Colonos en Karabaj: volver a empezar

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Karlos Zurutuza

@karloszurutuza

Periodista (Donostia, 1971). Especializado en conflictos y derechos humanos, ha trabajado en Iraq, Irán, Afganistán, Kurdistán, Siria, Pakistán y Libia, entre otros lugares. Colabora habitualmente en Jot Down, GARA y Deutsche Welle, aunque su trabajo también ha sido publicado en 5W, Al Jazeera, Vicenews, Haaretz, The Guardian, Politico, The Diplomat, The Monocle...

Publicado el 15 Dic 2020

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Patrulla en Aghavno, Alto Karabaj (Oct 2020) | © Gilad Sade


Aghavno (Nagorno Karabaj)  | Diciembre 2020

Hovig Asmaryan dice que la vida ha vuelto a Stepanakert —capital de Nagorno Karabaj— tras el alto el fuego, pero solo a medias. “Lo notas en las caras de la gente, todo el mundo tiene miedo”, resume este armenio de 50 años de barba y cabello blanco. Asmaryan sabe lo que dice, y no solo porque en otra vida estudiara Psicología Clínica en la Universidad de Donetsk (Ucrania). No en vano, la pequeña cafetería que regenta en la Avenida Tumanyan ha sido uno de los poquísimos puntos de reunión durante las seis semanas que ha durado la última guerra entre armenios y azeríes por el enclave de Karabaj: combatientes, periodistas, conductores de minibús, ministros locales y hasta algún parlamentario extranjero han disfrutado de una comida que nunca cobraba. En cualquier caso, sobre la mesa siempre primó un mensaje mucho más poderoso que el de la mera hospitalidad:

“Soy un armenio de Siria, tercera generación desde el genocidio turco. Si la gente ve que alguien de la diáspora se queda se lo pensarán dos veces antes de irse. Eso era lo que quería transmitir”, zanja Asmaryan, antes de recordar que él mismo abandonó Alepo en 2012 con su mujer y sus tres hijos para empezar de cero aquí. Además de esta cafetería, también cuentan con la granja y los terrenos que el Gobierno de Karabaj les cedió entonces.

Para los armenios, los Asmaryan son una familia de patriotas; para los azeríes, un caso concreto con el que Bakú acusa —en un documento de Naciones Unidas— a las autoridades armenias de “colonizar y promover actividades económicas en suelo azerí”.

Blitzkrieg

El pasado 27 de septiembre, Bakú lanzó una ofensiva con la que pretendía cerrar para siempre el conflicto más longevo de la antigua Unión Soviética. Hablamos de una auténtica anomalía cartográfica: ¿cómo podía despejarse la ecuación de un enclave armenio en suelo azerí? Ya en 1992 estalló una guerra que ganaron los armenios, y que provocó el desplazamiento forzoso de más de medio millón de azeríes. Tres décadas más tarde cambiaban las tornas: la Blitzkrieg de Bakú era una maquinaria engrasada por soldados regulares y mercenarios sirios respaldados por artillería pesada y drones de última generación.

La desigual batalla se zanjó el 9 de noviembre con un acuerdo de paz firmado entre Ereván, Bakú y Moscú. Entre sus nueve puntos, uno explicitaba el retorno progresivo a Bakú de los siete distritos adyacentes ocupados por los armenios en la guerra de los 90. Ahora son estos últimos los que tienen que irse, aunque no todos lo tienen claro.

El nuevo hogar de los Kenejian era idílico, más aún si se compara con su barriada beirutí ahora arrasada

Tina Kenejian cuenta por miles las veces que se ha hecho la misma pregunta durante las últimas semanas: “¿Deberíamos quedarnos o es mejor que nos vayamos?”, repite en voz alta esta beirutí de 26 años que vive ahora en Aghavno. Hablamos de un pueblo levantado en el montañoso distrito de Lachin, justo en la lengua de tierra entre Armenia y el enclave. La localidad se empezó a levantar en 2014 sobre las ruinas de Zabux —una localidad azerí destruida en la guerra de los 90—, y con patrocinio de la Fundación ARI. Se trata de un fondo cuyo objetivo es “repoblar una región estratégica que une Karabaj con su patria armenia”, según su página web.

