Soy mujer, por mis santos cojones

Publicado por

Ilya U. Topper

@ilyatopper

Periodista (Almería, 1972). Vive en Estambul, donde trabaja para la Agencia Efe.

Publicado el 18 Sep 2019

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Era verano en Cádiz. El profesor J. tomó a su hija de dos años, bajó a la playa, le quitó el pañal, le ponía crema solar y la dejaba jugar desnuda en la orilla, mientras se afanaba con un castillo de arena. Llegó una madre con un niño de edad similar. – Anda – le dijo a su hijo – , vete un poco a jugar con el nene de allí.

– Perdone, señora– dijo J. – Es nena, no nene.
– Ah, ¿cómo voy a saberlo?– replicó la mujer. –Como no tiene agujeros en las orejas…
– Señora, si usted cree que nenes y nenas se distinguen por la forma de las orejas, usted sabe muy poco de anatomía humana…

Bien. Creo que con esta anécdota, totalmente verídica [pensaba que J. se la había inventado hasta que leí en la prensa seria que se le perforan los lóbulos a las pequeñas porque era “determinante para distinguir el bebé niño de la niña” (El País)] ha quedado clara una cosa. Sí: la diferencia entre sexo y género.

El sexo de una criatura se determina observando la parte de la anatomía que se llama en castellano sexo (acepción tercera). El género (acepción tercera también) es el conjunto de elementos que se añaden (o quitan) a cada uno de los dos sexos para adecuarlo a la imagen que la sociedad tiene de ellos. Los agujeros en las orejas para llevar pendientes. El vestidito rosa, las muñecas, más tarde la barra de labios, los tacones, la docilidad, el pensamiento no racional etcétera.

Ocultaron la violencia machista púdicamente bajo el neologismo “violencia de género”

Esta acepción de género es reciente. Aún recuerdo a la mujer que vino a visitar la oficina de la ONG donde yo trabajaba y que al oír que Laura llevaba temas de comercio justo y de género miraba las estanterías de la pared y comentó: Pero el género lo tendréis en el almacén ¿no?

Esto era a inicios del milenio, y la tercera acepción de género aún no figuraba en la RAE. Aún decíamos “estereotipos sexuales”, como habían hecho de toda la vida Carmen de Burgos, Clara Campoamor, Germaine Greer, Elaine Morgan o Simone de Beauvoir, que no escribió El segundo género. Pero el feminismo en bloque se embriagó con la palabra. Ocultaron la violencia machista púdicamente bajo el neologismo “violencia de género” y expulsaron al propio feminismo de sus escritos para reemplazarlo por un “enfoque de género”. El sexo ya no contaba. El patriarcado, se explicaba ahora, oprimía a la mujer por su género.

Este fue el primer error.

El patriarcado oprime a la mujer por su sexo. Oprime a cualquier mujer por el hecho de nacer con chochete, como decimos en Cádiz. Completamente al margen de si se pone el vestidito rosa o lleva vaqueros, de si se coloca pendientes o se rapa el pelo, de si es emocional y compasiva o racional y tajante. Los estereotipos del ‘género’ se le asignan a la mujer para encuadrarla en un rol social y oprimirla mejor. Son la consecuencia, no la causa. La causa es nacer con chocho.

Dejar que el género usurpara el lugar del sexo en el discurso feminista era una trampa mortal

Si no, que se lo digan a las niñas abortadas, simplemente porque iban a ser niñas, en China, Armenia y Georgia. A las de Egipto, Sudán y media África, a las que se les practica la ablación al rato de nacer: lo que se les corta no es un rol social sino una cosa llamada clítoris que tienen entre las piernas. Que se lo digan a las miles de chicas que mueren cada año, asesinadas a tiros por sus propios familiares, en Jordania, Iraq, Arabia o Kurdistán, por la sospecha de que han perdido el himen; que lo digan a las millones de adolescentes casadas a la fuerza por miedo a que en algún juego lo pierdan: la virginidad no es un rol social sino una membrana, o así la imaginan millones de familias que acuden al ginecólogo para certificar que la niña está entera. Que se lo digan a las cientos de millones de mujeres a las que les imponen el hiyab o el burka para que su cuerpo de mujer no excite a los hombres en la calle. No es un rol social lo que se pretende ocultar: es su cuerpo.

Dejar que el género usurpara el lugar del sexo en el discurso feminista se convirtió en un tobogán hacia una trampa mortal. Porque un buen día nos despertamos y el sexo había desaparecido. Literalmente. En su lugar había frases como estas:

“No existe un sexo ‘natural’ porque el ‘sexo’, como categoría médica o cultural, no es más que el resultado momentáneo de una batalla para adueñarse del significado de la categoría”.

“No existe el sexo. Sólo hay un sexo oprimido y un sexo opresor. Es la opresión que crea el sexo y no al contrario”.

“La idea de dos sexos es simplista. Los biólogos ahora creen que hay un espectro más amplio… La noción de un binarismo sexual natural está construido culturalmente.”

