Ellas fueron esclavas (II)

Publicado por

Soumaya Naamane Guessous

Publicado el 22 Jun 2017

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opinion

Casablanca | 1998

[Continuación de la columna del 10 de junio. Lea la primera parte]

Dada lo contó solo una vez en la vida: “Me raptaron con 6 o 7 años. Mi único recuerdo es la Zaouya (capilla) de Moulay Ali Chérif, de la que hablaba mi padre. Con 50 años, gracias a tu madre, estuve en esta Zaouïa y allí encontré a un ciego, centenario, memoria viva de la región.

Me contó que yo era la hija de un cabecilla del Tafilet, raptada por los enemigos de mi padre. Mi desaparición había estremecido la región. Mandó que me acompañaran a nuestra casa, situada en un gran ksar (alcázar). Cuando llamé a la puerta, mi madre le pidió a su nuera que la abriese. Su nuera le dijo para molestarla: “¿Quién quieres que sea, tu hija Fatna?” El reencuentro fue doloroso. Fatna es mi verdadero nombre. Me reencontré con mi madre, vieja, consumida por la enfermedad, había llorado tanto después de mi desaparición que se quedó ciega. Mi padre había muerto, pero me dejó hermanas y hermanos, cuyos hijos se ocupan hoy de mí. Mi madre murió, feliz, algunos años después de haberme encontrado. Estaba plenamente satisfecha por haber encontrado mis raíces. Mi madre sufría durante mis visitas, que la sumergían de nuevo en el drama de mi desaparición.

Dada tuvo un tercer hijo que murió con 5 años, mucho después de la muerte de su último señor. Nadie conoció al padre, pero la hija del señor lo aceptó. Los dos primeros hijos de Dada fueron al colegio antes de ocupar los callejones de la medina. Sin cualificación, el hijo mayor trabajó como basurero antes de apagarse, joven, a raíz de una neumonía, dejando una mujer y tres hijos.

Dada fue vendida a un señor que abusó de ella y se casó con ella cuando estaba embarazada

El hijo pequeño, recuperado por un miembro de la familia, tuvo mejor suerte, antes de caer, con 35 años, en el alcohol y la droga y desaparecer sin dejar huella. “No me quedan más lágrimas para llorar, –dijo Dada sollozando–. Mi vida ha sido un completo sufrimiento. Me haría falta otra vida para contarlo todo.” Tuve que parar la entrevista por piedad para con esta mujer, con heridas abiertas para siempre. Ella no ha perdonado.

Me enteré por su nuera que, antes de llegar a Casablanca, Dada fue vendida a un señor que abusó de ella durante mucho tiempo. Se casó con ella cuando estaba embarazada. Algún tiempo después de haber dado a luz a un varón, fue vendida y no tuvo nunca más noticias de su hijo. Raptada, vendida, víctima de abusos, habiendo trabajado como una bestia y habiendo perdido cuatro hijos, Dada se convirtió en un despojo humano: “Estoy cansada de vivir. Mi único deseo es que Dios me acuerde la liberación.”

El relato de Hajja Mina, esclava blanca, que tuvo la suerte de no sufrir abusos por parte de su señor.

“Me acuerdo de un vendedor de esclavos llamado Ba Ablali. Lloraba en los brazos de mi madre cuando mi padre me arrancó de ellos. No fui raptada. Mi padre me vendió. Debía de tener 4 o 5 años.
Un palacio. Una mujer me examinó y me rechazó. Demasiado pequeña. El comerciante me vendió a una de las grandes familias de Casablanca. Mi señor era un hombre muy severo, ninguna de las mujeres de la casa tenía derecho a salir. Una vez por semana, alquilaba el hammam y todas las mujeres acudían. La casa albergaba al señor, su esposa, sus tres hijos –dos de ellos casados– y sus hijas.

“Mi señor cuidaba a su personal mejor que a sus propios hijos. Nunca fue irrespetuoso conmigo”

Cuando tendíamos la ropa en la terraza, el señor le pedía a su hijo que nos acompañase para vigilarnos. Las ventanas estaban llenas de clavos pero vivíamos en la suntuosidad. Me acuerdo de que un día le pregunté a Lal·la que por qué yo no tenía joyas como ella. Me dijo: “Pídeselas a tu señor”. Fui inmediatamente a pedírselas. Dos horas más tarde, tenía pulseras. Paseé durante todo el día con las manos en el aire para que me admirasen. A Lal·la –que me llamaba para trabajar– le dije que las mujeres que llevaban joyas no trabajaban, como cuando ella se engalanaba. Me dio un buen correctivo, pero me quedé con las pulseras.

Mi señor cuidaba a su personal mejor que a sus propios hijos. Nunca fue irrespetuoso conmigo. Mi señora era muy severa. Me pegó mucho. ¡Que Dios le perdone! Un día, me tiró un objeto a la cabeza y sangré. Mi señor estuvo a punto de echarla. Mandó buscar al médico para mí y a los hermanos de Lalla para advertirles de que si su hermana me golpeaba otra vez se la devolverían. Que Dios tenga piedad de sus almas.

En cada ceremonia, Sidi traía una compañía musical de chikhates (cantantes y bailarinas). Las ocasiones eran numerosas con todos los partos, circuncisiones… Era la compañía de Radia, violinista, Ben Elouachchate y El Walida, célebres en la medina de Casablanca. Que dios tenga piedad de sus almas. Deben de arder en el infierno porque cantaban incluso para los hombres, de entre los cuales muchos tenían una douirya (pequeña casa). Los hombres eran muy discretos. Los más ricos pasaban noches de ensueño en las douiryates. Las chikhates animaban estas fiestas a las que llevaban a bellas jóvenes.