Fue en 2019 cuando Tina y su marido, Harut, decidieron dejar atrás su casa en Bourj Hammoud —un distrito en el noreste de Beirut que alberga una importante comunidad armenia— y mudarse aquí. Los problemas se acumulaban en Líbano y llegó un momento en el que resultaba imposible mantener a una familia con el sueldo de funcionario de Harut; ni siquiera alargando la jornada como peluquero. Un día se enteró de que el Gobierno de Nagorno Karabaj ofrecía casas y posibilidades en el enclave a la diáspora armenia. Fue entonces cuando supo de la existencia de un lugar llamado Aghavno.

En octubre de 2019, Tina viajó a Armenia con sus dos hijos y Harut continuaría enviándoles dinero hasta que pudieran reunirse y mudarse juntos a su nuevo hogar. Dos semanas después de que la familia se juntara en Armenia, la explosión de Beirut —el 4 de agosto— destruyó su casa, su coche y la pequeña tienda de alimentación que tenían la familia. Que la onda expansiva se registrara en Turquía, Siria e incluso parte de los Balcanes da una idea de su magnitud, una de las mayores de la historia aparte de las nucleares.

“Por un lado me sentí afortunada porque todos estábamos bien; por otro, me di cuenta de que habíamos perdido lo poco que teníamos”, dice Tina. Ya no había vuelta atrás, pero daba igual: bañado por las aguas del río Aghavno y protegido por imponentes picos nevados, el nuevo hogar de los Kenejian era absolutamente idílico, más aún si se compara con su barriada beirutí ahora arrasada.

“Después de lo que habíamos pasado parecía un lugar ideal para criar a nuestros hijos: una comunidad pequeña y pacífica de sesenta familias que vivían juntas en el bosque… Era simplemente perfecto”, recuerda la libanesa. Llegaron a Aghavno el 27 de agosto, exactamente un mes antes del comienzo de la guerra.

Huir de nuevo

Como el resto de los hombres en edad de combatir, Harut fue movilizado mientras Tina cruzó a Armenia con los niños cuando los azeríes empezaron a golpear el valle. Y es que Aghavno se encuentra justo en el llamado ‘corredor de Lachin’, una ruta vital de suministros entre Nagorno Karabaj y Armenia. Era el objetivo principal del enemigo. “Aguantamos hasta el 23 de octubre. Para entonces, los bombardeos con artillería convencional ya nos hicieron entender que los azeríes se encontraban demasiado cerca”, recuerda la madre. Pasaría las dos siguientes semanas con sus hijos en casa de su antigua vecina hasta que la firma del acuerdo de paz les permitió volver a Aghavno.

“Nos lo habían robado todo: la televisión, mi portátil y hasta utensilios de cocina. Y no fueron los azeríes”

“Nos lo habían robado todo: la televisión, mi portátil y hasta utensilios de cocina. Y no fueron los azeríes porque ellos nunca llegaron a entrar en el pueblo”, subraya la beirutí. Había mucho más que perder: Lachin también estaba en la lista de los distritos a devolver a Azerbaiyán, aunque el documento establecía que el corredor había de permanecer bajo el control de las fuerzas de paz rusas. La confusión sobre si la pareja libanesa y el resto de las familias en Aghavno deberían irse antes de la entrega del distrito —programada para el 1 de diciembre— fue demoledora. De aquellas sesenta familias hoy solo quedan nueve, entre estas últimas la de Andranik Chavushyan, un armenio llegado de Qamishli (Siria) que también es el alcalde del pueblo.

“Me dijeron que Aghavno permanecería bajo control armenio pero no he recibido ninguna confirmación por escrito al respecto. En cualquier caso, nadie aquí tiene ninguna intención de irse”, decía Chavusyan. Respecto al corte de gas y luz de los últimos cinco días, el edil tenía su propia versión: “Quizá sea algo planeado para forzar nuestra salida”.

Confusión

MSur pidió aclaración a las autoridades de Nagorno Karabaj. Desde su Ministerio de Exteriores aseguran que, a pesar de la confusión inicial en torno al estatus de Aghavno, el pueblo permanecerá bajo control de las fuerzas de paz rusas “como suscribe el acuerdo”. Respecto a los cortes de gas y electricidad en la aldea, “son habituales en todo el enclave”. El suministro en Aghavno dependía de las infraestructuras del distrito de Lachin, y estas “podrían haber sido bloqueadas por los azerbaiyanos”.

