El miedo de las víctimas

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Hürrem Sönmez

@hurremsonmez

Abogada (Samsun, 1974). Estudió a partir de 1991 Derecho en Estambul, ciudad donde vive desde entonces. Trabaja como abogada desde 1998, sobre todo en el ámbito de la defensa de los derechos humanos y la libertad de expresión.

Publicado el 3 Mar 2021

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Hace unos días se celebró la primera sesión del juicio por la muerte de Duygu Delen, de 17 años, que falleció tras caer de forma sospechosa del balcón de la casa de su novio.

El acusado, Mehmet Kaplan, se quejó en la sesión de que estaba en prisión preventiva a causa de las redes sociales. “Me han quitado tres meses de mi vida”, dijo. Es el hijo de una familia con posibles; su padre es dueño de una fábrica de alfombras.

En su primera declaración, Kaplan había admitido que había utilizado violencia contra Duygu Delen, pero no aclaró con nitidez cómo Duygu cayó del balcón del cuarto piso.

Kaplan ya había causado la muerte de una mujer embarazada a la que atropelló conduciendo bajo los efectos del alcohol y se ha dicho que en el juicio correspondiente, la familia utilizó sus conexiones políticas y su poderío económico. La empresa familiar tiene filiales en numerosas ciudades del país y en la reunión de comerciales el año pasado llegó a salir a escena la cantante y actriz Gülben Ergen, ante una sala llena de hombres, para “un respiro tras un año tan duro”.

Mehmet debe de ser el hijo menor de la familia. Cuando llegue el momento, también él trabajará en la empresa familiar, vestirá traje de chaqueta en la reunión de comerciales, con el pañuelo de seda asomando, probablemente acabará casándose con alguna chica de buena familia a la que sus allegados den su aprobación… No ha podido ser, el sistema se ha bloqueado en alguna parte, y ahora Mehmet Kaplan está acusado de haber matado de forma violenta a su novia.

Kaplan es inocente, culpables son los que han tenido la audacia de preguntar qué ha pasado con Duygu

Se ha decretado que un informe de perito debe esclarecer cómo murió Duygu: de ahí saldrá si fue un accidente, si fue un suicidio o un asesinato. En el escrito de acusación, la Fiscalía describe los detalles de cómo “cayó” Duygu: “El sospechoso… abrió la puerta y la puerta del balcón con la mano derecha, dejando sangre en la cortina, miró abajo desde la parte del balcón que se halla justo enfrente de la puerta y conforma la parta de entrada interior del edificio, dejando manchas de sangre en la barandilla del balcón al tocarla con la mano derecha; hallándose en esta parte de la barandilla en el lado derecho manchas de sangre compatibles con el ADN del sospechoso; al mirar abajo desde esta parte vio al encargado del edificio regando el césped en la parte de la puerta de entrada interior, por eso planificó no tirar a la víctima por la barandilla frente a la puerta del balcón sino por la barandilla que mira hacia la entrada del patio del edificio; de acuerdo a esta idea, agarró a la víctima, que estaba inconsciente bajo el sofá y la arrastró hacia el balcón; al mancharse los pies en el rastro de sangre que se formaba en el suelo también manchó el suelo del balcón; suspendió la víctima de los brazos sobre la barandilla del balcón que mira a la entrada del patio, sin que se hayan hallado rastros evidentes durante el trabajo de toma de muestras de la barandilla, y levantando la víctima de los pies, la lanzó hacia abajo…”

Sí, eso dice el escrito de acusación, pero el acusado dice en el juicio que le han “quitado tres meses” de su vida al meterlo en prisión preventiva por quienes se han aprovechado de la situación metiendo ruido en las redes sociales. Kaplan es inocente, culpables son los que le “han quitado tres meses”. Los que han tenido la audacia de preguntar qué ha pasado con Duygu. ¡Pero qué importa si aquí ha muerto una persona que tenía apenas 17 años, aunque haya sido por accidente! Por lo demás, en realidad tiene razón: si algunos no hubieran levantado la voz en las redes sociales, el caso quizás se habría cerrado, declarándolo un suicidio, y Kaplan habría seguido con su vida en libertad. Habría acudido a las reuniones de comerciales hecho un pincel, habría acompañado a las estrellas de la tele, quien sabe si llegado el momento no se habría metido hasta en política.

Recordamos también a la estudiante de universidad Pinar Gültekin, de 27 años, cuyo cadáver se encontró cuatro días después de que ella desapareciera. El asesino, Cemal Metin Avci, confesó en su declaración que había estrangulado a Pinar con las manos para luego quemar el cuerpo en un barril de basura en una casa de campo y cubrirlo con hormigón.

Según un vecino que lo conoce desde hace 25 años, el asesino es “una persona estupenda”

En acusado tiene un bar en su pueblo, su padre es miembro del consejo directivo en una cooperativa, también tiene una tienda; según un vecino que lo conoce desde hace 25 años, el asesino es “una persona estupenda”. “Conozco a su abuelo, a su padre, a sus tíos, era un hombre muy tranquilo”, dice el vecino.

Es algo a lo que ya estamos acostumbrados en los pueblos: alguien hijo de fulano, alguien de que se dice, al oír su apellido, que debe der ser una persona respetable; empieza con la fotografía de boda en esmoquin y pajarita, continúa con la foto de familia feliz con mujer e hijos pequeños, y acaba en la foto con la cabeza gacha entre dos gendarmes. Un asesino con camiseta de marca, considerado uno de los prohombres del pueblo, “todo un señor” y “hombre tranquilo”, “un buen padre de familia”, que un buen día estrangula a una joven mujer, la quema y le echa hormigón encima.

