Atención: libertad falsa

Publicado por

Ilya U. Topper

@ilyatopper

Periodista (Almería, 1972). Vive en Estambul, donde trabaja para la Agencia Efe.

Publicado el 26 Abr 2021

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Carmen Domingo
Derecho a decidir

Género: Ensayo
Editorial: Akal
Páginas: 160
ISBN: 978-84-460-4901-2
Precio: 18 €
Año: 2020
Idioma original: castellano

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Antes se obligaba. Había imposiciones. Hoy somos libres, afortunadamente, y podemos elegir. Gracias al mercado, que nos ofrece una amplia variedad de opciones. Al menos a quienes pueden pagarla. El truco del mercado consiste en hacernos creer que es libre elección y preferencia personal lo que es la única opción accesible a quienes no pueden pagar otra.

Esto no sería lo más grave —un mero autoengaño— si no fuera porque el discurso político reinante se ha apropiado de esta visión y ahora debate leyes para legimitar estas opciones forzadas y regular su explotación comercial, es decir, convirtiendo la necesidad de unos en oportunidad de otros y la falta de opciones en un bien comercial bajo la bandera de la libertad. Y, lo que es peor, bajo la bandera de la libertad de la mujer, es decir el feminismo.

Así se puede resumir la tesis central del libro Derecho a decidir. El mercado y el cuerpo de la mujer de la periodista Carmen Domingo (Akal, 2020). Un libro necesario, dice Almudena Grandes en el prólogo y tiene razón. Examina tres aspectos del feminismo que en los últimos años han hecho correr ríos de píxeles por portadas de prensa y redes sociales, bajo precisamente esta premisa del todo vale: los vientres de alquiler, la prostitución y el velo islamista.
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No todo vale, decide Carmen Domingo, y solo queda darle la razón: la tiene. Difícil encontrar alguna fisura en la argumentación de por qué la llamada gestación subrogada —un término benevolente para ocultar que se trata de alquilar a una mujer por su capacidad uterina— es una explotación de quienes tienen pocas opciones para salir de la pobreza. Y que disfrazar de algo distinto de simple explotación mercantil, por ejemplo mediante el discurso de que se trata de un acto altruista, es un timo: si existiera el altruismo en este negocio, las parejas de los países donde es legal, como Inglaterra, no se irían todas a Ucrania.

El carácter obligado de la opción de prostituirse es lo que convierte la prostitución en inaceptable

Algo más difícil se convierte el discurso de la autora en el capítulo sobre prostitución, porque su enfoque es el mismo: se trata de una necesidad explotada por el mercado, las mujeres que se dedican a esta actividad son víctimas: lo hacen porque no tienen otra opción. Por supuesto, Carmen Domingo tiene razón en una proporción estadísticamente abrumadora, pero suena a excusa no pedida el apunte de que no entrará “a valorar en este libro a aquella minoría de mujeres que se dedica a ello como opción profesional para ganarse la vida”, porque sería “una ofensa” para las que se ven obligadas.

No ofender no es una buena base para un análisis. Domingo deja fuera a la minoría —si quieren, minoría exigua— de mujeres que no están obligadas a prostituirse pero lo hacen de todas formas, lo cual no solo implica prostitutas de alto stánding, escorts, estudiantes con “benefactor” (afortunadamente un hábito infrecuente en España) y adolescentes de onlyfans (un fenómento tan reciente que no estuvo aún presente en el debate público cuando el libro va a la imprenta). ¿Por qué? Porque todo su discurso se basa en el “Es malo porque no hay libertad”. El carácter obligado de la opción de prostituirse es el factor que convierte la prostitución en inaceptable para la autora.

En este punto discrepo: considero que la prostitución es éticamente inaceptable aunque absolutamente todo el mundo la ejerciera libremente. Aparte de que la prostitución perjudica a quienes la ejercen, como queda obvio en el libro, también perjudica a los demás y es un daño que no desaparece porque la prostitución sea voluntaria y bien pagada, antes al contrario: significa la mercantilización del sexo para toda la sociedad. Significa elevar a norma un modelo comercial de relaciones sexuales en el que ellas están disponibles a cambio de algo y ellos pagan. Siempre que tengan poder de pagarlo. Es decir: un modelo social en el que para las mujeres, el sexo es deseo de dinero y para los hombres, ejercicio del poder. Y es obvio que en una sociedad de mercado, un bien mercantil no puede darse gratis: destruiría el mercado. Defender la prostitución es luchar contra la libertad sexual.

