La fe y la espada

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Ilya U. Topper

@ilyatopper

Periodista (Almería, 1972). Vive en Estambul, donde trabaja para la Agencia Efe.

Publicado el 21 Nov 2021

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Cinco años para Ahmed Abdo Maher. Un tribunal egipcio condena a un octogenario teólogo por “ataque a la paz social e incitar a la discordia” por un libro titulado “Una sociedad descarriada por la teología de los imames”. La sentencia —que debe ser ratificada por el presidente del país antes de ejecutarse— se basa en una ley que permite castigar con seis meses a cinco años de prisión a cualquiera que “falte el respeto a una religión monoteísta”. Por esa misma ley condenaron en 2016 a la poeta Fatima Naoot, por haber dicho en redes sociales que la Fiesta del Cordero era una masacre en la que las ovejas pagaban por la pesadilla que tuvo un señor con su hijo (en referencia a Abraham, por si ustedes no han leído la Biblia).

Ignoro qué exactamente escribió Abdo Maher, un acerbo crítico de la Universidad de Al Azhar, el centro teológico de Egipto que se tiene por guía y faro del islam ortodoxo y que lleva tantas décadas bajo influencia salafista wahabí que hoy día —como ha denunciado Maher— difunde exactamente las mismas ideas que el Daesh. Hasta el punto de reclamar para los yihadistas, en nombre del islam, los mismos castigos que los yihadistas, en nombre del islam, aplican a sus víctimas.

Pero en la lista de delitos o pecados de Maher —cuestionar las reglas históricas del ramadán, decir que no hay castigo a los muertos en su tumba— hay otro detalle: “Afirmar que el islam no se expandió mediante conquista”.

Lo que molestó a los doctores de Al Azhar es cuestionar que el islam se expandió por la espada

Hubo quien entendió lo contrario en las redes sociales españolas: corre la especie de que Maher fue condenado por decir que el islam no fue la religión de paz y armonía que invocan los conversos europeos. Pero no es verdad: lo que molestó a los doctores de Al Azhar es que el pensador cuestionara el consenso de los historiadores —en realidad, hagiógrafos— islámicos de que el islam se expandió por la espada. Consenso copiado a ciegas por el grueso de los académicos del mundo, los mismos que se creen la leyenda dorada de un islam aparecido por inspiración divina en La Meca a partir del año 610, tratando como dato histórico cualquier mitin, refriega o galanteo recogido en manuscritos redactados dos o tres siglos más tarde, con una fe rayana en el fundamentalismo.

Con esa misma fe se afirma que el islam se expandió por unos guerreros a caballo que salieron de los desiertos de Arabia y ochenta años más tarde, cabalgando sin parar, tenían sometido a mandoble limpio desde el río Indo hasta los montes del Atlas. Ellos o sus hijos y nietos, engendrados por el camino con las mujeres hechas cautivas o violadas entre batalla y batalla. Si les daba tiempo.

Si colegimos que la población de Arabia en el siglo VII rozaba el millón y medio, lo que da unos 300.000 hombres aptos para la guerra o el arado, y si con cierto optimismo suponemos que cien mil pudieron abandonar campos, pesca y rebaños sin que colapsara la economía local, y si con mucho más optimismo asumimos que ninguno de ellos caía en combate, en treinta años estos cien mil hombres tenían que vigilar un territorio enemigo de tres millones de kilómetros cuadrados. Otros sesenta años más tarde ya era el doble, desde la India hasta pasados los Pirineos, cuando —así lo cuentan los libros de Historia— el caudillo franco Carlos Martel les cortó el avance entre Tour y Poitiers, a 200 kilómetros de París, y salvó Occidente de ser arrasado por el islam.

Matemáticamente hablando, en aquel momento pudo haber dos o tres árabes en el campo de batalla frente a las huestes de Carlos Martel. No sorprende que perdieran.

