La montaña Esmeralda

Mansoura Ez Eldin

Publicado por

Mansoura Ezeldin

Publicado el 18 Dic 2018

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mansura ez eldin
Mansoura Ez Eldin (Sevilla, 2010) | © Ilya U. Topper / M’Sur

Donde anida el Simurg

Dicen las leyendas que muy lejos, precisamente en el fin del mundo, se alza la montaña Qaf. Es tan alta que algunos creen que su cumbre soporta el cielo para que no caiga sobre nuestras cabezas. Otros saben que es allí donde tiene su nido el Simurg, el rey de las aves. En todo caso, hacia allí llegaron los 30 que quedaron al final del viaje que el persa Faridudín Attar describe en el Coloquio de los pájaros. También es posible que allí una vez hubiera un reino y viviera una princesa llamada Zumurruda: Esmeralda. Quién sabe.

Con estas mimbres se trenza la historia de La montaña Esmeralda, novela onírica de la escritora egipcia Mansoura Ez Eldin (delta del Nilo, 1976), durante varios años columnista de M’Sur. Por sus páginas pasan la narradora Bustán, pero también la estudiante Hadir, que salta de la revolución de Tahrir a un monte en Zacateca, México…

Los sueños se entrecruzan en esta obra de Ez Eldin, habituada a los dédalos mentales. De hecho, se dio a conocer en 2007 con El laberinto de Mariam, traducido al inglés, seguido en 2009 por Tras el paraíso, novela con la que se consagró al ser seleccionada como finalista del Premio Internacional de Ficción en Árabe (IPAF), más conocido como el ‘Booker árabe’. Y también flotan en un mundo solo a medias real los relatos que publicó en M’Sur en 2010. Es más: uno de ellos, titulado Seis velas, se ha convertido en parte del primer capítulo de la Montaña Esmeralda: la visita a la casa de una mujer misteriosa en un barrio cairota…

Este capítulo de La montaña Esmeralda, publicada en árabe en 2014 y en francés en 2017, pero todavía inédita en castellano, ha sido cedida por la autora a M’Sur y ha sido publicado por primera vez en la revista Caleta en 2015, en traducción de la arabista Eva Chaves. Confirma la capacidad de Mansoura Ez Eldin de ver fantasmas en cualquier bocacalle, pero se alía aquí con la amplia tradición espiritual persa, que ha influido todo el mundo islámico a través del sufismo: el viaje a Qaf siempre es uno al interior de una misma.

[Ilya U. Topper]

 

 

 

La montaña Esmeralda

o

La historia que falta de Las mil y una noches

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Tierra del camino

No soy para mí. Estoy consagrada a algo misterioso y debo seguir hacia adelante sola en mi camino.

 

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Capítulo 1

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Me llamo Bustán, que significa Jardín.

Quienes me conocen bien, y son pocos, me llaman “la sacerdotisa de blanco y negro”. Los demás piensan que soy una excéntrica y es cierto que si un escritor tuviera que describirme lo haría con los atributos de una ninfa o de una mujer con el pelo de color carbón y ropa negra. La imagen sobre mí se limitaría a lo superficial, a lo que ven los ojos, sin llegar a percibirse lo que estalla en mi interior.
Nadie podrá comprender lo que oculto ni lo que soy capaz de hacer. Tampoco se sabrá nada sobre los misterios de hechos que tuvieron lugar hace siglos y a los que consagré mi vida. Por eso, solo yo puedo ser la escritora, o mejor, la narradora a la que se le ha encomendado llenar los agujeros de la historia y encajar todas las piezas. Una historia de la que no soy protagonista pero que no existiría sin mí.

En el año once del tercer milenio, desde mi casa con vistas al Nilo del barrio cairota de Zamalek me sumerjo sin cansancio en mis escritos, un mundo antiguo que se va desmoronando por fuera. No puedo desquitarme de las infinitas palabras que han sido transformadas, que se me escurren entre los dedos como nubes de verano cruzando el cielo. Pasan por mi mente una escena tras otra de épocas diferentes. Algunas consigo retenerlas pero otras se me escapan.

