El lugar de la oración
Nicanor Gómez Villegas

Madrid | Mayo 2026
En el islam, el lugar de culto por excelencia es la mezquita. De dos palabras árabes surgen los nombres que se les dan a estos lugares de oración en los cinco continentes. La palabra árabe djamia significa “reunión” o “punto de encuentro”. Puede hacer referencia lo mismo a una universidad que a una mezquita, a una comunidad que a una asociación. Masdjid se podría traducir como “lugar de culto” y procede del prefijo ma-, que suele significar en árabe “lugar”, y del verbo sadjada, cuya raíz es *s-dj-d, “inclinarse”, “arrodillarse”, en clara referencia a las postraciones que han de realizar los creyentes durante la oración. Masdjid y el verbo del que procede son préstamos que el árabe tomó de la lengua franca de todo el Creciente Fértil, el arameo. Se han encontrado testimonios de la raíz *m-s-dj-d en arameo ya en el siglo V a. C., con el significado original de “estela” o “pilar sagrado”. Tras la llegada del islam a la Península Ibérica, masdjid evolucionó hacia mesquita, que daría en nuestra moderna mezquita. De las lenguas iberorrománicas pasaría a las lenguas europeas: italiano moschea, francés mosquée, inglés mosque (en el pasado mosquee).
No obstante, también existe una notable presencia de la otra palabra para designar a la mezquita en nuestra lengua, djamia, si bien no goza hoy de un uso tan extendido como el de su compañera. El DRAE recoge dos palabras homónimas. Aljama, del árabe hispánico alğáma‛, y este del árabe clásico ğāmi‛, era la manera más común de designar a la mezquita en el árabe de Al-Andalus. El homónimo de aljama procede del árabe hispano alğamá‛a, que a su vez viene del árabe clásico ğamā‛ah, que significa tanto “junta de moros o judíos” como “sinagoga” o “morería o judería”. En los derivados de djamia se percibe con claridad el matiz de “reunión” o “lugar de encuentro” que no está tan presente en masdjid, término que denota en mayor medida “lugar de culto”.
Unos a la mezquita, al lugar de la oración (al igual que los judíos), otros a celebrar a la diosa del amor
Debemos tener en cuenta la persistencia de esa dualidad en turco, cami (pronunciado dj) ymescit; cada una tiene un significado distinto: mescit hace referencia a cualquier mezquita pequeña, incluso un oratorio (un lugar para la oración, por tanto, individual). Cami, en cambio, es una mezquita grande, el lugar de la oración (y reunión) para muchos fieles, especialmente los viernes. Pero parece que esa distinción semántica solo existe en turco, pues en árabe actual mi informante no encuentra esa distinción. En Marruecos, por ejemplo, se utiliza indistintamente, y la Mezquita de Hassan II en Casablanca, la segunda más grande de toda África, se llama oficialmente masdjid. En relatos de viajeros alemanes por Oriente se encuentra la expresión Freitagsmoschee, i.e., “la mezquita del viernes”, para designar la mezquita principal de una ciudad o incluso de un barrio, poniéndola por encima en importancia de todas las demás. En la Edad Media los teólogos islámicos diferenciaban con claridad entre masdjid y masdjid djami, abreviada muchas veces como djami, donde queda patente la importancia de la connotación de “reunión”.
En muchas formas tradicionales del islam, los cinco rezos del día se podían llevar a cabo a solas, en casa —otro importante lugar de la oración—, en cualquier lugar limpio o incluso en el desierto, realizando las abluciones con arena si era menester por la escasez de agua, pues no era necesario acudir a un edifico concreto. Los viernes al mediodía son harina de otro costal, pues ahí si que es aconsejable reunirse con el resto de los miembros de la umma o comunidad de creyentes para una oración común, donde lo esencial es, precisamente, el hecho de reunirse como comunidad, de ahí el nombre del viernes en árabe, djum’a, en árabe “cantidad de dátiles” o “puñado (de dátiles)” o grupo. Esta claro que un artículo de esta serie no es concebible si no aparecen los dátiles, las palmeras o los camellos. De momento ya han salido los dátiles.
