«La democracia está atenta al verbo, no a la vida real»

Gonçalo M. Tavares

Publicado por

Ilya U. Topper

@ilyatopper

Periodista (Almería, 1972). Vive en Estambul, donde trabaja para la Agencia Efe.

Publicado el 7 Dic 2019

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Gonçalo M. Tavares (Sevilla, Jun 2019) | © Ilya U. Topper / M’Sur


Sevilla  |  Junio 2019

Viene avalado por elogios de los pesos pesados – José Saramago y Enrique Vila-Matas le han echado piropos – y por la actitud desenvuelta de quien se siente a gusto consigo mismo y su obra. Gonçalo M. Tavares (Luanda, 1970) está en la Feria del Libro de Sevilla para presentar su cuadrilogía El reino, una serie de cuatro novelas de clara intención política, ambientadas en una difusa Europa Central de un difuso siglo XX. La última, Aprender a rezar en la Era de la Técnica (Literatura Random House), describe con precisión el ascenso de un cirujano sin escrúpulos en el partido fascista que se hace con el poder. Las otras son Un hombre: Klaus Klump, La máquina de Joseph Walser y Jerusalén.

Una lectura que incita a preguntar, como no, por la historia y por la actualidad, sobre todo teniendo en cuenta el reciente y fulgurante ascenso del partido derechista Vox… el primero (la entrevista se celebra antes de la repetición de elecciones en noviembre). Y Tavares no rehuye la reflexión: en su obra, aparte de novela, poesía y hasta teatro destaca el ensayo, o la prosa híbrida, como ocurre con el ciclo El barrio, con historias alrededor de diez escritores: Paul Valéry, Bertolt Brecht, Roberto Juarroz, André Breton… Hablando de política, el escritor está en su salsa, se nota, y se expresa con fluidez en un español cómodo, aunque con un marcado acento portugués que a veces gira hacia el portuñol.

Un hombre decidido a subir escalones de poder, sin miramientos… así es el médico Lenz Buchman, protagonista de Aprender a rezar en la era de la técnica. ¿Le puso nombre y apellido alemán por algo?

Para mí, las palabras tienen una resonancia fuerte, son contagiosas. Los nombres mucho más. Cuando empecé a escribir, estos nombres aparecieron natruralmente, aunque no pensé en escribir sobre Alemania, eso no. Es la cuarta entrega de ‘El Reino’, y en todas las novelas de esta obra, los personajes tienen nombres de Europa central, mas nunca se habla de un país. Me interesaba el mal, pero no quería ubicarlo en el espacio. Me parece un error coger un mapa y localizar el mal y el bien. El mal está en todos los lados.

Dictaduras no faltan para ubicar novelas. Podría haberla ambientado igualmente en la época de Salazar… ¿no?

«Muchas veces, terriblemente, se exime del juicio crítico a las dictaduras de izquierdas»

Claro. Pero a pesar de todo hay algo que ha sucedido en Europa Central, que es el holocausto, y que no tiene comparación con nada más. Para mí es uno de los grandes temas del mundo: no olvidar lo que ha sucedido, pensar qué es el hombre después del holocausto. Si hubiera puesto nombres portugueses, no habría tenido la vibración que me interesaba. Tiene que ver con la idea del fascismo, la técnica con la que alguien va subiendo en su carrera política, con una manera muy fría del ser humano. Pero no se trata necesariamente del fascismo en Alemania o Europa central. La posibilidad del fascismo puede surgir en cualquier lado.

Aparte de querer subir en el poder, el protagonista va humillando con saña a todos los demás, incluida a su mujer. ¿Es parte de las ansias del poder?

La humillación es algo muy antiguo. Los griegos, –Ovidio en la Metamorfosis– habla de castigos de dioses por humillaciones… La idea de la humillación está en el hombre desde el inicio de los tiempos. Por eso me interesó empezar por el Lenz dentro de su casa, mostrar que la violencia estaba allí: cuando Lenz sale al consultorio médico, al país, a la ciudad, está la misma violencia que él ejerce en casa. Si me acuerdo bien, Lenz no vuelve a humillar físicamente a nadie de la manera en la que humillaba a su mujer, usa otras armas… Es muy violento.

