«En Europa se ha dado manos libres a los islamistas»

Yahia Belaskri

Publicado por

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.

Publicado el 10 Ene 2018

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Yahia Belaskri (Sevilla, Dic 2017) | © Fundación Tres Culturas

 

Sevilla | Diciembre 2017


Nacido en Orán en 1952,
Yahia Belaskri es uno de los nombres señeros de la narrativa argelina actual, traducido a varios idiomas. El español, de momento, se le resiste. “¿Qué sucede aquí? ¿No me quieren?”, bromea antes de la entrevista que tiene lugar en la Fundación Tres Culturas, adonde Belaskri ha acudido para culminar los actos de homenaje a Albert Camus en el 60 aniversario de la concesión del Nobel. Autor de novelas como Une longue nuit d’absence, Si tu cherches la pluie, elle vient d’en haut o Le bus dans la ville, este periodista de Radio France International y jurado habitual del Prix du libre européen et méditerranéen cuestiona el comportamiento de Europa frente al avance del islamismo, pero augura un futuro prometedor para su país.

La guerra de la independencia, ¿es todavía ese trauma con el que se mide todo en Argelia?

No para todas las generaciones. Para las que han conocido esa guerra sí. Para los jóvenes no lo es, aunque obviamente está presente a través de la memoria que se ha transmitido de padres a hijos. Pero los jóvenes argelinos quieren vivir, como todos los jóvenes del mundo. Para varias generaciones, al menos dos, seguirá siendo un trauma.

Lo preguntaba porque casi todos los libros que llega a España desde su país remiten de un modo u otro a aquellos sucesos…

«El poder político argelino eligió acercarse al mundo árabe y borró su cultura bereber»

Por supuesto, pero ya existen muchas novelas que no hablan de la independencia, sino que se refieren a las dificultades de los argelinos para sobrevivir, al tema del islamismo, de la guerra civil… En la literatura argelina hay muchos menos libros que hablen de la independencia, se lo aseguro. Ahí tiene a algunos traducidos como Boualem Sansal, Yasmina Khadra, Kamel Daoud, que acaba de sacar aquí su segunda novela, Zabor, y que no habla de la guerra… Yo mismo, en mis libros no hablo siempre de la guerra, en absoluto. En Los hijos del día [Les fils du jour], es cierto que hablo de una tribu argelina en el momento de la conquista colonial del siglo XVIII. Pero yo hablo del amor, del encuentro de un argelino y una europea.

Hay quien piensa que parte del conflicto argelino contemporáneo surge de la búsqueda desesperada de una identidad árabe, olvidando su parte amazigh, africana, marroquí, y que eso se resolvió con una invasión masiva de islamismo. ¿Ocurrió así?

«Durante muchos años en Europa se ha dejado hacer a los islamistas, se han dejado manos libres»

Sin duda. Desde la independencia, el poder político argelino eligió acercarse al mundo árabe. Pero la realidad de Argelia es que es un país africano, es un país mediterráneo y que está en el mundo. Por tanto, el poder político borró su cultura bereber, su cultura amazigh, y se dio un verdadero combate. Los argelinos se organizaron para que la lengua bereber sea nacional y oficial, y aunque no se estudie en todas las regiones de Argelia son resultados muy importantes. En todo caso, el poder argelino siempre tiene esa idea arabista, instauró la lengua árabe como lengua oficial en detrimento del amazigh. Aunque quieran imponer la identidad árabe, es en vano porque la dimensión árabe existe como existe una dimensión española con el Oeste argelino, o francesa.

¿Cree que le pasó algo parecido a los hijos de los inmigrantes, que el islamismo ha cubierto un vacío identitario en esa comunidad?

No creo. EN realidad es más bien un adoctrinamiento. Los islamistas tienen medios financieros y logísticos, les ayudan países como Arabia Saudí o Qatar, que tienen una ideología wahabí y salafista. Los jóvenes en Francia, Bélgica o cualquier lugar son como los demás, tienen dificultades, unos tienen éxito y otros no, pero al mismo tiempo son víctimas. Víctimas que se convierten en victimarios al radicalizarse y hacerse terroristas, pero no es por el hecho de ser hijos de inmigrantes por lo que el islamismo los capta. Hay un trabajo hecho, y durante muchos años en Europa se ha dejado hacer, se han dejado manos libres, hubo una complacencia con ellos. Hoy vemos que son los hijos los que se rebelan, pero es que se ha dejado demasiado tiempo actuar.

Esos eran los chicos que teóricamente iban a empaparse de Ilustración, y resulta que han acabado siendo los que han llevado más lejos el oscurantismo fanático. ¿Qué falló?

