Biblia

Biblia aramea (Erbil, Kurdistán iraquí, 2011) | © Ilya U. Topper/M'Sur
Biblia aramea (Erbil, Kurdistán iraquí, 2011) | © Ilya U. Topper/M’Sur

El libro sagrado del cristianismo se conoce como Biblia. Se compone de dos partes: el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento. El primero recoge las escrituras sagradas judías y narra esencialmente la historia del pueblo hebreo. El segundo relata la vida de Jesucristo, considerado hijo de Dios y fundador de la religión.

El Antiguo Testamento corresponde en gran medida al tanaj judío, aunque la numeración y el orden de los distintos libros de los que se compone es algo distinta. Además hay diferencias de interpretación respecto a los libros que debe incluir el canon sagrado y cuáles se consideran apócrifos, es decir no originamente parte de la Biblia.

La versión más antigua conocida es la septuaginta, escrita en griego y supuestamente traducida del hebreo en el siglo III d.C por 72 escribas (de ahí el nombre septuaginta, setenta, a veces abreviado como LXX). Incluye varios libros que no están en el tanaj judío y que se excluyen a menudo de las ediciones de las iglesias reformadas. Las diferentes Iglesias Ortodoxas aceptan la mayor parte de los libros de la septuaginta, pero la Iglesia Asiria, la Copta y la Tewahedo tienen cánones propios; la Asiria y todas las iglesias orientales que siguen el rito siriaco, como la maronita, la caldea o la siriaca, utilizan la peshitta, una versión en arameo no basada en la septuaginta griega.

El canon católico es uno de los más amplios e incluye varios libros rechazados por otras iglesias o incluidas sólo con la advertencia de que se trata de ‘apócrifos’. Recoge, en primer lugar, los cinco libros de Moisés, conocidos como pentateuco (cinco jarrones, en griego), que narran la creación del mundo, la presencia de los judíos en Egipto y su éxodo hacia Palestina, así como numerosas leyes judías. Son Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio. A ellos se añaden los libros de Josué, Jueces, Rut, dos de Samuel, Reyes y Crónicas, respectivamente, Esdras, Nehemías, Tobías, Ester, Job, los Salmos, los Proverbios, el Eclesiastés, el Cantar de los Cantares, Sabiduría y Eclesiástico, estos dos últimos ausentes de otros cánones. El siguiente bloque recoge a los 17 profetas Isaías, Jeremías, contando aparte las Lamentaciones de Jeremías, Baruc, Ezequiel, Daniel, Oseas, Joel, Amós, Abdías, Jonás, Miqueas, Nahum, Habacuc, Sofonías, Ageo, Zacarías y Malaquías y, finalmente, los dos libros de los Macabeos, también apócrifos para otras congregaciones.

El Nuevo Testamento recoge los cuatro evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan, que relatan diferentes versiones de la vida de Jesucristo. Aunque tradicionalmente se sostenía que Mateo y Juan fueron apóstoles, los historiadores aseguran que los tres primeros libros fueron escritos al menos 50 años después de la muerte de Jesucristo y el evangelio de San Juan es aun posterior.

A los evangelios se añaden los Hechos de los Apóstoles, que relatan la vida de los discípulos de Jesucristo y, en el canon católico, 21 cartas, que instruyen sobre la vida cristiana. Las primeras 14 son atribuidas a San Pablo (una a los romanos, dos a los corintios, una a los gálatas, efesios, filipenses y colosenses, respectivamente, dos a los tesalonicenses, dos a Timoteo y una a Tito, Filemón y los Hebreos). El compendio se cierra con una carta de Santiago, dos de San Pedro, tres de San Juan y una de San Judás. Hoy se descarta que todas las cartas sean obra de las personas a las que son atribuidas tradicionalmente. El último libro de la Biblia es el Apocalipsis de San Juan, que relata una visión del fin del mundo.

La Iglesia considera sagrado el texto íntegro de la Biblia y afirma que la alianza de Dios con los fieles, relatada en el Antiguo Testamento, es válida para la cristiandad. La llegada de Jesucristo no haría más que reafirmar esta alianza, pero no anula las normas recogidas en el pentateuco: los diez mandamientos siguen siendo ley. En casos concretos, no obstante, la Iglesia aduce que las normas se deben interpretar teniendo en cuenta la actitud de Jesucristo. Así, por ejemplo, no exige la lapidación de las adúlteras, porque según los evangelios, Jesucristo salvó a una mujer acusada de adulterio.

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