Simonetta Agnello Hornby

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Es la identidad colectiva de los autores de la revista M'Sur. Aparece normalmente en las colaboraciones de artistas, escritores o músicos que, por ser esporádicos, no disponen de usuario propio en la revista.

Publicado el 1 Oct 2019

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Normales pero diferentes

Simonetta Agnello Hornby (Barcelona, 2012) | © Alejandro Luque / M’Sur

Como otros autores que han viajado de la ficción pura a formas literarias más o menos autobiográficas, la siciliana Simonetta Agnello Hornby (Palermo, 1945) se dio a conocer como novelista con una obra mayor como La mennulara, para ir poco a poco cogiéndole el gusto a la primera persona del singular y a contar lo que mejor conoce, la historia de su estirpe y la suya propia. Lo hizo en clave gastronómica en Unas gotas de aceite; luego, revelando la cartografía sentimental de la ciudad en la que vive con Mi Londres; o regresando a la villa natal a través de la memoria, en Palermo es mi ciudad. Es así como sus lectores más fieles hemos llegado a tener con ella una suerte de familiaridad cómplice, que se ha ido consolidando libro tras libro.

Ahora, la abogada y escritora regresa con el que acaso sea su libro más personal y delicado. De nuevo Agnello Hornby evoca a su familia, pero esta vez para hablar de cómo creció sabiendo que todos cuantos la conformaban eran “normales, pero diferentes”. De la Sicilia de su infancia al Londres actual, la autora acaba poniendo el foco sobre George, su hijo mayor, afectado de esclerosis múltiple desde los 15 años. La aceptación de la enfermedad, la lucha cotidiana por vivir una vida normal y superar todos los obstáculos son algunos de los asuntos que aborda Nadie puede volar, y hacen de él una lectura universal y al mismo tiempo personalísima, un hermoso canto a la asunción de la diversidad y la superación de cualquier barrera física.

[Alejandro Luque]

 

Nadie puede volar

 

Simonetta Agnello Hornby con su hijo George en La Spezia (2017) | Cedida por Gatopardo Ediciones

Un retrato al óleo con marco dorado ocupaba una pared entera de la habitación más frecuentada de la casa de la tía Teresa, la que había que cruzar para ir de la sala de estar al comedor. Era el retrato decimonónico de una antepasada llamada Gesuela cuando tenía trece años. Sus ojos negros nos miraban con seriedad desde el bello rostro ovalado y nos seguían mientras pasábamos por delante; el vestido ajustado en la cintura, con una amplia falda rosa bordada en marrón y blanco, le llegaba casi hasta los tobillos, dejando a la vista unos zapatos negros con doble correa. El pie izquierdo estaba apoyado en el suelo, mientras que el derecho lo tocaba sólo con la punta, como el de una bailarina. La doble correa me intrigaba y cada vez que pasaba por delante del cuadro me fijaba en aquel pie. Había algo raro.

¿Por qué habían retratado a la tía Gesuela en aquella curiosa postura?

«Tenía un pie equino», me explicó una vez la tía Teresa al advertir mi mirada perpleja, y luego me contó que la tía Gesuela era hermana de mi bisabuelo y una mujer muy peculiar: no quiso casarse, pese a que tuvo muchos pretendientes, y se convirtió en una de las principales benefactoras del convento de las capuchinas de su pueblo, Favara. «Hizo bien —comentó la tía Teresa—. Las monjas se quedaron en la miseria después de la Unificación de Italia porque el nuevo rey le había expropiado a la Iglesia todos sus bienes, incluidos los monasterios, sin pagar ni un céntimo. La tía creó un fondo con el que todos los años se sufragaba la dote monástica de diez chicas pobres, elegidas por sorteo.»

La generosidad de la tía Gesuela había ido más allá: enviaba al convento sacos de trigo, y pistachos y almendras con los que las monjitas preparaban rosquillas de anís y las ovejas de Pascua por las que Favara era famosa, elaboradas con pasta de almendra y rellenas de pasta de pistacho. Los dulces de las monjas eran exquisitos y se vendían al público.