Pero no olvidemos que es una minoría realmente ridícula. Hay muchísimos jóvenes de origen argelino, tunecino o marroquí, que viven, que están allí, que aman España o cualquiera de los países europeos, y si tienen dificultades las tendrán como los demás jóvenes. Es una auténtica política wahabista la que ha atacado el mundo, y todos hemos sido cómplices en algún momento, lo que explica que haya incluso jóvenes españoles que han atentado en Barcelona, ¡es inaceptable! Son nuestros propios hijos los que han hecho eso.

¿Qué se puede hacer?

No solo hay que luchar policialmente contra el terror, hay que luchar culturalmente, con la educación. En la escuela, con las asociaciones, con las universidades, hay que realizar esa labor, decirles que son españoles, que es su país, que usted está en francia y ese es su país. Que se puedan abrir al mundo y encerrarse. Maalouf habló de Identidades asesinas, ¡claro que lo son! La identidad es un proceso, no es algo terminado. Yo puedo ser feliz o infeliz en España, pero no odiarlo ni producir un asesinato.

Tahar Ben Jelloun se ha referido a la situación de los inmigrantes como “la más profunda de las soledades”. ¿Eso significa que Francia y los demás países europeos no son tan acogedores a veces?

«Hay personas que nunca han salido de su país, pero son exiliados dentro»

Hoy día, desde luego, acogen muchísimo menos, salvo Alemania o Italia, que recibe a muchísima gente. Francia, con Manuel Valls como primer ministro, hizo todo para reducir el cupo. Pero la soledad de aquel que se va es la misma, no solo para los magrebíes. Irte de tu país para vivir en otro lugar, es conocer la soledad. No olvidemos que hay personas que nunca han salido de su país, pero son exiliados dentro. Es algo profundamente humano.

¿Usted ha sentido alguna vez el racismo bajo la capa de universalidad que caracteriza a la Culture?

Personalmente no. Pero claro que se siente el racismo en cómo se habla en la prensa, cómo se considera a aquel que viene de otro lugar con cierta condescendencia. Pero del otro lado también existe el racismo, no hay que engañarse. No hay que pensar que aquellos son buenos y estos malos. Somos los mismos seres humanos.

¿Por qué la izquierda francesa se empeña en darle a los musulmanes derechos específicos, como si no fueran ciudadanos como los demás?

Cuando hablaba de condescendencia era esto lo que estaba evocando. Cuando uno es ciudadano de un país, ya sea católico, musulmán, protestante, judío o ateo, por qué no, no hay diferencia que importe, cada cual tiene su lugar. Desde el momento en que soy ciudadano, no necesito la legitimidad de nadie. En cuanto a la izquierda francesa… Ya sabemos cómo está.

Usted dejó Argelia en el 89. Después de tantos años, ¿no ha tenido nunca el impulso de volver para ayudar a reconstruir el país?

Viajo mucho allí, participo asiduamente con los argelinos, pero mi vida está aquí, en Francia, en europa. Mis hijos ya han crecido, dos se han casado y uno va camino de hacerlo, tienen hijos, adoro a mis nietos. Mi vida está ahí, sin más.

Usted dijo en una conferencia que cada generación tiene la tarea de rehacer el mundo, pero la suya tiene una misión mayor: impedir que se deshaga. ¿Van teniendo éxito en esa empresa?

«La guerra civil de los 90 causó un trauma enorme, hay un miedo grande a la violencia»

No lo sé, pero es la verdad. El mundo de hoy es de una brutalidad increíble, se está incendiando por doquier. ¿Qué debemos hacer, esperar sin hacer nada, dejar que el señor Trump meta fuego a todo, que no explote Corea del Norte? Hay que hablar. Y como decía Camus, son los escritores, los artistas, los creadores, los que tienen que hablar. No hay que comprometerse con el poder político, hay que ser independiente. Hay que tener la libertad de hablar.

¿Llegó la primavera árabe a Argelia?

No. Si hubiera llegado, no habría este inmovilismo político. La cuestión es que Argelia conoció un periodo terrible, la guerra civil de los años 90, cuando los islamistas cogieron las armas y mataron a todo el mundo, a policías y ciudadanos anónimos pero también a poetas, a escritores. Más de 200.000 muertos supusieron un trauma enorme, y creo que hay un miedo grande a la violencia. Y menos mal. Creo que las cosas deben cambiar en Argelia, sin duda, y los argelinos lo van a hacer. Van a necesitar tiempo, pero no quieren volver a la violencia. Todos esos muertos, heridos, gente encarcelada, es algo insoportable para ellos.

De las otras primaveras, ¿tiene alguna esperanza?

Hemos visto lo que ha ocurrido con Libia, y con Egipto, y con Siria, Iraq… Qué quiere que le diga. La única perspectiva interesante es Túnez, nos da esa posibilidad de que la democracia se pueda instaurar algún día en el mundo árabe. Marruecos es cierto que está un poco fuera de todo, pero la experiencia tunecina es muy importante y hay que ayudarles.

