La noche arrebatada

Publicado por

Ilya U. Topper

@ilyatopper

Periodista (Almería, 1972). Vive en Estambul, donde trabaja para la Agencia Efe.

Publicado el 16 Mar 2021

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Mercedes Escolano
Placeres y mentiras

Género: Poesía
Editorial: Huerga y Fierro Ed.
Páginas: 72
ISBN: 978-84-1206-730-9
Precio: 11,40 €
Año: 2020
Idioma original: castellano

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Entonces la noche duraba hasta el amanecer. Sobre la barra del bar se dibujaba un trébol de alcohol puro, hacían volutas las nubes de tabaco, difuminando los carteles de cine con melenas rubias de Hollywood, filmes de hace generaciones, Casablanca, Garbo, Hayworth, a los que pese al tiempo nos queríamos parecer; pedíamos la copa al barman como si fuera un salvoconducto para Lisboa, nos subíamos el cuello del abrigo o bien el borde de la falda para dejar entrever medias de rejilla o un largo frío interno, según. Mentíamos mucho y lo llamábamos jugar: cada uno arrojaba las palabras sobre la mesilla sucia de ron como si fueran mazos de naipes a las que se apostasen fortunas: un luego te veo, un búscame en tal bar, un vivo cerca, un ¿la última en mi casa? Llamábamos ruleta al coincidir en la barra, decíamos póker al aguantar la mirada a través de copas alzadas, aunque la pregunta era siempre la misma: ¿qué hacer con tanta vida hasta la madrugada?

Afuera siempre llovía y había semáforos desganados y una fila de taxis en alguna esquina que acogían por igual a ganadores y derrotados: con el carmín borrado por labios ajenos o por la puta lluvia filtrada por las farolas. Volvíamos la noche siguiente, porque había que seguir jugando, la ruleta gira siempre, las horas se volvían cenizas, el hielo lágrimas, el alcohol saliva, pero no importaba: hay que ganar, cueste lo que cueste.

Vivíamos nuestra vida a través de los espejos ciegos en la pared, a través de reflejos más grandes que nosotros mismos. Decíamos champán y bebíamos larios, decíamos New York y París, y nunca salimos de Cádiz, decíamos pistola y empuñamos un lápiz, decíamos sangre y era apenas un verso que acababa manchando la servilleta.

Decíamos champán y bebíamos larios, decíamos New York y París, y nunca salimos de Cádiz

Las palabras se hicieron libro en manos de una mujer que sabía jugar como nadie a ser la croupier de un casino en el que todas las cartas eran la reina de corazones. Más que cualquiera entre el Café de Levante y el Cambalache, el Toque de Santo y la Punta de la Gades, era ella quien encarnaba la canalla noche a escondidas, los besos desgarrados, el amor sin papeles ni seguro de riesgo. Aunque yo fui de aquellos a los que la deriva llevó a fondear en aquel verso que dice: Amigos, razonablemente amigos, si es que puede razonarse el precio que nos cuesta.

Han pasado treinta años desde entonces, he dejado de meter mano en la estantería de la cama para agarrar aquel libro con el autorretrato de Tamara de Lempicka en la portada ocre y arrancarme a leer al azar alguno de estos poemas a quien conmigo viniera, antes de buscar la caja de condones. Lo tengo aún, claro está. No sé si dedicado o no: los años borran los trazos de tinta como el rímel. Lo que no borrarán nunca de la Literatura española es el nombre de Mercedes Escolano, autora de Malos Tiempos.

Han pasado treinta años y Mercedes Escolano se ha puesto enfrente del espejo que le arroja a la cara la imagen torcida de aquellos años: fue mentira, fue engaño, fueron cartas marcadas y tesoros de lamé. Que la poesía no es una noche derramada por la barra, la poesía es recoger versos caminando por la playa de buena mañana como si fueran conchas, mirar el oleaje desde la orilla, construir frases como quien compone añicos de una taza rota, pasar la mano por viejas máquinas de escribir, acariciar lomos de libros, dejar cerrado el cajón de antiguos diarios y papeles de aquella época, quizás, como mucho, explorar lentamente con la izquierda el pecho mientras la derecha va cazando palabras que finalmente sobre el papel, redondas, sensuales, toman forma de areola. Tanto esfuerzo para rozar apenas el pezón de una palabra.

Eso lo dice el espejo y Mercedes Escolano mira y calla y escribe. Como quien se confiesa, como quien hace un propósito de tardía enmienda. Pero el espejo miente. Nosotros lo sabemos: los engaños de esas noches en el Café de Levante, aquellos embustes puestos al tablero una y otra vez hasta el incierto empate de la madrugada fueron nuestra única certeza, nuestra verdad, nuestra vida, fueron el jackpot del juego.

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