La tía Teresa se quedó callada mientras contemplaba el rostro de su tía abuela y luego bajó los ojos hacia mí: «No creas que era una mística o una seglar comprometida con la iglesia. También pensaba en sí misma: le gustaba vivir, y vivía bien. Era golosa, le gustaba mucho la música y tocaba el arpa. En primavera pasaba uno o dos meses en París con su hermano menor, que viajaba allí con regularidad por asuntos de negocios, y juntos asistían a conciertos e iban a la ópera». Una familia normal

Yo seguía observando el pie equino de la tía, inmortalizado en el cuadro. Habría sido fácil pintarla sentada, sin que apareciese el pie; o bien el pintor podría haberle alargado la falda. Pero evidentemente aquel pie equino no avergonzaba ni incomodaba a nadie. La tía Gesuela era así: una chiquilla coja de mirada profunda y curiosa, decidida y llena de alegría de vivir.

Aquel retrato me decía que, a diferencia de lo que sucedía en muchas otras familias de las que oía hablar, que mantenían ocultos a los parientes enfermos o, por algún motivo, «distintos», en la nuestra cada cual tenía sus características, mentales y físicas —en ocasiones incluso extravagantes—, pero todos éramos iguales, y todos igualmente importantes. Cada uno con su propio papel.

 

Ninì no habla bien

Viví mis diez primeros años entre Agrigento, Palermo y, en los largos veranos, Mosè. Mosè, cerca de Agrigento, era nuestra casa de campo, y mi familia —papá, mamá, mi hermana Chiara y Giuliana, la niñera húngara— se quedaba allí hasta el final de la recogida de la aceituna, a primeros de noviembre. Mi vida era distinta de la de los otros niños, incluidos mis queridísimos primos, que vivían en Palermo: ellos iban al colegio todos los días, mientras que yo tenía una profesora particular que, de noviembre a junio, venía todas las mañanas a las siete para darme una hora de clase.

Todos los años debía presentarme a los exámenes como alumna libre antes de ir a Mosè, adonde vendrían a pasar las vacaciones con nosotros los abuelos Agnello y los hermanos de mamá —la tía Teresa y el tío Giovanni— con sus respectivas familias, además de otros invitados que pasaban en casa periodos más breves.

Sucedió por casualidad. En septiembre de 1950 se inauguró la escuela rural para los niños de la granja Mosè: una amplia habitación, con pizarra, bancos y una mesa sobre una tarima, a la que se accedía desde el zaguán de nuestra casa. Yo, con apenas cinco años, también quería asistir, y la maestra no me lo impidió. Cuando la familia se disponía a regresar a la ciudad, la maestra les sugirió a mis padres que me hicieran cursar los estudios por libre bajo la supervisión de su tía, la señorita Gramaglia. Su consejo fue escuchado. Mamá en particular lo acogió con entusiasmo por dos motivos.

El primero era de orden práctico: Chiara padecía linfatismo, una enfermedad que entonces se diagnosticaba mucho, casi como si estuviera de moda, y que le provocaba fiebre y le quitaba el apetito. El tratamiento, aparte de unas dolorosísimas inyecciones que el doctor Vadalà venía a ponerle todas las tardes, consistía en hacer reposo absoluto. Chiara se pasaba la mayor parte del tiempo en la cama y salía muy de cuando en cuando, así que necesitaría una profesora particular. Por lo tanto, era conveniente que yo empezara a estudiar en casa para hacerle compañía durante el día.

Yo estaba contenta: adoraba a mi hermanita pálida y delgada, de preciosos cabellos negros recogidos en dos gruesas trenzas («Por lo menos el linfatismo no le ha debilitado el pelo», decía mamá con una sonrisa triste), y pasaba mucho tiempo con ella. Además, participaba en sus interminables comidas porque había inventado un juego para animarla a comer: un moscardón malo «robaba» el bocado del cubierto que Giuliana le acercaba a la boca y yo intentaba darle caza. Hacía teatro buscándolo por todas partes: en las paredes, detrás de las butacas e incluso dentro de los cajones. Me subía a una silla para alejarlo del cristal de la ventana, donde Chiara aseguraba haberlo entrevisto entre las anillas de la cortina, me metía debajo de la mesa y de las sillas para tratar de pillarlo, y a veces fingía que tropezaba y me caía. Mientras tanto, Chiara tomaba cucharadas de pasta y trocitos de carne para hacerme creer que se los había zampado el moscardón y se echaba a reír cuando yo mostraba mi desesperación al ver el plato vacío: ¡el maldito bicharraco había vuelto a derrotarme!

