El partido funambulista

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Ilya U. Topper

@ilyatopper

Periodista (Almería, 1972). Vive en Estambul, donde trabaja para la Agencia Efe.

Publicado el 28 Mar 2021

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¿Y Batasuna qué? Es la frase que domina desde hace un par de semanas el bosque mediático de la derecha turca. Desde que Devlet Bahçeli, líder del ultranacionalista partido MHP exigiera públicamente prohibir el tercer partido del país, el izquierdista HDP, y la Fiscalía, con toda diligencia, elevara solicitud al Tribunal Supremo. La Unión Europea se mostró chocada, consternada, profundamente preocupada. ¿Prohibir un partido? ¡Un ataque a la democracia!

¿Y Batasuna qué?

El Tribunal Supremo español prohibió Batasuna, partido separatista vasco, en 2002, considerando que mantenía vínculos con ETA; el Constitucional lo ratificó y el Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo examinó la sentencia en 2009 y la dio por buena: por mucho que prohibir un partido solo debe ser un último recurso, esta vez era justificado, dijo.

Vínculos con una banda terrorista es exactamente la acusación que la Fiscalía turca hace al HDP, el partido de la izquierda de Turquía, nacido en 2012 como heredero de una larga serie de partidos radicados en las regiones kurdas del sureste del país y prohibidos sucesivamente por supuestos vínculos con el PKK, la guerrilla kurda de ideario marxista que desde 1984 combate en la región.

Las comparaciones cojean siempre. Sin embargo, si hay dos conflictos en el mundo que se parecen, son los de Euskadi y el Kurdistán turco.

Si hay dos conflictos en el mundo que se parecen, son los de Euskadi y el Kurdistán turco

En ambos casos, un grupo étnico repartido por varios países pide independencia porque no se reconoce en el Estado que le ha tocado y quiere uno propio. En ese Estado hay un Parlamento que funciona, elecciones, un voto que refleja la voluntad popular. El idioma es el identificador principal: estuvo prohibido, se ha ido legalizando. Un idioma más vivo en la zona rural que en las ciudades. La religión no juega ningún papel: es la misma que la del pueblo mayoritario —en una región más bien conservadora— y además, el partido portaestandarte de la causa se reclama marxista y prescinde de toda simbología religiosa.

Ese partido no reivindica la lucha armada, pero tampoco se desdice de ella, no aprueba sus ataques pero tampoco los condena, o solo para pedir que “todas las partes” pongan fin a la violencia. Niega ser el brazo político de la banda armada, pero sus representantes, algunos, acuden a funerales o actos de homenaje de quienes son guerrilleros para ellos y terroristas para el Estado. En sus manifestaciones se escuchan vivas a la lucha armada. Sus mayores recuerdan perfectamente la terrible represión que hubo una generación atrás, desapariciones, torturas, ejecuciones. Eso ya no es así, pero de ahí se viene, el Estado es el enemigo. El mismo Estado al que hay que jurar lealtad para ocupar el escaño en el Parlamento.

¿Dónde están las diferencias? Están en los tiempos. Cuando Batasuna se refunda en 2002, el euskera lleva 20 años siendo lengua cooficial, con plena integración en enseñanza pública, administración y medios. El franquismo ha quedado muy atrás. Cuando el HDP se funda en 2012, el idioma kurdo lleva siete años presente, a muy reducida escala, en radio, televisión y prensa. Acaba de admitirse como asignatura optativa en el colegio, pero es teórico: faltan profesores, no hay material escolar. Solo al año siguiente se permite usarlo en mítines electorales. El ninguneo, la discriminación, la sensación de ser un ciudadano de segunda clase es una experiencia cotidiana para cualquier kurdo; es difícil sostener que lo fuese para un vasco, la región más rica de España, en 2002.

“Integración de la identidad kurda en la nación turca”, es lo que pidieron ya en 2005 los políticos kurdos

¿Justifica esta discriminación la lucha armada? No, porque la lucha armada no puede convertir a ciudadanos de segunda en ciudadanos de primera del país contra el que se combate. Solo puede hacer aumentar la represión, empeorar la convivencia, imposibilitar las reformas, ahondar el abismo hasta que haga crac y una parte de la nación se desprende. Es la táctica de todas las guerrillas separatistas y funcionó en Kosovo, si el protectorado resultante se puede considerar un Estado funcional. Pero es prácticamente imposible combinar esa táctica con la presencia de diputados en el Parlamento que pretenden el mismo objetivo reclamando respeto institucional para el trabajo de destrucción de la convivencia.

