¿Puede Estados Unidos redimirse en Iraq?

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Publicado el 27 May 2020

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Como ya ocurrió en los años del embargo a Iraq y la preparación de la invasión y ocupación (1990-2003), hoy hay iraquíes —la mayoría residentes en el extranjero— que levantan la voz para pedir una intervención estadounidense. Este llamamiento se difunde en las redes sociales y en grupos privados, con argumentos varios que no carecen de buenas intenciones, entre ellos el envío de una petición a la Casa Blanca para que asuma la responsabilidad de la invasión y salve a los ciudadanos del actual gobierno tiránico.

Esto no es algo nuevo, ya que fue precedido por un llamamiento muy similar de un pensador árabe, hace casi tres años, titulado “Quién nos metió en este lío debe salvarnos”. La última exhortación en este sentido se lanzó en octubre pasado, justo cuando los jóvenes que exigieron libertad en las plazas empezaban a ser asesinados, secuestrados y torturados, sin discriminación entre hombres o mujeres.

La salvaje maquinaria de represión alcanzó incluso a los niños, que fueron utilizados para chantajear a los familiares que se manifestaban, y así obligarlos a regresar a sus hogares. Asimismo, el llamamiento se produjo en un momento en que los partidos y líderes populistas basados en la religión o la rama confesional ya no fueron capaces de seguir engañando y aprobando artimañas por más tiempo, especialmente ante el creciente número de muertos, heridos, discapacitados y detenidos.

Ni Irán ni EEUU sufrirá una derrota directo: el precio siempre lo paga el pueblo iraquí

Mientras tanto, el mundo exterior, incluidos los países árabes e islámicos, se mantiene como espectador, aliado con el régimen, esperando a que los revolucionarios se cansen y regresen a sus hogares. O bien apuesta por debilitar a Irán en las negociaciones en curso con Estados Unidos, un proceso del que forman parte los enfrentamientos en territorio iraquí. En esta lucha, ninguno de los dos bandos sufrirá una derrota directo: el precio siempre lo pagan los hijos del pueblo iraquí.

Este es el terreno en el que compiten quienes se dirigen a Estados Unidos con su llamamiento “que no es una súplica, sino una exigencia de que Estados Unidos rectifique su error histórico de ocupar Iraq en nombre de la democracia” y se preguntan con angustia y dolor “¿Cuál es la solución? ¿Nos rendimos a las milicias para que maten a todos los jóvenes del pueblo iraquí o le pedimos a quien las puso en la punta de pirámide del poder que los elimine de la ecuación política actual?”

La pregunta de cuál es la solución nos lleva a los años previos a la invasión. El pueblo estaba bajo embargo y hambriento debido al deterioro de la situación económica, en la que el salario del empleado equivalía a dos dólares al mes, mientras que la oposición externa, de todo tipo, contribuía a crear una imagen exagerada de las armas de destrucción masiva del régimen y su fantástico ejército que amenazaba al mundo. Nos lleva a la picadora de carne humana de Sadam Husein que invocaba Ann Clwyd, diputada del Parlamento británico, para hacer llorar al resto de los diputados en vísperas de la votación sobre el apoyo de Gran Bretaña a Estados Unidos, cuando pidió salvar a los iraquíes de esa picadora y construir un Iraq de democracia y derechos humanos.

Esto acabó en un desastre humano y con las infraestructuras destruidas. Eso es lo que han heredado los jóvenes iraquíes: viven ahora las consecuencias de aquello. Y aún seguimos escuchando las voces de quienes cooperaron con la ocupación, justificándose con que “no había otra solución” o que “esa era la única solución para salvar a Iraq”.

Respetan “líneas rojas” y juegan al tira y afloja y a la rivalidad antes de ponerse de acuerdo

Ahora estamos ante una historia que se repite. Mucha gente en Iraq reitera que hoy estamos peor que ayer y no sabemos qué traerá el mañana. Y justo ahora, cuando se ha superado la división religiosa [entre chiíes y suníes] y se ha demostrado, al superarse en solo cuatro meses de protestas, que era una división endeble y sin raíces en la sociedad, surgen nuevas voces divisorias para pedir protección / ayuda / intervención (llámelo como quiera) ya sea a Irán, ya sea a Estados Unidos. Cuando ambos ocupan Iraq acorde a los pactos que se renuevan desde la invasión de 2003, distribuyendo beneficios y cargos a sus respectivos clientes, respetando “reglas de enfrentamiento” y “líneas rojas”, jugando al tira y afloja y a la rivalidad antes de ponerse de acuerdo. Y conocen bien, quizás mejor que el propio régimen iraquí, los detalles de lo que sucede diariamente en cuanto a los crímenes a los que contribuyen bien de forma directa, cuando los cometen las milicias, los mercenarios y las fuerzas de operaciones especiales, o indirectamente, a través de sus seguidores locales, que luego intercambian acusaciones, condenas e indignación.