A Chiara se lo consentíamos todo. En Agrigento, quien alegraba sus largas tardes en la cama era Paolo, el chófer de papá, ya desocupado y de edad avanzada: a papá le gustaba conducir, y mamá salía poco y en general a pie para hacer recados cerca de casa. Paolo, como todos los cocheros y chóferes palermitanos, en los ratos de inactividad jugaba a las cartas con los compañeros o hacía solitarios; se le daban particularmente bien las cartas sicilianas, de bonitas figuras multicolores. Mamá le pidió que entretuviera a Chiara: todos los días, a las tres en punto, él se adentraba en el pasillo desde el que se accedía a nuestras habitaciones arrastrando los pies y con la baraja en el bolsillo. Chiara lo esperaba muy erguida, apoyada en las almohadas que Giuliana había amontonado detrás de su espalda, preparada para jugar; sobre sus rodillas, la tabla de madera que se utilizaba para extender la masa con el rodillo, transformada ahora en mesa de juego con el añadido de un paño verde.

Paolo se sentaba en un taburete bajo junto a la cama —era incómodo, pero él no se quejaba— y los dos, niña y anciano, empezaban a jugar. Con los años, Chiara aprendió primero la casita robada, luego la escoba, la brisca e incluso algunos juegos de azar inapropiados para las mujeres y los niños como el sacanete. Paolo la dejaba ganar casi siempre, y entonces sus mejillas pálidas se teñían ligeramente de rosa. Él la miraba con ternura, sentía por ella un cariño muy especial porque Chiara se parecía a papá de pequeño. Todos nosotros le estábamos agradecidos porque sabía hacerla feliz, incluso Giuliana, aunque no aprobara aquellas partidas de cartas y quizá incluso estuviera un poco celosa.

El segundo motivo por el que la idea de las clases particulares había sido aceptada de inmediato era igual de importante para mamá: echaba mucho de menos a sus hermanos, y si Chiara y yo estudiábamos en casa, ella podría pasar algunas semanas en Palermo con nosotras, como invitadas de la tía Teresa y el tío Peppino. Nosotras disfrutaríamos de la compañía de Silvano (de mi edad, apenas nos llevábamos ocho meses) y estudiaríamos haciendo los deberes que nos pusiera la señorita Gramaglia. Además, el tío Giovanni, su esposa, la tía Mariola, y sus hijos, Maria, Gaspare y Gabriella, vivían en el mismo rellano, y en el mismo barrio vivía también la tribu Agnello: el abuelo, sus cinco hermanos y sus cuatro hermanas, sus hijos y sus nietos. Giuliana se hospedaría en casa de sus cuñados y vendría todos los días para ocuparse de nosotras como siempre.

Giuliana era diferente. Para empezar, era extranjera, no hablaba siciliano, y cuando hablaba en italiano, lo hacía con un acento muy particular. Tenía un rostro agraciado, se maquillaba cuidadosamente utilizando polvos de arroz y valoraba la elegancia: pese a su cojera —nos había contado que de niña se rompió una pierna a causa de una desgraciada caída y la fractura no se soldó bien—, llevaba siempre zapatos de tacón. Le gustaba hablar de su país, Hungría, exótico para nosotras. Perdió a su madre de pequeña y su padre volvió a casarse con una mujer muy antipática. Giuliana no se llevaba bien con ellos y por eso pasaba las vacaciones con una tía materna que tenía una bonita casa en Sarajevo. Precisamente estaba allí, en Sarajevo, cuando el archiduque austriaco sufrió el atentado que desencadenó la primera guerra mundial. Y fue justo entonces, en tiempos de guerra, cuando conoció al amor de su vida: Giorgio Argento, un palermitano, ingeniero de los ferrocarriles italianos, que trabajaba en Bosnia. Su padre se oponía a aquel matrimonio, y los enamorados, con ayuda de la tía de Giuliana, organizaron la clásica «fuga».

