«El Brexit no es el fin del mundo, pero sí quizá el precursor de algo peor»

Simonetta Agnello Hornby

Publicado por

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.

Publicado el 29 Feb 2020

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simonetta agnello
Simonetta Agnello Hornby (Londres, Nov 2019) | © Alejandro Luque / M’Sur


Londres |  Noviembre 2019

En su apartamento, ubicado en un barrio céntrico de Londres, se disputan el espacio los recuerdos de su Sicilia natal, los dibujos de sus nietos y los ejemplares recién llegados de la adaptación al cómic de su primera novela, La Mennulara. Simonetta Agnello Hornby, palermitana de 1945, abogada de profesión con una larga carrera en el Reino Unido, ha logrado triunfar como escritora —siempre en italiano— con títulos como La monja y el capitán, Unas gotas de aceite, Mi Londres o Palermo es mi ciudad, donde siempre se hace patente la huella de su isla. Su último título, Nadie puede volar (Gatopardo), es tal vez el más personal de toda su producción. En él aborda la relación de su familia con la enfermedad, y en concreto la esclerosis múltiple que padece su hijo Giorgio.

Agnello habla muy seguido —en un italiano pulido, sin dejes de su Sicilia natal— y subrayando su firmeza: es la voz y la actitud de una mujer acostumbrada a comunicarse en público sin dejar de entrever la menor duda o debilidad.

Ser italiano a veces ha debido de ser difícil, con Berlusconi o Salvini como representantes. ¿Lo ha sufrido usted?

Es una vergüenza, pero vivimos tiempos vergonzosos.

¿Ve cosas desde Londres distintas de cuando está en Sicilia?

No lo sé, porque Inglaterra vive muy vuelta hacia sí misma, Italia no la percibe. Que Salvini sea un fascista, a los ingleses no les importa. Soy inglesa, estoy contenta de serlo. Pero los ingleses son cínicos, desde un punto de vista político no tienen ninguna moralidad. Son amigos de Irán, de cualquier país. La política inglesa ha sido la de aumentar el Imperio, ponerse de acuerdo con quienes le interesan, sin importar cómo se comportan en sus países. No tienen principios desde este punto de vista, y así son todas las conquistas. El imperio romano era idéntico.

Usted se dio a conocer con una novela, La Mennulara, pero luego han venido saliendo a la luz libros suyos muy ligados a su propia vida. ¿Cómo elige qué quiere contar?

La última obra, Café amargo, es una novela-novela. Yo escribo en general para ganar dinero. Y para ganar dinero, las novelas venden más. Cuando tengo necesidad de dinero, cosa que ocurre casi siempre con un hijo enfermo, escribo ficción, pero pienso que lo autobiográfico tiene un valor superior. Escribir sobre cocina, sobre la vida campestre de Sicilia, es valioso… De cocina se habla siempre…

En Inglaterra no… [risas]

«El Brexit es uno de los desastres que vienen del hecho de que no tengamos una Constitución escrita»

¡No es verdad! Ahora hay libros de cocina en inglés sin fin. Yo creo que el inglés ha perdido la cultura de la comida durante la II Guerra Mundial, porque tuvieron el racionamiento de 1939 a 1954. Por ello, una generación de mujeres ha estado condenada a no poder cocinar, lo hacían con lo poco que había. Pero la cocina inglesa tiene una tradición maravillosa, muy ligada a la cultura. Aparte de las grandes recetas de los Tudor, yo he probado hace poco a hacer el ‘Sussex pond’, un pudding. Es muy bello como cultura, meter esa pasta frola en agua con un limón y azúcar moreno, se cubre y se hace hervir, luego se saca, se vuelca en un recipiente alto, y tienes una especie de montañita crocante. Una belleza. Se corta con cuchillo y sale un líquido dorado, porque el limón ha hecho su efecto, y circunda la Sussex pond. ¿Inglaterra qué importaba? Los limones sicilianos, como Suiza o Noruega, que los han salvado, porque era la única fuente de vitamina C. Salvaron vidas.

Parece inevitable preguntárselo: como londinense de adopción, ¿qué opina del Brexit?

Hablo como abogada inglesa: es uno de los desastres que vienen del hecho de que no tengamos una Constitución escrita. El Brexit se ha convertido en una fórmula modernísima. En la modernidad, toda Europa está llena de hastío, de rabia. Y en esto somos totalmente europeos. Con líderes incapaces, ya sean de mi propio partido —todavía soy laborista, no sé cuándo renunciaré a mi carnet— o del partido conservador; son de un valor escasísimo. Este, este otro y aquel. Y esto hace daño enorme. Sin duda, no podemos aceptar la inmigración que viene en barca de Oriente Medio.

