Bastardos

Publicado por

Ilya U. Topper

@ilyatopper

Periodista (Almería, 1972). Vive en Estambul, donde trabaja para la Agencia Efe.

Publicado el 7 Jun 2020

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Los hijos son de quien los cría. Eso decía yo cuando era joven y romántico, es un decir, porque lo sigo repitiendo ahora. Que a mí, lo de remover ácidos desoxirribinucleicos para cambiar filiaciones y parentescos siempre me ha parecido un pasatiempo de gente que no tiene problemas de los que ocuparse. En otras palabras: La genética me la trae muy floja y no acepto predestinaciones biológicas. Hechos biológicos sí, que para eso se inventaron las ciencias. Pero las ciencias, en este caso, se pueden resumir en una frase del derecho romano: Mater semper certa est. A lo que un científico suizo añadió: El padre, en cambio, es una ficción jurídica. El poco latín que hace falta para entender la frase lo aprendí de mi padre. No lo heredé de él.

Precisamente por eso, repito, los hijos son de quien los cría. No me parecería mala idea que la humanidad fuese evolucionando hacia ese orden social que el mencionado suizo, J. J. Bachofen, imaginó como fase más antigua de la humanidad, antes de que se inventara el patriarcado: una gran familia en la que las mujeres no son propiedad privada de ningún hombre y donde, por lo tanto, no existen ni la monogamia, ni la filiación concreta de un hijo: todos en el grupo criarán a todos. Probablemente siga siendo joven y romántico, pero me gusta la idea.

Cuando ya tienes varios hijos, el próximo bebé puede ser para tu hermana, que no tiene ninguno

Por lo mismo también me parecía bonita, a primera vista, una ancestral costumbre que existe en el país de mi infancia, Marruecos: allí no es raro que una mujer regale un hijo a otra —hermana, prima, tal vez vecina— que no consigue quedarse embarazada. Cuando ya tienes varios hijos, el próximo bebé puede ser para tu hermana, que no tiene ninguno. Será hijo suyo a todos los efectos, lo querrá no como si fuera suyo: lo querrá porque es suyo. ¿Cabe mayor expresión de ternura, de amistad, de amor?

No sé si fue novela, cómic o noticia en la prensa, pero cuando leí que una mujer decidió tener un hijo como regalo para su mejor amigo, un hombre gay con pareja y deseos de criar a un niño, me pareció muy tierno también. Le habría puesto varios corazoncitos a la historia.

Y entonces llegaron las agencias de vientres de alquiler y lo jodieron todo.

No solo porque con dinero por medio, todo cambia. Estábamos hablando de amor. Amor por los hijos, amor por quienes no pueden tenerlos. Pero cuando el amor se paga, deja de serlo. Imaginen que el único problema de Tristán es conseguir dinero suficiente para pagar a Isolda. Un traspaso de un bebé de una familia a otra, si se paga, no es un acto de amor: es tráfico de niños.

Hay cosas que no pueden hacerse por dinero. Donar un riñón a un familiar o un conocido con insuficiencia renal es un acto supremo de amor. Vendérselo es un delito. El tráfico de órganos es un crimen, y nadie en su sano juicio ético puede proponer legalizarlo, porque todos sabemos a qué tipo de sociedad nos llevaría: una en la que se venden trozos de personas vivas al mejor postor.

La mujer es fundamental para mantener el linaje, pero solo como receptáculo anónimo

Pero el útero no se vende: solo se alquila, dirán. Al igual que en la prostitución. Pero ya hemos hablado de la gran putada que sería legitimar la prostitución, asimilarla como una práctica normal, convertir el sexo en mercancía, un acto de placer en transacción comercial. Quien quiera comparar la prostitución con un trabajo y el alquiler de úteros con el pago de mano de obra no ha entendido un fundamento de la especie humana, llamada prematuramente homo sapiens y con más acierto homo faber: la diferencia entre ser y hacer. Un trabajador que vende su mano de obra, se dice así coloquialmente, cobra por hacer. Una prostituta, una madre alquilada, no: cobran por ser.

Esa función, la de ser, no hacer, es el rol que el patriarcado ha asignado siempre a la mujer: él hace, ella es. Es una vasija que recibe lo que haga el varón: su semen, su descendencia. Es fundamental para mantener el linaje, pero solo como receptáculo anónimo: la dinastía se cuenta de hombre en hombre. Una de las ficciones más elaboradas y más absurdas del patriarcado.