El HDP no persigue este objetivo. Ni lo perseguían su predecesores, el BDP, el DTP, prohibido en 2009, ni el DEHAP ni probablemente el HADEP, prohibido en 2003. “Integración de la identidad kurda en la nación turca y el pleno reconocimiento de su cultura y su idioma”, es lo que pidieron ya en 2005 los políticos del DEHAP. Entonces, el PKK aún pedía la independencia. Eran dos proyectos políticos incompatibles. Y sin embargo, la plana mayor del partido había estado en la cárcel, alguno durante veinte años, por “vínculos terroristas”. No solo el Estado los consideraba el brazo político de una organización armada: también los veía así el pueblo que los votaba. Por eso los votaba.

Porque quien los votaba tenía un hijo o una hija en los montes, durmiendo en trincheras, abrazado al fusil de asalto, poniendo la vida al tablero por el futuro de su pueblo, y cualquier día, tras un tiroteo allí arriba, los soldados turcos se lo iban a traer en un ataúd. Un mártir. El pueblo, una parte del pueblo, quizás la mitad, creía en la causa de la guerrilla. Por eso votaba a los partidos que el día del Newroz encendían la pira: eran kurdos.

En 2013, por fin, el fundador del PKK, Abdullah Öcalan, Apo para sus camaradas, encarcelado desde 1999, envió desde prisión una carta para no solo poner fin a la lucha armada sino también al propio proyecto de un Kurdistán independiente: descartó la idea de los Estados-nación basados en una única etnia y subrayó que el futuro era la convivencia en un Estado democrático para todos. El mensaje fue recibido con júbilo por un millón de personas que celebraban el Newroz en Diyarbakir, bajo estandartes con el retrato de Öcalan y el grito Biji Serok Apo (Nuestro líder es Apo). Y con alivio por los políticos del HDP presentes en la tribuna que leyeron en voz alta la carta: también ellos dejaban de tener una pistola en la nuca.

O eso pensaban.

Era un clamor mundial: los kurdos deben seguir muriendo para una independencia que nadie quiere

Les hicieron flaco favor, desde luego, los partidos izquierdistas europeos que seguían, erre que erre, resaltando la lucha kurda como la de un heroico pueblo que sacrifica todo en el altar de una nación propia. Muy flaco, los partidos separatistas catalán y vasco que enaltecían la solidaridad con los kurdos, buscando justificación para sus propias aspiraciones políticas en el intento de equiparar sus dificultades con la Justicia con décadas de represión en Turquía y ocultando que los dirigentes de la propia guerrilla pedían “un modelo español”. Muy flaco favor les hizo alguna periodista holandesa que desde su blog pedía al PKK no dejar las armas mientras las tropas turcas no se retirasen del “Kurdistán ocupado”.

Era un clamor mundial: no, los kurdos no deben integrarse en una nación común con los turcos, deben seguir muriendo para una independencia que nadie quiere ¿qué haríamos el resto del mundo si demostrasen que la paz es posible?

Desde luego, la derecha turca tocaba la misma música. Todos los partidos, hasta el HDP, figuran como “separatistas” en la Wikipedia turca, cuando hasta el propio PKK ha dejado de serlo hace exactamente ocho años. Pero la amenaza de un enemigo que amenaza con dividir y trocear el país en colaboración con las potencias extranjeras es materia electoral insustituible para los nacionalistas.

El partido nunca supo desprenderse de la imagen de ser el brazo político del PKK. En todas sus intervenciones figura la exigencia de liberación o al menos el fin del aislamiento de Abdullah Öcalan, como si se tratara de un pacífico intelectual injustamente encarcelado, y no del comandante de una banda armada que ha enviado a la muerte a miles de jóvenes, alguien que cualquier país con sentido de ética metería entre rejas para siempre. Cuando altos cargos del partido se han declarado en huelga de hambre, rozando la muerte, no ha sido para que por fin el kurdo se enseñe de verdad en los colegios: ha sido pidiendo mejores condiciones para Öcalan. No han faltado diputadas del partido en entierros de militantes armados abatidos por la policía.