Bouteflika, ¿es real o un ser mitológico?

«Cuando tuvo lugar la arabización de la antigua Argelia yo ya me había ido»

¡Pues no lo sé! Si me lo pudiese decir usted, sería un alivio. Desde hace tiempo, en Argelia, el presidente de la república no dice nada. El poder está en otro lugar, aunque es compartido de vez en cuando con el presidente. No le puedo responder, no lo veo. Incluso creo que la pregunta no está ahí: la posibilidad de que los hombres y las mujeres de mi país puedan liberarse de este inmovilismo, esas cadenas, eso es lo que importa. Hay una energía increíble, a nivel de las artes, de la investigación científica… Pero todo está bloqueado por el poder.

Escribir en francés, ¿es una decisión meditada, o la cosa más natural?

Yo aprendí francés a mi más temprana infancia, por tanto no tengo elección. Cuando tuvo lugar la arabización de la antigua Argelia yo ya me había ido, siempre me he expresado en francés.

¿Existe un movimiento literario en árabe en Argelia?

Absolutamente. Existe una literatura en lengua árabe en Argelia muy importante, con muy buenos escritores. Y hay una literatura en amazigh más reciente, y también francófona.

¿Cómo se imagina la Argelia de dentro de diez o quince años?

Me encantaría que fuera abierta, fraternal. Lo deseo con todo mi corazón. Es un país mediterráneo que es cruce de muchos continentes, y que tiene todo para que pueda vivir bien con los demás. Está en el mundo y tiene que ocupar su lugar.

Camus, España en el corazón

 

“Escribir era un honor que me obligaba a llevar, tal como yo era y según mis fuerzas, con todos los que vivían la misma historia, la desgracia y la esperanza que compartíamos”. Con estas palabras de Albert Camus comenzó el escritor Yahia Belaskri su homenaje al Nobel franco-argelino en la Fundación Tres Culturas, en el marco de la Semana de Francia organizada en colaboración con el Institut Français.

Belaskri hizo un repaso por la elaboración del pensamiento de Camus, su temprana filiación comunista –y su no menos precoz desengaño– y muy especialmente su compromiso con España, a la que se hallaba unido por algo más que el origen menorquín de su madre. “Para Camus, España es una segunda patria mítica y carnal. Cuando en 1935 viaja por primera vez fuera de Argelia, ¿adónde va con su esposa Francine? A las islas Baleares”, dijo el conferenciante.

La presencia de España es también constante en sus escritos, desde la obra colectiva Rebelión de Asturias a la novela Amor de vivir, sin olvidar el montaje de El secreto de Ramón Sender cuando fundó el Teatro del Trabajo, o la ambientación en Cádiz de su obra Estado de sitio. “Desde la victoria de Franco en 1936, Camus nunca dejó de indignarse con el destino de la República, y aprovecha todas las oportunidades disponibles para expresarlo”, agregó Belaskri, citando artículos en periódicos como Alger Républicain, Soir Républicain o Combat, donde se referiría a los republicanos españoles como “hermanos”, “camaradas” o “amigos de Francia”, y frases tan contundentes como la de aquella conferencia de 1937: “La verdad está siendo asesinada en España”.

El conferenciante recordó que muchos republicanos huidos de las hordas franquistas se refugiaron en Orán –más de 8.000 según datos fiables–, y evocó la rabia que suscitó en Camus la adhesión de nuestro país a la Unesco en 1952, tachando el gesto de la institución internacional de “inaceptable ambigüedad”, y el enfado aún mayor que vino cuando se admitió a España en la ONU tres años después.

“Amigos españoles, somos en parte de la misma sangre y tengo hacia su patria, su literatura y su gente y su tradición, una deuda que no se apagará”, proclamó el Nobel. Precisamente a su regreso de Estocolmo, en 1958, se dirige así a los republicanos españoles: “¡Nunca os abandonaré y seguiré siendo fiel a vuestra causa!”, exclamó. “No soy uno de esos amantes de la libertad que quieren adornarla con cadenas redobladas, ni de aquellos servidores de la justicia que piensan que la justicia solo se conquista al dedicar varias generaciones a la injusticia. Vivo como puedo, en un país infeliz (…) Sin auténtica libertad y sin un cierto honor, no puedo vivir”.

Belaskri, que estuvo acompañado en el acto por la profesora Anne Aubry, aludió también a la oposición de Camus al terrorismo y el nazismo, plenamente vigente hoy, y a las palabras que le dedicó el polaco Czeslaw Milosz: “Tenía el coraje de decir cosas elementales”.

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