Si se acuerda bien… ¿No tiene muy claro su personaje?

Escribo de forma muy instintiva, y tal vez este sea el único libro en el que haya seguido a un personaje desde el principio hasta el final. Me interesaba empezar en su casa, entender qué va saliendo, cómo se está tornando fuerte, hasta caer en la enfermedad. Me interesaba esta trayectoria.

Estas ansias por el poder del fascismo ¿los ve ahora en los movimientos de ultraderecha en toda Europa – incluida Vox en España – o no se puede comparar?

No me gusta mucho hablar de dictaduras de derechas: las dictaduras son dictaduras, punto final. Y muchas veces, terriblemente, se exime del juicio crítico a las dictaduras de izquierdas. El que evidentemente, Hitler sea el símbolo del mal y que sea impensable que alguien se ponga una camiseta con Hitler, me parece de pura lucidez. N se acepta que alguien vaya por ahí con el rostro de Hitler. Pero lo veo muchas veces con el rostro de Stalin. Y eso me parece inaceptable.

¿De dónde esta doble vara de medir?

Tiene que ver con un cortocircuito mental estúpido. con eso de derecha e izquierda. Un asesino es un asesino. Alguien que ha matado a mucha gente. Y Stalin es un caso absolutamente tenebroso. Tiene un recorrido macabro comparable a Hitler. A mí me horroriza ver a personas bebiendo de una taza con la imagen de Stalin, como si fuese un tipo que bueno, algunas veces se enfadaba… No. Stalin mandó matar a millones y millones de personas, y hasta a los de su alrededor. No se puede olvidar esa violencia inaceptable.

¿Por qué se olvida?

«La democracia está muy atenta al verbo, no está viendo lo que ocurre en la vida real»

Porque se ha rodeado de valores que sonaban más o menos agradables. Si un tipo dice que hay una raza superior y otra inferior, bien, lo vemos todo claro. Pero si un tipo dice que todos somos hermanos, y por el camino va matando a millones de personas… pues no quiero saber lo que dice, quiero saber lo que hace. La gente está muy hipnotizada por las palabras. Hitler hacía lo mismo: cuando cientos de miles de alemanes estaban muriendo, decía que estaba salvando el pueblo alemán. Cerramos los ojos cuando las personas hablan como un canto de sirenas. La historia está llena de personas que decían que éramos todos hermanos mientras asesinaban a millones.

Y hoy día, ¿la gente le cree a los políticos lo que dicen o mira lo que hacen?

La gente está muy muy muy atenta a lo que dicen los políticos. Lo veo en Portugal, en una situación tranquila, una democracia consolidada… observando a los ministros que han tenido que dimitir en los últimos años. ¿Por qué dimitieron? Porque dijeron algo fuera de las normas. Y eso no les interesa a los partidos. Puede haber calamidades, cosas terribles, pero las dimisiones tienen que ver con lo que han dicho. Eso demuestra que la democracia está muy atenta al verbo, no está viendo lo que ocurre en la vida real. El verbo no es la vida real.

La ultraderecha en Europa gana votos, pero no tiene un discurso especialmente seductor desde el punto de vista democrático ¿no cree?

Sí, es peligroso. Muchas veces hay un subterráneo de acciones terribles y un lenguaje muy bueno, pero si el lenguaje ya es terrible podemos esperar que las acciones serán aún más terribles. La ultraderecha dice cosas que pensábamos que era impensable que se dijeran en público. Tiene que haber vigilancia.

¿Habría que impedir que digan estas cosas?

No me parece muy lúcido de la sociedad humanista no dejar que los fascistas hablen. Cuanto más hablan, más se ve que son tontos, estúpidos, muy poco inteligentes, tienen dos o tres esloganes, no más. A veces pienso que es importante que hablen para que se puedan destruir argumentos que en cinco minutos se destruyen. Si un partido ultrafascista dice que la criminalidad tienen mucho que ver con los inmigrantes, si hay un debate, en cinco minutos se demuestra estadísticamente que está mintiendo.

¿Es decir, cuanto más salgan en la prensa, mejor?