Pero esta ficción del linaje, de la transmisión de una esencia misteriosa e indefinible —sangre azul lo llamaban los monárquicos— de hombre a hijo es la que ha marcada nuestras sociedades desde hace muchos siglos. Sigue decidiendo hasta hoy a jefes de Estado incluso en las naciones que se llaman avanzadas. Y sigue siendo el fundamento ideológico sobre el que se desarrolla todo debate alrededor del “derecho” o la “necesidad” de tener hijos.

El “deseo maternal” aquí es la palabra con la que el patriarcado blanquea la opresión de las mujeres

Porque veamos: esa entrañable costumbre del Marruecos de mi infancia de regalar un hijo a la hermana estéril no surge de una mente de comuna hippy donde los hijos son de todos y se comparten. Todo lo contrario: surge de un patriarcado que valora a la mujer únicamente en tanto que productora de hijos. Varones, preferiblemente. Regalarle un hijo (o una hija) a una hermana estéril no es satisfacer su deseo maternal frustrado. Es salvarla de la vergüenza social por ser una inútil que no sabe ni parir. Es protegerla contra el divorcio: ¿qué marido seguirá casado con una mujer que no le da descendencia? (Aunque al marido ni le importe, la presión que él recibirá de su propia familia, de su madre que necesita tener nietos, de su entorno, es enorme, y la traspasará a su mujer). Regalar ese hijo es un acto no tanto de amor sino de caridad para evitar que esta hermana acabe relegada al rincón de las fracasadas. Si además esa mujer estéril realmente siente un deseo maternal o no es algo completamente secundario.

El “deseo maternal” aquí no es más que el deseo de no ser una paria. Es la palabra con la que el patriarcado blanquea la opresión que ejerce sobre las mujeres —también sobre los hombres, pero ellos se libran de pagar el pato— para que acepten que la única manera de ser “mujeres plenas” es convertirse en eslabones anónimos en una cadena de hombres, vasijas que reciben y manufacturan en su vientre al heredero de la familia. Lorca lo retrató de una manera terriblemente certera en Yerma.

No estoy negando el deseo maternal como hecho biológico. Por supuesto existe. Pero cuando algo se impone como obligación social suprema, bajo coacción y amenazas de divorcio (y digo divorcio porque en países como Marruecos, una vida sexual sin matrimonio es, de entrada, ilegal), hablar de deseos es hipocresía. El nivel de coacción que sigue habiendo en España, medio siglo después de superarse el nacionalcatolicismo, desde luego es inmensamente inferior al de Marruecos, pero el chantaje emocional sigue ahí. Dígamelo usted, lectora: ¿se ha sentido alguna vez culpable por no experimentar deseo maternal?

Solo un hijo fabricado con el esperma del padre es realmente propio, todo otro sería bastardo

Por eso mismo, porque el hijo no es la manifestación de un deseo sino de la coacción social por tenerlo, las historias de hijos regalados en Marruecos a menudo no terminan tan bien como deseáramos, documenta la socióloga Soumaya Naamane Guessous: cuando los niños, ya adolescentes, se enteran de la verdad, se acaban sintiendo como peones de un ajedrez de los adultos: en el momento de decidir su futuro, ellos no contaban. Contaban factores de prestigio, de reconocimiento, de posición social. Ellos solo son el objeto de valor que se traspasa entre familias para adquirir puntos: una por tener, por fin, hijos, la otra por mostrar su generosidad. Una generosidad que es, a menudo, también resultado de la coacción.

Regalar hijos en estas circunstancias no es una manifestación de un amor libre sino de todo lo contrario: de plegarse a las normas más férreas del patriarcado, donde las mujeres son madres, siempre, y los hijos un trofeo que exhiben los hombres para demostrar que ellos han cumplido con su deber: encontrar a una mujer apta para perpetuar el linaje.

Y es exactamente esta misma mentalidad la que mueve el negocio de las agencias de alquiler de vientres: viven gracias a gente dispuesta a pagar mucho dinero con tal de exhibir su capacidad de cumplir con el mandamiento de poblar al mundo con su propia descendencia.

