«Todo el mundo debería tener dos o tres lenguas y países»

Florence Delay

Publicado por

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.

Publicado el 13 Oct 2017

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Florence Delay (Formentor, Sep 2017) | © Alejandro Luque / M'Sur
Florence Delay (Formentor, Sep 2017) | © Alejandro Luque / M’Sur


Formentor | Septiembre 2017

Para muchos cinéfilos, Florence Delay (París, 1941) es y será para siempre la Juana de Arco de Procès de Jeanne d’Arc, el papel que defendió en 1962 bajo las órdenes del director Robert Bresson. Para otros, desde el año 2000, se trata de la detentadora del sillón número 10 de la Academia Francesa. Pero sus lectores la conocen como gran amante de la cultura española, con una larga trayectoria como traductora de clásicos como Fernando de Rojas, Lope de Vega, Calderón o Bergamín.

Amante declarada de las corridas de toros, la autora acaba de publicar Puerta de España (Turner), donde reúne recuerdos de sus vínculos con nuestro país, después de darse a conocer con títulos como Llamado Nerval, A mí señoras, me parece o Mis ceniceros, libro que explora su relación con el tabaco. La conversación que sigue, realizada en los pinares de Formentor coincidiendo con la presencia de Delay en las Converses, en español por supuesto, se produce precisamente mientras la escritora paladea un cigarrillo. En sus manos, cómo no, un bonito cenicero portátil.

¿Recuerda cómo se acercó al español por primera vez?

«Me regaló las obras completas de Federico y me dijo: “Tú tienes que traducir lo que quieras”»

En realidad, todo empezó por la enfermedad de una profesora de español de mi Liceo, en París. Vino a sustituirla otra más joven, que nos hizo aprender únicamente poemas, así que entré en España por la poesía. El primero fue García Lorca, claro, como para tanta gente. Luego a los quince años tuve la suerte de que mi madre tuviera como amigo a un gran poeta francés, René Char. Él me regaló las obras completas de Federico en un espeso volumen de Aguilar, y me dijo: “Tú tienes que leerlo y traducir lo que quieras”. Este permiso de leer y traducir, es decir, de apoderarme, fue una orden deliciosa que seguí obedeciendo toda mi vida.

También he leído que es usted traductora de lenguas desconocidas, ¿se trata de una broma?

[risas] No, no, es verdad. Me ocurrió dos veces, la primera con el poeta Jacques Roubaud, cuando decidimos traducir poemas y cantos de los indios de América del Norte. Los estudiamos a través de filólogos, poetas americanos que habían vivido en reservas, etnólogos, musicólogos… Y traducimos del sioux o del navajo con esos intermediarios. Y lo otro fue la experiencia de la traducción en el año 2000 de la llamada La Biblia de los escritores, porque para cada libro había une especialista del hebreo y un escritor, y lo que salía era el resultado del diálogo entre los dos. Claro que no entiendo ni el hebreo ni el griego, pero fue una experiencia … para todos. Emmanuel Carrère, Jean Echenoz, Jacques Roubaud… Hemos dedicado varios años de nuestra vida a esta labor que nos enriqueció una barbaridad. Por eso es por lo que digo que soy traductora de lenguas desconocidas.

Usted ha esgrimido alguna vez la idea de que ser traductora es ser autora, una idea que manejó a menudo Borges. Pero también ha dicho que es un acto de obediencia, y que a usted le gusta obedecer. ¿Puede explicarlo?

«En una novela, tú tienes que ser el capitán. En la traducción tú tienes que servir»

El gusto por la traducción viene del sentimiento de ser útil, de descubrir algo al otro, pero también de no ser maestro capitán. En una novela, tú tienes que ser el capitán, diriges el barco y no puedes delegar en otro. En la traducción tú tienes que servir, tienes que obedecer, y en este sentido lo decía. Es como cuando rodé una película con Robert Bresson…

Su famosa Juana de Arco…

Sí, Proceso a Juana de Arco. Ahí no había que imaginar nada. Ahí no había que imaginar nada, había que obedecer al director. Y para mí fue una experiencia magnífica. La libertad la ve el director en tu cara, en tu alma. Pero solo él la ve.

¿Es por eso que siguió haciendo cine con Chris Marker, Hugo Santiago, Benoît Jacquot, Michel Deville…? ¿Qué encontraba en este arte que no tuviera la literatura?

Era otro mundo, lo hice con gente que admiraba, pero fue mucho menos importante el cine que el teatro. El teatro fue mi otra gran vocación.

¿Porque lo tenía todo, palabra, imagen e inmediatez?

Cuando hablo del teatro, me refiero también a pequeños papeles, de régisseur (asistente de dirección), no de actriz. Hice mis primeras armas con Jean Vilar, Antoine Vitez, gente admirable, grandes maestros que crearon un teatro popular. Un teatro elitista para todos.

