Opinión

Voces de mujeres en tiempos de pandemia

Nuria Tesón
Nuria Tesón
· 17 minutos

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Me encuentro con Rosa Montero en la estantería. La ridícula idea de no volver a verte. Y de repente todo cobra sentido. No conozco el libro, no sé de qué va, ni si es novela o biografía. El resumen en la contraportada no sé si me aporta mucho. Marie Curie y la muerte de su esposo. Recuerdo esto último. Una columna hace años sobre un abrigo. Me conmovió como lo hacían muchas de sus palabras cuando la leía en El Semanal. Como lo hicieron las de otras de formas diferentes: Almudena Grandes, Maruja Torres, Elvira Lindo. A todas he tenido la fortuna de conocerlas en distintos puntos de mi carrera. A alguna también la he llamado amiga, y la quise como se quiere a aquellos a los que se idolatra, a los que nos inspiran, a los que dejaron una impronta en nuestras vidas incluso antes de conocerlos.

Confieso que no he leído todos sus libros, que he sido más de sus artículos de opinión. Aunque aquella historia de Lindo sobre la basurera y su amiga (Una palabra tuya), no sólo la leí, sino que la devoré. Huelgan las comparaciones, pero he de decir que creo que se la ha relegado injustamente en pos de “su santo”. Él el literato, ella la escritora (si acaso). Maruja tuvo la suerte de no tener a un hombre a su lado que le hiciera sombra a su carrera. Alguien de quien se pudiera decir, mira es la mujer de fulano, o de mengano. Indómita y visceral. Auténtica y excesiva. Única.

Otras que me han abierto mundos en lo emocional, lo político o lo filosófico me vienen a la cabeza en este día del libro, en este día de Sant Jordi (tengo a la vista una rosa que robé de un jardín el día que salí a la compra). Ahdaf Soeif, los poemas de Maram Al Masri, Fatema Mernissi, Maya Angelou, Simone de Beauvoir, Octavia E. Butler…

No pienso hablar del bicho, ni nombrarlo porque no me da la gana (que no me sale del coño, vaya). Bastante me cuesta ya ponerme a darle a la tecla, que un día si llueve parece que se hunde el mundo y ni leo, ni escribo, ni cocino, ni pienso, ni siento, ni padezco y al siguiente sale el sol y me brinca todo: el corazón, la sangre, las hormonas.

Me pongo el bikini y salgo a la terraza y veo que el vecino que corre sin moverse del sitio aún no ha salido hoy

Y al mismo tiempo cojo ese libro de Rosa Montero que les decía y otro de Tolstoi sobre desobediencia civil y no violencia y el cuaderno rojo con mi nombre en árabe en letras doradas y un boli y un lapicero y el ordenador. Y pienso en párrafos y con puntos y seguido y puntos y a parte (pocos). Y me pongo el bikini y salgo a la terraza y veo que el vecino que corre sin moverse del sitio aún no ha salido hoy y que los de la bandera de España la han vuelto a poner y se les enrebuja, que ya no está el telescopio de la terraza, y que el tonto que gritaba “Muerte a los comunistas, abajo los rojos” y nos puso el cara al sol (y se quedó sólo con su soflama mientras el resto aplaudía a la Sanidad Pública y los sanitarios ) aún no ha subido las persianas. Y todo consecutivamente. O mejor dicho al mismo tiempo.

Así, queriendo de repente aprovechar ese rayito de sol y ese momento en que me concentro y no tengo que leer siete veces una misma página, y que pienso en compartir en Twitter que en Libia sigue la guerra mientras dura la pandemia; que Shady Abuzeid, un cómico egipcio que lleva casi 2 años en prisión preventiva con cargos infundados va a cumplir 27 años en la cárcel este sábado 25 de abril. Y que es una mierda y es injusto y que habló con alguien el otro día y le dio recuerdos para mí y me tiré llorando como una Magdalena el resto de la tarde… Bueno, no, eso en Twitter no lo compartiría, se lo cuento a ustedes, así, en petit comité

Pero vaya, que dejo en el alféizar los libros, la libreta, el boli y el lapicero, y el móvil cargando en la cocina porque no quiero que se me vaya el santo al cielo y me cuezo de calor porque voy de negro y el ordenador (¿estallará?) me lo coloco sobre las piernas y tecleo y tecleo y tecleo (que no se me escape, que no se me escape…). Me quito la camiseta y disfruto el sol en bikini. No cambio puntos ni comas, ni borro ni enmiendo. Así como lo pienso se lo cuento. ¿Por qué? Porque Rosa Montero sin saberlo lo ha vuelto a hacer, inspirarme. ¿Cómo?