Si el HDP rompiera de forma tajante, rotunda, con la guerrilla, perdería gran parte de sus votos

No supo desprenderse porque no puede: el HDP, un partido socialista, izquierdista, feminista, ecologista, tiene entre el 11 y el 13% de los votos en Turquía; es el tercer partido del país desde la escisión de la derecha nacionalista en MHP e IYI. Pero solo la mitad de estos votos son del sector izquierdista y feminista de Turquía. La otra son votos kurdos. Votos de quienes siempre votarán, porque estos son los nuestros, a quienes consideren el brazo político de sus hijos en el monte, los héroes que han tomado las armas. Si el HDP rompiera de forma tajante, rotunda, con la guerrilla, perdería gran parte de estos votos. Y con el umbral electoral en el 10%, el más alto del mundo, no se lo puede permitir. Su supervivencia como partido depende de ello.

Selahattin Demirtas lo intentó, llegando todo lo lejos que pudo, gracias a su verbo, su humor, su carisma. En sus mítines de 2015 por primera vez se ondeaban banderas turcas al lado de los retratos de Öcalan. Era el hombre que habría podido liberar al HDP del abrazo de oso de la guerrilla. Por eso precisamente lo encarcelaron. Lleva en prisión preventiva cuatro años, cuatro meses, tres semanas y tres días. Porque habría podido poner fin a la guerra. Y, desde luego, porque se negó a hacerlo a costa de entregar todo el poder a Erdogan. Quería la paz, pero la paz con democracia. Eso no se lo perdonaron.

Y por eso mismo ahora intentan prohibir el HDP: porque saben que prohibirlo es la vía para alimentar la guerra, aplazar treguas, impedir que algún momento venga la paz. Prohibir el HDP es ensanchar el abismo, no cerrarlo.

Esta es la diferencia. Y por eso el Tribunal Europeo de Derechos Humanos aprobó el cierre de Batasuna y no el del HDP, por mucho que los hechos alegados como motivo se parezcan como un puñado de gotas de agua. Euskadi en 2003 llevaba mucho tiempo siendo una autonomía con las máximas competencias imaginables en un Estado (federal o no), con policía propia y sistema fiscal. No había nada que reivindicar ya salvo la independencia. Y es la independencia que justifica, en palabras de un cargo de Batasuna que cita el Tribunal, “usar todos los medios posibles para confrontar el Estado”.

Porque el HDP tiene una visión izquierdista para Turquía entera, ahora lo quieren prohibir

Dado que el Estado no puede negociar su propia disolución con una facción local, el único fin del partido puede ser alimentar el conflicto hasta que la convivencia se vuelva insoportable. Esto se desprende del razonamiento del Tribunal: considera que “el modelo de sociedad concebido y defendido es incompatible con una sociedad democrática”. Efectivamente: imponer a los demás una visión política por todos los medios, incluida la violencia, es incompatible con ser diputado.

La visión por la que aboga el HDP es la convivencia: la plena integración de los kurdos en la nación turca. Ha usado la palabra “autonomía”, pero en un sentido muy distinto al que se le da en España: jamás ha propuesto un mapa de una región autónoma, ni sería concebible diseñarlo, con solo parte de la población kurda concentrada en el sureste y el resto dispersa por numerosas provincias, sobre todo Estambul. La “autonomía” que propone el HDP no es geográfica: se traduce como descentralización municipal. Para todo el país. Porque la visión del HDP es para Turquía entera.

Por eso precisamente, porque es una visión izquierdista para Turquía entera, ahora lo quieren prohibir.

Otra pregunta es, desde luego, por qué sigue combatiendo una guerrilla que desde hace ocho años ha renunciado expresamente al objetivo de la independencia. Qué quiere conseguir mediante las armas, si no quiere un territorio. Y por qué sigue combatiendo, a sabiendas de que cada bala disparada es un barrote más para los militantes del partido, y un clavo más en el ataúd de la democracia turca. Díganme por qué y habrán resuelto la cuestión kurda.

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© Ilya U. Topper |  Especial para MSur ·  20 Marzo 2020

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1 comentario en “El partido funambulista

  • Luis Miguel opina:

    Gracias por aclararnos y explicarnos tan bien un conflicto que desde fuera nunca se explica ni se entiende bien del todo, aunque me he quedado con el enigma de la pregunta final…

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