«No hay magia en Marruecos»

Mohamed Mrabet

Publicado por

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.

Publicado el 22 May 2020

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mohamed mrabet
Mohamed Mrabet (Sevilla, Nov 2019) | © Ramses Garcia / Fund. Tres Culturas

Sevilla  |  Noviembre 2019 

“Estuve aquí en el año 54. Sevilla es ahora como cinco o seis sevillas nuevas, ha cambiado demasiado”. La mirada de Mohamed Mrabet (Tánger, 1936), como los movimientos de su cuerpo, parecen sorprendentemente ágiles para una persona de 84 años. Será su condición de hombre de mar, o de ex boxeador, lo que hace que no parezca tan distinto ni tan distante de aquel que posaba sonriente en camiseta, apoyando su brazo en el hombro de Paul Bowles: el hombre con el que convivió durante cuatro décadas, el que lo convirtió en escritor, a pesar de ser analfabeto. Él contaba historias, “ese Paul”, como se refiere ahora, les daba forma, y así vieron la luz títulos como Amor por un puñado de pelos o El limón, ambos recientemente rescatados por el sello Cabaret Voltaire.

Ha pasado mucho tiempo, Mrabet se ha convertido casi él mismo en una leyenda. En un primer instante fascina la idea de tener aquí a un testigo directo de aquellos años cincuenta que le dieron fama a Tánger, alguien que se codeaba con Truman Capote, Tennesse Williams, los poetas beatnik… Habla despacio y con claridad en un español suelto, apenas trastabillante. Y si bien la relación entre pregunta y respuesta a veces parece convertir la entrevista en un ejercicio de arte surreal, uno tarda poco en comprobar que el recuerdo de Bowles que ahora formula Mrabet se ha tornado rencoroso, a veces en el filo del disparate, la contradicción y hasta la calumnia: ¿quizás ante la grabadora de un periodista sigue inventando lo que cruza por su mente, al igual que hacía ante el aparato que le ponía Paul Bowles?

Cuando Mrabet se muestra ahora puritano, religioso, escandalizado por las mujeres que van “casi desnudas” ¿es para impostar un personaje opuesto al que interpretaría al codearse con el círculo hedonista de California, donde pasó una temporada? ¿Al igual que intenta desmentir, obstinadamente, que las artes de magia que relató en Amor por un puñado de pelos forman parte hasta hoy de la cotidianeidad marroquí? Al menos en esto punto sabemos que la novela es más verídica que su autor: Los marroquíes, eso es innegable, creen en la magia.

El escenario de la conversación es la sede de la Fundación Tres Culturas, en esa Sevilla a la que no volvía desde que era un chaval.

Me lo pregunté después de leer Amor por un puñado de pelos. ¿Qué papel juega la magia en Marruecos? ¿Hay fe en ella?

No, no hay magia en Marruecos, de verdad. Es una invención. Si lo pregunta por mi libro, no es verdadero, es una historia inventada…

Pero los marroquíes creen en ella, ¿no?

No, no, no creen nada de eso. Si vamos a decir la verdad, los mejores para hacer magia son los judíos, ¡esos son los peritos, los mejores del mundo! Yo me limité a grabar unas treinta y pico historias, y se las dejé a ese Paul [Bowles]. Si ahora me preguntas qué quería decir con aquellas historias, te responderé que no lo sé, no puedo recordarlo. No digo que no fuera un libro bonito…

Pero no es realista…

No es verdadero. Eso de coger el pelo de la chica y hacer magia, no existe.

¿Y por qué las marroquíes tienen fama de brujas, incluso fuera del país?

«Bowles me ha robado centenares de historias y lo ha puesto todo a su nombre«

Esa gente de allá, en Kenitra, Rabat, Casablanca, Marrakech… es porque había muchos judíos allí, demasiados, y enseñaban cosas. Los marroquíes estaban metidos con ellos. Pero nosotros en Tánger no, era ciudad internacional y había toda clase de europeos, nadie pensaba en esas cosas. Hubo una judía en Tánger que habló en un libro de Jane [Bowles] y de [su amante, Amina Bakalia, más conocida como] Cherifa… Dicen que Cherifa hizo magia con ratones, o cangrejos, no sé. No, no hizo absolutamente nada. Jane le dio una casa, ¿sabes cuánto cuesta una casa en la casbah? Una fortuna. Y le dio todo lo que quería, incluso ayudó a los hijos de la hermana de Cherifa. ¿Cómo va a dar Cherifa veneno para matar a alguien que la ayudó tanto?