Los revolucionarios conocen el carácter de la relación entre el Gran Satán y el Pequeño Satán y los enredos que se traen, después de haber experimentado la amargura de vivir, sin dignidad, a la sombra de ambos durante 17 años. De ahí que hayan lanzado el eslogan “Al infierno los de América y los de Irán”, y eso es lo que distingue su revolución y la protege de caer en las ciénagas de una petición de ayuda a un régimen o el otro.

Los revolucionarios, en virtud de vivir a diario los acontecimientos con todos sus aspectos, tanto felices como sangrientos, y de haber entendido los requisitos de la lucha pacífica en común frente a las fuerzas que les ponen emboscadas, saben más que los que estamos a distancia, viviendo en el extranjero, observando lo que está sucediendo e intentando interactuar a través de la televisión, las ideologías de los medios de comunicación y las cintas de vídeos (por importante que sea). Esta diferencia nos impone un nivel de actividad solidaria, en línea con las demandas de los revolucionarios, sin intentar superarlos ni secuestrando su voz por intereses partidistas o personales. Evitemos lo que sucedió en el pasado, cuando la oposición en el extranjero vendió la voz del pueblo iraquí oprimido al Gobierno estadounidense, asegurando que a las fuerzas de ocupación se les recibiría con flores y dulces.

Fue la ocupación estadounidense la que condujo a las milicias iraníes y al terror del Daesh

El que los manifestantes en la ciudad de Najaf cantaran la consigna “Muqtada Sadr, asesino” después de sufrir una masacre cuya autoría se atribuye a los seguidores de Sadr no significa que quienes se solidarizan con estos manifestantes, fuera de Iraq, tengan que pedir que “Estados Unidos asuma la responsabilidad de su error y limpiar Iraq de aquellos a quienes instaló”. Una petición así, por muy buena voluntad que tengan quienes la suscriben y por mucho que acompañan en el sufrimiento a los jóvenes rebeldes, necesita clarificarse si no se quiere repetir el pasado y su amarga experiencia con todos sus horribles detalles, incluidas las masacres actuales.

¿Es correcto remplazar a un criminal por otro? ¿Cuáles son los detalles del proceso de limpieza que se pide? ¿Qué pasa con los crímenes de los propios Estados Unidos (corrupción, masacres, arrestos y torturas, bombardeo de ciudades, uranio empobrecido)? ¿Quién ocupará el lugar de los políticos actuales? Y asumiendo que tengan razón los que solicitan la intervención de Estados Unidos ¿cuál el precio que Iraq debería pagar, además de lo que ya está pagando ahora, especialmente después de que el presidente estadounidense Trump dijera que los países que deseen protección estadounidense deben pagar por ello, porque Estados Unidos no es una organización caritativa? Será el precio librar una guerra contra Irán?

Tengamos en cuenta la realidad: fue la ocupación estadounidense la que condujo a la siembra y al crecimiento de las milicias iraníes y del terror del Daesh. Lo que cometió Estados Unidos no fue un un error, como afirman sus políticos, sino un crimen sistemático destinado a destruir Iraq, su pueblo y su Estado.

Entonces, ¿cuál es la solución? Hay ciertas expectativas inmediatas: la unidad y la firmeza de los revolucionarios, respaldados por el resto de la población, mientras que los activistas del exterior continúen sus campañas de solidaridad y apoyo para hacer llegar la voz de los revolucionarios al mundo exterior. A largo plazo, no hay alternativa al surgimiento gradual de fuerzas propias, incluidos nuevos movimientos políticos, y el rechazo a toda política que busque ayuda en el extranjero y se apoye en fuerzas externas, sean cuales sean.

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© Haifa Zangana | Primero publicado en Al Quds al Arabi · 10 Febrero 2020 | Traducción del árabe: Nabil Lounzo

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