Balón a la grada

 

Tampoco imagina quizás que algunos no tan viejos no necesitamos remontarnos a las matanzas de los ustacha en Croacia o a los dictadores bajo palio para recordar la violencia que puede desplegarse en torno a la iglesia católica: nuestra retina memoriosa no olvida a los ultracatólicos propinando puñetazos a los policías en la puerta de los cines españoles para impedir el estreno de películas consideradas blasfemas.

Cuando se le recuerda que los cruzados fueron tan beligerantes como el que más en nombre de la cruz, o de las muchas otras tropelías de las que da cuenta la Historia, reacciona invariablemente con un “eso fue hace mucho, ahora somos otra cosa”. Dicho de otro modo: nosotros –los cristianos, Occidente– tenemos la capacidad de cambiar, de evolucionar, mientras que ellos –los moros, para resumir– solo pueden ir a peor, pues vienen programados de serie por su credo salvaje.

¿De veras cree que los fanáticos musulmanes renuncian al interruptor para obtener luz eléctrica?

Claro que Barilier no es tan ingenuo como para no matizar estos conceptos de trazo grueso. No es cuestión de meter a todo el islam bajo el mismo saco, es solo que a los “musulmanes pacíficos” les resulta muy difícil condenar la dichosa fuerza, legitimada por su dios. Como les resulta difícil asumir o entender el “pensamiento occidental” o la “técnica occidental”, que es algo tan absurdo como hablar del “deporte asiático” o la “política americana”. ¿De veras cree el ensayista que los fanáticos musulmanes renuncian al interruptor para obtener luz eléctrica, o a los métodos mecánicos de extracción de petróleo? ¿O que se resignan a ellos solo “porque la consideran uno de los medios de la fuerza”, y nada más?

El discurso se va viendo así salpicado de referencias a Simone Weil, Heidegger o Enzensberger, sin abandonar la sensación de que se pierde en la floritura sin atacar el centro de la cuestión. Y sobre todo, desentendido del caso Charlie Hebdo, que era de lo que veníamos hablar. ¿Importa? Sí, y mucho. Porque no puede pasarse por alto que la revista no ridiculizaba a los musulmanes, sino el modo en que –en imparable progresión– han ido perdiendo terreno las libertades en aras de una mal entendida libertad religiosa, y sobre todo bajo el efecto de una campaña intensiva que lleva décadas invirtiendo petrodólares en imponer una lectura del islam que nada tiene que ver con el que hasta ahora conocíamos desde Algeciras a Estambul.

No puede pasarse por alto que los asesinos, los hermanos Kouachi, habían nacido en la ilustrada Francia

No puede pasarse por alto que los asesinos, los hermanos Kouachi, habían nacido y fueron educados en la ilustrada Francia, y que su acción tiene más que ver con la necesidad de publicidad del llamado Estado Islámico y de la urgencia por ocultar tras una cortina de humo sus derrotas militares en Siria e Iraq que por un mandato teológico. Ni que la definición de terrorista no sea a menudo más que aquel que no tiene tanques, aviones ni marina para imponer sus objetivos. Ni que la religión islámica no sea esencialmente más violenta, represiva con las mujeres o enemiga del conocimiento de lo que lo ha sido cualquier otra, un error en el que incurrió incluso el eterno candidato al nobel Adonis.

No puede pasarse por alto, en fin, que una de las plumas más ácidas de Charlie Hebdo, que se salvó de milagro de la matanza –como le sucedió a Catherine Meurisse– es Zineb El Rhazoui, nacida y criada en Marruecos. Y que uno de los policías acribillados por los terroristas, Ahmed Merabet, era musulmán practicante a pesar de hallarse, qué cosas, en el bando de las víctimas.

Para el eurocentrista Barilier, nuestro continente es la cuna de la ciencia y de la libertad, amenazada por el fanatismo y la barbarie. Sin embargo, si queremos vencer estas lacras, lo primero es defender a ultranza aquello por lo que vivieron y murieron los artistas de Charlie Hebdo, el derecho a exigir que “lo sagrado” permanezca fuera de la esfera pública –para lo cual, recordemos, conviene dejar de clasificar a las personas por su fe– y el no menos acuciante derecho a reírse de todo lo que se mueve y de lo inamovible. De lo contrario, en lugar de marcarle un gol al mal, por usar un símil mundialista, no haremos más que mandar balones a la grada.

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Acerca del autor

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.
Tras trabajar en la...

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