Perdone que insista pero, ¿entonces nada de magia, ni siquiera fuera de Tánger?

No, no, eso es algo que existe de Marruecos para allá [hace un gesto de distancia con la mano]. Había algunas viejas que querían hacer algo, pero no es verdad. Muchas mujeres querían capturarme, ¿sabe? Hicieron de todo…

O sea, que la magia no existía, pero intentarlo sí lo intentaban, ¿no?

Sí, pero no funciona. Lo único que funcionó fue cuando machacaron cristal como polvo y lo pusieron en los macarrones, y yo me los comí.

¿Quién hizo eso?

Joseph McPhilips, director de la Escuela Americana. Pagó a dos criados para que hicieran eso. Y cuando yo llegué del mar, de pescar como siempre, fui a la nevera, calenté los macarrones y gracias a dios solo comí un poco. Por la noche le dije a mi mujer que no me sentía bien. Por la mañana ella me pidió que fuera al mercado y en la carretera me paré, solté en el suelo dos sacos que llevaba y empecé a vomitar sangre. Me caí, tres jóvenes me llevaron hasta la clínica. El doctor les dijo: “Ese hombre va estar en el cementerio en 24 horas”. Me operaron, me cortaron una cosa así de grande [mide con los dedos]. Lo hizo porque le pegué, porque quería hacer el amor conmigo. Tennessee Williams le dijo “Tú estás loco, Joe, es un hombre que trabaja en la cocina, está casado, tiene hijos…” “¡Pero es guapo!”, dijo Joe, completamente borracho. Ahora él está muerto, y yo estoy vivo. Los dos criados también murieron, yo sigo aquí.

Ya que menciona a Paul Bowles, hace unos meses entrevisté a Tahar Ben Jelloun y me dijo que Bowles no había hecho nada por Marruecos. ¿Está usted de acuerdo?

Bowles es un hombre horrible, que me ha robado centenares de historias y lo ha puesto todo a su nombre. Él no es un escritor, roba historia de los marroquíes. Sí puedo decir: es un buen músico. Y su mujer, Jane, es una buena escritora y una buena mujer. Lástima que él la mató a ella, para tener la libertad. Como hizo William Burroughs a su mujer. Para poder estar con un chico guapo. Entran en una fiesta, Burroughs saca una pistola, le pone a su mujer una manzana en la cabeza y ¡bang! Dijeron que fue un accidente, le metió una bala entre los ojos. Y mató a su hijo, con cocaína. Su hijo estaba loco y su hígado se volvió blanco.

¿Y puede saberse cómo dice que Paul mató a Jane?

Con unas aspirinas de droga. Yo cogí esas aspirinas, las llevé al Instituto Pasteur y se las entregué a una chica, que volvió luego como loca, gritando ¿quién toma esas cosas? Y Paul forzaba a Jane a tomárselas. Se quedaba así [finge desmayo].

Pero Paul nunca fue a la cárcel por eso…

«Bowles decía que traducía del dáriya al inglés. Es una gran mentira»

¿Y quién lo va a mandar a la cárcel? Yo nunca fui a la policía, yo no sé nada de esas cosas. Siempre estaban chillando, ¡siempre! No tengo más que decir. Los comunistas siempre son horribles. Yo fui con Jane hasta Málaga, la dejé en esa casa de las monjas españolas. Cuando volví, en poco tiempo, las monjas llamaron a Paul para decirle que su mujer había muerto. Y él tuvo una libertad completa, con un apartamento en el segundo piso, otro en el tercero, otro en el cuarto. Chicos de la Escuela Americana, todo el mundo fumando hachís, bebiendo alcohol… Yo le daba las buenas noches, hasta mañana, y la casa siempre estaba llena. Finalmente, le dije que quería irme, le pedí el sueldo de los 40 y tantos años que llevaba allí. Me preguntó por qué, y le dije que no podía con los centenares de platos y botellas que había por todas partes, no quería ensuciarme. “Bueno, tráeme una criada que pueda trabajar”, me dijo. Y le traje una criada…

Usted pasó todos esos años trabajando para él. ¿En qué términos?