Me veo de niña en los años sesenta en lo alto de las montañas de Daylam, correteando detrás de mi padre en su paseo matutino mientras recitaba versos de Rumi, Attar o Hafiz. Solía adelantarme por unos metros y al darse cuenta de mi tardanza, me esperaba con paciencia. Recuerdo el vaho humeando en su boca. Cuando le alcanzaba me sentaba encima de una piedra para descansar un poco. Como de costumbre me contaba, y solo a medias, algún hecho ocurrido en nuestra tierra nativa. Y yo, a pesar del frío que me robaba el calor del cuerpo, terminaba de narrar el acontecimiento con los detalles que me ocultaba y él, feliz, me abrazaba.

“Somos unos extraños eternos”, decía cada vez que sacaba de su armario secreto aquellos pergaminos y manuscritos antiguos. Me advertía una y otra vez que no contara el secreto con la seguridad de saber que yo apenas hablaba con nadie más que con él. Cuando se lo prometía, comenzaba a enseñarme a descifrar algún códice. Me transmitía los conocimientos aprendidos de su padre y me decía en voz bajita que la cadena debía cesar conmigo. Cuando le preguntaba qué es lo que quería decir, me respondía sin más explicaciones que según sus conocimientos yo era la sacerdotisa esperada.

Acordándome ahora, sentada en esta casa de El Cairo, me viene a la memoria el aroma del monte Alamut y de su vegetación. Casi puedo divisar las faldas de la montaña cubiertas de verde, las cimas coronadas por la nieve y la amplia llanura que abraza los pueblos a los pies del monte.

Uno de aquellos lejanos días mi padre me enseñó dónde estaban las ruinas del castillo de Alamut. Recuerdo que todas sus facciones se sumergieron en una tristeza cuyos motivos yo desconocía y que se quedó parado, erguido, estirando el cuerpo al máximo mientras contemplaba el lugar y lo señalaba. Mis ojos en vez de mirar hacia el lugar que indicaba, se quedaron clavados en aquel rostro amable de barba rala y pelo gris. Bajando a la llanura, de vez en cuando echaba la vista atrás, hacia unas ruinas sobre las que hasta entonces yo no sabía nada. Dos días después me sentó a su lado bajo la sombra del castaño y me habló sobre Hassan al Sabbah y la secta de los hashashin. “Lo único que sobrevive son los relatos. La memoria desaparece cuando morimos y solo nos quedan los relatos como si de una memoria heredada se tratase”, me dijo.

Desde bien pequeña me fue formando en el arte de escribir y de narrar y poco a poco fui aprendiendo los contornos de la tarea encomendada. Me hizo escuchar cientos de pasajes de la Historia Antigua sacados del sótano y me recitaba miles de versos. Yo devoraba todo libro que caía en mis manos entusiasmada por su ánimo. Me llevó a casi todos los lugares que conocía. De su mano visité la tumba de Omar Jayyam, protegida por rosas y corazones de amantes, vagué por los callejones de la ciudad santa de Mashhad y anduve por las callejuelas de Nishapur, Shiraz e Isfahan. “Son ciudades donde se respira y vive la historia, por eso no debemos olvidar de dónde venimos”, comentaba, cerrando después los ojos para sumergirse en sí mismo, queriéndome decir que la tierra soñada era tan solo una idea.

Mi padre solía repetir el dicho de Farid al Din Attar: “Es imposible conseguir tu compañía. Por eso yo acompaño a la tierra de tu camino”. Siempre supe que era un mensaje dirigido a mí. Pero intuyo que soy yo la que acompañará al polvo de mi camino y que toda mi vida se perderá en la senda imposible hacia una patria que da cobijo a las palabras. Frágil, cansada, me acechaban las dudas, pensamientos y obsesiones. Estaba destinada a caminar bajo la protección de aquella tierra del camino.

A los dieciocho años me fui, medio forzada, debido a su empeño en que mi lugar no estaba allá donde había empezado, de que tenía que emprender mi viaje sola. En la maleta solamente me llevé un poco de ropa, dejando el mayor espacio posible a los manuscritos, libros y papeles que me hizo cargar. Cientos de imágenes me estallaban en la cabeza y en mi pequeño cuaderno anotaba los nombres de las ciudades por las que iba pasando, deprisa, como un pájaro atormentado. Algunos lugares los observaba desde lo alto. En muy pocos sitios permanecí mucho tiempo. La lista de ciudades en las que estuve empezó en Nueva York, donde se suponía que acabaría los estudios, y terminó aquí, en El Cairo de los signos y profecías impresos en pergaminos heredados de los antepasados. Esta es mi última estación, donde encontraré lo que estoy buscando. Es en este Cairo en el que ahora estoy sentada, después de treinta y dos años diciéndole siempre adiós, donde hilo las palabras para tejer el vestido de la historia que falta de Las mil y una noches.