Pasados los años, Giuliana decía casi riendo que 1914 había sido «un año doblemente funesto: el inicio de la Gran Guerra y de un matrimonio que me causó disgustos e infelicidad». Resultó que su marido no sólo tenía mal carácter, sino que, por añadidura, era infiel (una palabra que yo no entendía bien, pero que sin duda guardaba relación con una fe religiosa distinta de la nuestra). Pese a todo, ella lo quería. Vivieron en diferentes ciudades y luego durante muchos años en Trieste. Cuando estalló la segunda guerra mundial, él se fue a la montaña con otra mujer y la dejó sola y humillada. Giuliana, al término de un viaje rocambolesco, encontró refugio en Palermo, en casa de sus cuñados, con los que mantenía contacto epistolar. Totò, contable, y Angelina, ama de casa, vivían juntos. Avergonzados por el comportamiento de su hermano, acogieron a Giuliana con los brazos abiertos en la casa familiar: eso es lo que decía ella cuando les contaba a las visitas sus tribulaciones. Totò y Angelina eran muy devotos: se dedicaban a las obras de beneficencia y por la noche rezaban el rosario juntos, en voz alta; de vez en cuando invitaban a cenar al párroco. Todas las amigas de Angelina eran seglares comprometidas con la iglesia, y Giuliana, que trabajaba como bordadora, se aburría. Pero, sobre todo, quería ser independiente, y por eso aceptó venir a nuestra casa para bordar mi canastilla antes de que yo naciera.

La gente la admiraba porque era «de fuera», pero no había hecho amistades porque era arisca y quisquillosa. Se peleaba con las personas del servicio, que según ella no la respetaban como deberían, y manifestaba su desprecio retirándoles el saludo. Incluso la tomaba con mamá porque no se ponía de su parte y no reñía a las doncellas; en esos casos, evitaba saludarla cuando se cruzaban en el pasillo. «Buenos días, Giuliana», decía enseguida mamá, en respuesta a un saludo inexistente. Y ella se sulfuraba.

Mamá me recordaba a menudo que Giuliana había tenido una vida infeliz y que por eso era preciso compadecerla y aceptarla. Yo la quería muchísimo, a pesar de que a mis primos no les resultaba simpática.

En casa no se pegaba a los niños. Mamá no lo hizo nunca; de papá recuerdo un solo bofetón, que él lamentó mucho: yo tenía cuatro años y había llamado «mono» al abuelo. Su mano golpeó mi mejilla mientras me gritaba: «¡Respeta a tu abuelo!».

Giuliana, en cambio, creía que estaba bien darnos una azotaina de vez en cuando. Cuando yo, incorregible, me negaba a pedirle disculpas después de que me hubiera echado una bronca o incluso le replicaba, perdía la paciencia. «¡Tu madre no me deja que te dé los cachetes que mereces, pero no puede prohibirme que me los dé a mí!», decía, exasperada, y se abofeteaba. Cuando iba más allá y se golpeaba la cabeza con los puños cerrados, me asustaba. Enseguida aprendí a obedecerla y hacer lo que quería en secreto, cuando ella no estaba.

Nadie decía abiertamente que estaba coja. «Giuliana no puede correr, caminad a su lado despacito», nos indicaba mamá. En el campo, la ayudábamos a pasar por los terre­ nos arados e inestables, y a los niños que venían de visita les repetíamos: «Giuliana no puede correr». Nunca se nos pasó por la cabeza que tuviera un defecto o una discapacidad, o que fuera menos hábil que los demás.

En la familia empleábamos de modo natural ese tipo de expresiones para indicar una forma de «diversidad», aludiendo a peculiaridades que hacían imposible o difícil llevar una vida normal, pero que, en cualquier caso, no eran sinónimo de inferioridad. De un ciego se decía «no ve bien», de alguien que renqueaba, «le cuesta andar», de un obeso, «pesa mucho», de un inválido, «le falta una pierna», de un tonto, «a veces no entiende», de un sordo, «hay que hablarle en voz alta». Y sólo se transmitían las imperfecciones que debían tenerse en cuenta en los juegos o en las relaciones sociales.

En Palermo, lo que me hacía completamente feliz era jugar con mis primos y con Ninì, la hermanastra de Silvano, hija del primer matrimonio del tío Peppino, que se había quedado viudo muy joven. Ninì tenía más o menos la edad de mamá, es decir, unos treinta años, y era sordomuda. Le gustaba estar con nosotros, la tratábamos con deferencia porque era mayor, y con mucho afecto porque había perdido a su madre de pequeña. Aprendimos casi automáticamente el alfabeto manual y, representando las letras con los dedos, conversábamos con fluidez. A los invitados que no la conocían, yo les advertía: «Ninì no habla bien».