Los Bowles se sentaron conmigo y acordaron darme 3000 dirhams al mes. Yo quería salir afuera, quedarme en Europa con mi mujer y mis hijos. Cuando oí que iba a pagarme esa suma, me pareció suficiente para quedarme. Me dieron la llave, preparaba la comida para los dos, lavaba todos los platos y vasos, que eran muy pocos, hasta mañana y me largo. Pero hay otra cosa…

¿Sí?

Escribió un inventario de todo lo que había en la casa, y firmó un papel que decía: cuando muramos los dos, Mrabet puede quedarse con todo. ¡No he recibido nada! Absolutamente nada, ni un céntimo. McPhillips, el que quería matarme, fue el que entró y no sé con quién arregló el asunto, y… [se sacude las manos]. Había un armario donde yo guardaba mis cositas, contratos, algunas joyas que yo compraba, cosas de cien y doscientos años que yo guardaba, libros, 275 pinturas que eran mías… Se hicieron dos exposiciones con ellas y se vendieron en Nueva York a unos precios fantásticos.

Paul, ¿le hablaba en dáriya, el árabe magrebí?

No, no, él miente, porque decía que traducía del dáriya al inglés. Es una gran mentira. Su mujer sí lo hablaba, él no.

¿Y el español?

Sí, el español muy bien y el francés, el italiano, el inglés, el chelhía judío… [El chelha o chelhía, variante del tamazigh, no es el habla judío]

¿Por qué cree que no se ha hecho nunca una literatura en dáriya, una lengua que hablan quince millones de marroquíes?

No sé, yo no tengo ningún éxito en mi país. No existo. ¿Sabe por qué? Porque no sé leer ni escribir. Y yo creo que es mejor que esos que han salido de la universidad y saben leer y escribir. No pueden llegar a lo que yo he hecho. He hecho más de un millón de pinturas desde el año 50 y tantos, se han hecho un montón de libros con mis historias…

Esas historias, ¿estaban siempre en su cabeza, o iban tomándolas de aquí y allá?

«Yo imagino, pienso, y otra vez cojo la máquina que siempre llevo conmigo y empiezo a hablar»

Yo no te miento: es algo de Dios. De verdad. Cuando termino de pintar, tengo siempre una historia. A veces estoy dormido, me levanto rápidamente, cojo la máquina [señala la grabadora] y cuento lo que he visto en el sueño. Y estando solo, frente al mar, el mar comienza a hablarme. De verdad. Las rocas están en frente de mí y bailan, todo se mueve, los árboles se ríen, las plantas lloran. Y yo imagino, pienso, y otra vez cojo la máquina que siempre llevo conmigo y empiezo a hablar. A veces empiezo a llorar yo también, porque veo algo extraño, fantástico. No puedo traducir eso, es algo que Dios me ha dado.

¿Hay alguien ahora que transcriba sus grabaciones?

Ahora tengo el libro de seis años de mi vida, hasta ahora. Y otro de historias cortas, terminado también. Hay un amigo, Farid [Othman-Bentria], si él quiere… Yo no digo no. Hay gente, al este y al oeste.

Volvamos a los Bowles. Cuando usted viajó a Estados Unidos, ¿lo hizo con ellos, o por su cuenta?

No, fue antes de conocer a Paul. Fui con una mujer, Ann. Una mujer fantástica. Decía “Es mi hermano” cuando le preguntaban por mí. Estuvimos en Nueva York, año 59, me gustó esa época. Estuve entrenando [boxeo] allí, tenían de todo. También estuvimos en Nueva Jersey, en Iowa, Texas, México, Brasil, Guatemala…

Y en California, ¿no?

