¡Ostras!

Publicado por

Soumaya Naamane Guessous

Publicado el 17 Feb 2021

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Casablanca | Agosto 2020

 

Casablanca. Joteya de Derb Ghallef. Un hombre con abundante barba al estilo saudí empuja un carrito. Alucino. Me acerco. ¡No adivinaríais nunca el contenido del carro. ¡Hay que ver! ¿Desde cuándo estos productos caros y refinados se pasean así por la ciudad? ¿Para qué clientela? Estos productos, tan perecederos y tóxicos deben conservarse según las reglas de respecto a la cadena del frío.

Abro bien los ojos y ¡dios! veo marisco: ostras, vieiras, navajas, mejillones, almejas, berberechos e incluso erizos. Pregunto con cautela al vendedor, y este me manda a freír espárragos: “Esto no es para mujeres como tú”. ¿Cómo yo? ¿Cómo soy yo? Abandono. Era un día que había decidido quedarme en plan zen.

La respuesta la obtuve ocho meses más tarde.

Un supermercado en Sidi Maârouf. El sector de pescado con multitud de clientes. Hasta ahí, todo normal. Pero desde que frecuento este sitio veo a una muchedumbre arremolinarse ante el puesto de ostras. ¿Y qué? me dirán ustedes. Pues que veo a hombres que piden que les abran las ostras y se las tragan una tras otra allí mismo. Vale ¿y qué? Muy pocos marroquíes comen ostras, ni siquiera cuando viven en las zonas de costa donde abundan.

La ostricultura empezó en los años 50 en Oualidía, ya conocida a nivel nacional e internacional por su producción de ostras en parques especializados. Hoy día, la mayor parte de la cría de ostras se lleva a cabo en Dajla, que tiene un potencial enorme y equivale al 80 por ciento de la producción nacional.

Era muy raro ver a una mujer comerse una ostra allí. ¿Las ostras les gustan más a los hombres?

Pero volvamos a nuestro supermercado y los devoradores de ostras. Lo que me más me sorprendió de entrada es que los clientes eran todos hombres. Era muy raro ver a una mujer comerse una ostra allí. Ingenua que soy, concluí que las ostras les gustan más a los hombres que a las mujeres. Pero mi curiosidad me impulsa a hacer un tberguig [cotilleo, espionaje] sobre el perfil de esos hombres. En principio, y acorde a unos prejuicios condenables, lo confieso, las ostras son parte del sector delicatessen, que consume un perfil concreto de la población. Pero aquí, los devoradores de ostras tenían perfiles muy distintos. La manera de tragarse los moluscos tampoco correspondía a la forma en la que lo hacen los habituados a este manjar, que se toman el tiempo de saborear cada pieza para deleitarse. Tenía la impresión de estar frente a un carrito de esos que venden higos chumbos: yo los adoro, pero la gente se atiborra de ellos sin saborearlos. Algunos de los ostreros incluso ponían cara de asco como si estuviesen tomándose un medicamento. Pero ¡vamos a ver! ¿qué es eso?

Mi legendaria audacia me impulsa a informarme. ¡No! No me voy a ir de aquí sin dilucidar el misterio, o me va a salir la cabeza ardiendo. Me dirijo a uno de los dos empleados, de origen subsahariano, que abre las ostras con una destreza y una velocidad sorprendentes: “Por qué hay tantos hombres aquí?” Respuesta: “Es sobre todo los viernes y el finde”. Incrédula, continúo: “Y por qué esos días?” Como respuesta obtengo solo una sonrisa irónica que me hace pensar que mi pregunta es impertinente.

Los hombres vienen a reforzar su virilidad, aquí en el supermercado, para un fin de semana erótico

Salta mi alarma de socióloga. Inspecciono visualmente con más interés que antes la muchedumbre de hombres que hacen cola. Observo a un joven que me parece accesible: “Juya (hermano) ¿por qué hay tanto hombre aquí?” “Es que se acerca el finde”. “Vale, pero ¿qué tienen que ver las ostras?” El chica estalla de risa. “Jti (hermana), ¿estás casada?” “Sí, ¿por qué?” “¿Qué edad tiene tu marido?” Reflexiono y menciono una determinada edad, tras quitarle diez años, por si acaso. Mi joven, que sigue desternillándose: “Si tú lo quieres, tráetelo aquí dos veces por semana y deja que se atiborre de ostras. Pero después, vigílalo bien. Se te puede escapar de las manos”. Las preguntas se precipitan en mi cabecita. “Juya, jti chwia mkalja (tu hermana es un poco tontita)”. Mira a su alrededor, se asegura de que nadie nos escucha y me susurra al oído: “Mzien li nnafs dial aryal”. Finjo no comprenderlo. Pierde la paciencia: “¡Vamos! wa had chkuf huma viagra dialna” (este marisco es nuestra viagra).

Vale. Ya lo habéis pillado. El carrito en Derb Ghallef, el supermercado, la muchedumbre, la cantidad de ostras tragadas cual medicamento…

Ennafs quiere decir respiración. Así se le llama a la virilidad en dariya (árabe magrebí). Es tanto como decir que la virilidad equivale a la respiración, al aire de la vida sin la que uno ha de morir. ¡Ahora lo entiendo todo! Ala slama, me diréis. Pero sigue habiendo un misterio más: “Agi, a juya, ¿y por qué viernes y finde?” Sigue con su sonrisa maliciosa: “Son los días de la bertush”. ¡Vaaaaya! Ahora sí que lo he entendido. La bertush es como los más jóvenes llaman a lo que eran el pisito o el picadero para otras generaciones. Es decir que los hombres vienen a reforzar su virilidad, aquí en el supermercado, para un fin de semana erótico.

Conclusión: las ostras serán afrodisíacas.

Luego hice una pequeña investigación y resulta que las ostras y los mejillones contienen grandes cantidades de zinc. Un mineral importante para la producción del esperma y para la fertilidad. Según las informaciones recogidas en internet, pero de fuentes noooo muy seguras, la cantidad de ostras que había que tragarse al día para el aporte necesario de zinc ¡serían 30 piezas! Hay que estar realmente muuuy motivado y tener además los recursos. Una sola ostra vale 10 dirham.

¡Señores! Por favor, si algún día se topan conmigo en aquel supermercado, no me empiecen a tirar tomates. En estos tiempos tan especiales, solo intento mantener alta la moral y me entrego al humor para hablar de temas lo más alejados posible de la rabiosa actualidad. ¡Nada de rencores!

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© Soumaya Naamane Guessous | Primero publicado en 360.ma · 28 Ago 2020 | Traducción del francés: Ilya U. Topper

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