Se preguntarán sobre qué historia hablo. Conocemos muchos relatos añadidos a Las mil y una noches pero no hemos escuchado ninguno que le falte. Además, no se trata de un simple libro. Es un texto sin fin que ni siquiera cambia con aquello que se le añade o suprime.

Esta historia que descifro será entretenimiento de quien me lea. Pero primero, dejad que añada a un margen el relato de mi vida y disculpadme si aún no tenéis claras las referencias. Debéis saber que son difíciles los asuntos y relatos que van de una época a otra y la reconciliación de un remoto pasado con el presente que vivimos. Debéis saber también que la paciencia, según dicen, es como el pescador. Espero que ese pescador, esa paciencia, sea vuestra compañera, como lo ha sido y sigue siéndolo para mí, única aliada en mi accidentado camino. La misma paciencia que me acompañó hace pocos años hacia aquella casa de campo, lejos de la civilización. Recuerdo que entonces me envolvía una inusual timidez imposible de evitar que me llevó detrás de lo que los demás veían como un espejismo.

Cada vez que me asaltaban las dudas aparecía una señal que me daba estabilidad y añadía un sentido a mi viaje. Una señal que, en aquellos momentos, fue la coincidencia de la casa, situada a kilómetros y kilómetros de El Cairo, con la descripción antigua de mis papeles: una construcción de adobe rodeada por una valla de caña, a la sombra de una enorme morera y con árboles de alcanfor alrededor. Me quedé ensimismada observando las pinturas impresas en la antigua puerta de madera: un barco de peregrinos, una palmera llena de dátiles y una enorme ave dispuesta a atacar a una presa que el artista olvidó pintar. Con esfuerzo me compuse y llamé a la puerta.

Después de dar unos golpecitos tímidos tuve que llamar más fuerte para que la dueña y guardiana de la casa me abriera. Era exactamente como me la había imaginado; morena, delgada, de mirada cálida, con el pelo recogido por un pedazo de tela negra y vestida con una chilaba amplia del mismo color. No supe qué decir para justificar la visita sorpresa aunque por suerte pude ahorrarme las palabras.

-Te he estado esperando mucho tiempo” -dijo-.

Después cogió la lámpara de queroseno colgada de una punta en la pared y de un soplido la apagó:
-La luz de Nuestro Señor es suficiente -comentó-.

Primero observaba el cigarrillo que me había encendido y después giró la cara con la mirada como perdida. A la vez fingía estar ocupada colocando los pliegues de su ropa holgada pero en realidad me miraba a hurtadillas. Se fijaba en mi pelo desenfadado cayéndome por los hombros, la ropa corta y el ansia con que consumía el cigarrillo. Luego me tocó a mí observando su cuerpo esquelético, su cara arrugada. Calculé que tendría unos cincuenta años y me felicité por no aparentar mi edad. Nadie creería que nos sacábamos solo unos años.

Después le pregunté por la habitación y me indicó el camino. Al entrar me sorprendieron las paredes desnudas y el penetrante olor a incienso. Cerré la puerta, me descalcé y anduve desnuda sobre la esterilla limpia de mimbre.

Era una habitación sin ventanas, sin nada, ocupada solo por una cama de madera y una pequeña cómoda con dos candelabros de plata y sus seis velas. En los extremos de la cómoda había libros viejos de hojas amarillentas. Un polvo blanco lo cubría todo. Intenté quitar un poco con la mano pero no sirvió de nada. En realidad desistí al acordarme del peligro de modificar cualquier cosa de la habitación. Tampoco debía contar lo que allí me ocurrió y era necesario quedarme un día entero, un día de ayuno de palabras.

Por momentos mi otro yo podía conmigo pues me sentía tensa y un poco arrepentida por haber ido a aquel lugar. Encendí un segundo cigarrillo esperando que me ayudara a estar más tranquila y me acosté encima de la colcha.

