Una joya y otros textos

Publicado por

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.

Publicado el 19 Oct 2020

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Giuseppe Tomasi di Lampedusa
Relatos


Género
: Relatos
Editorial: Anagrama
Páginas: 176
ISBN: 978-84-339-8066-3
Precio: 18,90 €
Año: 1957 (2020 en esta edición)
Idioma original: italiano
Título original: Racconti
Traducción: Ricardo Pochtar

Uno, que puede llegar a ser muy pesado con lo que le gusta, lleva algunos años dando la tabarra con la conveniencia de rescatar los Relatos de Giuseppe Tomasi di Lampedusa. La última edición de este volumen en español, de Edhasa, databa de 1990, y aunque 30 años no son nada, en el cada vez más fugaz mercado de novedades editoriales equivalen casi a la desaparición. Bienvenido, pues, el rescate de Anagrama, y enhorabuena de antemano a los lectores, porque —podemos decirlo ya— este libro contiene uno de los textos más hermosos del mundo.

Debería comenzar, no obstante, señalando que los Relatos de Lampedusa no son tales. No todos. En concreto, solo dos de los cuatro que anuncia el sumario. Veamos cuáles son los otros. Tras el erudito prólogo de Gioacchino Lanza di Tomasi, hijo adoptivo y heredero de Lampedusa y quizá quién más sabe de la vida y obra del autor, llegan los ‘Recuerdos de infancia’, que son un primer borrador de lo que podría haber sido el germen de un texto autobiográfico más largo. Fue el propio Lampedusa quien patentó la idea de que el Estado, cualquier Estado, debería imponer a sus súbditos la obligación de llevar diarios o escribir memorias. “No hay memoria, por insignificante que haya sido su autor, que no encierre unos valores sociales y expresivos de primer orden”. Las suyas no serían una excepción.

También podrían leerse estas breves memorias como un acopio de materiales que luego cristalizarían en la gran obra del siciliano, El Gatopardo, la misma que es machaconamente recordada por la famosa frase del cambiarlo todo para que nada cambie, sí, pero que también es una de los más bellos exponentes de un género, la novela histórica, que no está precisamente sobrado de obras maestras.

Se puede columbrar al escritor que se ha estado preparando toda la vida para serlo

Gioacchino Lanza ha señalado que los ‘Recuerdos’ revelan “el sentido del juego, de una fantasía onírica que acompaña la irrupción de una creatividad tardía”. En efecto, se puede columbrar en estas páginas al escritor que se ha estado preparando toda la vida para serlo, y que en los últimos años de su vida —fallecerá con tan solo 60 años— va a componer ese fabuloso canto a una época y un linaje a punto de periclitar. Nunca sabremos cómo habría quedado esta memoria de infancia de completarse, tal vez su destino era quedar en ejercicios de gimnasio para acometer la gesta de El Gatopardo. En todo caso, son asimilables a una tradición de la aristocracia isleña que va del estimable Una infancia siciliana, libro del primo de Lampedusa, Fulco di Verdura, que acabó diseñando joyas para Coco Chanel, a Palermo es mi ciudad, de Simonetta Agnello Hornby.

La segunda pieza del volumen, ‘La alegría y la ley’, es un cuento de navidad en clave neorrealista, protagonizado por un gris contable que recorre las calles bombardeadas de vuelta a casa —ese hogar lleno de mocosos— con el robusto panettone que le ha tocado en un sorteo en la oficina. Tal vez puede achacársele el lastre de ciertos estereotipos, pero posee el valor indudable de ser el primer y único intento conocido por parte de Lampedusa de reflejar un mundo ajeno al suyo, y de hacerlo con una ambición literaria, más allá de su modesto resultado final.

La última pieza del volumen, ‘Los gatitos ciegos’, es en realidad el comienzo truncado de una novela que hubiera sido una suerte de continuación de El Gatopardo. Lo autobiográfico y lo histórico se funden de nuevo en una peripecia cuyo título lleva ya implícito el destino de sus personajes, esos gatitos ciegos que ni siquiera alcanzan a ver la luz. En ella asoma también, si no me equivoco, por vez primera en Lampedusa, una observación sobre la violencia vernácula de la mayor isla del mediterráneo, en la que “el acto violento, si quedaba impune, era motivo de estima, porque la aureola de los santos sicilianos era del color de la sangre”.

‘La sirena’ es un canto, pero no el de la fabulosa criatura marina, sino el del cisne

La casa de los Salina, emblema protagonista de El Gatopardo, sigue presente en esta nueva entrega, como lo está también en la joya del volumen, que dejo a propósito para el final. ‘La sirena’, originalmente titulada ‘Lighea’, nos viene contada precisamente por un Salina venido a menos, “el único ejemplar que quedaba de esa familia”, legatario de “todas las gatopardadas”, escribe Lampedusa con humor. No diré mucho más de este relato, confío en que ustedes lo lean y juzguen por sí mismos. Es la historia de amor entre un hombre y una sirena. Son solo un puñado de páginas, pero desde la primera a la última les acompaña la gracia, la inspiración, la cultura y la belleza. Déjenme que les diga tan solo que la primera vez que lo leí, me daban ganas de dejar el libro suspendido en el aire para poder aplaudir cada dos por tres.

En resumen, los ‘Recuerdos de infancia’ son un gimnasio para El Gatopardo; ‘Los gatitos ciegos’, una sesión de estiramiento. ¿Y ‘La sirena’? La sirena es un canto, pero no el de la fabulosa criatura marina, sino el del cisne. Algunas lenguas viperinas, que en Sicilia abundan, han querido insinuar alguna vez que este relato, por estar tan por encima de los otros, no era obra de Lampedusa, sino de su discípulo Francesco Orlando.

Consigno la maldad solo a efectos notariales, sin darle ningún pábulo. Estoy convencido de que Lighea pertenece al autor de El Gatopardo. Ese noble cuyo original había sido rechazado por las grandes editoriales del momento, pero para el que ya no había vuelta atrás, pues había descubierto el placer de la escritura. Lighea es la obra de un hombre que disfruta con cada párrafo, con cada línea, sin importarle su destino. Alguien a quien se le ha diagnosticado un cáncer fatal, que cuenta su esperanza de vida en unos pocos meses, y está dispuesto a invertirlos en aquello que le enseñaron los maestros: marcharse dejando en este mundo un poco de belleza.
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