Licencia poética

Publicado por

Ilya U. Topper

@ilyatopper

Periodista (Almería, 1972). Vive en Estambul, donde trabaja para la Agencia Efe.

Publicado el 21 Mar 2021

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Amanda Gorman tiene 22 años y lee un poema en la investidura del presidente de Estados Unidos, Joe Biden. Es, desde luego, suficiente para darle fama mundial de inmediato. Editores de todas partes contratan los derechos de sus libros. Y salta el escándalo: en Barcelona rechazan al traductor catalán previsto porque la poeta es mujer, joven y negra y exige que también la traductora sea mujer, si puede ser, joven, y si es negra, mejor. En Holanda, ídem de ídem: la propia Gorman rubrica que la elegida sea Marieke Lucas Rijneveld, escritora, mujer y joven, aunque bueno, vale, blanca. Pero siempre hay alguien más papista que una poeta y va una activista y monta una campaña contra la blanquitud de la traductora hasta que esta se retira. Gorman lo deja correr.

Así anda la poesía hoy día. Lo que opino del escaparate de identidades ya lo he dicho muchas veces y no hace falta que lo repita hoy, Día Mundial de la Poesía. Hoy diré lo que me encantaría que los poetas y traductores de este mundo se mesen la barba, se agarren de los botones del abrigo y se tiren de los pelos para discutir si un verso está bien o mal trasladado a otro idioma. Si recoge la idea expresada pero también la cadencia, el ritmo, la rima, en fin, la música de la palabra.

No es que sea frecuente. Hagan memoria: ¿cuándo han leído por última vez un poema de autoría extranjera que iba rimado? Ah, dirán ahora, ¿en otras latitudes también riman? ¿Eso no era una cosa decimonónica de España que afortunadamente por última vez se dio en Antonio Machado?

Hagan memoria: ¿cuándo han leído por última vez un poema decimonónico, decimoctávico o duodécimo con rima? ¿Las canciones de Heine? ¿los sonetos de Goethe? ¿las rubaiyat de Yelaledin Rumi? ¿las sátiras de Wallada? ¿el Shahname? Lo que me ha dado la puntilla es que hace pocos años se promocionó en los ámbitos literarios españoles como excelente e innovadora la enésima traducción de la Divina Comedia de Dante… ¡por primera vez sin rima!

A veces —depende del poema— es la música y no la palabra la que confiere inmortalidad a un verso

Cuando lancé un guante al campo de plumas, cuestionando la valentía de quienes se atreven a quitarle la rima a los tercetos del florentino, me respondieron, pergamino en alto, que un traductor que mantiene la rima es un mal traductor, porque obviamente, las mismas palabras no riman en otro idioma. Por lo tanto, el traductor tendría que emplear otras palabras, no las que eligió el autor original, con lo cual sería una traducción menos fiel.

El primer postulado aquí es que existen las mismas palabras en diferentes idiomas. El segundo es que el poeta elige las palabras estrictamente por lo que significan en el diccionario, no por el ritmo y la musicalidad que otorgan a la frase. Eso de que las sílabas tónicas aparezcan en orden y las últimas letras coinciden de verso en verso debe de ocurrir más bien por casualidad porque, al fin y al cabo, así es el persa, el alemán, árabe, el italiano. Y claro, en castellano no va a funcionar.

La realidad es que en persa, árabe, alemán e italiano tampoco funciona. Eso de que la musa se acerca sigilosamente al oído del poeta y le sopla las palabras correctas es un cuento. La realidad es que el poeta le pone muchísimo esfuerzo y a veces comete atentados contra la gramática —eso es lo que antiguamente se llamaba licencia poética— para que le acabe funcionando. Porque sabe que a veces —depende del poema— es la música y no la palabra la que confiere inmortalidad a un verso.

El ser humano tiene esas cosas: le gustan la cadencia y las consonancias. Todo pasa y todo queda / pero pasar es lo nuestro / pasar haciendo caminos, / sobre la mar, caminos no suena igual que un poema de Machado. No es lo mismo. Aunque las palabras sean las mismas.