Así llegamos a Çagatay Aksu, asesino de Sule Çet, estudiante de la Universidad de Gazi, arrojada del piso veinte de un rascacielos de Ankara… Siendo jefe, podemos decir que había conseguido grandes cosas en poco tiempo. Con una breve búsqueda en internet nos enteraremos de su conglomerado de empresas de construcción que tenía licitaciones públicas, oficinas en el rascacielos, coches, etcétera, todo eso con un padre, ya jubilado, que era dirigente de alto nivel de un banco público, y un tío burócrata.

Todos sabemos que primero se quiso cerrar el caso declarando que la muerte de Sule se debía a suicidio, y dejando a los sospechosos en libertad. Al fin y al cabo no ignoramos las relaciones respetables, las largas manos y brazos de las familias. Si le preguntaran, con certeza él también diría que se le ha declarado culpable por los medios sociales.

Hay algo en el aire que infunde valor a los criminales y miedo a las víctimas; es verdad, qué verde era mi valle y te conocí en Estambul.

No ignoramos las relaciones respetables, las largas manos y brazos de las familias

Ahora que esa telenovela está tanto en la agenda y todos nos pasamos el día hablando de ella, también podríamos decir, con la vez interior tan molesta de la terapeuta de otra serie muy popular: “Cuánto albergamos en nuestro interior, cuánta necesidad tenemos de saltar de nuestro resorte, desparraramar lo que llevamos dentro”.

Cuando de niños veíamos en Nuestra Familia a Yasar Usta bebiendo gaseosa elvan en el sofá, junto a la estantería de libros de formica, orgulloso de haberle dado una lección de humanidad a la patrona rica de mal corazón, llorando a moco tendido con una serie infantil, mientras lo animaba Vecihi… ¿no nos parecía que estábamos todos en una consulta de terapia?

Puede haber otras respuestas, pero si miramos la atención que prestamos a las telenovelas está claro que queremos que se parezcan al lugar donde hemos vivido, que nos expliquen cómo vive la gente aquí.

A algunas esto nos ha recordado el filme Mayoría, rodado en 2010, que yo pondría en cabeza si me dijeran que nombrara las 10 mejores películas que se ocupan de cómo es este país.

Mayoría no encontró en su momento una resonancia tan grande como Te conocí en Estambul. Aunque ya nos avisó con diez años de antelación, de forma profética, en qué tierra fértil se cultivan los “hijos de buena familia”.

Informes policiales cambiados, víctimas acalladas por la fuerza, contratistas… os acordáis ¿verdad?

Las historias de la madre que, sin aprobar el orden fuerte y enérgico del padre, pero participando tácitamente en él, siendo la mayor parte del tiempo a la vez participante y víctima… Estos padres que limpian las porquerías de sus hijos, hijos que nunca han sabido hacer la o con un canuto, que no han conseguido ser personas… Mayoría nos han mostrado una sociedad que aún no ha salido de la eterna adolescencia.

Informes policiales cambiados, víctimas acalladas por la fuerza, contratistas que plantan casas en medio de un bosque… os acordáis ¿verdad?

Al final de Mayoría, el protagonista, Mertkan, le pide un arma a su padre, evocando que los enemigos que faltan los crea uno mismo y arreglándoselas con una “legítima” defensa. El filme termina con una comida familiar “feliz”. Vemos un retrato de “sagrada familia” del tipo que desea tanto el señor Numan Kurtulmuş, quien cree que los que viven solos perjudican la sociedad: el padre maldice el terrorismo mientras ve la televisión, la madre pasa las empanadas, y aunque se han vivido varios quebraderos de cabeza, como querer crear lazos emocionales con los jornaleros que vienen a casa o ser novio de una camarera kurda, al final se ha establecido el acuerdo con la voluntad del padre y “se han conservado nuestros valores”.

En nuestra sociedad cada uno se siente víctima, pero nadie se reivindica como perpetrador

Eso sí, los diez años que han pasado desde que terminamos de ver ‘Mayoría’ no han sido muy fáciles. El arma del filme ha se ha disparado, nos hemos enterado aunque no lo hayamos visto, y sigue disparándose. Los Mertkan han crecido y han florecido, representan a la mayoría en pensamiento y en acción, dan ánimo a los asesinos y miedo a los inocentes, arreglan licitaciones al salir de la mezquita los viernes, posan ante la bandera de las tres lunas crecientes, en un momento, como si nada, tiran a las mujeres por la ventana, las queman, les echan hormigón encima. Todo esto es el resumen de diez años de esta mayoría.

Está claro que nos hemos convertido en malos mirando la maldad, irritándonos mutuamente, hemos enfermado, aunque estuviéramos en una sesión de terapia colectiva, aunque miremos con apreciación lo que hubo antes, echando de menos el sofá en el que veíamos juntos las películas de Yesilçam en los que siempre ganaban los buenos.

En nuestra sociedad cada uno se siente víctima por su parte, pero nadie se reivindica como perpetrador. Una sociedad que no se afronta a sí misma, no asume la responsabilidad de lo que sucede, no supera la pubertad. Eso tampoco es que sea algo nuevo. En nuestra familia amplia desde siempre se han compartido roles de víctima con los perpetradores indefinidos, de fuera, desconocidos, el infierno siempre son los otros, y si nos hemos desviado del camino es un juego del destino.

Está claro que necesitamos entender. Si tanto debate sale de una telenovela, si tanta sociología, tanto análisis político se hace con esa serie, está claro que estamos buscando caminos todos juntos para poner en su sitio a víctimas y perpetradores.

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© Hürrem Sönmez  |  Primero publicado en Diken · 20 Novc 2020 |  Traducción del turco: Ilya U. Topper

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