Pistolero viejo

Publicado por

Ilya U. Topper

@ilyatopper

Periodista (Almería, 1972). Vive en Estambul, donde trabaja para la Agencia Efe.

Publicado el 8 Abr 2021

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Juan José Téllez
Los amores sucios

Género: Poesía
Editorial: Aguilar
Páginas: 100
ISBN: 978-84-0352-227-5
Precio: 13,90 €
Año: 2021
Idioma original: castellano

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—¿Y qué foto del Téllez pongo para lo de los poemas? Tengo una muy buena, sale guapo, pero me temo que es de hace quince años por lo menos…

—Ponla. El Téllez no cambia. Sigue igual que entonces.

Seguir igual de guapo quince años más tarde es una de las cosas más bonitas que se pueden decir de una persona, mediado el ecuador. Por mucho que no tengamos la culpa de todos los sucesos que dejan arrugas en nuestra piel o eriales en la superficie del cráneo, no puedo evitar la sensación de que hay un algo que sí es mérito propio en quienes mantienen el mismo aire a lo largo de décadas: una disposición de vivir con ganas, de nunca dejarse arrastrar por una desidia vital hacia la grisura del envejecimiento. Y qué duda cabe que Juan José Téllez (Algeciras, 1958) ha mantenido esa vitalidad que le permite guiñarle un ojo a la cámara y a la vida sin que sepamos en qué década se hizo la foto.

Sí sabemos la década en la que se publicó su libro más reciente, Los amores sucios (Aguilar, 2021). Y no solo porque lo ponga en la cubierta. El Téllez no cambia, diríamos al leer los primeros versos: sigue ahí el personaje canalla, noctívago, bebedor e inescrutable que conocemos desde sus primeros poemas: Vengo sucio de amar, lleno de lluvia. / Traigo barro en las suelas del recuerdo, / cosí varios rostros a mis ojos turbios… escribe ahora. Es el mismo tipo duro al que conocimos en el inolvidable Daiquiri (1989), con las manos sucias de sangre y malevaje. Aquel viajero que recorría, al menos en verso, de Malta a Marrakech, de La Habana a San Francisco. Aquel que encarnaba todos nuestros sueños cuando recorríamos, en la incierta hora entre medianoche y amanecer, las calles de Cádiz ante bares que echaban el cierre y recitábamos de memoria: Vinieron a buscarme con el puñal oculto / en el pañol de popa de las motocicletas. / Eran serios y turbios como los barrios bajos / de donde yo nunca he logrado escapar.

Forajidos sublevados contra esa economía del mercado que son los ramos de flores con promesas

Por supuesto era impostura: no había alguien más buena gente que el Téllez, que precisamente había escapado de los barrios bajos de Algeciras a lomos no de una moto sino de una máquina de escribir. Una impostura compartida, pero qué poesía no lo es. Nos reconocíamos, porque quisimos, en este autorretrato con máscara y navaja: éramos, queríamos ser malhechores del amor. Forajidos sublevados contra esa economía del mercado que son los ramos de flores con promesas, los anillos, el altar.

Treinta años más tarde, las máscaras se desgastan, se quedan romos los puñales de atrezzo. Nosotros, los de entonces, seguimos siendo los mismos, no hemos cambiado de ideario, no hemos acabado como ayudantes del sheriff, midiendo el valor de la vida en las pulgadas del televisor bajo la foto de boda. Y nos precipitamos sobre Los amores sucios con deseo y dudas a partes iguales: ¿cómo escribir de lo mismo treinta años más tarde?

Escribir lo mismo, escribir poemas que podrían estar tal cual en Daiquiri o en la siguiente entrega, Transatlántico (1997), se descarta: no se lo creería nadie. Copiarse a sí mismo tiene un nombre, autoplagio, y por mucho que no conste en el Código Penal está tipificado en el literario. Y el Téllez no va a caer en eso.

Cabalga solo demasiado a menudo, le persiguen los recuerdos más que los alguaciles

¿Escribir algo totalmente diferente? Pero entonces lo más seguro es que ya no sea el Téllez al que buscamos al abrir el libro. Precisamente lo que queremos es que nos demuestre que no hace falta cambiar, que se puede llegar a mayor y seguir cabalgando por el salvaje oeste del amor, morir con las botas puestas.

Hallar la fórmula es cuadrar el círculo, es dar con el último número de la serie de Pi. Recuerdo a otra gran poeta de la quinta del Téllez, Mercedes Escolano, que hace poco lanzó también un poemario que recuerda poderosamente aquel que le dio la inmortalidad grabada con whisky en la madera de los mostradores de Cádiz. Lo resolvió a su manera: reconociendo que aquello fue una impostura, que nada era verdad, todo un juego falso. Que es un poco lo del mago cuando al final de la noche tira las naipes y explica el truco: algo que no se debe hacer nunca.

Téllez no tira la toalla: mantiene el personaje. También el lenguaje: ahí están los términos que nos sitúan en el bando de los forajidos. Zafarrancho. Puñal. Cicuta. Carreteras secundarias. Chupa del suburbio. Limusina. Botas de caña alta. Pistola. Máquinas tragaperras. Tardes de París. Taxistas. Autostop. Tabaco. El lenguaje es puro Téllez: licor de alta graduación, el de siempre. Y el personaje es el de siempre pero —eso le salva— con un pasado. El forajido se ha hecho mayor, lo notamos en cada verso. Como nosotros. Cabalga solo demasiado a menudo, le persiguen los recuerdos más que los alguaciles, se da citas con su propia sombra en el hotel, ve fantasmas de su antaño.

Son largas salvas, como si ya no estuviera seguro de haber dado en el blanco

Acierta aún con más de un disparo. Fumar las hebras de un instante. Un lento tiroteo de palabras cansadas. Un alba de tabaco. Los míos no tomaron los palacios de invierno. Ese traje sastre que la vida nos compra / cuando ningún cante nos parte la camisa. La quise como a una ciudad de hermosos terremotos. Aquel país, el de las hogueras miserables / el miedo, las estolas y la sombra de Caín. Las muescas del ayer sobre la culata del rostro. Quizás baste con un verso de ese calibre: hay ejércitos de poemarios, estanterías enteras, que no alcanzan esa diana.

Pero se nota el temblor de la mano: el forajido dispara demasiado. Son largas salvas, como si ya no estuviera seguro de haber dado en el blanco, dándole al gatillo por si acaso, cuando ya no hace falta. Hay poemas, piensa uno, que serían mejores, serían excelentes si al llegar al final de la página, uno no la pasara. Quizás porque explicitar lo apenas enunciado le quita a la ventana el vaho necesario para soñar con el paisaje. Quizás por el riesgo de divagar. Y a veces simplemente porque se acaba deslizando un fraseo de distinta medida entre el perfecto staccato. Porque eso lo domina el Téllez todavía, en casi todos los poemas: el compás de las sílabas, la cadencia tonal, esa que nos hace vibrar los dedos al recitar. Esa que nos permitía recorrer las calles de Cádiz recitando, quitándonos de la boca uno al otro el verso, Yo paso por traidor de mis antepasados / y ella es la arrogancia de una muerte bella…

Es difícil envejecer con las botas puestas y la mano en el cinto, con el alma en rebajas pero sin pasar por el aro. Con la pólvora mojada a ratos, pero cabalgando aún.

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