Me gusta, antes de empezar un libro, leer la última frase. Sí, sí, que lo considerarán un sacrilegio me lo imagino

Les confesaré que me gusta, antes de empezar un libro, leer la última frase. Sí, sí, que muchos lo considerarán un sacrilegio me lo imagino. Como lo de subrayar. Que me moría de la risa con Marta Sanz y Angels Barceló hace unas semanas (¿o eran días? esto empieza a ser como la casa de Gran Hermano: todo se magnifica) cuando hablaban de si doblamos o no las esquinas de las hojas para marcar, que si hacemos o no anotaciones con boli o lapicero. Todo muy pecaminoso.

Una vez un tipo compartió en Twitter que dividía en dos los tomos muy gordos (Guerra y Paz, El Quijote…). Los cercenaba. Me pareció razón suficiente para que volviera a existir la Inquisición. Pero imagino que en esto, como en casi todo, tenemos nuestras filias y nuestras fobias. Y yo creo que si alguien es capaz de acabar un libro con una buena frase, con una que cierre bien, es que el libro merece la pena. Si las cosas hay que terminarlas, mejor hacerlo bien, ¿no?. Bueno, pues ¿Tendré todavía el coraje de volver a escribir? (discúlpenme ustedes y la autora por contárselo), es la frase que me ha arrojado a la cara La ridícula idea de no volver a verte (¡qué palabra arrojado!). Y he abierto el ordenador y me he puesto a escribir. Por si acaso.

No sobre el bicho, sino sobre todas esas cosas de las que el bicho nos distrae pero en las que pienso y sobre las que reflexiono mucho cuando los cables desconectados de mi cabeza encuentran el camino.

Creo que ustedes, como yo, necesitan pensar en lo importante. Y lo importante es la pandemia, sí, pero el mundo no es sólo la pandemia. Y ese mundo, el mundo jodido en el que más de 60.000 prisioneros políticos se pudren en las cárceles egipcias, en el que el general Haftar intenta tomar por las armas el control de un país destrozado como Libia (más de 200.000 desplazados internos con cifras de 2018, según IDMC), con la excusa de luchar contra el terrorismo; en el que dos millones de almas están aisladas en la franja de Gaza, en el que los refugiados de guerras a las que Europa contribuyó (y contribuye), por acción o inacción, se hacinan en campos en Grecia, son explotados en Turquía, vilipendiados en Hungría… En Siria no sé ni por dónde empezar…

Pues bien, ese mundo aún va estar ahí e incluso irá a peor mientras guardamos la cabeza bajo el ala y dependerá de nosotros, y sólo de nosotras (y nosotros), que no se vaya todo a la mierda. Nuestras cuitas importan, pero ni más ni menos que las de otros que estos días se ven agravadas por la pandemia.

A Rosa Montero leer el diario de Curie le llenó “la cabeza de ideas y emociones” y escribió ese libro que publica Seix Barral. A mí me la ha llenado ella, y muchas otras a lo largo de los años. Las mujeres que me inspiran y me enseñan a diario son muchas, a las que leo (o he leído), escucho y a las que reivindico: periodistas, filósofas y pensadoras, también políticas.

En este mundo global no podemos olvidar el efecto mariposa (si necesitan arrimar el ascua a su sardina)

Me ronda la idea persistente de que esta crisis la gestionan mejor las mujeres. Miro a Merkel (poniendo la ciencia por delante), en Alemania; a Jacinda Ardern, en Nueva Zelanda que ha sido denominada recientemente en The Atlantic como “probablemente la líder más eficiente del planeta”. Centra su gestión de la pandemia en la empatía. En una de sus alocuciones públicas durante la Semana Santa les habló a los niños explicándoles por qué quizá el conejito de Pascua no pasaría por sus casas estos días. ¿No les parece una maravilla? ¿Una forma de que la política nos llegue a todos, nos tome a todos en cuenta, nos haga partícipes? Así se debe hacer política. Con empatía, con el ciudadano y la ciudadana como prioridad. Con los más vulnerables como prioridad.

Las mujeres, no todas, pero me permitirán que generalice, tienden a ser más empáticas, más desprendidas, más conscientes de que trabajan por el bien común y mejores gestoras. Especialmente en tiempo de crisis. Miren a sus micromundos, a sus familias, y díganme que no tengo razón. Una capacidad que compartiríamos, claro, si no fuera porque a hombres y mujeres se les condiciona social, cultural y educativamente para pensar que ser empático es de féminas y ser racional de varones. Y desde luego que la ideología cuenta, y el que diga lo contrario vive en una nube.

