On the road, y follando

Publicado por

Ilya U. Topper

@ilyatopper

Periodista (Almería, 1972). Vive en Estambul, donde trabaja para la Agencia Efe.

Publicado el 28 May 2018

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Ali Eskandarian
Sexo, exilio y rock and roll

Género: Novela
Editorial: Malpaso
Páginas: 204
ISBN: 978-84-1599-693-4
Precio: 18,50 €
Año: 2017
Idioma original: inglés
Traducción: Santiago del Rey
Título original: Golden Years

Una mezcla entre Charles Bukowski y Jack Kerouac. La mezcla perfecta, de hecho. Todos los polvos que no echaba Kerouac y todas las carreteras que no recorría Bukowski están aquí. Da envidia. Se lee con gusto. Ah, y hasta hablan de música.

Decía el viejo Uto, que había vivido ahí, que los iraníes son el pueblo más orgulloso del mundo. Que no hay nadie más convencido de su propio valor que un iraní (eso no les impide en absoluto ser hospitalarios, majos, encantadores o buenos amantes, no está reñido). Debe de ser cierto. No solo porque Ali Eskandarian creía que al meter en la caldera mucho sexo del bueno, un generoso chute de drogas, unas guitarras, un coche y un piso comunitario venido a menos ha escrito “la gran novela iraní-americana”, sin necesidad de añadirle un argumento, ni una trama, ni nada por el estilo. También porque esta convicción de ser mejor que los demás permea importantes partes del libro. Rezuma de las escenas en las que el protagonista – Yo, desde luego – cumple su jornada de oficinista ocasional: de algo hay que vivir, pero el simple hecho de que alguien como él (capaz de divertirse imaginando plebeyos aqueménidas escribiendo cuneiforme en el Egipto predinástico) esté obligado a vivir, y encima entre americanos que ni siquiera saben que Kabul no es la capital de Irán, le parece una profunda ofensa personal. Ahora que lo pienso, no digo que no tenga razón.

El sexo en Sexo, exilio…. es maravilloso. Nada bukowskiano, aunque sea de borrachera

Sin ese hastío del yo-no-debería-estar-obligado-a-esto no se entiende la veta oscura que impregna cierta parte de la narración, y que es la que lleva al protagonista por la vía de las drogas, la falta de pasta, el gorroneo (siempre con elegancia persa, y siempre admirado por las chicas). Ali, vamos a llamarlo así, liga mucho, muchísimo, diría uno que no hay chica que se le resista. No digo que no sea una experiencia real. Salía guapo en las fotos. Aseguran sus editores que el tipo fascinaba. Eso sí, de lo que dan ganas es de gritar: Coño, tío, ya te han follado las chicas más maravillosas entre Atlántico y Pacífico, ya has vivido todas las fantasías sexuales que a Bukowski ni le alcanzaba el hígado para imaginarlas, ahora dedícate a hacer rock and roll y a ser feliz, en lugar de meterte cocaina y quejarte de lo mal que te trata la vida, ya ¿no?

Porque eso sí, eso hay que reconocerlo: el sexo en Sexo, exilio…. es maravilloso. Nada bukowskiano, ni aunque sea en plena borrachera y tras meterse cócteles de pastillas que yo ni sabría buscar en Wikipedia. Siempre –casi siempre – es tierno, es una explosión de cariño, de placer compartido, de amor en el fondo, e incluso cuando no hay ternura en el rollo en sí, sí lo hay en la descripción, en la reflexión que el autor hace sobre lo que está sucediendo: Ali no tiene jamás una mala palabra para nadie. En eso es muy distinto a Bukowski; la comparación hacer recordar aquella frase de la pintora iraní Farideh Lashai, exiliada en Fresno: “No quiero que mi hija se pelee con los demás niños. No tolera la agresividad de la educación estadounidense”.

Es por esa ternura, que forma el verdadero groove de esta pieza, que Sexo, exilio… se lee bien, con gusto. Los flashbacks a Teherán le añaden una dimensión que no tiene Kerouac: nos recuerdan que se puede ser americano sin dejar de ser… casi digo normal. Sin limitarse a ser americano, si me entiende usted. Ali Eskenderian escribe como si fuera de por aquí.

Lo de exilio debe de ser porque “drogas” ya estaba cogido: hay mucha más coca que nostalgia

Un acierto de los editores españoles – aparte de elegir un excelente traductor – es haberle puesto el título que le han puesto, en lugar de “Años dorados”. Aunque lo de exilio debe de ser porque “drogas” ya estaba cogido: hay mucha más coca que nostalgia en este libro. Y hablando de editores, hay que apuntar que esta obra debería llevar también el nombre de Lee Brackford, el británico que arregló el texto bruto y poco estructurado del autor para su publicación, según confiesa el interesado en un breve prólogo. Lo de poco estructurado puede parecer irónico, visto el resultado, pero no importa. Eskandarian no pudo darle a Brackford el visto bueno para la edición: un músico iraní le pegó un tiro – a él y a dos miembros de la banda iraní The Yellow Dogs, el guitarra y el batería – en un piso en Brooklyn. Un piso que imaginaremos como el descrito en Sexo, exilio…

Hay otro motivo por el que el libro de Eskandarian nunca sera la gran novela iraní-americana, y la apuntó Charles Simic, que de eso sabe, en una entrevista con MSur: “Pensamos que la mejor novela americana de la historia, cuando algún día se escriba, tendrá al menos dos mil páginas”. Sexo, exilio y rock and roll tiene 200 y se lee en una tarde, si uno se deja llevar por paraísos artificiales, dulces corridas y un beat sincopado. En eso mejora bastante a Kerouac. Porque, dejándonos de rollos, ¿quién soporta realmente a Dean Moriarty? Yo me quedo con Dari, el sinvergüenzas de Teherán.

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