Ba El Hadj y el ramadán (II)

 

opinion

Casablanca | 1999

 

[Continuación de la columna Ba El Hadj y el ramadán]

Ba El Hadj: “Dios! Ya es casi mediodía. Tengo que ir a los baños para purificarme antes de la oración. Voy a perderme mi jornada de ayuno. En ramadán hay que bañarse todos los días. Es un coñazo, porque tengo que ir al hammam sin que mi mujer se entere”.
El visitante, sorprendido: “Bañarse todos los días? ¿Para qué?”
Ba El Hadj: “Me tengo que lavar porque por la noche, cuando tú duermes, yo hago cositas”.
El visitante, con admiración: “¿Tú haces cositas todas las noches? ¿Tu mujer se deja?”
Ba El Hadj: “¿Quién habla de mi mujer? ¿Tú has visto a alguna esposa que te dé placer? La mía se pasa el día en la cocina, y por las tardes no para de gemir y quejarse de su carga de tareas en la casa. En ramadán se va a la cama a las tres de la mañana, cuando todos los niños ya se han metido su reserva de carburante para el día siguiente”.

Contemplo, evalúo, escojo. Las gordas, las delgadas, las de pecho generoso o casi invisible…

El visitante, perdido: “¿Por qué, pues, te vas a los baños a escondidas de tu mujer?”
Ba El Hadj: “Escucha bien, que aprenderás algo. Tras la oración del dohr, vuelvo a casa para echarme la siesta. Me despierto para la oración del ‘asr. Cuando salgo de la mezquita, doy vía libre a mis caprichos. Empiezo a escuchar los deseos de mi estómago. Fruta, pasteles, pinchitos, pescado, harcha, beghrir, turbante del cadí, almendras… Regreso a casa con los brazos cargados de placeres. Luego cojo el coche y voy al paseo marítimo, para respirar el aire del mar y recrearme la vista. Pero solo para mirar. ¡Que Dios me corte las manos si toco a alguien! Contemplo, evalúo, escojo. Las girafas esbeltas, las pequeñas gacelas. Las gordas, las delgadas, las de pecho generoso o casi invisible, las morenas, las rubias, las tímidas, las atrevidas, las descaradas, las discretas…
El visitante, agitado: “Eso es pecado. Dios dice que durante el ayuno hay que abstenerse”.
Ba el Hadj: “Pero si yo me domino. A mi bragueta le meto un candado para impedir que destruya mi devoción. Una vez que me haya llenado ya el vientre, cumplido el deber religioso, dejo que el candado salte por los aires”.
El visitante, desarmado: “¡Sí es pecado ligar durante el ayuno!”
Ba El Hadj: “Para ti, todo será pecado. Pero yo no toco nada. Yo hablo. Hago una cita con la que Dios haya elegido para colmarme de sus placeres, y nos encontramos sobre las diez de la noche, después de la oración. Tengo amigos que ligan más bien por la noche. Ah, toda esa fruta que circula por la noche, madura, jugosa, que solo espera la mano que la coseche. Dios nos regala toda esa abundancia, ¿y tú quieres privarme de ella?

“Los jóvenes ¿qué les pueden ofrecer? Bonitas palabras aprendidas en las pelis egipcias”

El visitante, descorazonado: “No es Dios, son los padres que no saben enseñar a sus hijas respetar su cuerpo y su dignidad. La fruta que tú recoges… ¿qué es lo que a ella les gusta de ti?”
Ba El Hadj: “Mi bolsillo, colega. Tras una jornada de privaciones, ellas reciben su recompensa. ¿Tú crees que ellas se divierten en casa? Si salen a la calle es porque están frustradas”.
El visitante, ofendido: “Ellas pueden salir con jóvenes de su edad, no con hombres casados”.
Ba El Hadj: “¡Con jóvenes! Esos ¿qué les pueden ofrecer? Bonitas palabras aprendidas en las pelis egipcias, recitadas en el banco de un parque o tras un árbol, con miedo de que te pille un madero. O como mucho un zumo en un café. Las excitan, y luego las acompañan a casa, sin quitarles la sed. Yo, en cambio, les ofrezco seguridad, discreción, éxtasis. Un apartamento confortable. Me he asociado con tres amigos y nos reunimos ahí cada uno con su presa para vivir. Les ofrecemos una felicidad que ellas no hallarán con sus maridos. Y nunca salen de ahí sin dinero en el bolsillo”.

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Acerca del autor

Soumaya Naamane Guessous
Socióloga. Vive en Casablanca, donde trabaja en la Universidad Hassan II.
Doctorada en París, Naamane Guessous...

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