El salón, zona vetada

Publicado por

Soumaya Naamane Guessous

Publicado el 29 Oct 2020

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opinion

Casablanca | Septiembre 2020

 

Durante el confinamiento hice una encuesta sobre los motivos de insatisfacción de las familias. Karim me respondió: “Essaluuuun, madame”. De ahí nace la idea de hacerles a ustedes partícipes de esta reflexión.

El salón es la pieza reservada a la recepción de invitados. Es más: pertenece a los invitados eventuales, potenciales, hipotéticos, que pueden desembarcar de improviso. Se le llama en magrebí bit diafe, en tamazigh bit inebiaun (habitación de invitados), o bien salun, assala, alkobba (cúpula), en referencia a la arquitectura marroquí tradicional de los mausoleos, y también labhu, bit lkbir (habitación grande) o bit lamfarresh (habitación amueblada). En las zonas rurales se llama al masría, la habitación elevada, la más expuesta al sol, con las mejores vistas. Los saharauis lo llaman masriat addifane o bit aljattar (habitación de los transeúntes).

Es la pieza más bella de la casa, la más cara, la más espaciosa y… es sagrada.

En épocas pasadas, los padres tenían su habitación… ¡aunque no siempre! Los niños se amontonaban en la bit laglas (la sala de estar), bit nikimi en tamazigh. Para dormir se hacían un ras uradchlin sobre los colchones, es decir se alineaban alternados, con los pies de uno tocando la cabeza del otro. El lujo de las habitaciones individuales no existía. Se compartía todo y nada era propiedad de nadie.

El salón era zona prohibida. Y ay de quien osara transgredir esta ley doméstica

El salón es la pieza de exhibición. En la arquitectura antigua tenía una puerta cuya lleva pendía del manojo que la dueña de la casa tenía colgado de la cintura, cual carcelero. El salón era zona prohibida. Y ay de quien osara transgredir esta ley doméstica.

¿Y hoy día? Hamid, 40 años: “Mi mujer se pone histérica en cuanto ponga un pie en el salón. Jo, pero si lo hemos pagado nosotros, no los invitados”. ¿De dónde surge esta actitud?

El salón es “la cara de la esposa”, el espejo de su valor. La esposa digna debe ser una excelente gestora de cosa, y los invitados la evalúan basándose en el salón. Si hay un poquito de chuía de desorden, una telaraña o una migaja de pan, su reputación está destrozada.

Hoy día, el perfil de las mujeres ha cambiado: son activas, trabajan, tienen responsabilidades que antes eran de los hombres… Pero se las sigue evaluando según el salón. Ellas mismas sostienen esa paranoia. Amal, 36 años, médica: “Siempre tengo miedo de que un invitado sorpresa me tilde de perezosa, sobre todo cuando es de la familia de mi marido”. La mujer debe demostrar que es hadga (hacendosa) y no ma’funa, ma’gaza, majmuya (cochambrosa, vaga, guarra, como dice la sociedad marroquí con su gran ternura hacia el sexo femenino) Ella teme que le reprochen la incapacidad de conciliar el trabajo y el hogar. Es moderna a la hora de contribuir al presupuesto conyugal, pero una vez en casa se convierte en mujer tradicional. Debe demostrar que es perfecta en todas partes, ¡una superwoman!

Hoy día, los espacios de la casa son reducidos. Los padres jóvenes suelen poner a sus hijos en habitaciones propias. A veces sacrifican el salón y lo convierten en sala de estar. El hecho de que las mujeres trabajan reduce la frecuencia de los invitados sorpresa, aunque sigue siendo algo habitual. Algo que incomoda enormemente a las parejas jóvenes, sobre todo a ellas, porque siempre les toca a ellas currarse la cocina. Hanaa, 29 años: “Mis padres y mis suegros llegan de forma imprevista. Es imposible protestar, sería un drama”.

Hay familias que viven en cuevas para respetar el salón y quedar bien ante los demás

Los maridos se molestan con la actitud de sus esposas.”¿Nuestro salón? Mi mujer lo ha convertido en un mausoleo. Solo falta que tengamos que besar la pared al pasar”. La habitación, en lugar de ser un espacio de placer donde se reúna la familia, se convierte en una fuente de presión y conflicto. Una madre: “El salón me pone bajo presión. Les grito a los niños, discuto con mi marido”.

Un cojín revuelto, un juguete sobre la alfombra demuestran que se trata de una casa en la que existe vida y no de una sala de exposiciones. Pero la presión social es fuerte. Condiciona y empuja a las personas a vivir no el ser sino el parecer. Vivir por uno mismo es difícil. Otra madre: “Quiero dejar que mis hijos estén libres en casa, pero los demás matairahmush: son inclementes. Así que les grito todo el tiempo”. Una esposa: “El salón es caro. No hay que estropearlo”. Su marido: “¡Señora! Por eso hay que aprovecharlo. Si yo muero mañana, ¿me vas a enterrar con los muebles del salón?”

Todo esto empieza a cambiar entre los jóvenes. “Mi mujer está de acuerdo. Nos deslomamos para para el crédito que hemos cogido para el salón. Dejar las mejores cosas a los invitados es satisfacerlos a costa nuestra”. Hay familias que viven en cuevas para respetar el salón y quedar bien ante los demás. Incluso las familias indigentes guardan lo mejor para los invitados: una esquina de la habitación, una alfombra, manteles, cubiertos… Hay una fobia a que te denigre el invitado sorpresa.

“Durante el confinamiento, nos amontonamos con los tres niños en la sala de estar”

Para Karim, el que sugirió la idea de esta columna, “la casa es pequeña”. “El salón es tabú por orden de mi mujer. Durante el confinamiento, nos amontonamos con los tres niños en la sala de estar. Pones un pie en el salón y la guardiana te arranca la cabeza. Nos peleábamos por eso”. Kenza, su mujer: “Es verdad, no había invitados sorpresa durante el confinamiento. Pero es como me han educado, no es culpa mía”.

Este rigor es un asunto de mujeres, no de hombres. El hombre invitado no hace tberguig, no cotillea sobre los detalles del salón. Son sobre todo las mujeres las que buscan un fallo y que luego lo difunden entre las demás. Ahora bien, hoy día, las familias se vuelven nucleares, ya nadie ayuda a la mujer en casa, pagar a una empleada doméstica está fuera del alcance de cualquiera. Las mujeres tienen ahora una enorme responsabilidad: hogar, hijos, trabajo.. Merecerían liberarse de esta presión social y que les les juzgar según criterios acordes a su nuevo perfil.

En cuando al salón y nuestra bonita cubertería, podemos aprender una lección que nos ofrece la pandemia: somos nosotros quienes deberíamos aprovechar y disfrutar, todos los días, de las cosas que nuestros medios, sean modestos o elevados, nos permitan adquirir. ¿Mi consejo? Estiremos las piernas en el salón con toda tranquilidad y gratitud: nos lo merecemos ¡ya que tenemos la suerte de tener uno!

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© Soumaya Naamane Guessous | Primero publicado en 360.ma · 18 Sep 2020 | Traducción del francés: Ilya U. Topper

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