Porque para empezar, el deseo de maternidad que se expresa en criar un bebé se podría resolver mediante una adopción. Es verdad que en España, la lista de espera para adoptar es larga, y la adopción internacional no deja de ser una cuestión con numerosas espinas legales y éticas. Pero es una cuestión que puede debatirse y regularse, facilitarse y encauzarse. No es esta la intención de quienes abogan por alquilar vientres: aseveran que lo que buscan es un hijo propio de verdad. Porque solo un hijo fabricado con el esperma del padre es realmente propio, todo otro sería bastardo.

Alquilar un útero sale mucho más barato que educar a una niña en los valores de la castidad

La aspiración del patriarcado a garantizar que un hijo es propio del padre, y no bastardo, es la que ha llevado a nuestras sociedades a instaurar el mito de la virginidad. El del himen como sello de calidad que debe perderse en la noche de bodas, bajo amenaza de muerte o expulsión social. Así, al menos el hijo primogénito forma parte del linaje del hombre. Certificado. Químicamente puro. Un valor muy por encima de la vida de la mujer.

Ese mito atroz de la virginidad, como condición para ser una madre digna de perpetuar un linaje varonil, sigue causando asesinatos y suicidios en no pocos países alrededor del Mediterráneo y hace no tanto que ha dejado de causar desgracias en España. Y es sobre ese mismo fundamento, el que distingue entre hijos auténticos y bastardos, sobre el que han montado su negocio las agencias de vientres de alquiler.

¿Usted quiere un hijo químicamente suyo? Ya no hace falta encontrar una mujer virgen y casta. Se la proporcionamos nosotros. Sale mucho más barato que educar a una niña, inculcarle los valores de la decencia, cortarle las alas, prohibirle salir de noche, vigilarla de día, buscarle novio formal, todo eso durante dieciocho o veinte largos años, para poder entregarla intacta al hombre que la hará mujer, es decir madre. Qué carga de trabajo y qué gasto.

No, no, la técnica ha avanzado y ya no hace falta siquiera el régimen de terror que antes era imprescindible para tener a las mujeres bajo control. Ahora es todo mucho más humano. Usted nos trae su esperma, y óvulos si ya tiene esposa, si no, de eso también tenemos en stock, un par de horas en el laboratorio entre tubitos y jeringuillas, se la implantamos a una mujer cualquiera, eso ya no importa, ya puede ser una cualquiera, se le paga, y dentro de nueve meses, voilà, aquí tiene su bebé. Recién hecho y certificadamente suyo. Nada de bastardos.

 

Esta es la mentalidad contra la que se levantó el feminismo con esloganes como “Mi vientre es mío”. Aunque el lema se usa principalmente al reivindicar el derecho al aborto, va mucho más allá: se dirige contra la mentalidad que considera el vientre de la mujer un bien perteneciente a su marido, la familia, la sociedad, el Estado o la Iglesia. Un bien que debe estar a disposición de todos ellos para fabricar herederos, soldados, nietos o fieles, según pidan los poderes. Porque para eso se inventó la mujer, ¿no?

Y ahora llegan los propagandistas de tráfico de bebés enarbolando ese mismo eslogan —Mi vientre es mío— para defender un supuesto derecho: si es mío ¿por qué no alquilarlo? Esto ya no es una ironía histórica: es un sabotaje en toda regla. Y la respuesta debería ser obvia: mi riñón también es mío, y no puedo venderlo. La esclavitud se ha abolido, y no puede reintroducirse por la vía vaginal, convirtiendo un embrión en propiedad de otra persona que la madre que lo está gestando.

El cuerpo no es vendible ni alquilable, y proponer que vuelva a serlo, en forma de vasija para producir bebés o en forma de agujero para producir orgasmos, es contrario al feminismo. Es contrario a una sociedad en la que mujer y hombre son iguales: individuos plenos. Porque una sociedad en la que las mujeres son simplemente medios para el fin de reproducir hombres ya la teníamos: se llama patriarcado.

Quienes hablan del “derecho a tener hijos” saben que inventan el término: este concepto no figura en ningún código legal, porque es contrario al fundamento de la libertad humana: no hay un derecho a “tener” a otra persona (no es mejor invento que el del “derecho al sexo” que inventan los defensores de la prostitución). No todo deseo es un derecho: a veces hay que aguantarse.

Hablar del “derecho a tener hijos” supone colocar la descendencia, el linaje, la sangre, la familia, por encima del individuo. Más o menos como en las dinastías, donde tener hijos es una obligación: alguien tendrá que reinar sobre la plebe. O como en las mafias.
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© Ilya U. Topper Especial para MSur · Junio 2020

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