Domingo

Natalia Ginzburg

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M'Sur

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Es la identidad colectiva de los autores de la revista M'Sur. Aparece normalmente en las colaboraciones de artistas, escritores o músicos que, por ser esporádicos, no disponen de usuario propio en la revista.

Publicado el 3 Feb 2021

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La potencia, el coraje

Natalia Ginzburg (s/f) | biografieonline.it

No, no es cierto que haya una Natalia Ginzburg mayor –la de Léxico familiar y Querido Miguel, pongamos por caso– y otra menor: la de los relatos y las novelas breves. Al margen de la trascendencia de unas u otras obras, cada página de la escritora siciliana responde a una rara homogeneidad, porque en todas hallamos el mismo compromiso con la vida y con el lenguaje.

Ya sea en un texto de aliento reivindicativo como Serena Cruz o la verdadera justicia, en la indagación sobre la felicidad conyugal de …Y eso fue lo que pasó, o relatos como los de Un’assenza [A propósito de las mujeres], sabemos que Ginzburg (1916-1991) no entregó nada a la imprenta que no cumpliera con sus altas exigencias. Y no son una excepción estas piezas breves reunidas bajo el título Domingo y editados ahora por Acantilado en el que descubrimos siete cuentos inéditos hasta ahora en español y varias crónicas breves, además de un poema.

Basta, como decimos, empezar a leer un texto magistral como El miedo o el relato que da título al volumen para saber que no hay una Ginzburg mayor ni menor: en todos estos escritos está ella, la potencia de su sensibilidad y el coraje de su pensamiento.

[Alejandro Luque]

 

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Domingo

Relatos, crónicas y recuerdos

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Septiembre

 

 

Se despierta con una penosa angustia en el corazón. Algo ha terminado definitivamente. Junto a la cama ve su bata de franela roja; la otra, la de flores verdes y azules, la han guardado con la ropa de verano.

Es ahora cuando se da cuenta de que ha terminado el verano, que mañana empezarán de nuevo las clases. Mientras se lava, una mosca se posa sobre su espalda desnuda. La espanta con rabia. Siente que detesta la mosca, que se detesta a sí misma y también el sostén de tul rosa que está tendido en la silla. Afuera llueve a cántaros sobre el jardín tranquilo y sobre los pinos altos. La grava fina del patio delantero parece más oscura. Anita baja a desayunar: el pelo mal cepillado le da un aire tosco y desaliñado. Aún no hay nadie en el comedor, sólo la pequeña Paola en su trona. Tiene un conejo bordado en el babero. Anita le da un beso, besa sus manos rollizas.

«Anita, ¿cómo es posible que aún no hayas aprendido a peinarte?—Es su madre. Lleva un largo albornoz violeta: la espesa melena gris le huele a lavanda—. Maria, ¿te he dicho ya lo que tienes que preparar para la comida? Y de postre ya sabes, nueces y uvas, pero asegúrate de que están bien maduras».

Anita inclina la cabeza sobre la taza. Hace un mes que espera y teme que llegue este día, pero no ha querido pensar en él. «Se ha acabado, se ha acabado», lamenta, y se le llenan los ojos de lágrimas. Mañana tendrá que ir corriendo al colegio con su enorme cartera llena de libros. Ya no tendrá tiempo de mirar a su alrededor, de confrontar las cosas y a sí misma. Un ansia, un afán continuo: los días breves, la noche que sobreviene como una amenaza cuando aún no ha terminado los deberes. Las manos manchadas de tinta y en los oídos un zumbido de versos en latín, y la geografía, ¡esa dichosa geografía!

Recorre las habitaciones en busca de un rincón en el que estar a solas y tranquila, pero allá adonde va encuentra escobas, trapos para el polvo, sillas boca abajo y ventanas abiertas. Las mujeres canturrean y hacen un ruido tremendo. «Se ha acabado, se ha acabado», repite despacio. ¿Dónde esconder su tristeza?

Al final se encierra en el salón: libros y alfombras, grandes sillones de cuero; en la mesita baja de estilo oriental hay una caja de cerillas coloradas. «¿Estás triste porque se han acabado las vacaciones?». Filippo, su hermano mayor, ha entrado silenciosamente: fuma una pipa pequeña, está de pie, junto al escritorio. Anita se acerca y él le pone las manos sobre los hombros: le gusta acariciarle el mentón liso, redondo, y esas pequeñas arrugas que se le forman en la comisura de los labios. Ella le abraza con un placer inconsciente. Siempre que se pelea con todos y corre a llorar a su habitación, él la sigue y la consuela bromeando un poco con ella, lo que le hace sentir aún más ira hacia los demás mientras trata de sofocar los sollozos en su hombro. «Tú sí que eres bueno», querría decirle, pero no se atreve: en su relación no hay más que una tímida ternura, disfrazada de bromas y de una ironía amable. «¿Estás triste porque se han acabado las vacaciones?», le pregunta Filippo despeinándole el pelo de la nuca. Se sientan en el mismo sillón y en el cristal de las vitrinas ven reflejados sus rostros parecidos. Anita sabe que Filippo debe marcharse, que esta noche cogerá el tren y que ya tiene preparadas las maletas: va a pasar el año en el extranjero, en Alemania.