Me cubrí la cara con un cojín para evadir el olor a incienso pero resultó ser aún más intenso. Me senté con la espalda apoyada en una de las patas de la cama, imaginando que escuchaba las estridentes carcajadas de mi padre dando saltitos por el suelo de la habitación. Aunque hubiera fallecido hace años, aunque hacía tres décadas que no le veía, lo sentía presente y se me venía el olor de su aliento a tabaco. Evoqué el tono de su tranquila voz y las palabras que pronunciaba despacito como si le privara de ellas a la persona con la que hablaba. Me chocó la densidad de su presencia en un lugar que no había visitado antes. ¿Cómo es que me persigue su imagen dondequiera que vaya si pasó la mayor parte de su vida lejos y distante de todo?

Escuchaba voces entrometiéndose, discutiendo con violencia e ímpetu. De vez en cuando se repetía mi nombre – en su forma persa – pero era incapaz de entender nada. Eran palabras sin sentido definido. Poco a poco se iban callando, convirtiéndose en un murmullo leve, en voces susurrantes. Solamente logré distinguir mi nombre, pronunciado unas veces como Bustán Daria, otras como Bag Daria, Jardín del Mar.

Al atardecer, las seis velas se encendieron solas. No tenía hambre ni sed, como tampoco sentía la necesidad de irme. Mi vida pasaba delante de mí como la cinta de una película que se repite lentamente y sin fin. Tenía la memoria viva, conservaba con exactitud los detalles del pasado, se me venían a la cabeza los momentos de fracaso que, al contrario de lo esperado, no me provocaban arrepentimiento. Me sentía como si estuviera bajo el efecto de una droga que me hacía reaccionar con lentitud y eliminaba cualquier tensión, miedo o emoción.

Totalmente relajada me quité la ropa y dormí un poco, medio desnuda. Entre sueños escuché a mi padre tarareando una canción con algún significado que se me escapaba. Me veía de nuevo de niña corriendo alegre por los jardines del santuario de Sadi Al Shirazi, bajando y subiendo por las escaleras y jugando entre las columnas de mármol rosa. Me alejaba del santuario a una distancia que me permitía ver la cúpula turquesa. Después me acercaba para fijarme bien en los grabados de la entrada: un ser azul abrazando a un árbol de la vida cuyas flores y hojas reflejaban un festival de colores y el marco dorado adornado a su vez por grabados. En el interior, los versos del poeta en la pared parecían un amuleto desafiando al tiempo.

Desde la tumba, rodeada de cipreses, me dirigía hacia los manantiales. A cada paso que daba me trasladaba de la infancia a la adolescencia y de ahí a la juventud hasta llegar a la mujer que soy ahora. Los jardines se iban quedando atrás mientras pensaba que no había nada mejor que la primavera de Shiraz. Me acordé de la tierra perdida de mis antepasados y me embargó la tristeza.
Cuando me desperté estaba totalmente vestida y me dolía todo el cuerpo. Me di cuenta de que la habitación era diferente a como estaba. Había una ventana en medio de la pared de la derecha y no quedaba ni rastro de los candelabros con las velas ni de los libros viejos a los lados. Ni siquiera estaba la cómoda de madera. Pensé que alguien me había llevado a otra habitación. Me recliné preguntándome sobre el motivo por el que me dolía levemente el cuerpo. Me levanté despacio, me calcé los zapatos y salí de la habitación, abatida.

La dueña de la casa estaba en la sala sentada con las piernas cruzadas sobre una alfombra de lana. No le dije nada de lo que me había pasado ni ella parecía esperar ninguna explicación de mi parte, ni siquiera que abriera la boca.

Con un bolso de mano comencé a andar los primeros pasos del camino de vuelta, cubierto por una llovizna y oscuridad densa. Me tapé los hombros con el pañuelo negro y estiré los brazos hacia adelante con las palmas boca arriba para sentir el caer de las gotas de lluvia. Apreté las manos deseando que los puños se convirtieran en piedras brillantes de esmeralda, como las recordadas en el relato La montaña Esmeralda, la historia que, por algún error, fue eliminada de Las mil y una noches.

Tanto narradores como recopiladores se encargaron de hacer desaparecer el cuento. Al principio modificaron detalles de la historia y cuando alguno de los oyentes se daba cuenta, astutamente corregían uno o dos detalles para camuflar los demás cambios. Con el tiempo se convirtió en una narración diferente e incluso incompatible con la original. Su esencia se difuminó entre el resto de relatos y sus detalles aparecieron en otras historias.