Machado tenía el talento (inmenso) de hacer lo máximo con las palabras más sencillas. Otros necesitan nombres de flores, aves, astros. Alguno siempre encaja. Si estamos en el jardín, toda flor será jazmín, si viene el galán, trae azafrán, si queremos que vuelva, será madreselva, si estamos indecisos, cogeremos narcisos. La botánica es lo de menos en estos casos.

Despojarse de las cadenas de lo formal le dejó a la formalidad un regusto a óxido y herrumbre

El error de los traductores —yo lo llamo cobardía— es pensar que cambiar de nombre de flor falsea la intención original del poeta más de lo que la falsea quitarle cadencia, melodía, rima. Que el poema es todo fondo y nada de forma, únicamente concepto y espíritu, desprovisto de algo tan vulgar como oído, vibración, melodía, meros efectos secundarios que no merece la pena conservar.

Hay poesía así, claro. Sobre todo en el siglo XX. Probablemente la generación del 27 en España haya contribuido a vincular el buen gusto y el sentido poético verdadero a la ausencia de las rimas (aunque más de uno los retuvo): despojarse de las cadenas de lo formal y buscar la inmediatez del verso blanco o directamente libre le dejó a la formalidad un regusto a óxido y herrumbre. Y a cualquier traductor moderno le da vergüenza reproducir las rimas afiladas, incisivas, precisas de Stefan George, esas que caen como puñales.

O quizás no les dé vergüenza sino fatiga. Desde Firdusi, al que le prometieron una pieza de oro por cada verso, han cambiado las cosas: ya Bertolt Brecht dejó dicho que no le pagaban lo suficiente como para buscarle rima también al tercer verso de cada estrofa. Quizás el problema sea que a los traductores de hoy no se los remunera bien y no ven motivo para estar días y noches dándole vueltas al verso para dar con la palabra que encaje, con la sintaxis que funcione. Al poeta, que le dio las mismas vueltas, seguramente tampoco lo remuneraron (a Firdusi le trocaron el oro por plata, dicen), pero al poeta no le importa: le basta con el asiento que los dioses le tienen preparado en el Olimpo.

Ya nadie se atreve a alejarse de lo que digan los diccionarios, no vaya a ser que le acusen de ser original

El traductor no tiene billete para el Olimpo, quizás este sea el problema. Y cree cumplida su labor con ofrecerles a los lectores una especie de resumen del contenido de la obra original, no la obra en otro idioma. Total, no se lo van a agradecer. Desde que alguien inventó la maléfica coletilla de traduttore, traditore, ya nadie se atreve a alejarse de lo que digan los diccionarios, no vaya a ser que le acusen de ser original.

O eso era antes. Lo que hoy día más deben de temer los traductores es que los acusen de no ser lo suficientemente joven, lo suficientemente negra, lo suficientemente mujer. Quizás sea la definitiva vuelta de tuerca, pero en un sentido inesperado, a lo que yo siempre he defendido como esencia de la traducción: no escribas lo que pone el texto, no escribas siquiera lo que quiso decir el autor, escribe lo que habría escrito el autor en tu idioma. Tómate todas las licencias. Son poéticas.

Sé como la autora, es ahora la consigna. Al menos físicamente. ¿Ayudará? No sé. Cómprense el poemario de Amanda Gorman cuando salga en Lumen (‘La colina que ascendemos’), hojéenlo y luego díganme si están las rimas, las aliteraciones y juegos de asonancias que la joven poeta ha lanzado a manos llenas y azarosas por el surco de sus versos. Sí: al menos en este punto, no sé si en otros, Gorman tiene un cierto aire a la gran Maya Angelou. Solo espero que con sus traductoras tenga la suerte que Maya Angelou nunca tuvo.

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© Ilya U. Topper |  Especial para MSur ·  20 Marzo 2020

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