Ninì hacía la vida normal de una chica soltera. Acompañaba a la tía Teresa o a otros familiares cuando salían a hacer recados. Tenía una renta propia y le gustaba gastarla en ropa, zapatos y bolsos. Pero su auténtica pasión era comprar platos, cubiertos, cazuelas, manteles, paños de cocina…, en suma, todo lo necesario para el ajuar de cocina que utilizaría cuando se casara. Volvía a casa cargada de paquetes, nos enseñaba sus adquisiciones para que las admirásemos y luego las guardaba en el armario del ajuar, en su habitación. Le gustaban los dulces y observaba a la tía Teresa cuando los preparaba, pero no la ayudaba y ni siquiera quería aprender a hacerlos. Prefería jugar con nosotros, y tampoco eso nos parecía nada raro.

A veces Ninì se encaprichaba del bolso o el vestido de otra y quería uno parecido. En esos casos, la tía Teresa hacía sus indagaciones y después iban a comprarlo juntas. En una ocasión se prendó de una chaqueta azul de mamá. Preguntó si podía probársela y, como le quedaba bien, decidió que quería una del mismo modelo y la misma tela, pero en rojo. Lamentablemente, en la tienda de Agrigento donde mamá la había comprado no la tenían en ese color, y la tía Teresa, pese a que la buscó por todo Palermo, no consiguió encontrar ninguna parecida.

Ninì no se resignaba e iba todos los días a la habitación de mamá: con su permiso, abría las puertas del armario, apartaba las prendas colgadas para que destacara la chaqueta y, después de sentarse, se la comía con los ojos como si estuviera enamorada de ella. Antes de volver a Agrigento, mamá quiso regalársela, pero ella no la aceptó: ¡la quería roja y de ningún otro color!

Con el paso de los años, Ninì empezó a perder la vista. Se quejaba de que la pantalla del televisor (una novedad en aquellos tiempos en Sicilia) estaba oscura, y nosotros, en vez de sacarla de su error, nos mostrábamos de acuerdo. De ese modo, se tranquilizaba, porque lo que más deseaba era ser como nosotros. Pensé por primera vez que era «distinta» cuando dejó de leer las letras que formábamos con los dedos e interpretar nuestros gestos. Para comunicarnos con ella, teníamos que formarlas con sus dedos, o bien dejar que nos tocara los labios con las manos para leer las palabras.

Ninì se quedó ciega. Necesitaba sus espacios y, sobre todo, saber con precisión dónde estaban los muebles y los objetos para moverse con seguridad. Eso, en una casa grande, llena de muebles y de gente, era imposible. Entonces Ninì se retiró, con su antigua niñera y la hermana de ésta, a Caltagirone, a un convento con un claustro lleno de plantas aromáticas donde las tres mujeres se convirtieron en las preferidas de las monjas. Silvano y mis tíos iban a menudo a verla. Ninì pasaba algún tiempo en su casa de veraneo, donde la rodeaban de cariño y atenciones; Silvano, en particular, se dedicaba casi por completo a ella. Los dos hermanos se quisieron siempre mucho.

 

 

2

Contento y digno

 

En casa, la mayor parte del personal de servicio pertenecía a familias que trabajaban para nosotros desde hacía generaciones, sobre todo las criadas, chicas que de este modo tenían la posibilidad de pagarse el ajuar y después casarse. Entre ellos y nosotros había una relación de afecto y confianza.

«Las que tienen defectos físicos o no entienden bien también tienen derecho a trabajar y hacerse el ajuar», decía mamá, y en esos casos prefería ofrecerles un puesto en casa, junto a una hermana o una prima que pudiera ocuparse de ellas. Las sirvientas «un poco frágiles», como las llamaba mamá, trabajaban en la cocina bajo la supervisión de la cocinera: pelaban fruta, cebollas y patatas, mondaban las verduras y las cortaban, fregaban ollas y cubiertos, tendían la ropa de casa, la recogían cuando estaba seca y la doblaban, y a veces también la planchaban.