Los privilegiados sobreviviremos. Los vulnerables serán más vulnerables, o no serán nada si permitimos que nos tutelen como si fuéramos menores de edad. Es tentador desconectar. Es sano, incluso necesario olvidarnos de lo que ocurre a ratitos. Pero es fundamental que tomemos un respiro y volvamos a la carga. Que escrutemos las políticas y las decisiones, que seamos comprensivos e indulgentes, pero que miremos con lupa lo que nos atañe a todos en lo particular y que aún seamos capaces de observar con distancia lo global.

Usted no es autónomo o autónoma, ni periodista, ni comercial, ni gestor de seguros. No es prisionero en una cárcel de un país totalitario, ni sus amigos o familia se pudren en un campo de refugiados ni es un apátrida confinado en el mayor campo de concentración que haya visto el mundo (Gaza, por si se preguntan a donde mirar), tampoco homosexual en un país donde, con la excusa de que aquí todos somos islámicos, usted arrastra una culpa (social, penal) de existir que cualquiera puede explotar si se topa con su foto en una red de ligoteo.

El recelo, la sospecha, el deseo de no ser asociados con una idea o acción nos convierte en islas

Quizá no, pero en este mundo global en el que vivimos no podemos olvidar el efecto mariposa (si necesitan arrimar el ascua a su sardina), no podemos desdeñar que el hecho de que en Brasil seguidores de Jair Bolsonaro pidan la vuelta a la dictadura, o que en Estados Unidos manifestantes (armados), reivindiquen el fin del confinamiento… y que los enfermeros y enfermeras les planten cara, es también asunto nuestro. Suyo. Mío.

No hablo del bicho porque no soy una voz acreditada para ello. Demasiados todólogos tenemos ya explicándonos lo que no entienden, como si al decirlo en voz alta se lo explicaran a sí mismos, niños asustados, sabiondos e inseguros… Todos compartimos aula con alguno o alguna.

Hace un año escribí Dictaduras en la romana y hablaba de cómo el papel de los medios de comunicación es fundamental para mantener a raya al poder y a los poderosos. Ahora son más necesarios que nunca y sufrirán tanto o más que el resto de empresas. Pero también apelaba a nuestra responsabilidad como lectores, como ciudadanía, de buscar dónde informarnos, de ser responsables en la elección y consecuentes. Es nuestro deber estar bien informados.

De nuevo: no somos niños que deban permitir a un gobierno que les tutele. Estados paternalistas llamamos a las dictaduras. Ojo. Los elegimos, sí. Votándolos, o no, ejercimos nuestro deber y derecho democrático. Pero el escrutinio de esas acciones es tan importante después como antes. Ahora. Es el momento de observar y reflexionar, de ver lo que no funcionó, lo que no funciona, y exigir mejores políticas y mejores políticos. Favorecer la transparencia. Madurar y asumir nuestro deber público. No sólo en España: somos europeos y vivimos en un mundo globalizado.

Otra mujer que me inspira, Hanna Arendt, hablaba del aislamiento provocado por la estigmatización, en un contexto totalmente distinto al nuestro, pero que de algún modo se puede aplicar aquí. El aislamiento forzado por miedo a que se nos identifique con aquel al que se le culpa (o encarcela) injustamente. El recelo, la sospecha, el deseo de no ser asociados con una idea o acción nos convierte en islas, y esa “culpa por asociación”, nos divide, nos hace recelosos, da ventaja al que nos quiere pastorear, manipular, controlar. En tiempos de aislamiento debemos conectar y cultivar esos lazos sociales más que nunca para evitar que al aislarnos, el tejido social se disipe y con él nuestra fuerza. Juntos somos más fuertes.

La economía hay que salvarla, sí, pero ¿a costa de quién? ¿Se volverán a rescatar los bancos?

Como ya les he dicho que leo siete veces la misma página estos días, Tolstoi en su Carta a los liberales se me ha quedado grabado: “La fuerza del Gobierno reside en la ignorancia de la gente”. Todos los esfuerzos de éste van encaminados aparentemente a iluminarnos, argumenta (allá por 1901), cuando en realidad hace lo contrario: manteneros en la sombra con intereses espurios. Esa iluminación es sólo beneficiosa cuando es buena, cuando de verdad hay transparencia, cuando es por el bien de todos, y raramente los intereses de un gobierno coinciden con el de sus ciudadanos más vulnerables. El poder se alía con los poderosos. La economía hay que salvarla, sí, pero ¿a costa de quién? ¿Se volverán a rescatar los bancos y seremos los ciudadanos, no los privilegiados, si no los más vulnerables, los que viven al día, los que paguen el pato?