Sí, estuve viviendo en Santa Barbara, después cambiamos a Santa Monica. Tennessee Williams me invitó a su casa, en Hollywood, estuve ocho meses viviendo allí. He conocido a muchos artistas, pintores, escritores… Conocí a Elia Kazan. Habló con Williams, porque me había visto en una piscina dando volteretas, todo musculado, y le dijo que le gustaba yo para darme un papel para una película grande. Si es algo bueno, por qué no, dije. Entonces Elia Kazan dijo que estaría en la escena con una chica, los dos desnudos, haciendo el amor. Y yo le dije que no. Tennessee me dijo “¡Son muchos dólares!”. “No me interesan los dólares”, le respondí. “¿Qué te interesa?”. “Mi cara”, le dije. “Es más importante que los dólares que va a darme ese hombre”.

Esa Ann, ¿fue su pareja?

Cuando viajas con una mujer, algo va a pasar tarde o temprano, no hay nada mejor que las mujeres. Me casé joven, hice 13 hijos. Nueve están debajo de la tierra. Tengo diez nietos, y una nieta tiene un hijo ahora. Tengo una hija en Londres, un hijo en Alicante, y otro casado con una española de Valencia. Y otra hija, la última, está en Tánger con su madre. Aicha. Va a cumplir 38…

A Henry Miller, ¿lo conoció también?

Era un hombre fantástico, nos escribíamos. Todo lo que me escribían los artistas lo tomó Paul. Todo lo que había en aquel armario se fue. No me importa, estoy vivo. Solo digo alhamdulilá, shukr lilá (gracias a Dios), safi (ya está).

¿A qué otros intelectuales trató?

«Truman Capote era bueno y también un poco pesado. Se creía demasiado»

Conocí a Gregory Corso, muy buena persona, venía y pasaba dos, tres semanas, un mes, y se iba. Y a Truman Capote, que era bueno y también un poco pesado. Se creía demasiado. Tenía un carro y me iba al mar, y cuando volvía estaban siempre en una terraza, en el bar La Mar Chica. ¿Qué tomas, Mrabet? Un café con leche, sacaba mi pipa y fumaba mi kifi. Ellos sí bebían mucho. También había un bar, el Pussycat, que llevaban dos inglesas en el bulevar, y otro frente al cine Mauritania, el de Jimmy… Había muchos lugares.

¿Era Tánger una ciudad que no dormía, como se dice?

A las cinco o seis de la tarde empezaba a abrir todo, hasta las cinco o las seis de la mañana.

¿Venían buscando chicos, sexo?

Solo buscaban vivir de balde. Pagaban las mejores casas a 200, 300 pesetas al mes. Un palacio por nada, la comida… por 10 pesetas traías dos canastos de legumbres. Había un español que sí traía chicos, de Sevilla, de Cádiz, y también los traían de Marruecos. Unas mujeres traían chicas que cantaban y bailaban. Había de todo.

Cuando estaba en EEUU, ¿echaba algo de menos de Marruecos?

No, solo pensaba en mi madre. Quería mucho a mi madre y a mi padre, y ellos a mí también. Hay quien ha hablado de Mrabet conectándola con la pobreza. ¡Yo nunca he conocido la pobreza, de verdad, nunca en mi vida! He vivido fantásticamente. Y quien dice que mis padres me odiaban, ¡al revés! Mi padre se ponía los guantes de boxeo y subíamos a la terraza a entrenar, pero siempre nos quisimos.

Habrá quien piense que El limón es la historia de su vida, ¿no?

No tiene nada que ver con mi vida. Esa parte de que le pegué al profesor, es verdad, pero mi padre nunca me odió por ello, ni mi madre. Yo siempre quise la libertad completa, no quería ir a la escuela. Pero mi padre me llevaba, porque quería que aprendiera francés. Pues ahora hablo español, francés e inglés, sin estudiar.

¿Quién le enseñó el inglés?