Ciccina y Maruzza eran hijas de Peppe, el último cochero de mi bisabuelo Agnello. Ciccina, la menor, era delicada y paciente: se ocupaba de las cosas personales de mamá, que la animaba a leer libros y revistas; tonteaba con un panadero, el hermano de la modista que venía a coser a casa, y no tardó mucho en casarse con él. Maruzza, la mayor, desgarbada y cascarrabias, se quedó mucho tiempo trabajando en la cocina. «No es para tener marido», decían las demás. Pese a que había ido a la escuela elemental, Maruzza era prácticamente analfabeta e incapaz de controlar la ira. Cuando me reunía con mis padres en el salón después del almuerzo, a la hora del café, con frecuencia llegaban sus gritos vulgares desde la cocina. Mi padre, que normalmente no lo habría consentido, de Maruzza lo aceptaba:

—Peppe no se merecía una hija como ésta. ¡Él, que era todo un señor! —decía, suspirando.

—Es buena, pero no sabe controlarse —le hacía eco mamá—. Debemos quedárnosla, no encontraría trabajo en ninguna otra casa.

Y Maruzza se quedó con nosotros hasta que Ciccina, que había alcanzado una posición acomodada gracias a lo bien que iba el horno de su marido, se la llevó a casa para que la ayudara con sus tres hijos.

Los empleados que al envejecer dejaban de estar a la altura del trabajo que tenían asignado, pasaban a realizar otras tareas, pero seguían con nosotros. Poco a poco, Paolo dejó de conducir, entre otras cosas porque ya no tenía la misma vista que antes, y en invierno era el responsable de la caldera que alimentaba los radiadores. Recogía los periódicos viejos y los enrollaba apretándolos mucho, luego los retorcía y los metía en la boca de la caldera como si fueran leños. En el momento adecuado, añadía paladas de carbón. Además, ayudaba a las mujeres a cascar almendras, pistachos y nueces, y utilizaba las cáscaras para atizar el fuego; después se ponía junto a la caldera y con aire solemne trituraba los frutos secos con el molinillo. Cuando no tenía otra cosa que hacer, lustraba las manillas sentado en un taburete con la puerta entre las piernas.

En verano, en Mosè, Paolo —que habría deseado ser cocinero— ayudaba a mamá en la cocina, sobre todo cuando preparaba dulces, que le encantaban. Presumía de que, de joven, montaba las claras a punto de nieve mejor que nadie, sólo con dos tenedores, pero con la vejez se había vuelto lento y ya no le quedaban bien. Mamá seguía el ritmo desmayado de los tenedores por el rabillo del ojo: el horno ya estaba caliente y la mezcla de yemas, azúcar y harina estaba deshinchándose. Para no humillarlo, lo alejaba pidiéndole que fuera al salón a por su bolso y, mientras tanto, batía las claras con fuerza, lo más deprisa que podía. Cuando él regresaba, lo recibía con una sonrisa:

—Ya está en el horno. ¡Gracias, Paolo! Ahora, cincuenta minutos de cocción.

Paolo se agachaba para mirar, contento y digno, hacía sus cuentas y anunciaba:

—Yo me encargo de sacarlo del horno, signurì: quince avemarías y cuatro padrenuestros.

Sentado junto al horno, comenzaba entonces a recitar las oraciones, con los ojos cerrados, como un monje.

 

 

3

Así es la tía Rosina

 

Giuliana decía que la tía Rosina era retrasada, y quizá tenía razón, pero para nosotros era simplemente excéntrica. La conocí cuando ya era una anciana y viuda. Mamá contaba que de joven era cleptómana, pero nadie lo decía abiertamente.

Si la invitaban a casa, la abuela Maria les advertía a ella y a la tía Teresa: «¡Cuidado con la tía Rosina! A veces coge lo que no es suyo, y hay que quitárselo sin darle un disgusto ni ponerla en un apuro». Cuando desaparecían las cucharillas de plata, había siempre una sobrina o una sirvienta de confianza que, al verlas asomar por los bolsillos, se acercaba furtivamente y se las quitaba sin que ella se diera cuenta.