No era una reunión de terraplanistas. Eran las redes sociales de prestigiosas feministas como Beatriz Gimeno, que se alineaba públicamente con las autoras de estas frases. Había neurocientíficas que declaraban, ex cátedra, que efectivamente hoy día ya no se puede definir el sexo biológico, ni siquiera por las famosas parejas de cromosomas XX y XY y mucho menos por órganos tan circunstanciales como son pene y vulva. Eso ya solo lo hacen los ultraderechistas y los fundamentalistas católicos, decían. Lo que no quedaba claro es que si esto está consensuado con los biólogos que estudian las ballenas, las grullas o los galápagos marinos.

¿Cómo va a tener importancia algo que únicamente les complica la vida a las mujeres?

No sé si con los biólogos, pero con los diputados del Parlamento Español se está consensuando. Reza la proposición de ley 122/000191 del 2 de marzo de 2018: “1. 3. La autodeterminación de la identidad sexual no podrá ser puesta bajo cuestionamiento de manera que en ningún momento, proceso o trámite se exigirá la aportación de medios probatorios de aquella. En todo momento será considerada e interpretada de acuerdo a la manifestación de voluntad personal.”

En otras palabras, usted, señor, se levanta un día, acude al registro, se declara mujer y ya. Es casi esperanzador: si la humanidad ha conseguido que se puede elegir ser mujer u hombre con declararlo, y que la Administración tiene que expedir ipso facto un pasaporte conforme, ¿tal vez en un futuro cercano, cualquier turco, marroquí o peruano podrá acudir a un consulado y obtener un pasaporte europeo mediante “manifestación de su voluntad personal” de sentirse español? Sería una hermosa manera de superar esos viejos nacionalismos y racismos que aún dividen nuestro mundo.

¿Lo veremos en el próximo debate en la Cámara de Diputados? ¿O resulta que solo nos podremos cambiar de sexo, pero no de nacionalidad, porque la nacionalidad es una condición natural difícil de adquirir, solo tras años de esfuerzos, pero el sexo una mera construcción social sin importancia que se puede repartir gratis? Claro, cómo va a tener importancia algo que únicamente les complica la vida a las mujeres.

Porque lo que esta nueva ley prevé proteger no es la condición de un sexo en desventaja, como pedía hasta ahora el feminismo: protege el deseo personal de cada ciudadano. Puede usted tener barba y polla: será mujer a todos los efectos legales, y si alguien lo pusiera en duda, usted tendrá asesoría jurídica gratuita para denunciarlo por transfobia.

Porque ser trans ya no es ser transexual, como hasta hace pocos años, cuando aún aplaudíamos que Andalucía o Aragón financiaran la operación de cambio de sexo a quienes lo necesitaran. Necesitaran, digo, porque tanto teníamos claro: la disforia sexual existe, vivir en un cuerpo que a uno le parece opuesto al que piensa que debería tener puede crear graves problemas psicológicos y la ciencia ha avanzado lo suficiente como para resolverlo mediante una operación. Firmo a favor.

Ni operación, ni disforia ni pollas: ahora, ser trans es ser transgénero y cambiarse de sexo “en ningún caso podrá estar condicionado a la previa exhibición de informe médico o psicológico alguno”, según la proposición de ley. Adios diagnóstico, adiós necesidad médica, adios derechos de los transexuales.

El concepto “mujer” u “hombre” ya no se define por la anatomía, ni por el género: no se define

¿A qué estará condicionado? ¿Al género? Esto pensaba yo al principio: el concepto del transgénero existe en varias culturas tradicionales: están las burnesha, las ‘vírgenes juradas’ de Albania que se convertían en hombres –a todos los efectos sociales– para asumir el rol de jefe de familia o para evitar un matrimonio forzado. No es casualidad que hoy haya prácticamente desaparecido: solo tenía sentido en un contexto de patriarcado extremo, sangriento, que castigaba con la muerte a la mujer que se saliera de su rol. Están los khanit en Omán: hombres que, sin contar propiamente como mujeres, asumen un rol de ‘afeminados’. Tiene sentido en una sociedad tan patriarcal que ser gay sería el fin de la vida de un hombre ‘normal’. ¿Y venir ahora en Europa, tras un siglo largo de lucha feminista contra el patriarcado, a declararse transgénero para encajar en este tipo de roles sexuales en lugar de terminar de derribarlos? No me parecería muy feminista, pero resulta que el objetivo no era este.

No. Iba más lejos.

Es cierto que por las redes pululan los trans barbudos que aseguran demostrar fehacientemente su condición de mujer comprándose un monedero de lamé dorado y poniéndose un vestido rosa (caso verídico). Pero está claro que para declararse mujer ya no hace falta parecer una mujer ni cumplir los estereotipos del género. Es decir, el concepto “mujer” u “hombre” ya no se define ni por la anatomía, ni por la ciencia, ni tampoco por el género creado por el patriarcado. No se define, punto. No existe definición y, por ende, tampoco diferencia. Soy mujer, por mis santos cojones.