No deja de llamar la atención que los árabes (y los musulmanes) llamen a los viernes “el día de la reunión”. Los descendentes de los germanos (Friday, Freitag) y de los latinos (vendredi, venerdi) llamamos al viernes el día de Venus, vamos el día venéreo. No hacen falta más explicaciones. Unos a la mezquita, al lugar de la oración (al igual que los judíos), otros a celebrar a la diosa del amor. Aunque, todo hay que decirlo, si la raíz árabe Dj-m-‘a, significa “reunión”, “punto de encuentro”, puede hacer referencia lo mismo a una universidad que a una mezquita, también significa copular o ayuntarse. No solo rinden culto, por tanto, los viernes a Venus o a Freia romanos y germanos y los descendientes de ambos. Y ahora que lo pienso, tampoco los judíos se van de rositas. Según la ley y la tradición judías, mantener relaciones íntimas matrimoniales el viernes por la noche (shabat) no solo está permitido, sino que se considera una mitzvá (un precepto o acto sagrado) y una forma de honrar el día de descanso. A diferencia de otras religiones que históricamente han asociado la espiritualidad con el celibato, el judaísmo ve la intimidad física entre esposos como algo puro, sagrado y digno de ser elevado. El viernes por la noche es el momento culmen para la unión espiritual y física.
En el Alto Atlas no había mezquitas, simplemente un lugar, incluso a la intemperie, donde se oraba
En árabe, el viernes es el único día de la semana que no se designa con un número (además del sábado, sabt, que podría significar séptimo (pues es el séptimo y último día de la semana para judíos y musulmanes), aunque en árabe y en hebreo, la palabra procede de la raíz triconsonántica S-B-T, que viene a significar cortar, interrumpir, dejar de hacer algo, en particular, dejar de trabajar. “Santificarás las fiestas”. Es decir, cumplirás con el shabat o no trabajarás en el día del Señor (el domingo, el día del dominus). Los germanos y sus descendientes le consagran el día al sol.
Es conveniente recordar al lector que ni siquiera las mezquitas de los viernes, las djami, pese a la importancia que tiene la reunión de la comunidad de creyentes los viernes y el hecho de escuchar la prédica o sermón del imam, tienen un estatus de edificios sagrados o consagrados. En el islam las mezquitas no están consagradas y no se distinguen, en términos teológicos, del espacio que las rodea. En el valle del Tessaout, en el Alto Atlas, me llamó la atención que en muchos lugares no había mezquitas, simplemente un lugar, incluso a la intemperie, donde tradicionalmente se oraba. Se trata de lugares de culto —lugares de oración— pero no tienen la condición de templo como espacio sagrado opuesto en sistema binario al espacio profano. Algo que sí se produce en el judaísmo y cristianismo con sus respectivos templos, las sinagogas y las iglesias. En casi todos los países islámicos se puede entrar —con el debido respeto y guardando el decoro, sobre todo descalzándose— a las mezquitas. Salvo en Marruecos. La administración del protectorado francés de Marruecos estableció salomónicamente que, dado que los marroquíes tenían prohibido entrar a los bares de los franceses, los franceses no podrían acceder a las mezquitas.
La palabra aljamía puede llevarnos a confusión. Según Corominas procede del árabe hispano al‛ağamíyya, que llegó a estos pagos a través del árabe clásico a‛ğamiyyah. Aljamía significa “lengua extranjera” y, junto con rumiya, fue el nombre que los musulmanes españoles dieron a las lenguas romances habladas por los cristianos de Al-Andalus y por muchos musulmanes que no hablaban árabe o que lo hablaban muy precariamente. Menéndez Pidal nos recuerda en su monumental Historia de la lengua española que no se debe denominar “mozárabe” a las lenguas que hablaban los cristianos que vivían en los reinos musulmanes, sino “aljamía” (o romance andalusí, añado). En el siglo XIV el apogeo de la arquitectura mudéjar tuvo su correlato lingüístico en el florecimiento de la literatura aljamiada. La palabra también designa a los textos en romance transcritos en caracteres árabes (alifato árabe), o a los textos en judeoespañol transcritos en caracteres hebreos (alefato hebreo).
Los cristianos llamaban algarabía a la lengua de los árabes y esta palabra acabó significando “gritería confusa»
Un paralelismo muy interesante lo encontramos en el garshuni, una manera de escribir el árabe con el alifato arameo, cosa que era bastante habitual en muchas iglesias cristianas de Siria y Mesopotamia, porque históricamente se extendía el idioma árabe más rápido que su alifato. En el barrio cristiano de Ankawa, Erbil, se llama hoy en día garshuni a lo contrario: escribir el arameo, que sigue siendo lengua nativa de los cristianos asirios de la zona, con alifato árabe, porque todo el mundo lo ha estudiado en el colegio, pero pocos conocen el alapato arameo (vamos a llamarlo así, pues alap es la primera letra del sistema de escritura arameo), el mismo que el de la lengua litúrgica de los cristianos orientales, el siríaco. Ya puestos, Ilya Topper, suya es la idea, propone llamar aljamiado al hábito muy difundido entre jóvenes en Marruecos de escribir en el móvil o en Twitter su magrebí (daridja) nativo con el alfabeto latino.