Cuando venía a pasar unos días a Mosè, todas las mañanas esperaba que alguien trajera el Giornale di Sicilia: las noticias no le interesaban, ni tampoco los espectáculos, pero pasaba las páginas con avidez en busca de la sección de necrológicas. Las leía con atención, y, si había difuntos «conocidos», anunciaba el nombre: «Ha muerto…». Después leía en voz alta la necrológica entera y, tras un breve y desapasionado comentario sobre cada uno —«¡Era buena persona!», «¡Un sinvergüenza!», «¡Ya era hora de que se muriese!»—, se dirigía a nosotros con mirada sagaz: «¡Los que están deseando encontrar el anuncio de mi muerte van a tener que esperar aún muchos años! ¡Yo misma me ocupo de tratarme bien —concluía, golpeándose el pecho— y no morir como estos desgraciados!».

En cuanto Sicilia estuvo conectada a la red nacional, ella quiso comprar un televisor. Le encantaba la televisión —le parecía un milagro ver a las personas moverse y hablar dentro de aquella caja—, y en particular el telediario. El locutor que leía las noticias, un tipo extraño con orejas de soplillo, le fascinaba. Ella, que hablaba preferentemente en siciliano, se dirigía a él en su mejor italiano: respondía a sus «Buenas tardes» y «Buenas noches» con sonoros «¡Buenas tardes tenga usted!», y a veces, al final del noticiario, se permitía un íntimo «Buenas noches y buenos sueños tenga usted». Cuando no entendía algo, se dirigía a su ídolo para pedirle: «¿Puede repetirlo, por favor?», y en caso necesario insistía con más énfasis: «¡Perdone, le he preguntado si, por favor, puede repetirlo!».

La tía Rosina vivía en Palermo, en un piso con una bonita galería donde almorzaba en verano. Como no había tenido hijos, le gustaba estar con nosotros, los niños. Nos invitaba a todos los primos juntos y mandaba que nos preparasen escalopes a la milanesa. Pero había un «pero». Se divertía quitándonos la silla justo cuando íbamos a sentarnos, y cuando veía caer al infeliz de turno, se echaba a reír con ganas. Las niñeras lo sabían y montaban guardia detrás de nuestras sillas para evitar que se acercase. «No es intencionado, hay que hacer como si tal cosa —decía mamá, y añadía, suspirando—: Así es la tía Rosina, bromista… y muy directa.»

Al llegar a la vejez, se fue a vivir a casa de una sobrina. En una comida formal, estaba sentada al lado de una señora de alta cuna coetánea suya, de la que se decía que había sido dama de compañía de la reina. Después de haberse servido dos hermosas lonchas de carne con cebolla glaseada y haberse metido en la boca un buen trozo, la tía Rosina comentó que le faltaba ajo, que a ella le encantaba. Y volviéndose hacia su compañera de mesa, preguntó:

—¿A usted le gusta el ajo?

—No mucho —respondió frunciendo la nariz la señora, indignada y quizá asqueada.

—Lástima —continuó la tía sin percatarse de esto—, el ajo es bueno y muy saludable, créame. —Y al no recibir respuesta, impertérrita, se metió en la boca otro trozo y murmuró entre dientes—: Esto no lleva ajo.

En la familia se habló mucho de esta salida de la tía Rosina y de la reacción de la invitada. Se habló sobre todo del gesto de fruncir la nariz, considerado fuera de lugar e irrespetuoso con la tía, y por lo tanto con toda la parentela. A la señora no volvieron a invitarla a almorzar, mientras que la tía Rosina mantuvo su puesto de honor en la mesa de su sobrina.

—Así es la tía Rosina —repetía mamá.

Y así éramos nosotros: a los parientes, sobre todo a los que habían entrado en la vejez, se les trataba con respeto. Siempre y en toda circunstancia.

La tía Teresa pasó los últimos años de su vida en un mundo exclusivamente suyo. Al principio, cuando aún nos reconocía, intentaba comunicarse, pero no atinaba con las palabras. Las buscaba, balbuceaba… A veces, gracias a un destello de su antiguo ingenio, conseguía expresarse mediante gestos. Reía cuando venía a cuento, en ocasiones incluso de sí misma. Después dejó de reconocer hasta a su propio hijo, Silvano, y de hablar. Ingresarla en una clínica o una residencia era algo inconcebible: continuó en su casa, con Silvano y su familia, atendida por una mujer que la vestía con prendas cómodas y elegantes, le ponía el collar de perlas, la peinaba con esmero y la maquillaba. Su rostro conser­ vó la belleza, pero ya no había emociones en él.