Le dice que estudie. «Mira que vas a tener dificultades desde el principio y que los exámenes son complicados…». Anita no le escucha. Piensa en el invierno, en ese largo invierno sin él… Le toma la mano, una mano rolliza de uñas rectangulares y mates, una mano rolliza y masculina. «Y no te olvides de mí», añade Filippo, pero enseguida cambia de tema, tal vez porque se ha emocionado, y Anita deja caer su mano. Se marchará hoy mismo, esta noche, tal vez ni siquiera le dé un beso. En su habitación cerrarán las contraventanas y cubrirán los muebles con sábanas blancas.

—¿Cómo lo prefieres, Grazia, con leche o con limón? Llueve a cántaros en el desolado jardín. El reloj de péndulo da las cinco en la oscuridad. Anita toma el té con su amiga Grazia.

—¿Lo entiendes, Anita? Para mí habría sido bonito enamorarme de él, pero no podía, ¿sabes?, no podía…

Anita se quema la lengua con el té hirviendo. Le arranca pétalos a los crisantemos marchitos que están en el jarrón de cristal del centro de mesa.

—Qué triste es este septiembre… Grazia, ¿tú has hecho todos los deberes de vacaciones?

—¿Deberes de vacaciones? No los he hecho, ¿qué me importa a mí eso? La vieja se pondrá hecha una furia, pero ¿qué me importa a mí?—Así es Grazia: la vieja no le importa lo más mínimo. Ni siquiera cuando esa misma vieja, la profesora de italiano, escriba una equis azul, de falta, bajo su nombre—. ¡Tengo cosas más importantes en las que pensar! Como te estaba diciendo, aquella noche, en la terraza…

Anita la escucha con una sensación de hastío. Grazia, su amiga Grazia, de vez en cuando le resulta tan ajena como una desconocida. Aquellos tres meses de verano han roto la armonía de su amistad. Grazia…, un hombre enamorado de Grazia…; de ella, de Anita, nadie se ha enamorado nunca. Se sacude ese pensamiento con furia. Se pone en pie tan de improviso que Grazia se sobresalta.

—¿Quieres ver a mi hermanita?

En el cuarto de juegos la nodriza cose sentada en el vano de la ventana y la pequeña Paola la mira con ojos como platos desde el taburete que está a sus pies.

—Y entonces el reyezuelo partió la tercera nuez y salieron las carrozas y los caballos…—Anita y Grazia se tumban sobre la alfombra, entre los juguetes desordenados. En mitad del silencio, la voz ronca de la nodriza contando el cuento tiene un tono grave y solemne. La pequeña está tan emocionada que aguanta la respiración—. Y así empezó a correr hacia el castillo del ogro…

La habitación es bonita y agradable: las cortinas cuelgan lisas junto a las ventanas, las paredes blancas y sobre las paredes los estampados ingleses, todos iguales, con niñas rubias regordetas y perros peludos con grandes hocicos amables. La nodriza está sentada en el vano de la ventana con su delantal a cuadros y el perfil de la niña tiene un aire absorto. Anita se siente de pronto tranquila y sencilla: puede que el mundo no sea así, puede que haya sufrimiento e inmundicia, pero todas esas cosas quedan ahora lejos, muy lejos; el castillo del ogro está muy lejos.

Ha parado de llover. Anita y Grazia salen a la terraza y se asoman al jardín mojado: les llega un aroma vivo y denso de hojas podridas, de tierra, de fruta empapada. Hasta Paola corre afuera: el cuento ha terminado y el reyezuelo se ha casado con su hermosa reinona y todo ha acabado bien. Anita corre al encuentro de su hermanita, la coge en brazos y la besa: qué pequeña es y qué caliente está, qué frescas tiene las manos, es una lástima que chille y se ría y trate de zafarse de ella.

—Me gustaría tener una hija—dice Grazia en voz baja—. ¿Te acuerdas de cuando hablábamos aquí de esas cosas? ¡Qué miedo nos daban! Y sin embargo es algo simple y natural.