De la misma raíz ʿ-dj-m, procede el moderno adjam, con el significado de no-árabe; en un principio significaba “balbucear”, “no hablar bien”, queriendo significar “que no habla árabe o que lo habla mal, con lengua de trapo”, de un modo análogo a la palabra “bárbaro”, del griego barbarophonos, es decir, “que no habla nuestra lengua”. Inicialmente los árabes usaron el término para designar a cualquier extranjero que no hablase o que no hablase bien el idioma árabe. Debido a la proximidad geográfica y los conflictos históricos, el término se acabó asociando casi exclusivamente con los habitantes de Persia (actual Irán), con un innegable matiz peyorativo. Durante la Edad Media, la región montañosa del oeste de Irán fue conocida por los geógrafos árabes como ʿErāq-e ʿAjamī (el Irak Persa) para diferenciarla del Iraq árabe. Con el tiempo, muchas comunidades de origen persa adoptaron el término con orgullo. Hoy en día, existen apellidos y minorías étnicas llamadas «Adjami» en varios países de Oriente Medio. Por extensión, la palabra adjami denomina al uso del alifato o escritura árabe modificada para escribir otras lenguas no árabes, como el persa, el urdu o diversos idiomas africanos (como el hausa o el diula).
La palabra aljama se asocia casi siempre a los judíos, pero originalmente se aplicaba tanto a musulmanes como a judíos
En el emirato de Córdoba existía una guardia del emir de visigodos de Narbona que llevaron a cabo la represión de la rebelión del Arrabal de Córdoba. Eran denominados “los mudos”, porque no hablaban ni árabe, ni bereber ni romance andalusí. Es curioso, así denominaban —y denominan— ne-metz, los pueblos eslavos a los germanos, “mudos”. Sabemos que los cristianos llamaban algarabía a la lengua de los árabes (del árabe hispano al‛arabíyya) y que esta palabra acabó significando en español tanto “lengua o escritura ininteligible” como “gritería confusa de varías personas que hablan a un tiempo”. Los cristianos llamaron también a los árabes “algarabíos”, una palabra que encontramos en Don Quijote pero que hoy ha caído en desuso. En todo caso, algarabía ha sobrevivido en nuestra lengua como un fósil que nos habla de la compleja realidad lingüística de Al-Andalus. Aljamía prácticamente ha desaparecido de nuestro idioma y sólo sobrevive entre los gremios de arabistas y hebraístas.
En la historia medieval de la Península Ibérica, la palabra aljama se asocia casi siempre a los judíos (la aljama judía de Toledo, la aljama judía de Córdoba, la de Valencia). Sin embargo, el término originalmente era una palabra árabe que describía una estructura legal y administrativa y se aplicaba tanto a musulmanes como a judíos. El término no definía a una religión, sino, recordemos, a una “asamblea”, a un “grupo”, a una “comunidad”: al-jamā‘ah, sin connotaciones religiosas, ni judías ni islámicas; es una palabra que denota una realidad civil y organizativa. Para los reyes cristianos que iban añadiendo nuevos territorios a sus reinos, una “aljama” era simplemente una minoría religiosa (judíos o musulmanes) que estuviera organizada bajo sus propias normas dentro del reino cristiano. Encuentro que existe un paralelismo entre esta organización y los millet o comunidades etno-religiosas en el Imperio Otomano.
