche, y por culpa de las insuficiencias de los transportes públicos, los desplazamientos son un calvario. ¿Coger el autobús? Tienen que vigilar sus espaldas por culpa de los robos y, sobre todo, por los frotamientos de los hombres.

[Continuará]

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© Soumaya Naamane Guessous | Primero publicado en Famille Actuelle  ·  Dic 2010 | Traducción del francés:  Alejandro Yáñez

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