Manual de ligar

 
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Emilio Tornero
Teorías sobre el amor en la cultura árabe medieval

Género: Ensayo
Editorial: Siruela
Páginas: 240
ISBN: 978-84-1593-756-2
Precio: 19,95 €
Año: 2014
Idioma original: español

− ¿Qué es el amor para vosotras, las beduinas?
− Abrazarse, estrecharse, acariciarse y conversar… ¿Y para vosotros, habitantes de la ciudad?
− Echarse sobre las cuatro extremidades de la mujer y forzarla.
− ¡Hijo mío! Eso no es amar, eso es tratar de tener un hijo.

En esta época – pongamos que hablo de la Siria del siglo XIV – el amor estaba de moda, y había reglas de juego para los amantes no casados. Lo de estrecharse, abrazarse y acariciarse estaba muy bien visto, siempre que se limitase a la parte superior del cuerpo, hasta el ombligo. Es decir, más o menos lo que en los Estados Unidos del siglo XX llamaban ‘necking’, a diferencia del ‘petting’. Si no llegaba más allá, ni siquiera el marido de la chica en cuestión, si estaba casada, tenía mucho de qué quejarse, consideraban los beduinos. Tener un amante era un derecho humano.

Claro, para llegar hasta ahí hacía falta mucha estrategia de ligoteo, flores, poemas y miradas tiernas. Y mucho sufrimiento, si no te hacían caso. Como hoy, vamos. Lo que pasa es que los amantes de aquella época se lo solían tomar más a pecho y no era raro que muriesen de amor. Como los románticos del siglo XIX, pero sin siquiera siquiera poder echarle la culpa a la tisis, que tanto estrago hizo entre los poetas alemanes. Con el aire sano del desierto no hubo excusas: los amantes se morían simplemente desgastados por la emoción. O eso es lo que asegura una pléyade de escritores, filósofos y teólogos árabes medievales.

No era raro que los amantes de esa época muriesen de amor. Como los románticos del siglo XIX, pero sin poder culpar a la tisis

Hubo incluso toda una tradición – la del amor udri – de llevar ese amor a un llamativo extremo de castidad: los amantes udríes – él y ella – no sólo se debían exclusividad amorosa, sino encima castidad. La meta era no llegar nunca a la culminación de todos esos deseos expresados en verso. Porque conseguir lo deseado, acabar fundidos en ese abrazo tantas veces invocado, podría poner fin al amor, al desaparecer ese estímulo de conseguirlo, argumentaban algunos sexólogos.

Todo lo contrario, se enfada Ibn Hazm. Un parecer deleznable, cosa que sólo les ocurre a la gente inconsecuente. Sabía de qué hablaba, porque en su Andalucía natal se debía de amar mucho y bien. “De mí sé decirte que jamás he bebido del agua de la unión sin que se me acrecentiera la sed”.

El sexo forma parte del amor, en esto estaban de acuerdo todos. Sin ‘ishq, la pasión del deseo, no hay amor verdadero, eso no lo negaban siquiera los udríes, aunque se esforzasen en no darle satisfacción a ese deseo. Los demás, sí. “Cuanto más me acercaba a mi amada, más crecía mi agitación, y el pedernal del deseo encendía con mayor fuerza el fuego de la pasión de mis entrañas”, recuerda Ibn Hazm.

No vale invocar la poligamia, porque al amante se le exige que se centre en una sola amada

Lo curioso es que todas estas costumbres de amar – estar enamorado llegó a convertirse en muestra de buenos modales y elegancia entre gente de bien – se hallan enumerados en obras de escritores que, por lo general, son teólogos y expertos en jurisprudencia islámica, muy conscientes de que el adulterio está gravemente perseguido por las leyes que ellos mismos defendían como divinas.

Porque todos los autores coinciden en que este amor, con sus pasiones y sus dramas, sus conquistas y derrotas, sus poemas y sus miradas, sus traiciones y sus felicidades secretas se da precisamente fuera del matrimonio, o antes, en todo caso no entre las parejas casadas.

La unión final y feliz podrá ser el matrimonio lícito, o en eso insisten los escritores, pero es obvio que la práctica no tiraba demasiado por ahí. Y no vale invocar la poligamia como recurso, porque al amante se le exige que se centre en una sola amada, y se considera absolutamente reprobable que lo haga desatendiendo a su esposa o – peor – divorciándose de ella. El Juego del Amor, cabe concluir, era cosa de solteros y solteras (o malcasadas que no le debían fidelidad emocional al marido).

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Acerca del autor

Ilya U. Topper

@ilyatopper

Periodista (Almería, 1972). Vive en Estambul, donde trabaja para la Agencia Efe.
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10 comentarios

  1. RAFAEL dice:

    Excelente!

 
 

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