Una conquista militar del Magreb, incluida la conversión obligada al islam bajo amenaza, es imposible

Por supuesto, los historiadores saben que lo del “ejército árabe” en Francia es falso. Saben que quienes conquistaron en veinte años la Hispania entera, exceptuando la aldea de Pelayo, eran dos o tres lugartenientes árabes al mando de una legión de bereberes reclutados en el Atlas y recién islamizados. Lo que nunca se han planteado es cómo esos lugartenientes conquistaron en una o dos décadas todo el Magreb para islamizarlo, en menos tiempo del que necesitaron en el siglo XX los ejércitos franceses y españoles, provistos con ametralladoras y aviones frente a campesinos armados con espingardas.

Una población puede ser forzada a pagar tributo, si se deja en cada plaza fuerte una guarnición lo suficientemente grande como para reprimir movimientos de rebeldía. Lo que no se puede hacer es obligar a una población cientos o miles de veces mayor que esa guarnición a adoptar unas creencias y combatir por ellas contra la población vecina. Especialmente teniendo en cuenta que el desarrollo tecnológico de la población del Magreb o de Persia, en lo que a armamento, comunicaciones o administración (bizantina, sasánida) se refiere, era al menos tan avanzado que el de los guerreros árabes.

En otras palabras: una conquista militar del Magreb, un sometimiento de la población por la espada, incluida la conversión obligada al islam bajo amenaza de muerte, para inmediatamente después utilizar esa misma población como legión extranjera para conquistar toda la Península Ibérica y avanzar hasta Francia, es imposible.

No hizo falta cruzada para expandir la fe de Jesucristo ni la de Moisés de las Rías Baixas hasta el Gran Atlas

Ni falta que hacía: nadie ha recurrido nunca a un mito de conquista militar para explicar la expansión del islam por Guinea, Nigeria, Kenia… o por Malasia e Indonesia. Hay inmensas regiones de África y Asia que nunca necesitaron ser conquistadas para islamizarse. Ni necesitaban una guerra los pueblos del Magreb —ni la Hispania romana— para hacerse cristianos y judíos unos pocos siglos antes de llegar el islam. Las legiones romanas que sí habían conquistado, lentamente y con una férrea disciplina militar y administrativa, el Norte de África, no imponían religión alguna. No hizo falta cruzada para expandir la fe de Jesucristo ni la de Moisés de las Rías Baixas hasta las faldas del Gran Atlas. Es un hecho histórico: las religiones se expanden por misión.

Reconocer que el islam se expandió por misión no significa negar que hubo batallas a lo largo de esos mismos siglos. Claro que las hubo. Lo que es una piadosa leyenda es convertir la fe en el motor de los enfrentamientos armados locales. Digo locales, porque nunca hubo un imperio árabe con flota, legiones, logística y administración central, comparable al romano, ni siquiera durante las pocas décadas que duró el califato omeya. Unas décadas en la que dicen que hubo muchas más batallas en la propia Arabia, entre partidarios y enemigos de la dinastía, que en los confines que caían rendidos bajo la espada.

Reinterpretar siglos de misión acompañada de guerras entre dinastías, reinos, condados y restos de imperios como una blitzkrieg santa, una guerra relámpago al servicio de la fe, tiene una finalidad: glorificar el poder de esa fe y servir de justificación ideológica para cualquier batalla futura. Esto es lo que Ahmed Abdo Maher reprochó a la universidad Al Azhar: mantener en su currículo la leyenda de la conquista en nombre de la fe, la glorificación de una seudohistórica guerra santa, llamada yihad, que sirve hoy de base a los foropredicadores del Daesh para hacer yihadistas: si la propia existencia del islam en gran parte del mundo se debe a la guerra, es que la guerra era y es necesaria, obligada, santa.