¿Cómo de fiel cree que debe ser un traductor al original? ¿Hay que respetar, por ejemplo, las rimas?

Creo que hay que ser fiel al espíritu. No pienso que haya que traducir al pie de la letra, porque ahí, como dice Bergamín, muere el espíritu crucificado. Pero claro, cuando traduces a Lope de Vega, que es pura música, hay también que buscar la melodía. Para traducir a Lope hay que aprender a bailar y cantar. A Calderón no, es más fácil, porque es conceptual. La traducción de los Autos sacramentales, de algunos de ellos, fue muy importante para mí…

A la Academia Francesa, ¿le ocurre lo mismo que a la Española, que tiene muy pocos sillones ocupados por mujeres, o es más igualitaria?

No, fue así porque lo quiso así el cardenal Richelieu. Si hubiera querido mujeres, habría tenido numerosísimas académicas, porque fue un siglo, el XVII, de grandes mujeres: madame de Lafayette, madame de Sévigné, Madeleine de Scudéry… Pero quiso hombres. Y eso cambió muy tarde, cambió con la llegada de Marguerite Yourcenar. EL porcentaje aún es pequeño, creo que somos cinco, o… Nunca supe contar [risas].

¿Y cree que haya un sexismo en el lenguaje? ¿Es un debate que debemos abrir?

«No me gustan nada las invenciones de dar un femenino absurdo a palabras neutras»

No me gustan nada las invenciones que consisten en dar un femenino absurdo a palabras neutras. En francés, el género neutro es masculino. El español ha tenido antes el genio de decir “autor/autora” o “escritor/escritora”, mientras que en francés añaden una e para decir écrivaine, professeure… Y para mí es una barbaridad. Las mujeres creo que hemos luchado para tener el mismo papel de los hombres, y eso no nos lo da una e. La esposa del embajador es una ambassatrice, pero la embajadora es la ambassadeur. Cuando me llaman écrivaine estoy tristísima, porque en francés hoy es “vana”. Eso en el masculino no lo oyes. Ahora en Francia todo el mundo ha adaptado la e, a mí no me gusta.

Ganó el Prix Fémina. ¿Fue coherente?

Fue un error. Lo obtuve por un libro difícil, que casi nadie entendió. Cuando la gente lo compraba queriendo comprar un Marc Levy o un [Guillaume] Musso, me desesperaba. Es otro mundo. Un premio da gusto, pero… Habría sido muy orgulloso rechazarlo, no soy Julien Gracq.

¿Cómo se acercó a la realidad del País Vasco, que dio lugar a su novela Etxemendi?

«El delito de hospitalidad en el País Vasco: traía mucho problemas abrir una puerta, o cerrarla»

Fue el país de mi niñez. Mi padre tenía una abuela vasca y nació en Bayona. Yo llevaba casi 20 años sin volver al País Vasco, y cuando lo hice porque mi abuelo me dejó en herencia una pequeña casa en Biarritz, lo encontré cambiado. Tuve discusiones que me impresionaron, que me descubrieron una realidad que no había conocido en mi niñez. El libro es un poco mi situación, un ingeniero mexicano que viene por una herencia, y descubre un país que no conoce. Es el papel del ingenuo, que siente que hay cosas que se le escapan. Me fue útil hacer un trabajo un poco de periodista, indagando, aunque la historia sea novelesca.

¿Llegó a comprender el fenómeno de ETA?

Comprender a ETA es dificilísimo, empezó siendo un movimiento de universitarios de Bilbao. La primera generación fue según pienso muy grande, luego fue volviéndose un movimiento violento, y yo viví esta situación. La paz ha sido un gran alivio.

Durante mucho tiempo se habló del santuario francés, hasta que los gobiernos de ambos lados de la frontera se pusieron de acuerdo para combatirla…

Sí, noté que gran parte del clero francés, ciertas abadías, eran refugios. Era una cosa muy compleja, en realidad. En toda familia había un hermano, un primo, un nieto que formaba parte de este movimiento, y era muy difícil… En mi novela traté el tema del delito de hospitalidad: traía mucho problemas abrir una puerta, o cerrarla.

¿Una causa lo justifica todo? ¿Es siempre admirable la lucha por unos ideales?

No, no, soy un ser de paz y la violencia me asusta muchísimo.

¿Ha leído Patria, de Fernando Aramburu?

No, pero voy a leerlo.

Le preguntaba porque algunos lo acusan de dar un relato parcial del fenómeno.

Estoy curiosa por este libro, pero me parece muy difícil ponerlo todo. No hay negro y blanco. El maniqueísmo es algo de lo que siempre hay que escapar, no ayuda a entender. Hay un principio de un auto sacramental de Calderón donde dos caballeros luchan, los dos con fuerzas iguales. Abandonan la lucha, se van pero se equivocan de capa. Uno es el bien, el otro el mal. Y cada uno se va con la capa del otro…

¿Cómo vive una francesa lo que está ocurriendo en Cataluña?