La desinformación, llámenla fake news ya que la expresión anglosajona se ha impuesto, es nuestra desventaja. Un mundo privilegiado, ¿recuerdan? Privilegiado… (pretendía escribir globalizado, Freud tendría mucho que decir sobre este desliz). Pues bien, un mundo globalizado ( y de privilegiados) en el que asumimos como nuestro un término en inglés nos demuestra una vez más cómo nuestros problemas y los de otros no son sólo nuestros, ni suyos. Esa iluminación que requerimos para tomar mejores decisiones, para exigir, para demandar, para juzgar a nuestros gobiernos y a nuestros políticos requiere de información independiente, transparente, justa y mesurada. Y es su obligación buscarla. Y exigirle a sus políticos de preferencia, sean del signo que sean, que se ciñan a los hechos, que abandonen la guerra de la desinformación. Y como no lo harán, júzguenlos por lo que valen, sean críticos, arránquense la desidia e infórmense. Es su mejor arma.

Reporteros sin Fronteras (RSF), organización a la que pertenezco, publica estos días la clasificación mundial de la Libertad de prensa: España es la vigésimo novena. Se me encoge el estómago (díganme que a ustedes también les da un poco de vergüenza). A la cola en el 180 Corea del Norte. China cuatro puestos más arriba. Egipto en el 166.

La primera y única vez que coincidí con Rosa Montero físicamente fue en Madrid en la Casa de América en un acto que organizaba RSF con motivo del Día Mundial de la libertad de prensa (el 3 de mayo). Me pareció una mujer discreta, que irradiaba humildad y fuerza. Yo amadrinaba (y aún lo hago) al fotoperiodista Mahmud Abu Zeid, Shawkan, encarcelado 5 años y medio por hacer su trabajo en Egipto y ahora en libertad condicional por otros tantos años pasando 12 horas al día en una comisaría. No recuerdo sus palabras exactas, pero Rosa se acercó a mí al final del acto y me felicitó por mi trabajo. Y yo patidifusa de que ella supiera siquiera quién soy.

Si se asoman a ver las fotos de mis paellas en Instagram comprobarán que a mí jamás se me ha pasado el arroz

En una foto del acto aparezco junto a ella y otra grande, Montserrat Domínguez, a la que veía en Antena Tres, en Telecinco, a la que escuché en La Ser… entonces era directora del Huffington Post. Otras como Macu de la Cruz o Lara López también están, junto a la inmensa periodista y mujer Malén Aznárez, que hasta su muerte presidió Reporteros… Un compañero me preguntó aquel día si tenía hijos y se interesó por mi edad. Dijo que me espabilara que se me estaba pasando el arroz… (si se asoman a ver las fotos de mis paellas en Instagram comprobarán que a mí, jamás se me ha pasado el arroz).

Fue irónico que al año siguiente Rosa María Calaf, en el mismo acto, me comentara cómo la aburría que siempre le hubieran preguntado sobre tener hijos, seguido de un “ya los tendrás” (ni ganas que tenía) hasta que tuvo la edad suficiente como para que la miraran con condescendencia y/o lástima, pero ya no le preguntaran. Aquel año nos sentamos en los micros para hablar de periodismo Natalia Sancha (freelance de El País) y Cristina Sánchez, de RNE, además de Calaf y de otras (cantó Eva Amaral) ¡Qué grupo de mujeres inspiradoras! Voces que hay que escuchar y leer para entender(nos) y entender el mundo: ¿Necesitan más ejemplos? Al frente de Newtral, Ana Pastor, Clara Jiménez cofundó Maldita.es, Sol Gallego-Díaz dirige El País.

Así que hoy (gracias Rosa), me voy a permitir hablarles (escribirles) de política, de libertad de expresión, de periodismo y periodistas, de escritoras y de la necesidad de leer, escuchar y apoyar voces de mujeres que reivindico en tiempos de pandemia y siento más necesarias que nunca. Y a falta de algo mejor, por si ustedes también deciden empezarme por el final, les dejaré las palabras de Rosa Montero, con las que, se van a reír, ella paradójicamente arranca su relato: “Como no he tenido hijos…”

Feliz Día del Libro.

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