Sonríen sin mirarse. Se han hecho mayores de verdad, pueden hablar de su pasado con desprecio y aflicción, igual que los adultos. Y también las envuelve una melancolía semejante, cálida y vaporosa: no saben si hablar o callarse, sienten que se desata en su corazón un brote de pensamientos confusos y reprimidos. Anita contempla el campo de tenis al fondo del jardín, está desierto y silencioso, la pista es de color parduzco a causa de la lluvia y le parece estar viendo a Filippo con sus pantalones cortos de franela blanca y la raqueta, le parece estar oyendo su voz alegre en las mañanas luminosas.

—Qué septiembre tan triste…

Pero Anita sabe que con el verano y las vacaciones ha acabado también algo importante y que algo importante empieza de nuevo mañana con las clases. Tal vez Grazia podría entenderlo…, pero no sabe cómo explicárselo. Callan las dos, las cabezas cerca la una de la otra. Sin duda es muy triste que hasta eso tenga que tener un final, este momento de complicidad, de silencio compartido. Ambas saben que terminará y que ya no volverá nunca, por eso no quieren separarse aún. Frente a ellas sólo se extiende una certeza: el colegio, el invierno. Todo lo demás es palpitante, intangible, incierto. ¡Cuántas cosas pasan en un año! Es imposible no sentir miedo a enfrentarse a él, sabiendo que hay que recorrerlo en toda su extensión. Pero Grazia dice:

—Tengo que irme a casa.

Y Anita la acompaña a la puerta y contempla cómo se aleja desde el umbral:

—Hasta mañana.

Después de cenar Filippo llama a Anita y la agarra del brazo:

—Acompáñame al jardín a hacer una cosa antes de irme…

En el jardín los árboles inmóviles parecen custodiar la noche. El aire nocturno, húmedo y puro, se puede respirar. Anita piensa: «Ésta es la última vez que camino así con él». Él la estrecha con el brazo para que camine muy cerca, le habla y ella trata de escuchar.

—Querida, tienes que estudiar y portarte muy bien con mamá. Escríbeme de vez en cuando. Y cuéntamelo todo, todo, siempre.

Su voz, su voz. Qué triste va a ser el invierno, la casa sin la voz tranquila y tierna de Filippo. Sólo sus manos saben acariciar así.

—Filippo, Filippo. —Y de pronto ella siente que tiene ganas de llorar, que tiene en el corazón un pensamiento inquieto y tonto—. No te vayas, no te vayas—dice, y se abraza a él.

Ya sabe que no sirve de nada, que es absurdo, que las maletas ya están cerradas en el pasillo. Filippo se inclina para besarla y le toma la cara entre las manos. La casa, iluminada y bulliciosa, queda lejos. Están solos en medio del jardín oscuro. Se besan. Qué terrible que algo así haya sucedido entre ellos, dos hermanos. De pronto Anita siente miedo de sí misma, de él: de él que la está besando como un amante.

—Es bonito quererse tanto—dice ella, pero sabe de sobra que no es bonito, que es demasiado, que no conviene quererse de ese modo. La infancia de los dos parece clara, lejana—. Tenemos que volver—añade de golpe, reprimiendo una última palabra desconsolada, aferrándose a él y caminando hacia la entrada, donde la luz está encendida. Cuando pasan los árboles, ya bajo la luz, Anita se vuelve para contemplar el rostro de su hermano: le descubre un gesto serio, sereno, como si no hubiese sucedido nada entre ellos. Tal vez sea cierto que no ha sucedido nada. Entran en casa.

Anita se desnuda en su habitación, iluminada por una única lamparita rosada en la mesilla de noche. En la cama está extendido el camisón blanco. En las estanterías hay libros, novelas en las que las muchachas son distintas a ella. La ropa cae a sus pies y ella la deja arrugada en el suelo. (Mañana por la mañana su madre la recogerá con gesto severo). Se mete en la cama: le estremece el primer contacto con las sábanas, todavía frías, ajenas. Apaga la luz. En medio de la oscuridad los pensamientos de todas las noches ya no parecen ni alegres ni tristes. Un hombre, un hombre que se parece a Filippo, surge en medio de la oscuridad y se inclina sobre su rostro. Oh, nadie la había besado así nunca. Pero Filippo se ha marchado. Ella cierra los ojos y se entrega al sueño con un breve suspiro.

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© Herederos de Natalia Ginzburg  (2016) bajo el título original Un’assenza · Traducción del italiano: Andrés Barba (2021) | Cedido a MSur por Acantilado Ed.

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