¿No?

El coste es inmenso, y hay gente que ya sufre las consecuencias. No se puede vivir a costa abierta, se ha vuelto un negocio mantenido por Estados Unidos, China, no lo sé. Hay gente que viene de África con delitos graves, ¿dónde los metemos? ¿En el palacio de Knightsbridge? En Sicilia he estado en un campo de migrantes solo, todos eran negros. No querían estudiar la lengua, ¿por qué debo hacerlo? preguntaban. No critico a ninguno, pero la situación es insostenible. Nadie habla de un diálogo, quiénes son, de dónde vienen… Y somos amigos de esos países. Es todo una ficción asquerosa.

Me parece algo discutible, pero estábamos en el Brexit…

Sí, Inglaterra ha decidido separarse, con ese voto extraño, y es una locura. Nos arrepentiremos, estamos casi arrepentidos ya, no sabemos cómo hacerlo. Pero también Europa se está fracturando. Europa ya no es Europa. En 4 o 5 años, Europa será Alemania, Francia, España, quizá Italia, pero el resto es diferente, no cree en lo mismo que nosotros. Y no quiere apostar por ello. El Brexit no es el fin del mundo, pero sí quizá el precursor de algo peor.

¿Quién tiene la culpa del Brexit?

¿Aquí? La estupidez de Cameron. Un cretino, un arrogante, incapaz de entender nada. ¿Cómo le cabe en la cabeza un referéndum más allá del bien y del mal? Porque los referendos existen solo para cuestiones éticas, para los problemas tenemos a los diputados, los votamos para eso. Han hecho un referéndum para entrar en Europa, ¿por qué? El contexto era una cuestión ética. En Italia no lo hicimos… pero lo que no se puede es hacer un referéndum para salir sin saber cómo y por qué.

Y cuál es el precio…

Exacto. Cameron es un arrogante, clase alta, su esposa es hija de millonarios… Ahora se ha vuelto un estadista, es lamentable la situación.

En el antieuropeísmo hay una dimensión jurídica, pero también cultural. ¿No se ha olvidado que Europa está hecha precisamente del encuentro de gente diferente?

«Mis hijos se sienten europeos, tanto que han pedido la ciudadanía italiana para mis nietos»

Europa ha sido maravillosa para los jóvenes. No siempre ha sido una experiencia feliz para todos, pero debemos continuar trabajando, porque no hay nada mejor. Me complace que mis hijos se sientan europeos, tanto que han pedido la ciudadanía italiana para mis nietos, a petición de éstos: han ido a sus padres y les han dicho “Queremos ser italianos”. ¡Victoria mía! Españoles, franceses, italianos, nos sentimos un solo pueblo.

Usted fue muy amiga de Andrea Camilleri, que nos dejó hace poco. ¿Qué recuerda de él?

Era un gran hombre, pero esto lo saben todos. No es solo un gran autor de novela negra, sino un gran escritor. Pero de todos modos, quien trabajaba con él, o el mundo donde vivía, ha querido solo buscar el dinero que traían los libros de Montalbano y las películas. Me disgusta. No acuso a nadie, el mercado es lo que es, pero ahora que ha muerto, espero un reconocimiento del Andrea Camilleri novelista que todavía no he visto. Hace poco estuve en una librería Feltrinelli y pregunté por qué no estaba entre los novelistas en general y solo en la estantería de novela negra, y me pareció una vergüenza, porque a un Simenon no le hacen eso. Nadie en Italia pidió para él el Nobel que debía haber ganado. ¿Por qué? No lo sé. Y ha hecho tanto por los demás, ha hecho rico a tantos en su campo… Me apena.

Camilleri ha muerto, un poco antes fue Vincenzo Consolo… ¿se siente la última de una época de grandes escritores sicilianos?

Yo no me siento una gran escritora, en mi opinión podría hacerlo mejor. No escribo mal, pero debo ser honesta. Sobre todo, no presto tanta atención. No me gusta meterme en el nivel de Consolo o Sciascia. Está en los lectores decirlo, pero yo no he dado lo mejor de mí como Simonetta, mientras que como abogado sí lo he hecho. En esto sí soy clara y orgullosa. A Consolo lo he conocido: un hombre triste, un gran escritor, muy celoso de Camilleri, por error. Según creo, era víctima de una familia de la que sabemos poco y nada, pero me decían que vivió siempre con una hermana, en una familia interdependiente en un sentido malsano, ninguno podía realizarse. Ha escrito libros bellísimos, pero no me gusta que sienta dolor por el éxito de otros. Si quiero superar a alguien, escribo mejor.