La teoría queer era esto, resulta. Y así, transicionar de mujer a hombre o viceversa se convierte en un ejercicio completamente estéril: es salir de una celda para meterse no en la vecina, sino en la misma celda. Antes, transfobia era poner en duda que hubiera personas que necesitaran –por razones médicas– pasar a un sexo distinto al suyo. Ahora será tránsfobo asegurar que existe un sexo distinto del otro.

Con esta ley, una operación de cambio de sexo será tan frívola como una simple cirugía estética: un capricho que no se puede fundamentar en ningún diagnóstico, porque no hay diferencias entre los sexos, salvo la propia palabra. Es la maniobra perfecta para conseguir lo que la represión patriarcal no ha conseguido nunca: acaba con el feminismo eliminando, por ley, la existencia de las mujeres.

De paso borra de un plumazo un siglo de lucha por los derechos de los homosexuales: no se puede ser homosexual –sentirse atraído por el mismo sexo– si el sexo, por ley, no existe como categoría definible. Y da reparo escribirlo por inverosímil, pero esta ideología se está ya utilizando en los países anglosajones, siempre tan avanzados, para ilegitimar el colectivo de las lesbianas y a expulsarlas de las marchas del 8 de Marzo, en cuanto enarbolen una pancarta con una frase tipo “Nos gustan los coños”.

Lesbianas eran, lo recordamos, las mujeres que se enamoraban de otras mujeres y preferían tener sexo con ellas. Aún pueden ustedes leer en las redes sociales insultos machistas que proponen a las lesbianas “curarse” metiéndose una buena polla (en Sudáfrica se les viola sistemáticamente con tal fin). Pero ya pueden leer también, en cuentas declaradas “feministas”, insultos que acusan a las lesbianas de “tránsfobas” si rechazan meterse una buena polla. Porque si el propietario de esa polla asegura ser mujer, a una lesbiana debe gustarle esa polla por cojones.

El ‘feminismo’ queer protege jurídicamente el derecho al sexo de quienes tienen polla

Esto es lo que la teoría queer llama ‘feminismo’: proteger jurídicamente el derecho al sexo de quienes tienen polla. Recordamos que la proposición de ley anima expresamente a denunciar (sin pagar costes en el caso de perder) cualquier “situación discriminatoria”. Y para una mujer que discrimine entre pollas y coños, los portavoces queer han inventado un insulto contundente: TERF (sí, la F es de feminismo; ser feminista forma parte del insulto).

Porque el feminismo, este que lleva un siglo luchando, con éxito, contra el patriarcado, ahora está a punto de ser ilegalizado gracias a la teoría queer: “No se puede incluir a las mujeres trans en un discurso que nace del “a las mujeres nos discriminan por tener coño””, dice este discurso. ¿Por qué no? Porque este discurso feminista atiende, quién lo habría dicho, a las mujeres nacidas con vulva y útero. Un discurso “en el que preocupan mucho los métodos anticonceptivos para mujeres cis mientras a las mujeres trans nos están esterilizando sistemáticamente sin que nadie escuche nuestras voces gritar que ya basta”.

Por si usted no entiende a qué se refiere lo de esterilizar: se refiere a los hombres que se someten voluntariamente a una terapia hormonal para cambiar su aspecto físico por algo más ‘femenino’ y que suelen perder la capacidad fecundadora de su esperma.

Esto es a lo que la teoría queer llama ‘feminismo’: clamar por el derecho de los hombres a reproducirse esparciendo sus propios y valientes genes.

La frase citada es de la revista Pikara Magazine que, duele escribirlo, es uno de los medios de referencia en España de lo que hoy se llama feminismo. Si yo fuera Beatriz Gimeno, desde luego, me daría vergüenza escribir allí. Sobre todo tras leer otra frase del mismo artículo, firmado por una tal ‘Cisterna Transfemmenista’, que enumera las tan distintas experiencias de las mujeres en el mundo, sometidas, todas ellas, dice, al patriarcado:

“Una mujer cis euroblanca difícilmente experimentará el miedo a la ablación de clítoris, una mujer cis de Egipto nunca vivirá con la presión asfixiante institucional y social por mutilarse el pene que sufrimos las mujeres trans”.

Sí, han leído ustedes bien: una revista que se hace llamar feminista está poniendo en un plano de igualdad la mutilación genital que sufren dos millones de niñas egipcias cada año, entre dolores, infecciones, muertes ocasionales y dificultades para volver a sentir placer en su vida, con el centenar de vaginoplastias que solicitan, amparados por la salud pública, un centenar de hombres cada año en España.

En la balanza de la teoría queer, tal y como la presenta Pikara, el deseo de un hombre español de convertir su pene en vagina pesa lo mismo que la mutilación forzosa de 200.000 niñas egipcias.

Esto ya no sé si es el patriarcado más espantoso que cabe imaginar, o si es el patriarcado multiplicado por un igualmente espantoso racismo.
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