«Ya no puedes ver la televisión española con los hijos delante… paso una gran vergüenza»

En Tánger viví en el barrio español, y cuando me casé, fui a la avenida de España y conviví con españoles. Había centenares de miles de españoles, todos fantásticos, no puedo decir nada malo de ellos. Tenían un gran respeto por sus padres y por todo el mundo. Eran como marroquíes. Ahora no, todo ha cambiado, incluso los marroquíes. Todos desnudos a la calle, ya no puedes ver la televisión española con los hijos delante… paso una gran vergüenza. Un hombre viejo desnudo, ¿cómo se ve eso?

El protagonista de El limón es muy religioso, ¿lo era usted también?

Todavía lo soy. Rezo siempre. Empecé a rezar en el año 61, y hasta ahora. Voy a la mezquita cinco veces.

¿Cree que su personaje, si viviera hoy, acabaría con los Hermanos Musulmanes?

No. Ahora todo ha cambiado, vivimos en un mundo horrible. No te miento, cualquier persona que me diga algo, le digo sí, sí, si dices que no, se enfadan. Antes la gente que llevaba tatuajes en sus cuerpos eran criminales y prisioneros. Ahora hasta las mujeres están pintadas. Ensucian sus cuerpos a propósito, ¿por qué? No sé. Dan asco. Lo digo, aunque se enfaden.

Usted, que nació en una familia rifeña, se dice siempre que son orgullosos de su tierra, y también combativos. ¿Sigue los movimientos que se están produciendo, los defiende?

Mis abuelos, todos eran rifeños. Pero esa gente que usted me dice… ¿Qué voy a decir yo? Están un poco enfermos. Están viendo lo que se hace ahora en Barcelona [las manifestaciones independentistas] y quieren hacer igual. Pero Barcelona nunca va a ser independiente, ni el Rif lo va a ser tampoco, porque no tienen lo suficiente para poder defenderse. ¿Cómo vas a defenderte ante mí, si yo tengo treinta millones y tú solo un millón?

¿Pero es una cuestión solo de fuerza, o tienen razón al quejarse?

No digo que no… Somos un país de los musulmanes y ya está, somos marroquíes todos, y nada más. ¿Para qué matarse los unos a los otros? ¿Por qué se matan los árabes? No lo sé.

¿A quién le interesa que se maten?

No lo sé… A los judíos, que venden y compran. Y ahora tienen el poder sobre la bola del mundo.

Sin embargo, los judíos que han vivido en Marrueco siempre lo han hecho en paz y buena convivencia, ¿me equivoco?

No, yo no hablo sobre Marruecos. En Arabia Saudí casi todos son judíos.

¿Ah sí?

«Ahora todas las chicas van con pelo suelto; pronto van a empezar a salir desnudas»

Perdona, y voy a decirte algo. En Tánger había un lugar, Sakaya, donde vivían muchos judíos. Tenían pequeños restaurantes y yo cuando venía del puerto, iba allí a comer. Pescado frito y tal. Era fantástico. Nada de pelear, nada. Vestían marroquí, pantalón árabe, todo… Ningún problema, como con los españoles. Había un gran respeto, nadie iba desnudo…

En su novela aparece también mucho alcohol. ¿Tanto había en el Tánger de la época?

En esa época, cuando un joven iba a un bar, le pedían su carta nacional. Y si no tenía 21 años, no le daban nada. Ahora tienen doce años y se les vende, alcohol y cualquier droga. Esa clase de droga negra, heroína, es horrible. La mitad de Tánger está loca. Y trapos que se ponen a respirar…

¿Con pegamento?

Sí, es horrible.

Es curioso, usted se lamenta de que la gente vaya casi desnuda por la calle, pero en mis últimas veces en Marruecos he visto a la gente cada vez más tapada. Eso es nuevo, ¿no?

No, existía antes.

Pero usaban pañuelos campesinos, no esas túnicas negras que solo dejan los ojos al descubierto.

Eso lo trajeron de no sé dónde. Eso no es nuestro. Esas mujeres son muy peligrosas, pueden hacer mucho mal.

¿Ah, sí?

Sí, porque pueden matar y no las vas a conocer. Tú viste solo unos ojos, ni piernas, ni manos, nada. Pueden hacer lo que quieran.