¿Y Leonardo Sciascia?

Gran escritor, pero sobre todo gran pensador, un innovador, especialmente en temas de mafia. Doy gran importancia a la palabra escritura… ¿Y quién más hay?

¿Gesualdo Bufalino?

Bufalino es un grandísimo escritor, más profundo que Sciascia. Y luego están los siracusanos, más jóvenes…

Y otros más viejos, como Elio Vittorini. Pero hoy, ¿hay una generación siciliana a ese nivel?

«Sicilia era notablemente ignorante porque los españoles que nos dominaban también lo eran»

Yo no vivo en Sicilia, no puedo juzgar. No los he leído, no tengo el tiempo, y a veces el deseo. Los libros que hablan de Palermo, de la mafia, no me interesan demasiado. Ahora hay libros que hablan de las grandes familias sicilianas. Eso empieza con El gatopardo. Pero yo nunca ha aceptado el concepto de aristocracia. Papá, que era un barón, sabía que los títulos ya no servían. Ninguno de mis parientes ha rentabilizado el título. Mi sangre no lo ha hecho. Deberíais leer una parte del libro nuevo en el que cuento esta historia. Estos libros que hablan no de sicilianos, sino de conquistadores de Sicilia, a mí me dan una tristeza inmensa. Los Florio eran calabreses que hicieron fortuna, hay un libro sobre ellos que ha tenido un éxito enorme, pero preferiría que se hablara más de sicilianos que de gente de fuera. Esa familia que vivía en Sicilia pero no hablaban italiano hasta mayores, porque primero tenían que aprender el alemán… Esto es colonialismo, no me gusta. Pero parece que agrada mucho.

Sus libros sobre Sicilia, ¿son bien acogidos allí?

No. Nunca he pensado en el lector siciliano, que es casi inexistente. Los sicilianos leen poco.

Contradictorio, habiendo dado a tantos escritores, ¿no?

No, porque es cosa reciente. Sicilia es como Irlanda. Hasta 1840, no había ningún escritor. Palermo no tenía universidad, mientras que Catania y Messina sí. Sicilia era notablemente ignorante porque los españoles que nos dominaban también lo eran. Nosotros tomábamos títulos y decíamos, ¡vale! Hoy se escribe para explicarse, como en Irlanda. En Irlanda no hubo literatura hasta 1800, mientras la inglesa era enorme. Ambos tenían un fuerte catolicismo, y escriben siempre para explicarse, nunca para contar una historia. El mayor escritor siciliano para mí es De Roberto, y también están Verga, Vittorini, todos intentan explicar. A mí, por mi parte, no me interesa tanto ser conocida como escritora, sino como abogada.

Escribir en inglés, ¿le ha tentado alguna vez?

No, deberé hacerlo antes o después, pero ya digo, me gusta la Simonetta abogado, no la escritora. A los escritores se les hace todo tipo de preguntas indiscretas, y no hablo de periodistas. Creo que ser abogado es más importante que ser escritor. Pero no excluyo nada.

¿Qué ha aprendido la escritora de la abogada?

El rigor. Espero que la brevedad. La estructura. Escribo como abogada: voy escribiendo y luego quito el 30 por ciento. Busco precisión.

¿No cree que todos los sicilianos sienten cierta atracción por España?

No. Hablando de mi familia, Sicilia es un lugar donde llega la gente que no ha hecho fortuna. Mi familia materna viene de los judíos de Génova, la de papá de Pisa… España no ha tenido un papel ahí. Creo que lo ha tenido sobre la nobleza estática de Palermo, con la gente que tenía muchos títulos, no hacía nada y eran estúpidos, se vestían de negro cuando moría un pariente de la reina española, para guardar luto. ¡Todos!

En el caso de Sciascia, había una fuerte idea de España como símbolo la libertad caída y triunfo del fascismo con la Guerra Civil.

Perdona, pero no tengo ni idea de eso. Nunca he visto a España como la del fascismo, la guerra, sino de un país muy parecido a nosotros. Aprendí español porque me gustaba como cultura, el Quijote, etc. Pero es una obra maestra mundial.

¿Cómo surge la idea de escribir este último libro con su hijo, Nadie puede volar?

«En Italia siempre he visto a los hijos ocuparse de los viejos, ya sean aquéllos hombres o mujeres»

Se me ocurrió a mí. Cuando Giorgio enfermó, pensé cómo entretenerlo, porque el aburrimiento es lo peor para un discapacitado. Entonces le propuse: ¿Por qué no hacemos una película? Habíamos trabajado con una productora, Pesci Combattenti, en un filme para televisión titulado Il pranzo di Mosè, en el que Giorgio destacaba como personaje, fingiéndose sano. ¿Por qué no hacemos un programa donde contemos lo difícil que es ir en silla de ruedas de Londres a Sicilia? Mi hijo es una bella persona, prueba todo, disfruta de la vida como puede. No ha sido fácil trabajar con su madre, pero lo hicimos.