«Es importante dejar que los fascistas hablen para que se puedan destruir sus argumentos»

Tiene que haber un interlocutor que pueda decir que lo que están diciendo es mentira. Porque si solo hablan en internet van contaminando sin tener oposición. En Europa hay un sentimiento de “No vamos a dejarles hablar, porque dicen cosas terribles”, Pero cuando las cosas terribles son fácilmente refutables hay que dejarlos hablar. En Portugal, hace poco, un extremista de derechas fue a un programa matutino muy ligero, no muy periodístico, y estuvo hablando sin oposición, y eso me parece peligroso, el que no haya un periodista en el otro lado que le diga: No, esto no es así.

Portugal es más o menos el último país de Europa sin un partido de ultraderecha. ¿Por qué?

[Sonríe] No sé… Ahora tenemos en las elecciones un partido que tiene un nombre como “Chega, basta”, un nombre que claramente apela a las personas disgustadas con la democracia, y ha tenido una puntuación muy baja. No sé por qué. La historia de Portugal y España no es la misma, pero es similar, tiene muchas semejanzas. Pero no está habiendo un fenómeno como Vox.

En España, Vox tampoco tenía prácticamente votos hasta hace nada, y surgió de repente.

¿Y cuántos tiene ahora?

Un diez por ciento.

¡¿Un diez?!

Como en toda Europa, es la media en general…

Es curioso. Podemos decir que los partidos de extrema derecha son inaceptables, estúpidos etcétera, es evidente. La otra parte es: ¿por que la sociedad los vota? ¿Qué estamos haciendo mal? Y lo que estamos haciendo mal, por ejemplo, es que la corrupción es gigantesca. Otra cosa importante es el desempleo. España ha llegado a un 25% de paro, Portugal a un 18% [ambos en 2013]; eso me parece muy peligroso, porque la democracia no da a los ciudadanos algo que es básico: poder dar de comer a sus hijos. Yo tenía la sensación de que si el paro continúa cinoc o diez años más así, no tengo dudas de que los partidos extremistas empiecen a subir…

Pues ya están en ello, parece.

«Ni siquiera en la crisis he sentido una agresividad en relación a los extranjeros en Lisboa»

Es la historia del partido nazi: había un paro gigantesco en Alemania, era paralelo a la subida del partido extremista. A pesar de ser del mundo de las artes hay que pensar en la relación entre economía y democracia. Si la economía no da un mínimo a las personas tenemos un problema. Para mí, la democracia es empleo. Si hay un 20 por ciento de desempleo, no hay democracia. Si solo se tratase de votar cada cuatro años, eso sería muy poco. La democracia debe dar a todos los ciudadanos la posibilidad de trabajar.

Otro tema que la ultraderecha usa siempre es el miedo a la inmigración, Ahí también, Portugal es una excepción: fomenta oficialmente la inmigración por falta de mano de obra.

Sí, pero más que una decisión política de necesitar a más personas, me parece que los portugueses son hospitalarios, hay una gran comunidad brasileña, africana, ucraniana… Nunca he sentido que la inmigración fuese un problema. Yo voy mucho por el metro de Lisboa, me gusta percibir qué sienten las personas. Y cuando hay mucho desempleo, el pueblo siempre culpa primero a las personas que son de fuera, que dicen que les quitan el trabajo. Pero creo que ni siquiera en la crisis, con un paro del 20%, he sentido una agresividad en relación a los extranjeros. La idea de estar rodeados por el mar nos tiene más habituados a ellos, aunque hay otros países rodeados de mar que no son tan hospitalarios.

Rodeados por el mar… y por España. Aunque con desconocimiento mutuo. Si usted pregunta a un español por literatura portuguesa, probablemente solo se le ocurrirá Saramago. En Portugal ¿se lee a más autores españoles?

No lo siento personalmente así porque, afortunadamente, me defiendo bien en español, también en México y Argentina… He ido mucho a Barcelona y Madrid para charlas. Pero si, claro que es una lástima que la cultura de los dos países no sea tan conocida. En Portugal tampoco hay tanta traducción de autores españoles. Los grandes autores, Javier Marías, Vila-Matas, Javier Cercas… sí son conocidos, podemos decir siete u ocho nombres, pero no mucho más. Estos grandes nombres se editan con regularidad, pero de los escritores con menos de 50 años, muy pocos se traducen al portugués.