Yo era indisciplinada y Lal·la me decía siempre que debía aprender un trabajo para douai’re z’mane (los avatares de la vida). Como rechazaba aprender, me pegaba a espaldas de Sidi. Le agradezco a Dios por haberme colocado en una casa en la que mantuve mi virginidad hasta el matrimonio y en la que aprendí a cocinar. Más tarde, mi familia vivió gracias a lo que Lalla me había enseñado; me convertí en cocinera. Las personas que prueban mi cocina me dicen: “Que Dios bendiga a quien te ha formado”.

Debía de tener 20 o 24 años cuando Sidi me entregó en matrimonio al fqih (erudito) de la mezquita Jamaâ Oulad El Hamra. Salí de la casa como una verdadera casada, con los honores y la cabeza alta. Sidi me enviaba regularmente una suma de dinero. Después del fallecimiento de mi marido, me convertí en tabbakha (cocinera) para las ceremonias. Me volví a casar y tuve un hijo, Si Mohamed, que es mi orgullo. Se sabe el Corán de memoria.

“No entiendo cómo un padre puede cambiar a su hija por un puñado de dinero”

Tuve mucha suerte a diferencia de muchas otras. Hoy, tengo más de 90 años. Tengo buena salud, mi memoria está intacta. Salgo sola, cojo el autobús, viajo. Nunca he sentido que envejecía, siempre fui abierta y me encanta reír. No tengo rencor. La vida es corta, ¿por qué debería pasarla torturándome y llorando por mi destino? De todas maneras, el destino se cumple con o sin mis lágrimas. Por eso prefiero reírme. He perdonado a mi padre. Lo volví a ver en su lecho de muerte. Cuando supo que era yo lloró e imploró mi perdón. No entiendo cómo un padre puede cambiar a su hija por un puñado de dinero, sobre todo porque todo el mundo conocía el destino de los esclavos y los peligros que les esperaban. He perdonado. Es la voluntad de Dios. ¿Cómo encontré a mi familia? El maktub (destino).

Cuando me casé empecé por fin a salir. Me acordaba de que mi madre se llamaba Mass’ouda y de que tenía un hermano mayor que vivía en Casablanca. Se lo dije a todos los comerciantes que me encontraba. Un día, un guerrab (comerciante ambulante de agua) que me ayudaba en mi búsqueda, señaló con el dedo a un hombre que pasaba en bicicleta. Era mi hermano. Lo encontré por la voluntad de Dios. Supe que mis padres estaban en Tadla y él me llevó a casa de ellos. Mi madre murió años después. Lamento a veces que me separasen de ella, pero Dios es grande y si él es clemente, ¿por qué yo no perdonaría?”

En Marruecos, la esclavitud existía mucho antes de la islamización. Bajo la ocupación romana, al menos el 8% de la población marroquí se componía de esclavos. El Islam no prohibió la esclavitud; el musulmán, obligado a no tener más de cuatro esposas, puede tener tantas concubinas como le permitan sus medios, a condición de que ellas no sean mujeres libres. Sin embargo, el Corán apoya la liberación (considerado como una buena acción).

En Marruecos, los esclavos estaban al servicio de las familias, no eran mano de obra industrial

Mientras que en el continente americano, los esclavos constituían la principal mano de obra en la industria y la agricultura, en Marruecos trabajaban en tareas domésticas o como ayudantes en el campo. Su trato era relativamente menos inhumano que en los países donde ocupaban puestos de producción y sobre todo en las plantaciones de algodón y caña de azúcar. La economía dependía de su rendimiento, de ahí los malos tratos que les infligían. Considerados como máquinas de producción, los trataban sin piedad. En Marruecos, en la época de la esclavitud, todavía no había industrias ni grandes explotaciones agrícolas. Los esclavos estaban básicamente al servicio de las familias. Sin embargo, bajo el reinado de Moulay Ismail, el ejército estaba compuesto por numerosos esclavos, llamados Abid Al Bokhari.

Todas las grandes familias tenían esclavos, hombres y mujeres. El número de esclavos determinaba la riqueza de los señores. Los menos ricos o de condición modesta podían poseer uno o dos esclavos puestos al servicio de la esposa para ayudarla en sus necesidades domésticas y para hacer la compra, ya que las esposas no podían salir. Los hombres trabajaban como criados, jardineros, mensajeros, guardias. Los más eficaces y los más fieles ayudaban a los señores en la gestión de sus negocios. Estos hombres tenían derecho a entrar en la parte de la casa reservada para las mujeres y representaban para ellas un enlace hacia el mundo exterior: llevar el pan al horno, hacer la compra, los recados de familia en familia, ayudar en las grandes limpiezas o ceremonias…

Otros hombres estuvieron al servicio de las mujeres en las familias más ricas y poderosas. Vivían entre ellas, como criados. Eran los eunucos, esos hombres castrados durante la infancia o la adolescencia para neutralizar definitivamente su virilidad. Una tercera especie humana con cuerpo de hombre que vivía entre las mujeres, con derecho a salir a la calle pero con sus genitales muertos, incapaz de seducir o satisfacer sexualmente. Se les asignaban roles de mujer pero también de hombre, ya que se encargaban de vigilar a las esposas y concubinas. En nuestra sociedad, los eunucos no eran numerosos pero sí que existieron, sobre todo como propiedad de los altos cargos. Algunos de ellos viven todavía.

[Continuará]

© Soumaya Naamane Guessous | Primero publicado en Femmes du Maroc  ·  Dic 1998 | Traducción del francés:  Alejandro Yáñez

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