La palabra call para sinagoga la siguen utilizando los sefardíes de Estambul: “Los shabades siempre me vo al kal”
Antes de la conquista de los territorios de Al-Andalus, los gobernantes musulmanes llamaban al-jamā‘ah a su propia comunidad mayoritaria (la comunidad de creyentes musulmanes). Tras el avance de los reinos cristianos, cuando se conquistaba una nueva ciudad (pongamos el ejemplo de Zaragoza, Toledo o Valencia), los musulmanes que no partían hacia el exilio y se quedaban a vivir bajo el nuevo rey cristiano pasaban a ser una minoría religiosa y eran conocidos como mudéjares. Con un designio claro de control, para cobrarles impuestos, pero al mismo tiempo permitirles mantener parte de sus costumbres y normas, el rey cristiano firmaba un pacto y creaba de modo oficial la Aljama de los Moros o la Aljama Mudéjar, que tenía su propio juez o cadí, quien entendía de los pleitos entre musulmanes aplicando la sharía o ley islámica. Esa aljama también tenía un alguacil o alamín que recaudaba los impuestos que se debían pagar colectivamente al soberano cristiano. Naturalmente, el consejo de la aljama gestionaba las mezquitas, los baños y las carnicerías halal. Los reyes cristianos acabarían usando la palabra árabe aljama metiendo en el mismo saco administrativo a las dos minorías religiosas que tenían en sus reinos.
Los judíos de esa época también tenían su lugar de oración, que siempre tiene una connotación de comunidad, asamblea o congregación. En el ámbito de los judíos españoles y su diáspora, ese lugar de la oración también era llamado call. Hay dos teorías respecto del origen de la palabra. La más probable es que esa palabra procediese de la palabra del romance catalán para referirse a los callejones estrechos, en principio sin ninguna relación con la minoría judía, con lo que llamar así al templo sería tomar la parte por el todo. La otra teoría sugiere que call es una adaptación o catalanización de la palabra hebrea qahal, que significa, precisamente, “comunidad”, “asamblea”, “congregación”.
La palabra call la siguen utilizando los sefardíes de Estambul: “Los shabades siempre me vo al kal”. Topper me propone una tercería teoría: que la palabra call proceda del hebreo kollel, que en la actualidad designa la academia donde los hombres casados siguen estudiando la Torá (a diferencia del yeshivá, que es para el frente de juventudes). Kollel significa “incluido, completo, congregado”, de la raíz hebrea KLL, “sumar, unir, congregar”. La misma raíz semítica da el árabe kull, que significa “todo”, pero que además ha dado el resultado kulliya, “complejo, que abarca todo, universidad”. Hoy designa a cada una de las facultades que componen una universidad. Erdogan, nostálgico empedernido de todo lo otomano, dado que a las universidades turcas se las llamaüniversite, ha tomado la decisión de llamar “Külliye” al enorme complejo de su palacio presidencial en Ankara (con biblioteca y más instituciones).
La aljama es la organización jurídica, institucional y administrativa de la comunidad judía en una ciudad cristiana
Es importante, por tanto, distinguir con claridad entre call, aljama y sinagoga. El call es el espacio físico, el barrio, las callejuelas, etc, donde se ubicaba el lugar de la oración, por tanto, llamar call al templo de la religión judía sería, como hemos apuntado más arriba, una metonimia. La aljama es la organización jurídica, institucional y administrativa de la comunidad judía en una ciudad cristiana. La sinagoga era el templo o escuela (llamada también en la documentación medieval escola o sinoga, evolución de la palabra sinagoga). Resulta curioso que templo y escuela sean equivalentes y aún suscita más curiosidad que exista un caso paralelo en tamazigh, lengua en la que la palabra para el colegio tradicional, el coránico, timzgida, sea una evidente derivación (Ti-MZGD) de la palabra árabe masgid, masdjid, mezquita. Pero solo se llama así el colegio, nunca la mezquita.
A los colegios modernos, por cierto, los llaman en el tamazigh al sur de Essaouira, shkuila, que es evidentemente Escuela. Lo extraño es que la denominación no viene del francés, porque entonces tendría que ser lekol. Debe de ser una palabra presente en el tamazigh desde la época de los portugueses, como otras muchas (farina, makina, semana). En cuanto a la palabra sinagoga, se da la circunstancia de que no es hebrea, pues procede del griego synagōgē, que significa «lugar de reunión» o «asamblea» (equivalente exacto y traducción del hebreo Bet haKenéset, de donde procede también el nombre del parlamento del Estado de Israel, la Knesset).
En este artículo, aunque no haya aparecido, al menos de momento, ningún camello, hemos navegado entre dos ideas muy diferentes, pero de pronunciación muy parecida: el lugar del rezo: djami’ y la lengua quebrada, fragmentada o de trapo: ‘adjam. El vínculo entre estas dos ideas ya estaba en el título del artículo: El lugar de la oración. Toda lengua bien hablada, toda palabra o frase correctamente pronunciada son también una forma de oración. En el lugar de la oración.
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© Nicanor Gómez Villegas | Mayo 2025 | Especial para MSur