¿Ni se leen en original?

«En Portugal, en el último año, no se ha visto un filme español en cartelera»

No, no tanto. Yo leo mucho ensayo en español, porque se traduce mucho más ensayo al español que al portugués. Leo filosofía en español; en este campo prácticamente no hay traducciónes al portugues. Me acuerdo de que durante muchos años había dos o tres librerías españolas en Lisboa, y yo compraba muchos libros allí. Creo que una se llamaba Alcalá, pero acabó cerrando. Hoy, que yo sepa, no hay ninguna librería en español en Portugal. En la FNAC sí tienes una mesa con literatura en español, pero está pensada más para los extranjeros que para los portugueses. Hay mucho por hacer aún para conocernos mejor.

¿Por ejemplo?

Hay grandes escritores portugueses que no han sido publicados en España. Me acuerdo de Agustina Bessa-Luís, Mário de Carvalho, personas de una generación mayor, que ahora tiene 70 años u ochenta, que son escritores extraordinarios, pero no han sido traducidos aquí.Y desde luego también hay muchos nombres de la literatura española que tampoco conocemos en Portugal.

¿Y de otros ámbitos de la cultura?

Es similar en cine y teatro. En Portugal, en el último año, no se ha visto un filme español en cartelera. Aquí probablemente sea similar. Solo en ciclos. Eso no tiene que ver tanto con Portugal y España sino con Estados Unidos. Igual que en España. El cine francés ocupa un espacio importante, pero italianos, alemanes tampoco hay. Los cines que funcionan con regularidad solo proyectan cine americano. A veces hay una semana de cine español o de cine italiano, pero eso es todo.

La literatura en portugués de antiguas colonias, com Angola o Mozambique ¿llega fácilmente o también hay una barrera?

«Portugal ya no es, afortunadamente, el centro político de las preocupaciones de un escritor»

Ahí es un poco distinto. Desafortunadamente, algunos países no tienen muchas posibilidades de edición y distribución, de ahí que muchos grandes escritores en lengua portuguesa africanos sean muy conocidos en Portugal: porque los publican editores portugueses. Como Mia Couto, un gran autor mozambiqueño, o [el angoleño José Eduardo] Agualusa. Algunos no publicaban siquiera en sus países, aunque ahora empiezan, pero su primera publicación se hacía en Portugal, hay más lectores y hay editoriales que siguen el perfil de los escritores africanos.

Usted mismo nació en Angola. ¿Se acuerda de aquel país?

No. Mis padres son portugueses, mi padre es ingeniero y estaba construyendo un puente en Angola, mis padre y mi madre estuvieron en Angola entre 1970 y 1975; yo nací en el 70, fue una casualidad, llegué con 4 años a Portugal. Tengo algunas imágenes, pero no me acuerdo.

No se puede hablar de una influencia africana en su obra, pues.

No, de cultura no tanto. Biográfica… Nunca he intentado volver a Angola, si fuera, sería algo emocional, fuerte. Pero culturamente, todo es portugués. António Lobes Antunes escribió mucho de aquella guerra colonial. Para mí no ha sido un tema.

La revolución de los claveles ¿también marca una incisión generacional para una literatura pos-revolución?

Sí. Nosotros hemos crecido en democracia. Tal vez las cuestiones de la democracia no sean tan presentes como en generaciones anteriores de escritores portugueses.

¿Hay una fascinación literaria por aquel cambio, un concepto comparable a la Transición española?

No, fue muy rápido, el cambio currió en 24 horas. Después hubo contrarrevoluciones y cosas así, pero el cambio fue rápido. Para mí se plantea con más fuerza la cuestión de Europa. Portugal ya no es, afortunadamente, el centro político de las preocupaciones de un escritor. Es un país independiente desde hace muchos años, no tiene grandes conflictos, tiene democracia desde hace mucho. A mí me interesa estudiar e investigar el siglo XX, no solo en Portugal sino en la II Guerra Mundial, el holocausto, porque pienso que ningún humano está fuera de esta dinámica del siglo XX.

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© Ilya U. Topper | Especial para M’Sur

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