Desde el vecino distrito de Kelbajar —devuelto a Azerbaiyán el pasado 25 de noviembre— las cosas se ven de otra manera. “No es una cuestión de nacionalidad, sino de simples derechos de propiedad. Todos esos colonos en Aghavno llegaron a Karabaj ilegalmente con el fin de alterar la balanza demográfica del territorio y reconstruir sus vidas sobre las ruinas de un pueblo azerí”, explica, vía telefónica, Samir Mammadov, portavoz de la Comunidad Azerí de Nagorno Karabaj. Mammadov, él mismo un desplazado de la guerra de los 90, señala a Armenia como “la única responsable de las dificultades a las que se enfrentan hoy esos colonos”.

De hecho, hay una creciente inquietud en el corredor debido a rumores sobre un elevado número de secuestros en la zona durante los últimos días. Asimismo, los vídeos que circulan en Internet mostrando abusos que incluyen mutilaciones a soldados y civiles armenios tampoco contribuyen a calmar las aguas. Por el momento, Chavushyan y los Kenejian depositan sus esperanzas de sobrevivir en las fuerzas de paz rusas.

Tras una reciente visita a Nagorno Karabaj, Neil Hauer, un analista canadiense y experto en el Cáucaso, confirma que la presencia rusa en la zona tranquiliza a los armenios, pero también detecta una gran preocupación entre ellos por la proximidad de las tropas azeríes. “En realidad, la mayoría siente que no tiene muchas más opciones. Los que se fueron Armenia durante la guerra se dieron cuenta de allí no tienen medios para sobrevivir más allá de la caridad”, acota el canadiense.

“Supongo que nos quedaremos, ¿adónde podríamos ir?”, dice Tina. Su marido estaba a punto de abrir una peluquería poco antes de que comenzara la guerra. Hoy parece un proyecto totalmente inverosímil.

Una historia con final abierto

Un casco y un tanque en la carretera de Füzuli, frontera de Karabaj (Dic 2020) | © Ilya U. Topper / MSur

Tras al acuerdo de paz de 1994, los armenios no solo consiguieron ser dueños de su propio destino en el enclave, sino que también ocuparon siete territorios colindantes donde la mayoría de la población era azerí y kurda. Según datos de Naciones Unidas, fueron más de 600.000 los desplazados tras la guerra de los 90 la inmensa mayoría de la periferia de Karabaj dado que, dentro del enclave, apenas sumaban un tercio de la población (de un total de 150.000). El control de esa zona «de amortiguación» se tomó como una medida temporal antes de que esta se acabara devolviendo a Bakú en un proceso de paz que nunca llegó a fructificar.

Con los años, los distritos ocupados pasaron a constituir “parte integral de la patria armenia”; ya estrenado el nuevo siglo, las autoridades de Karabaj implementaron una política que incluía la construcción de infraestructuras que varias organizaciones de la diáspora aprovecharían para levantar nuevos pueblos. El cambio se oficializó formalmente en 2006, cuando dichos territorios fueron reconocidos por la propia Constitución de Nagorno Karabaj. En un principio, la mayoría de los que se instalaban en los siete distritos llegaban del propio enclave, pero también de Armenia, donde la tierra fértil escasea.

El reclutamiento de colonos cobró un nuevo impulso en 2010, con anuncios en televisión que informaban sobre las ventajas para los repobladores y la lista de profesiones más demandadas. Estadísticas armenias hablan de un incremento de en torno a mil anuales desde entonces. Tras estallar la guerra de Siria, en marzo de 2011, más de quince mil armenios locales pidieron asilo en Armenia, muchos de los cuales se trasladaron a Karabaj amparados por altas instituciones armenias como el Ministerio de la Diáspora y, muy especialmente, por la Federación Revolucionaria Armenia y su programa ‘Ayuda a tu hermano’, que buscaba estimular el traslado de armenios sirios a los distritos ocupados.

Más adelante se les sumarían los que huyen de un Líbano que lleva años abocado a una crisis endémica. Rondan el millar los que se instalaron en los distritos ocupados solo el pasado mes de septiembre, un mes después de producirse la terrible explosión de Beirut.

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