El Mosè de aquel título es el nombre de su finca familiar, ¿verdad?

Sí. Me gustaría hacer algún día un programa sobre comida y la historia de Sicilia a través de la comida, en nuestro campo de Mosè. El año pasado descubrimos que parte del olivar tiene 1600 años. El director del parque botánico de Palermo buscaba viejos olivos, vino a Mosè y encontró un tesoro. También descubrimos tumbas del periodo griego del 400 antes de Cristo y parte de la casa es medieval, el resto es del XIX…

Volviendo a su hijo, usted escribe: “No dejamos que la enfermedad sea el centro de la familia”. ¿Cómo se logra eso?

Es difícil. Mi padre padecía ostiomelitis, tenía una pierna mala pero parecía normal, estábamos acostumbrados. Esa normalidad debe venir de la familia y del enfermo. Giorgio es un caso distinto, está casi parapléjico, pero sus hijos lo tratan del modo más normal, a veces incluso maleducadamente. Si les encarga algo, se quejan: “Jo, papá, tú nunca puedes hacerlo”. En realidad en el mundo somos todos un poco extraños, un poco discapacitados o demasiado capacitados. Cuando nos atenemos al modelo de la belleza clásica o al de la moda, somos poco imaginativos.

Usted habla también de cierto sentimiento de culpabilidad por haber tenido a su hijo. Supongo que eso requiere otro proceso mental, de aceptación de las cosas. ¿Es así?

Sí, no hay madre que no piense que el hijo que ha tenido, bien o mal, durante nueve meses en su interior, no pueda haber tomado algo malo o feo de ella. Para el padre no es tanto, pero con nosotras es otra cosa. Además, yo fumaba: no durante el embarazo, pero apenas acabé la adaptación lo hice, en pipa. Caminaba con el crío a los hombros y la pipa en la boca. En realidad a nada de esto se debe la enfermedad de mi hijo, pero el sentido de culpa está siempre. ¿Por qué no tenerlo? Negarlo sería un error, pero pensar en ello, ¿por qué no?

Uno de los asuntos que ocupan al feminismo en España es la cuestión de los cuidados. ¿Cree que la mujer asume más responsabilidad que los hombres en este sentido?

Yo esto no lo he oído nunca, porque en Italia siempre he visto a los hijos ocuparse de los viejos, ya sean aquéllos hombres o mujeres. El hijo soltero es el que cuida de los padres. Obviamente es la mujer la que hace más en casa, si no sale a trabajar. Tal vez no sea así en todas partes, pero yo siempre lo he visto así, y es bonito. Particularmente en Sicilia, el hijo está ligadísimo a la madre, por todas las cuestiones freudianas que queramos, y muy devoto del padre. Y el varón es el que debe coger en brazos a los padres mayores, no la mujer.

La reivindicación pasa por recordar a la gente que no tiene un pariente enfermo en casa lo mucho que cuesta física y económicamente hacer frente a esa situación. ¿Lo suscribe?

Es un problema enorme este, pero no sé por qué se describe como algo feminista. Yo he hecho todas las manifestaciones con movimientos de liberación de la mujer, pero hoy no creo que haga tanta falta el feminismo, porque sobre el papel tenemos todos los derechos y todos los deberes iguales. Y como mujeres tenemos ventajas, como jubilarnos antes del hombre.

Usted lo ha dicho, sobre el papel. ¿Y en la práctica?

«En 1945, cuando nací, no tenía derecho de voto. Mis nietas tienen todos los derechos»

Creo que no es tan feo como se cuenta. Y si lo es, como mujer asumo mi responsabilidad, porque si la mujer sigue jugando a ser la muñeca, a ser todo flirteo… O la que desprecia al hombre por serlo, sin vernos como lo que somos, diversos pero integrados. Me gustaría pensar que ahora se comienza una tabla rasa, todo al 50 por ciento. Quizá sea dura, no sé. Los derechos los tenemos ahora, hemos nacido con ellos. Yo no: en 1945, cuando nací, no tenía derecho de voto. Mis nietas tienen todos los derechos.

En España, debo decírselo, todavía hay quien lucha por compartir las tareas de casa.