Deja claro que no, que el velo no es en absoluto respetable, ni tampoco si se lleva libremente

Este aspecto —así como la relación directa y estrecha entre puritanismo y prostitución, entre matrimonio y burdel— queda fuera del foco en la obra de Carmen Domingo. Al igual que en el capítulo sobre los vientres de alquiler renuncia a adentrarse en el trasfondo cultural y sociólogico que ha permitido la carrera empresarial para mercantilizar y convertir en dinero la explotación de úteros: “Es cierto que existe un problema de acceso a la paternidad y la maternidad de miles de parejas, o de personas solas, y que debe abordarse”, constata, para concluir que “es legítimo tener un deseo, pero no todo vale para conseguirlo”. Sin abordar el origen de este deseo: si existe como fuerza motriz del mercado es porque durante siglos ha representado un deber supremo bajo el patriarcado, porque en este deseo fueron adoctrinadas muchas generaciones de mujeres y hombres: una mujer sin hijos no cumple su función, un hombre sin hijos no continúa su estirpe. Quizás sea así, acabando con esta imposición ideológica patriarcal, como debería abordarse el problema del acceso a la paternidad y la maternidad.

Más redondo y preciso se muestra en este aspecto el último capítulo, aunque sea el más corto, dedicado al velo islamista. Aunque al describir el debate sobre el burkini, a la autora se le cuela un casi involuntario “Tal vez sí que algunas lo llevaran libremente, y eso es muy respetable”, pero afortunadamente, acto seguido pasa a explicar las implicaciones ideológicas del velo bajo sus diversas formas —asignar a la mujer la responsabilidad de constituirse en objeto sexual oculto a la mirada masculina— y deja meridianamente claro que no, que no es en absoluto respetable. Ni tampoco si se lleva libremente. Hay ideologías que no son respetables, por muy libremente que se exhiban, y el velo es una de ellas. Porque por supuesto, también el velo, al someter absolutamente toda relación entre hombre y mujer al prisma sexual, perjudica a toda la sociedad.

Es muy de agradecer la clarividencia y el valor de Carmen Domingo de exponer rotundamente el callejón sin salida en el que se ha metido la izquierda española (y europea) al defender el velo islamista como “libertador”. Una denuncia absolutamente necesaria, en la que coincide plenamente con otro libro recientemente publicado por Akal, No nos taparán, de Mimunt Hamido Yahia.

Expone el callejón sin salida en el que se ha metido la izquierda al defender el velo islamista

Quizás la parte menos redonda de Derecho a decidir sea la dedicada a la otra cara del concepto de tapar: la sexualización de la imagen de la mujer en “Occidente”. No solo porque arranca con una frase desafortunada, aquella boutade —aforismo adrede exagerado, falso— de Fatima Mernissi sobre la talla 40 como burka de Occidente y lo da por más o menos válida, sin insistir en la inmensa diferencia entre una moda y un mandamiento ideológico y sin recordar que precisamente esta equiparación de “desnudez en Occidente” y “velo en el islam” se ha utilizado y se sigue utilizando cada día en las redes sociales para promocionar el patriarcado islamista. También porque describe esta sexualización como si todos viviéramos en una película de Hollywood, cuando probablemente haya pocas sociedades más despreocupadas respecto a un modelo de cuerpo concreto que la española de los años 90 y 2000. Y porque lo llama “occidental” cuando cualquier sociedad islámica, empezando en Estambul y pasando por Líbano a Irán, está infinitamente más entregada a las operaciones estéticas que la europea en general y la española en particular. Y finalmente porque carece de autocrítica hacia aquella rama del movimiento feminista que ha hecho de la lucha contra toda preocupación por el cuerpo ¡incluida la depilación! una bandera, hasta llegar a proclamas tan absurdas como la que dice que nada que guste a un hombre puede ser feminista, por lo tanto hay que desterrar el bikini y volver al bañador. Quien sabe si al burkini.

Si digo que también habría deseado que el capítulo más extenso, el de la prostitución, otorgue más espacio a una posible solución del problema, cometo una injusticia. Es verdad que este aspecto se queda corto: Carmen Domingo se adhiere al modelo sueco de no ilegalizar la oferta de prostitución pero sí la demanda —persiguiendo judicialmente al cliente, no a la mujer— sin analizar si aquello realmente está funcionando o solo lleva el negocio a la clandestinidad. Pero sería una injusticia, digo, porque esto no es un libro sobre cómo acabar con la prostitución, sino sobre el derecho a decidir. Es decir, sobre las fuerzas de mercado y los discursos políticos que nos presentan como libertad y opción a escoger lo que es una necesidad, una obligación, un acto forzado.

Para lo otro haría falta otro libro de Carmen Domingo. Y tanto puedo decir ya: también estoy deseando leerlo.

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