Mamá iba a verla y, cuando volvía a casa, musitaba con tristeza: «Teresa ya no está».

En los comienzos de mi carrera como escritora, una pareja de arquitectos me invitó a su villa dieciochesca. Me tenían preparado un auténtico tour por los salones, el estudio y los dormitorios, elogiando las obras de restauración y el mobiliario. Me llamó la atención que no hubiera espejos, porque son característicos de esas villas de estilo rococó, y manifesté mi sorpresa. El marido se puso tenso y miró a su mujer. Después de aquel cruce de miradas, ella bajó los ojos. «Venga», me dijo con decisión. Volvimos sobre nuestros pasos y atravesamos de nuevo las habitaciones por las que acabábamos de pasar. Él nos adelantó y continuó andando deprisa, hasta que en el vestíbulo se detuvo para esperarnos delante de una puerta cerrada. «Esto era el salón, ahora es la habitación de mi suegra… Sólo para mirar, no podemos entrar.» Abrió la puerta y mantuvo la mano sobre la manilla, preparado para cerrarla: un fresco del triunfo de Venus de colores nítidos, fruto de una restauración respetuosa, cubría la bóveda rectangular; la lámpara central, de cristal, parecía intacta; en las paredes estaban por fin los espejos, alternando con la tapicería de brocado, bastante nueva, pero en colores que tenían todo el aspecto de ser los originales. No había muebles, salvo, delante de una puerta vidriera atrancada, dos pesadas butacas y una cama turca. A primera vista, un salón maravilloso.

De pronto, un murmullo y un lento arrastrar de pies. Del hueco de la puerta vidriera emergió una anciana delgadísima de cabellos enmarañados, que empezó a deslizarse pegada a la pared: un batín que le llegaba hasta las rodillas dejaba a la vista unas piernas resecas que acababan en un par de zapatillas deformadas; sus ojos parecían estar fijos en mí, pero en realidad no miraban a nadie; escondía las manos en un fardo de lana que apretaba contra el estómago, como para contrarrestar una punzada de dolor. El fardo se movía arriba y abajo sobre el vientre y sobre el pecho plano, como aplastando una lámina, y poco a poco se desenrolló: era un suéter, y una de las mangas colgaba por un lado. Las manos empezaron entonces a desplazarlo desde el pecho hasta el cuello, hasta la barbilla y finalmente hasta la boca. La anciana separó los labios y empezó a arrancar a mordiscos trozos de lana que luego escupía al suelo. Tuve de nuevo la sensación de que me miraba con malicia; quizá trataba de darme a entender que no me quería allí, que me mataría a mordiscos… Yo estaba un poco asustada. Después se volvió hacia la pared, acercó una mano a la tapicería y avanzó en nuestra dirección. Sólo entonces me di cuenta de que manchas y desgarrones salpicaban la tapicería a la altura de los ojos, de que los espejos estaban opacos, y el suelo de mayólica, sucio. La anciana arrancó un trozo de brocado con sus dedos ganchudos y lo dejó caer, siguió arrancando otros trozos y se los acercó a la boca para chuparlos ávidamente, como si estuvieran impregnados de leche y miel, y mientras tanto aceleró inesperadamente el paso, estaba cada vez más cerca…

Mi anfitriona cerró la puerta e hizo girar rápidamente la llave en la cerradura. «Tiene Alzheimer —explicó—, destroza todo lo que toca y ve. Está encerrada en este salón desde hace seis años, dando vueltas sin parar siguiendo las paredes. Tiene una energía inagotable.» Desde el interior, un breve gemido, seguido de un silencio sepulcral.

La mujer se disculpó para ir en busca de la cuidadora. Con cierto embarazo, su marido me contó que su suegra había quedado muy satisfecha de la restauración de la villa y decidió utilizar de nuevo el salón justo cuando el Alzheimer empezó a manifestarse: «Lo transformó en su dormitorio, al cabo de un tiempo dejó de salir, y ahora… Ahí dentro, sola, se calma destruyendo lo que amaba».

···· 

 © Simonetta Agnello Hornby  con la colaboración de George Hornby, (2017) bajo el título Nessuno puó volare · Traducción del italiano: Teresa Clavel  | Cedido por Gatopardo Ediciones

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