La derecha invoca la leyenda de la expansión islámica para rechazar la inmigración norteafricana

La misma leyenda le sirvió y le sirve al ultranacionalismo cristiano, desde que Modesto Lafuente inventó a mediados del siglo XIX el término de “Reconquista”, dando a entender que la llegada del islam a la Península Ibérica era un fenómeno profundamente distinto a la llegada del cristianismo: una invasión militar extranjera. Que fuera imposible en términos históricos (median 21 años entre el embarque de una cuadrilla de aventureros rifeños bajo mando de Tariq ibn Ziyad en las lanchas del conde Julián de Ceuta hasta la derrota de los “ejércitos árabes” al sur de París) no importaba. Importaba dejar claro que el destino de España, desde mucho antes de Jesucristo y para toda la eternidad, era ser una nación cristiana, y que el islam es un barbarismo, un elemento ajeno, enemigo. Y así lo siguen utilizando hoy la extrema y mediana derecha europea, invocando la leyenda de la expansión islámica por la espada para rechazar la inmigración norteafricana, pintándola como el segundo batallón de Tariq ibn Ziyad.

Lo que extraña más es ver que hoy día muchas personas opuestas al islamismo denuncian la “conquista” y “colonización” del Magreb por “el islam”, subrayando una supuesta violencia intrínseca de esta religión (como si los versículos de la Biblia no estuviesen a la altura, en cuestión de salvajismo, de los del Corán). Los más fervientes defensores de la tesis que atribuye al “islam”, así, en bloque, una disposición a la violencia son ex musulmanes: personas que hartas de verse sometidas a normas totalitarias, patriarcales y absurdas han dado el valiente paso de apostatar. Y que, con lógico enfado por la opresión vivida, atribuyen a la religión, como si de un ente tangible se tratara, toda la violencia que sus teólogos reivindican.

“Nadie que estudia el islam se atrevería a utilizar como fuente los dichos atribuidos a Mahoma”

Para apostatar de verdad falta un paso que ni siquiera ha dado el poeta Adonis, por muy pagano que se considera: liberarse del dogma de que el islam es una religión revelada por Dios a Mahoma en el siglo VII y desde entonces inmutable, precisa y punto por punto recogida en unas escrituras sagradas eternas. Eso es algo que ni siquiera creen de su propia religión los cristianos más devotos, gracias a la labor de dos siglos de Ilustración. Del islam lo siguen afirmando hasta catedráticos agnósticos, incapaces de reconocer la leyenda mahometana por lo que es. Por mucho que ya en 1900, el arabista Ignaz Goldziher escribió: “Nadie que estudia el islam de forma seria, se atrevería a utilizar como fuente los dichos atribuidos a Mahoma y sus seguidores para esbozar una imagen de la primera fase del islam y sus enseñanzas originales. La crítica histórica moderna nos hace estar vigilantes ante una visión tan antediluviana”.

Pero es esta visión la que hoy manda en las cátedras y que ha conseguido imponerse incluso entre quienes combaten el ideario islamista… o creen combatirlo porque al dar por hecho como verdad histórica los postulados “antediluvianos” no hacen más que darle la razón a los fundamentalistas.

Hoy más que nunca es difícil liberarse de esta trampa, porque desde los años ochenta, el Magreb, al igual que gran parte del mundo, ha sufrido una nueva oleada de misión de una religión llamada islam, que afirma ser la verdadera fe, inmutable, precisa y exacta a las escrituras sagradas. Esta nueva doctrina, el wahabismo, se parece en poco más que el nombre al credo practicado hasta nuestros días en el Norte de África; tanto que ha tenido que arrasar templos y santuarios para imponerse. Aunque tampoco es una conquista con la espada —si bien es muy afilado el canto de los billetes del petrodólar— no sorprende que haya quien lo llame colonización. Pero solo quien no ha conocido el islam de antes, el que veneraba árboles y tumbas, puede creer que unos guerreros de Arabia impusieron a sangre y fuego hace milenio y medio lo que hoy predica el Daesh.

Y por decir esto mismo, por decir que las guerras de hace milenio y medio no se hacìan para expandir lo que hoy predica el Daesh, le han caído cinco años de cárcel a Ahmed Abdo Maher. Porque apostatar de los dogmas de la historia también es blasfemia.
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© Ilya U. Topper |  Especial para M’Sur

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1 comentario en “La fe y la espada

  • Luis Miguel opina:

    Artículos como este deberían aparecer en los libros de Historia, cuanta sabiduría condensada en tan pocas palabras.

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