No conozco en profundidad el problema, pero esta mañana en Formentor vi una discusión que empezó con un escritor que habló catalán, y la mitad de la sala no entendía, y sentí la tensión que provocaba. No he vuelto ni a Cataluña ni a Palma desde hace muchos años, pero lo sentí.

Usted dijo: “Toda la modernidad se nutre de la Edad Media y de España”. ¿Más que de otros países?

«Yo tengo muy mala memoria, pero mis ceniceros la tienen muy buena»

No, no dije exactamente eso: cada uno tiene su modernidad. Claro que yo me he vuelto muy atrás, porque me ha interesado muchísimo la Edad media, y me di cuenta de que mucho viene de ahí. Para mí fue España una fuente de Modernidad, por eso creo que todo el mundo debe tener otro país, otra lengua, y si tienes dos o tres, mejor. Siempre somos un poco avariciosos, no podemos engrandecernos sin horizontes extraños, cambiando de dirección, obedeciendo los vientos del espíritu que te pueden llevar a cualquier lado. Por eso la veleta es para mí un símbolo. Me gusta cambiar.

Entre los máximos escritores de Francia, Goncourts (Ben Jelloun, Slimani) y Académie (Joseph Kessel) se encuentran nombres que no tienen el francés como lengua materna. ¿Capacidad de integración de un idioma, una cultura?

Pero pasa en todos los países, ¿no?

Un amigo de Gallimard me decía que cuando Vargas Llosa recibió el Nobel, la prensa francesa lo celebró como “el escritor franco-peruano”. ¿Tienen mayor fama de asimilación y apropiación?

Muchos han elegido la lengua francesa. Se puede elegir una lengua, también.

¿Le tentó alguna vez a usted ser una escritora española?

No, porque me encanta el acento tónico. En prosa, el genio francés no tiene acento tónico, y yo busco una frase que tenga la melodía, la sintaxis de mi lengua materna.

No quiero acabar sin preguntarle por su libro Mis ceniceros, de los primeros que publicó en España. Creía que era un libro de toma de distancia del tabaco, pero veo que todavía fuma…

Sí, mira. Un escritor español al que admiro muchísimo, Ramón Gómez de la Serna –ya sé que no lo leen mucho acá, y es un error, porque es un genio–, hacía hablar a los objetos, por eso le encantaba el Rastro, ha escrito un libro magnífico sobre el Rastro… Me hizo pensar que podía reflexionar sobre esto de fumar a partir de mis ceniceros. Yo tengo muy mala memoria, pero mis ceniceros la tienen muy buena. Era como un viaje que te permite ver la vida como es: una llama, el humo, ceniza.

Fumar, ¿es ahora un acto de libertad, o de rebeldía?

«Al fumar menos, escribía mucho menos. Por eso estoy haciendo ahora libros cortitos»

He visto a mi padre y a mi madre fumando, siempre. Mi padre fumaba Gitanes y siempre lo veía envuelto en humo azul, y la gitana era una española, y enlacé todo… Pero el problema fue que me acostumbré a fumar escribiendo. He tenido que fumar mucho menos, porque me hace mal a los pulmones. Pero me di cuenta de que escribía mucho menos. Por eso estoy haciendo ahora libros cortitos.

Como A mí señoras mías, me parece, sobre el palacio de Fontainebleau. ¡Pero es una maravilla de libro!

Es un paseo en el castillo de Fontainebleau, a partir de historias y anécdotas. Intenté escribir a la manera de la señora que me encanta, la hermana del rey Francisco, Marguerite de Navarre. En su libro, ella siempre dice “A mí me parece, señoras…” Habló así a las estatuas, a las amantes, a las enamoradas, a las reinas… Es un libro de paseo.

España ha ignorado casi siempre a sus vecinos: Portugal, Italia, Marruecos… Con Francia un poco menos, pero la vecindad no siempre ha sido fácil. ¿Del otro lado sucede también eso?

La vecindad es muy difícil. Hay más escritores vueltos hacia Italia o Inglaterra, somos pocos mirando hacia España. Pero tengo un amigo, Manuel Arroyo Turner, que ha escrito un libelo contra los franceses, y me di cuenta de que históricamente se puede quejar el pueblo español. Ahora escribo sobre las santas de Zurbarán, y me di cuenta de que el mariscal inglés Soult robó una cantidad inmensa de obras… Yo he tenido amigos de corazón aquí: la primera casa donde estuve por primera vez a los 15 años han seguido formando parte de mi vida. Escritores, salvo Bergamín, no tanto.

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