Nadie sabe por qué este relato en concreto estaba destinado a cambiar tanto hasta el punto de llegar a ser contrario al original. Hay quien dice que algunos cuentacuentos de hace muchos, muchos años, sentían una molestia misteriosa que no podían soportar cuando lo contaban en las callejuelas y tabernas de Bagdad, El Cairo y Damasco. Como si una maldición lo hubiera envenenado. Una maldición que se metía en la cabeza del narrador, apolillándola como si fuera una carcoma feroz hasta que era consumido por el monstruo de la locura. ¡Cuántos narradores se volvieron locos y vagaron errantes por los caminos debido al relato maldito!

Algunos afirmaban que los cambios tuvieron que hacerse para calmar el alma de la princesa Esmeralda, hija de Yaqut, cuyo nombre significa “rubí”, Rey de las Montañas y de las Piedras Preciosas, rey de la montaña Qaf. Advirtieron que cualquier mención de la historia tal y como era en realidad provocaba una estocada de sable en la joven, una joven bella como la luna al igual que las princesas de Las mil y una noches. Dicen que quien la miraba se quedaba aprehendido y quien la veía tan solo una vez sentía mil desazones.

Otros exageraban diciendo que cada palabra recitada por un narrador de Las mil y una noches hacía bajar un escalón hacia las profundidades del infierno a aquella princesa de sonrisa dulce y mejillas tersas.

Quienes conocían los misterios de los relatos del libro y sus primeros interpretadores decían que la supresión de la historia de la hija del Rey de las Montañas era un destino imposible de evitar y que aún desapareciendo llevaba consigo una maldición conocida como la maldición de “Las noches”. El relato convertía a la obra en un libro fatal poblado por los gritos de miles de fantasmas, de endemoniados y demonios del mundo humano y sobrenatural, lleno de hechizos y amuletos malditos y de todo tipo de magia negra.

Todas las historias de Las mil y una noches conspiraron contra el relato y se empeñaron en expulsarlo del libro. Pero él tenía preparada su propia venganza iniciada por el padre de Esmeralda. El rey, quien era un hechicero sin igual, echó una maldición a todo el que se acercara a su mimada hija. El conjuro duraría incluso después de su muerte y es así como ocurrió. El relato, que llevaba consigo el alma de la princesa atormentada, respondió a la represalia y una maldición cayó sobre todo el libro convirtiéndose en una obra perseguida y rechazada en su cultura original. Quien la leyera entera, moriría al terminar de leer su última palabra.

Sin embargo, el cuento fue conservado por los eremitas, los místicos originarios de Qaf y aquellos que vagaban de un lugar a otro con la mente atormentada tras la desaparición de la montaña. Fueron ellos y sus descendientes en los distintos lugares de la tierra los que lo preservaron, aquellos que se alejaron de las tentaciones de la vida y eligieron, después de décadas errantes, permanecer en las montañas y en las alturas buscando la paz. Guardaron el relato quienes cargaron con la responsabilidad de recuperar su trama original para después devolverlo a Las mil y una noches.

Lo hicieron por miedo a la maldición inminente que recaería sobre quien negara tal maleficio, con la esperanza de recuperar así el país de sus ancestros, aquel país de épocas inmemorables. También lo hicieron por amor a una historia cuya belleza les parecía inigualable. Ningún relato de Las mil y una noches, del Mahábharata, de El libro de los reyes o de cualquier libro creado en tiempos antiguos podía compararse en belleza con La montaña Esmeralda.

Estaban seguros de que era, de entre todos los cuentos cautivadores, el preferido de Sherezade, el amuleto mágico que la protegía de la crueldad de Shaharyar.

Según los escritos de los eremitas presentes en los códices secretos que guardaron en sus cuevas, el mismo Shaharyar se enamoró del relato y de su protagonista e incluso llegaba a equivocarse llamando Esmeralda a Sherezade. Ésta, en vez de enfadarse, sonreía complaciente y hasta deseaba ser la verdadera hija del rey Yaqut, reina y protectora de la montaña Esmeralda. ¡Cuántas veces había soñado que era aquella princesa, la más hermosa, más que el Faro de los destellos, mujer alada, hija del Rey de los Genios en el relato de Hassan al Basri, más sabia que la esclava Tawaddud y la princesa Nuzhat Al Zamán juntas, más valiente que Abriza, la hija del Rey de Romanos en el relato de Omar Al Naaman y que su hijo el príncipe Sharkán!