Era mucho mejor cuando las mujeres iban con el pelo suelto, claro…

No, no, iban mujeres con hiyab, tranquilamente, con su chilaba. Ahora todas las chicas van con pelo suelto, muy pocas con pañuelo en la cabeza. Pronto van a empezar a salir desnudas.

Entonces, ¿cree usted que el pelo es malo?

Bueno, si quieres ser musulmana, tienes que taparte. No es por la gente, es para Dios. Ahora bien, hay gente que se casa y gasta 5.000 o 10.000 euros en una boda. Han perdido todo ese dinero y al mes se divorcian. Porque no tienen contacto. Pasan cosas horribles.

Usted cree que todo está degenerando…

Algunos quieren parecer europeos, o americanos… Y hay quien quiere vivir como playboys. Nada más. Tienes que venir conmigo a Tánger, verás todo eso.

El Tánger de hoy, ¿es más aburrido que el que usted conoció?

No existe nada mejor. Aunque hubiera todo tipo de cosas malas, era mejor.

Había mucho pecado, ¿no?

Si quieres buscar eso, hay. Quien no quiere eso, tiene también sus lugares. Hay espacio para cada uno.

Termino: me han dicho que no le gusta nada hablar de Chukri, ¿puedo preguntarle por qué?

«Chukri cuenta solo suyo las cosas horribles de su padre y de las putas, todo lo demás es mío»

El pan desnudo es mi libro, no el suyo. Era amiguito de Paul, venía de noche y se ponía a tomar con él. Yo le daba de comer y me iba, y lo dejaba con amigos que traía con él. Un día vino con un montón de papeles, no me dijo nada, envió el libro, salió el libro. Y me viene Paul y me dice un día en la cocina: Mrabet, aquí tienes este libro de Chukri, todo lo que tú le contaste lo ha puesto aquí, ¿qué vas a hacer? Yo le miré y le dije, ¿qué voy a hacer? Lo único que puedo hacer es matarte. ¿Cómo? Sí, porque tú eres el responsable. Ese libro lo enviaste tú, ¿y ahora me lo traes para qué? Chukri cuenta solo suyo las cosas horribles de su padre y de las putas, todo lo demás es mío. Déjame en paz, Paul, págame los años que he trabajado para ti y me largo. Y me ha dicho: no puedo, me estás cuidando, le salvé la vida varias veces.

¿Y eso?

Una vez con dos hippies que querían matarle, como elefantes. “Están pidiéndome una suma de dinero”, me dijo Paul. Casi maté a los dos, tenían dos cuchillos así de grandes, los saqué de la casa y los dejé allí hasta que llegó la policía. Luego ocurrió con tres jóvenes, muy guapos, querían quedarse y me dijeron que Paul debía darles dinero. Salieron los tres.

Era como un guardaespaldas, ¿no?

Guardaespaldas, cocinero, chofer… Hasta que dijo, no puedo pagarte. Yo lo tomaba y lo metía en el baño, lo lavaba, lo vestía, le daba de comer. Así durante casi cincuenta años.

Cuando veía algún libro suyo editado, ¿sentía orgullo?

No, es como tener un hijo, algo, y nada más. Ahora, si alguien quiere publicar Le grand miroir, que ya está publicado, me gustaría. Conocí a una chica en casa de mi tía, nunca había visto una belleza igual. Mi tía me preguntó, ¿qué te pasa hija? Nada, nada tía, y ella se rió. Tía, nunca he visto nada igual, le conté cuando se marchó la chica. Cuando volví a la semana siguiente, mi tía tenía la cabeza agachada. La chica había muerto. Me contó que se había puesto delante de un gran espejo, empezó a cortarse el pelo, subió a la azotea y saltó a la calle. Cogí esa idea y lo demás lo he inventado. La televisión, el cine, todo el mundo lo va a querer.

Una última curiosidad: cuando era pequeño, ¿le contaban historias?

Sí, me contaban en los cafés historias de Las mil y una noches.

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© Alejandro Luque  | Especial para M’Sur

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