Laicos contra ultras

 
Judíos ultraortodoxos frente a la policía en Beit Shemesh, Jerusalén (Nov 2011) |   © Oren Nahshon

Judíos ultraortodoxos frente a la policía en Beit Shemesh, Jerusalén (Nov 2011) | © Oren Nahshon

Jerusalén | Agosto 2010 · Especial para M’Sur

Amalia y Néstor forman una de esas parejas multiétnicas que enlaza en masa el estado de Israel. Yemení ella, delgada y elástica, vehemencia incontenible en su piel de cobre, cabello ondulado y negrísimo, como los ojos, y enorme sonrisa, a ratos infantil, a ratos cargada de divertida ironía.

Argentino él, con tipo de lo que es, un jugador de baloncesto retirado (y fiel seguidor siempre del Gimnasia y Esgrima de La Plata), calvo, fino bigote, manos inquietas, la vida en cada frase que sale de su boca. Profesora ella, vendedor en una tienda de fotografía él. Tienen dos hijas adolescentes y viven en Jerusalén. Hasta ahí, la suya sería la historia de una familia común, con su mezcla de culturas y pasados tan poco sorprendente en este país.

Sin embargo, en su piso de Kiryat HaYovel tienen la sede de una pequeña y poderosa célula de resistencia, el corazón de un movimiento ciudadano que se reúne en su salón para combatir el fanatismo que se quiere adueñar de Israel. Ellos son parte activísima de la plataforma que, desde 2008, pelea por mantener su barrio como hasta ahora, un entorno residencial sencillo y laico, donde cada cual hace lo que le parece siempre que respete al de al lado, donde no se pregunta qué religión gastas ni se imponen la fe y sus supersticiones.

Los barrios residenciales laicos se ven cada vez más presionados por la llegada de ultraortodoxos

El vecindario, creado en los años 50 con los primeros emigrantes de Europa, abiertos de mente, dispuestos a trabajar y a vivir en paz, dio lugar a este barrio tan extrañamente jerosolimitano que ni siquiera luce la piedra blanca con que los ingleses obligaban a construir cada edificio en esta ciudad una tradición que aún hoy se cumple) y que, por eso, tanto se parece a las manzanas de bloques arracimados de cualquier barrio de las afueras de cualquier ciudad europea.

Si Amalia y Néstor comenzaron a pelear hace dos años es porque sus calles ―bautizadas con nombres de países y ciudades de América Latina― se están llenando de jaredíes, los radicales entre los radicales del judaísmo ultraortodoxo, ese grupo que, sin llegar ni al 10% de la población de la ciudad, impone su ley, veta la normalidad y marca los tiempos. Los trajes y sombreros negros, la tela gris que cubre a las mujeres desde el pelo hasta el tobillo, las familias de seis y siete hijos, se han ido colando entre los vecinos de siempre, muchos profesores y obreros de las afueras de Jerusalén.

Nunca antes un desembarco así había dañado tanto la convivencia. “Los rusos fueron bien admitidos, y los etíopes, todos, pero ellos lo quieren hacer todo a su manera y nos violentan”, resume Amalia. ‘Su manera’ quiere decir que durante el shabat —desde la puesta del sol del viernes hasta la del sábado— no se debe encender fuego ni trabajar. Fuego es, también, la luz eléctrica o cualquier motor. Es decir que no deben circular coches ni ascensores ni se deben descolgar teléfonos.

Algunos ayuntamientos han delimitado playas de uso exclusivo para hombres y para mujeres

Es sólo uno de los muchos ejemplos de hasta dónde empujan los ultraortodoxos la interpretación de la halaja, la ley talmúdica. Otra es la separación estricta de los sexos: los colegios, desde preescolar, deben segregar a niños y niñas, en la interpretación de los jaredíes, desde luego no puede haber piscinas mixtas y las mujeres siempre deben vestir con manga larga y vestido largo. En algunas zonas costeras de Israel, los ayuntamientos han delimitado playas de uso exclusivo para hombres y para mujeres y numerosas líneas de autobús imponen ya —o permiten que los pasajeros impongan—que las mujeres se sienten en la parte de atrás y usen la puerta trasera para no mezclarse con los hombres.

En Kiryat HaYovel se vive la sensación que pronto esta vecindad podría imponer reglas semejantes. Por eso, un pequeño grupo de personas comenzó a protestar en el barrio cada shabat. “En paz, no hacíamos nada malo, sólo reivindicar lo que somos y denunciar el pluralismo que estamos perdiendo”, abunda la profesora. Nadie los oyó. Nadie los oye todavía.

Postes del shabat

Actualmente la comunidad ultraortodoxa israelí la forman 800.000 personas, de un total de 5,5 millones de judíos. Entre los 17.500 habitantes de Kiryat HaYovel hay casi 400 familias ultraortodoxas y la mitad llegó en apenas un año, en 2008. No venían como recién llegados que quieren contentar a su vecino, sino a su aire, a su “estilo”. Y siguen llegando, llamados por la vecindad con uno de los mayores núcleos de sinagogas de la capital y porque, además, en Kiryat HaYovel los precios de los pisos son más baratos (también aquí golpea la crisis y las parejas jóvenes no saben dónde meterse).

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Acerca del autor

Carmen Rengel
Periodista (Albacete 1980). Vive en Jerusalén, donde trabaja como periodista freelance de radio, prensa escrita y televisión.

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