Libertad, peligro al acecho

 

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La semana pasada [a finales de enero], el periódico Al Ahdath al Maghribía difundió una noticia con el anuncio de enlace de dos homosexuales magrebíes que habían hecho público en una página web del colectivo el documento digital de su unión que atestiguaba este enlace.

¿Por qué la noticia de que se casan dos personas heterosexuales se considera algo habitual (salvo si son famosos) y el enlace de dos homosexuales se convierte en una noticia que publican los periódicos, ya sea como respaldo, ya sea como crítica? ¿Escudriñamos, por ejemplo, en el caso de los heterosexuales la vida íntima de una pareja y los detalles de su sexualidad? Entonces ¿por qué se convierte la vida íntima de dos personas homosexuales en objeto de interés nuestro? ¿Solo por su inclinación sexual distinta?

¿Cuándo aprenderemos que la vida sexual de los invididuos, tenga la forma que tenga, no debe preocuparnos, sea de la naturaleza que sea, homosexual, heterosexual, antes del matrimonio o después, siempre que sea libremente elegida entre personas adultas?

Una chica que besa a su novio en un lugar público nos molesta más que un acto violento

Lo triste es que nos disturba más un enlace entre dos homosexuales de lo que nos disturba el casamiento de una chica menor de edad que no está madura ni física ni mentalmente para una relación sexual, ni tampoco para fundar un matrimonio con sus responsabilidades. Nos molesta una chica que besa a su novio o a su marido en un lugar público más de lo que nos molesta ver que alguien trata con violencia a su mujer en la calle. Exigimos a una esposa maltratada que oculte su desgracia y no juzgamos al marido por esa desgracia.

Nos enfurece más la homosexualidad que la violación. Rechazamos que se case una musulmana con un cristiano, un judío o un budista al que probablemente ame y en cuyos brazos quiera descansar, pero no nos molesta que la casen con una persona a la que no haya elegido y al que quizás deteste, solo porque ese sí es musulmán y pertenece a su cultura religiosa y social.

Ante estas paradojas debemos hacernos unas preguntas profundas, porque no solo tienen que ver con el matrimonio, el amor y las preferencias sexuales de cada persona. También interrogan nuestro concepto del individuo y sus preferencias personales frenta a la tiranía de la sociedad. Interrogan nuestra visión de los valores frente a la apariencia pública. Interrogan nuestras prioridades: ¿nos empleamos a fondo para mantener las apariencias de la cultura social o nos preocupa más que el individuo pueda realizar sus elecciones personales y alcanzar su felicidad? Así podremos verificar la armonía real (y no solo la formal).

¿Sabemos que arrepentirse de una elección personal que quizás se adoptara de forma errónea en un momento concreto (en el amor, en el matrimonio, los estudios u otros aspectos de las elecciones vitales) es siempre mejor que sentirse desgraciado porque los demás le hayan impuesto a uno sus preferencias?

Arrepentirse de una elección es mejor que sentirse desgraciado por la imposición de los demás

Tenemos que aprender, socialmente y culturalmente, a dejar a los demás espacio para sus elecciones. El homosexual no elige su homosexualidad: es su inclinación sexual. Al igual que te inclinas hacia una mujer o te enamoras de un hombre , el o la homosexual tiende hacia alguien de su propio sexo. ¿Por qué nos meteríamos nosotros, mientras ejercemos nuestras propias elecciones emocionales y sexuales, en las que no se mete él?

La libertad de los homosexuales no significa que toda la sociedad se convierta en homosexuales; eso es una broma. Que una chica se quiera casar con alguien a quien ama, y que pertenece a una cultura religiosa distinta, seguirá siendo su elección cuyas consecuencias asumirá ella, en lo positivo y en lo negativo. Y nosotros no debemos ocuparnos de esto mientras el asunto siga siendo una elección personal. De la misma manera, las huellas de la violencia conyugal y el casamiento de las menores deben enfurecernos mucho más que el que dos jóvenes se cojan de la mano o se besen en la calle.

Ante todo esto debemos preguntarnos algo… Porque examinar todas estas paradojas refleja una realidad dolorosa: nuestro sistema de valores está revuelto. Sencillamente, porque un sistema de valores al que le da miedo la libertad y le atemoriza el amor más que la violencia o la opresión es un sistema fracturado que necesita una profunda revisión.

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© Sanaa El Aji | Primero publicado en Al Ahdath· 2 Feb 2017 | Traducción del árabe: Ilya U. Topper

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Acerca del autor

Sanaa El Aji

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Socióloga (Casablanca, 1977). Empieza a trabajar como periodista en el semanario ...

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