En la montaña Esmeralda, la presencia de la princesa cautivadora, de su gentileza, inteligencia y valentía era lo que daba color y vida al lugar. No sabía Sherezade que aquel cuento tal como lo aprendió y se lo contó a Shaharyar no era sino una versión tergiversada y de mal agüero de la vida de una princesa que un día vivió en la cima de la montaña mágica de Qaf. Era el relato de una vida que ya se había desvanecido dejando tras de sí un cuento sometido a continuos cambios, un cuento que esperaba la llegada de alguien que le purificara, que reviviera las partes muertas de su historia y aquellas que fueron sumergidas en la neblina del olvido.

Con el tiempo, los místicos procedentes de Qaf empezaron a ser menos hasta que pasadas unas décadas quedaron nada más que siete; uno vivía en una cueva secreta del monte Qasiun de Damasco, otro en los montes Zagros, el tercero en el Atlas, el cuarto en el monte Santa Catalina, el quinto en el Himalaya, el sexto en la cima del monte Damavand de Irán y el séptimo en el cementerio de ruinas de la fortaleza de Alamut en las montañas de Daylam. Cada uno se encargaba de elegir cuidadosamente antes de morir a otro ermitaño para que cargara con el peso del relato. Todos lo sabían todo sobre los demás sin que hubiera comunicación real entre ellos. Los siete vivieron con unos pocos discípulos esperando las señales de la princesa ausente. Sin embargo, pronto fueron menos. El quinto de ellos murió sin dejar un heredero fiel del secreto. El sexto abandonó el monte Damavand con su único hijo lo que supuso la interrupción para siempre de las noticias acerca del eremita de las montañas de Daylam, quien era considerado el mayor conocedor de la biografía de la hija del rey Yaqut. El ermitaño de Alamut poseía un manuscrito único con señales y signos -la mayoría enigmáticos- que conducían, si se conseguían descifrar, a los verdaderos detalles ausentes del relato y ayudaban, además, al regreso de su protagonista. Es aquí donde se espera que yo, su única hija, Jardín del Mar o Bustán Daria –como me solían llamar- cumpla con esta misión imposible de lograr desde hace siglos.

Recuerdo las profecías escritas en forma de acertijos y poemas misteriosos que decían que la sacerdotisa esperada sacaría a Esmeralda de las cenizas de su hoguera a través de la purificación de la historia, de los cambios que la afectaron. Ella la devolvería de nuevo a Las mil y una noches. Entonces Qaf nacería de nuevo, la maldición desaparecería y sus gentes regresarían tras siglos de andar perdidos, errantes.

El místico de las montañas de Daylam creía sinceramente en la fuerza mágica de las palabras, en que con una sola palabra caen reinos e imperios y que tejiendo una letra con otra terminan las vidas. Pensaba que solamente Esmeralda caminaba de forma cauta con los ojos cerrados entre los campos de melodías de las palabras distinguiendo las buenas de las malas. ¡Cuántas veces clamó al cielo para que la princesa regresara! Un hecho que se cumplirá si cae una lluvia de esmeraldas, piedrecitas verdes que solo serán vistas por los que confían en la existencia de Qaf. Quienes no creen en ella, pensarán que se trata de una lluvia cualquiera.

Generaciones y generaciones de antepasados eremitas se perdieron esperando aquel diluvio esmeralda augurador del regreso de la hija de Yaqut que reviviría los acontecimientos pasados. Un diluvio que, como una danza alegre, anunciará la existencia de Qaf de nuevo. Cuando esto ocurra, saltarán del cuerpo de la princesa trocitos de esmeralda como una lluvia salpicando el mundo.

En esos momentos aparecerá el ave Fénix y los pueblos supervivientes de aquel reino volverán a casa. Podrán rehacer sus vidas después de liberarse de la maldición de estar ocultos y andar errantes. El rey Yaqut se presentará ante ellos como un pastor inmortal y la princesa les gobernará favorecida por la erudición y la filosofía de Qaf, aquella sabiduría que lleva a la comprensión de uno mismo y por consiguiente a la comprensión del mundo.

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© Mansoura Ez Eldin · 2014 | Traducción del árabe: Eva Chaves | Cedido a M’Sur por la autora [se escribe también Mansoura Ez-Eldin o Mansura Eseddin]

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