Yo siempre he creído en el pacto matrimonial, que era parte de las leyes hasta el siglo XIX. En Inglaterra la mujer no podía tener bienes, una casa, tierras, todo iba para el marido. Por eso los pactos matrimoniales eran muy importantes. El marido daba a la mujer su pin money, una paga para gastos menudos. Luego, en el siglo siguiente, ya no ha habido pactos, vino la igualdad, fingida o verdadera. Cuando me casé con mi marido, pasamos dos días discutiendo todo de nuestro futuro: infidelidad, pobreza, enfermedad, hijos, amistades, trabajo… No lo escribimos, pero lo hicimos, y todo sobre la base de la igualdad.

¿Había condiciones de igualdad?

Mi marido era mayor que yo y ganaba dinero, yo tenía 19 años y no tenía nada, pero lo arreglamos. Mi marido dijo: yo no me ocupo de los niños, tú estudias, pagaré a alguien que se ocupe de ellos. Y lo hicimos. Antes de divorciarnos, me preguntó si volvería a Sicilia: no puedo, le respondí, el pacto matrimonial dice que los hijos deben estar donde estén los padres. “Ah, es verdad”, respondió. Se retiró a su estudio y volvió con todo tal y como lo habíamos hablado 22 años antes. Él lo recordaba y yo también. La mujer debe protegerse: no me caso si no hay un pacto.

Volviendo sobre su hijo, ¿cómo cambia la mirada sobre la ciudad cuando hay un familiar discapacitado?

Cambia totalmente. Para mí siempre fue así, por aquello que contaba antes de la pierna de papá. No veo una escalera sin pensar si hay un pasamanos, un ascensor, si los escalones son demasiado chicos… Todos deberíamos pensar sobre las barreras arquitectónicas, porque cuanto mayores seamos, más discapacitados seremos. Esta es la realidad. Yo ahora, por ejemplo, no tengo la fuerza para abrir un bote con tapa metálica. Antes sí podía, ahora necesito algún objeto para abrirlo. Cuando compro algo para comer, me pregunto cómo lo abriré. Y es importante hacerse la vida fácil con estas cosas.

En su libro habla también de personas que no tienen problemas de hándicaps familiares, pero pagan con su dinero obras de adaptación del espacio público. ¿Es una cuestión de justicia?

Es una cuestión fundamental: no puede haber lugares cívicos en una ciudad que no sean accesibles para una persona en silla de ruedas o con otros problemas. Hoy iba en el metro y pensaba que antes se cedía el asiento a los viejos, ahora no. El metro, que tiene tanto de diseño moderno, no se acuerda de la gente con problemas que necesita ubicarse.

Y en Sicilia, ¿la situación es aún peor?

Palermo es una vergüenza, aunque yo la adoro. He escrito un libro nuevo que se titula Somos Palermo, con un marionetista. Allí los discapacitados están por todas partes, pero si uno se queja por alguna de estas cuestiones, los demás te miran mal o hasta te amenazan. Los guardias municipales no hacen nada, al alcalde no le interesa…

¿Y especialmente el aparcamiento?

«Soy partidaria de la violencia contra quienes no respetan los aparcamientos para discapacitados»

Soy partidaria de la violencia contra quienes no respetan los aparcamientos para discapacitados. Un grupo de ciudadanos, homologado y registrado, con uno de esos buenos cuchillos, que los metan en las ruedas de quien aparca indebidamente. Me parecería el único modo de explicarles que no está bien hacer eso. De lo contrario, te cubren de palabrotas o se van sin decir nada. Lo haría a escondidas, claro, porque si no te matan antes de que te acerques. “¡Chuc!”, y ya está. Todo legal, ¿eh?

¿Violencia legítima?

Claro. Yo quiero un ejército. Vencimos a los nazis con un ejército, ¡me gusta el ejército! No soy muy pacifista, porque si lo fuéramos, Hitler habría tomado todo, como Franco en España. La violencia regulada contra quienes ejercen la violencia, quienes usan su fuerza contra el discapacitado. No bromeo. He estado en Italia presentando este libro en librerías que tenían el baño para discapacitados lleno de libros, como un almacén. ¿No lo solicitan? Pues ea, lo llenamos de cajas.

El turismo emergente ¿no ha logrado mejorar las condiciones de accesibilidad?

La frase peor me la dijo una mujer que tenía cuatro escalones a la puerta de su restaurante. Miró a mi hijo, me miró a mí, y me dijo: ¿Qué pasa, no puede subir cuatro escalones? La habría matado. Y luego, cuando entramos, el baño no tenía agua. No he vuelto a ese restaurante. Lo haré, pero más calmada.

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© Alejandro Luque  | Especial para M’Sur

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